móvil o empujando las ruedas de una silla. “Está bien”, dijo finalmente con un suspiro largo. “Imaginemos que tienes razón. ¿Qué propones exactamente? Que usted me prometa que pagará la operación de mi madre si consigo que dé un paso, un paso solo, de pie, sin apoyo, en el plazo de una semana. Y si no lo consigues, entonces me marcho y busco otra forma de ayudar a mi madre y usted no me deberá nada de nada.
Alejandro estudió a la niña durante un momento largo. Era completamente absurdo. Era la propuesta más descabellada que nadie le había hecho en toda su vida. Y eso que había negociado proyectos de 200 millones de euros. Pero también era la primera vez en dos años que alguien le hablaba sin lástima, sin tecnicismos médicos, sin el tono de protocolo condescendiente que se usa con los enfermos crónicos, solo con una honestidad brutal y directa que no sabía muy bien cómo manejar.
“¿Cuánto cuesta la operación?” Valentina sacó un papel doblado del bolsillo del jersei. Lo había escrito ella misma a mano con bolígrafo azul con letra de niña que intenta ser ordenada y adulta. 190,000 € para Alejandro esa cantidad era casi irrelevante. Tenía mucho más que eso paralizado en cuentas corrientes, que no tocaba desde hacía meses.
Para aquella familia debía parecer la distancia entre la vida y la muerte, porque probablemente lo era. “Voy a hacerte un trato distinto al que propones”, dijo él. “Voy a pagar la operación ahora mismo, antes de que hagas nada. Mañana a primera hora el dinero estará transferido y la cirugía programada y tendrás una semana para conseguir que dé ese paso.
Si lo logras, el trato está cumplido. Si no lo logras, no me deberás absolutamente nada. Los ojos de Valentina se abrieron del todo por primera vez desde que había empezado la conversación. De verdad va a pagar aunque yo todavía no haya hecho nada. Lo hago porque quiero creer que puedes ayudarme y porque si algo me ha enseñado este tiempo en esta silla es a reconocer cuándo alguien está hablando con verdad y tú llevas 10 minutos haciéndolo.
Valentina se quedó inmóvil un momento, como procesando lo que acababa de escuchar. Luego le echó los brazos al cuello en un abrazo rápido y apretado, como solo abrazan los niños, sin calcular el gesto ni medir la distancia. Sin pensar en si es apropiado o no. Alejandro tardó un segundo en reaccionar.
Cuando lo hizo, se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que nadie lo abrazaba de esa manera, sin protocolo, sin pena, sin querer nada a cambio, solo abrazarlo. Subieron juntos a la habitación 218. Era pequeña y sencilla, sin lujos, con la ventana dando a un patio interior y una silla de plástico en la esquina. donde era evidente que Valentina pasaba muchas horas.
En la cama dormía una mujer de unos 40 años, delgada, muy pálida, con el pelo castaño recogido y las manos quietas sobre la sábana doblada. A pesar del estado en que se encontraba, tenía una cara serena, casi tranquila. “Esta es mi madre, Elena”, susurró Valentina. Antes de enfermar, fregaba suelos y limpiaba habitaciones en el hotel Palace en el centro.
12 años en el mismo trabajo, sin faltar un solo día. Siempre decía que no hay trabajo malo si lo haces con dignidad, que lo importante es volver a casa mirando a la gente a los ojos. Alejandro la miró dormir en silencio durante un rato. Luego salió al pasillo y llamó a su asistente. Dio instrucciones claras y sin rodeos, que al día siguiente, a primera hora de la mañana el pago de la operación estuviera hecho y la cirugía programada para la fecha más cercana posible que los médicos consideraran adecuada. Cuando una enfermera se
enteró, salió a confirmar los detalles con cara de no acabar de creer lo que estaba tramitando. “Señor Vidal, hablamos de 190,000 € ya lo sé que la programen cuanto antes.” Bajaron al jardín interior de la clínica. Era un patio pequeño con árboles bajos y bien recortados, un banco de madera junto a una fuente que hacía un ruido tranquilo y constante de agua.
