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El Millonario más frío rechazaba a todas… hasta conocer a una madre soltera en situación difícil…

nostalgia, era la certeza de que podía tenerlo todo y no tener nada al mismo tiempo. Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo por permitir esos pensamientos inútiles. Tenía una obra que supervisar, dinero que proteger, un proyecto de tres torres residenciales que representaban su mayor inversión hasta la fecha.

 No había espacio para sentimentalismos. Tomó las llaves de su camioneta y salió del departamento sin mirar atrás. Afuera, la ciudad de México despertaba con su caos habitual, tráfico pesado, vendedores ambulantes, ruido constante. Sebastián conducía en silencio, sin música, sin distracciones. Solo él y sus pensamientos que insistían en regresar al mismo lugar.

 El vacío, llegó a la obra antes de las 7. El terreno estaba en una zona en desarrollo cerca de la Roma Norte, donde el concreto comenzaba a reemplazar viejas cazonas. Su proyecto destacaba entre los demás tres torres de vidrio y acero que prometían lujo, exclusividad, modernidad. Estacionó la camioneta y bajó ajustándose el chaleco.

Los trabajadores comenzaban a llegar en grupos pequeños, algunos con cara de sueño, otros fumando un cigarro antes de entrar. Sebastián caminó hacia la entrada principal, observando cada detalle con ojo crítico. Todo tenía que ser perfecto. Todo tenía que estar bajo control. y entonces la vio. No fue un encuentro romántico, no hubo música de fondo ni cámara lenta, fue algo mucho más simple y devastador.

 Una mujer de cabello oscuro recogido en una cola de caballo, pantalones de trabajo color kaki manchados de polvo, botas desgastadas, guantes gruesos en las manos, cargaba varillas de acero con una fuerza que parecía desafiar su estructura delgada, pero firme. No miraba a nadie, no pedía ayuda, simplemente trabajaba. Bella Almeida.

Sebastián no sabía su nombre todavía, pero algo en la forma en que ella movía esas varillas, en la determinación de su rostro cubierto de sudor, en la manera en que apretaba los labios, cuando el peso amenazaba convencerla, pero no lo hacía. Algo en todo eso lo golpeó como un puño directo al pecho.

 Ella no era delicada, no buscaba atención, no sonreía coqueta a los hombres que pasaban a su lado. Era pura voluntad convertida en movimiento. Y Sebastián, el hombre que no sentía nada hacía años, sintió algo. Curiosidad, admiración, incomodidad. No podía apartar la mirada. La observó cargar otra ronda de varillas, escucharla respirar hondo antes de levantarlas, ver como sus brazos temblaban ligeramente, pero no cedían.

 Uno de los capataces pasó cerca de Sebastián y se detuvo al verlo ahí parado, observando. El señor Cortés, el dueño del proyecto, nunca llegaba tan temprano. “Buenos días, señor Cortés. No esperábamos verlo a esta hora”, dijo el hombre limpiándose las manos en el pantalón. Sebastián apenas lo miró. Necesito supervisar el avance.

 No confío en reportes escritos”, respondió con frialdad, sin apartar los ojos de Bella. El capataz siguió su mirada y entendió. Ah, ella, Bella Almeida, llegó hace tres semanas. Trabaja doble turno casi todos los días. Es buena, muy buena. Trabaja como tres hombres juntos. Sebastián frunció el seño. Doble turno.

 ¿Por qué? El capataz se encogió de hombros. No sé, señor, no hace preguntas. Solo trabaja, llega temprano, se va tarde, no se queja, no pide favores, hace su trabajo y ya. En este negocio eso es raro. Sebastián asintió lentamente procesando la información. Doble turno. Todos los días una mujer trabajando en construcción, cargando acero, mezclando concreto, subiendo escaleras improvisadas.

  ¿Por qué? ¿Qué la empujaba a destruirse físicamente de esa manera? No era asunto suyo, no debería importarle. Pero le importaba y eso lo molestaba profundamente. Dio un paso hacia adelante, acercándose al área donde Bella trabajaba. Ella no lo notó. Estaba demasiado concentrada en asegurar las varillas en su lugar, verificando que estuvieran alineadas correctamente.

Sus manos, cubiertas por guantes rasgados, trabajaban con precisión. No había prisa, no había descuido, solo eficiencia pura. Disculpe, dijo Sebastián, su voz fría y directa. Bella levantó la mirada. Sus ojos cafés lo encontraron sin sorpresa, sin miedo, sin coquetería, solo cansancio. “Sí”, respondió ella, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

 “Hace doble turno todos los días.” Bella entrecerró los ojos desconfiada. “¿Y usted quién es, Sebastián Cortés, dueño de este proyecto?” Ella parpadeó, pero no cambió su expresión. No se intimidó, no se disculpó, simplemente asintió. Ah, pues sí, hago doble turno. ¿Hay algún problema con eso? Su tono no era grosero, pero tampoco sumiso.

 Era directo, firme, como si estuviera lista para defender su derecho a trabajar hasta morir si era necesario. Sebastián sintió algo extraño en el estómago. Respeto. Eso era. Respeto. No hay problema. Solo me preguntaba por qué. Bella lo miró fijamente durante unos segundos, como evaluando si valía la pena responder.

 Finalmente se encogió de hombros. Porque necesito el dinero. Simple. Sebastián esperó más explicación, pero no llegó. Bella regresó a su trabajo ignorándolo completamente. Él se quedó ahí parado, sintiéndose extrañamente rechazado. Nadie lo ignoraba, nadie le daba la espalda, pero ella sí. Y algo en eso lo hizo querer saber más.

 Pasó el resto de la mañana supervisando otras áreas, hablando con ingenieros, revisando planos, pero sus ojos regresaban constantemente a Bella. La vio cargar, construir, sudar, beber agua rápidamente, sin detenerse más de 2 minutos, regresar al trabajo. No socializaba, no bromeaba con los otros trabajadores, solo trabajaba.

 Al mediodía, cuando la mayoría de los obreros se sentaba a comer bajo la sombra de las estructuras, Bella sacó una pequeña lonchera de plástico y se sentó sola en un rincón apartado. Sebastián, desde la distancia, la observó abrir el recipiente. Dentro había dos tacos fríos y una manzana. Eso era todo.

 Ella comió despacio, masticando con cuidado, como si quisiera hacer que esa comida durara más. y entonces sacó su teléfono, marcó un número, esperó, su rostro cambió, la dureza se suavizó, una sonrisa pequeña, casi imperceptible, apareció en sus labios. Mi amor, sí, mamá ya comió. ¿Tú comiste? La maestra te dio estrellita hoy Sebastián se acercó sin darse cuenta, escondido detrás de una columna de concreto.

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