Valentina eligió ese banco, se sentó con los pies sin llegar del todo al suelo y cruzó las manos sobre el regazo con la concentración de alguien que está a punto de empezar algo importante. Primero necesito que me cuente qué pasó el día del accidente, dijo. ¿Para qué sirve eso? Porque mi madre siempre decía que cuando algo muy malo nos ocurre de golpe, a veces nos quedamos atrapados en ese momento, como si una parte de nosotros no pudiera salir de ahí y seguir adelante, y que mientras esa parte siga atrapada, el resto tampoco
puede moverse del todo. Alejandro respiró hondo. No le gustaba hablar del accidente. Llevaba 2 años esquivando ese tema con cualquier terapeuta que intentaba abordarlo. iba conduciendo a una reunión muy importante. Era la más importante de mi carrera hasta ese momento. Acababa de cerrar el contrato más grande que había gestionado nunca y estaba contento de verdad, con ganas de llegar.
Un camión de reparto se saltó un semáforo en rojo en la calle Serrano y me envistió por el lado del conductor. Desperté tres días después en el hospital sin sentir las piernas. ¿Y qué pasó con la reunión? Alejandro se detuvo. Era la primera vez que alguien le hacía esa pregunta. En dos años de médicos, psicólogos, fisioterapeutas y visitas de cortesía, nadie se lo había preguntado nunca. No lo sé.
Supongo que la cancelaron cuando se enteraron. Nunca, preguntó. Estaba centrado en la recuperación, pero era la reunión más importante de su vida hasta ese día. No le pesa no saber qué pasó con ella. Alejandro tardó en responder y cuando lo hizo se dio cuenta de que llevaba dos años sin admitirlo ni a sí mismo, ni en voz alta ni en silencio. Sí, me pesa.
Me ha pesado desde el principio y nunca lo he dicho porque parecía una tontería comparado con lo demás. No es ninguna tontería, dijo Valentina. Creo que usted se quedó atrapado en ese día por dos razones, el dolor del golpe y el dolor de no haber llegado, de que todo lo que estaba a punto de conseguir se quedara sin terminar, justo en el momento en que estaba más cerca.
Alejandro no respondió, pero notó que algo se movía en algún lugar dentro de él, algo que llevaba 2 años sin moverse. Y cómo se sale de ahí averiguando qué pasó con esa reunión. y teniendo una nueva reunión importante que esta vez no se pierda, una que le dé al cuerpo una razón para recordar que tiene que moverse.
¿Y cuál sería esa nueva reunión? La reunión en la que usted se levante de la silla, camine hasta mi madre y le diga que la operación ha ido bien, que puede empezar a recuperarse tranquila. Alejandro la miró durante un momento. La idea era tan simple que resultaba casi ridícula. Y sin embargo, algo en él le decía que esa simplicidad era exactamente lo que llevaba dos años echando de menos entre tanto protocolo y tanto tecnicismo.
La reunión original era con Marcos Herrera, presidente de constructora de Lenares. Íbamos a firmar una alianza para un gran proyecto en la zona norte de Madrid. No sé si seguirá en la empresa ni si sigue teniendo interés en hablar conmigo después de tanto tiempo. Pues llamémosle ahora. Valentina. Han pasado 2 años.
Mis negocios han cambiado mucho. He perdido contratos, socios, credibilidad. La gente en el mundo de los negocios te ve de otra manera cuando llevas tanto tiempo parado. Usted no está parado porque sea incapaz, está parado porque algo le pasó. Eso es completamente distinto. Y si ese hombre vale lo que usted cree que vale, lo entenderá.
Y si no lo entiende, entonces no era el socio que necesita. Y si no quiere hablar, entonces buscaremos otra cosa. Pero lo peor que puede pasar es que diga que no. Y un no le va a hacer más daño del que ya tiene. Alejandro sacó el móvil, buscó entre sus contactos. El número de Marcos Herrera seguía ahí.
Guardado sin tocar desde hacía más de 2 años. Mientras marcaba, sintió el corazón acelerarse mucho más de lo que habría esperado de una simple llamada telefónica. Valentina lo miraba en silencio sin hacer ningún comentario. “Sí”, contestó una voz conocida al otro lado. “Marcos, soy Alejandro Vidal. Hubo una pausa breve y luego cálida y sin ningún rastro de incomodidad ni de protocolo.
Alejandro, Dios mío, tío, qué alegría oírte. ¿Cómo estás? Llevo mucho tiempo pensando en llamarte y la verdad es que nunca me atreví. No sabía cómo ibas a recibirlo. Estoy mejor. Oye, sé que es raro llamar así de repente después de tanto tiempo, pero necesito preguntarte qué pasó con el proyecto que teníamos pendiente cuando ocurrió el accidente.
Lo guardé durante 8 meses esperando que te recuperaras. Cuando vi que los plazos no esperaban, los saqué adelante con otros socios. Pero no fue lo mismo. Contigo siempre salían las cosas de otra manera. La verdad es que ahora mismo tengo tres proyectos sobre la mesa y he pensado en ti esta misma semana para los tres.
¿Estás volviendo al trabajo? Estoy volviendo. ¿Quedamos el jueves? Cuando quieras, Alejandro. El jueves perfecto. Es una alegría de verdad, tío. Colgó el teléfono y se quedó mirándolo un momento sin decir nada. Valentina lo observaba. ¿Cómo sabías que iba a salir bien? No lo sabía con seguridad, pero si no hubiera salido bien, habríamos intentado otra cosa.
Lo importante era dejar de esquivarlo. Mi madre siempre dice que no hay que tener miedo de intentar porque nunca sabemos lo que va a pasar y a veces resulta mucho mejor de lo que imaginamos. Pasaron el resto de aquella tarde en el jardín. Valentina lo guió en ejercicios sencillos, sin equipamiento, sin protocolos escritos, sin cronogramas de rehabilitación.
Primero solo apoyar las palmas en los reposabrazos e intentar levantar el peso del cuerpo. Alejandro logró estar de pie 3 segundos antes de volver a caer sobre la silla. “3 segundos,”, anotó ella en un papel. Mañana serán cinco. Repitieron el ejercicio una y otra vez. En cada intento, Valentina cronometraba con el móvil de Alejandro, corregía la postura, le recordaba que respirara antes de empujar, que mirara al frente y no hacia las piernas.
“Ahora cierre los ojos”, dijo ella. Imagínese que está en la reunión del jueves con Marcos, que acaba de hacer la mejor propuesta de su carrera y quiere levantarse para darle la mano. No piense en la silla, ni en las piernas, ni en si puede o no puede. Piense solo en ese apretón de manos. En ese momento exacto, cuando el trato queda cerrado, Alejandro cerró los ojos, visualizó la sala de reuniones, la mesa larga y brillante, Marcos al otro lado con la mano extendida y una sonrisa y cuando intentó levantarse, esta vez aguantó casi 12 segundos de pie antes de
tener que apoyarse en el banco. ¿Cómo sabías que eso iba a funcionar? Porque cuando uno se enfoca en lo que quiere lograr, en lugar de en lo que no puede hacer, el cuerpo recibe instrucciones distintas. Los médicos le pedían que pensara en sus piernas. Yo le pido que piense en a dónde quiere llegar. Cuando llegó al jardín la tía Carmen, una mujer de unos 45 años con cara de cansancio permanente, el pelo recogido deprisa y una bolsa del supermercado en la mano, se paró en seco al ver a su sobrina sentada junto a aquel hombre en silla de
ruedas. Valentina, ¿qué estás haciendo aquí fuera? Estaba buscándote por toda la planta. Hola, tía Carmen. Este es don Alejandro Vidal. Apagado la operación de mamá, Carmen soltó la bolsa sin darse cuenta de que la soltaba. Miró a Alejandro, luego a Valentina, luego de nuevo a Alejandro con una expresión mezcla de incredulidad y algo más parecido al vértigo.
¿Cómo que ha pagado la operación? 190,000 €, dijo Valentina sin inmutarse. Lo tramita su asistente esta noche y mañana a primera hora queda programada. Carmen tuvo que sentarse en el banco, le temblaban ligeramente las manos y tardó un momento en encontrar las palabras. Señor, yo no. Llevamos 4 meses vendiendo lo que podemos.
He pedido ayuda a todo el mundo que conozco. Mi hermana lleva 12 años fregando suelos en ese hotel, sin quejarse nunca de nada y esto es lo que le pasa. Y usted, un desconocido, no es caridad, señora Carmen. Dijo Alejandro con calma. Su sobrina y yo hemos llegado a un acuerdo. Ella me está ayudando con algo que ningún especialista ha logrado en dos años y esta tarde, en pocas horas, ha conseguido más que todos ellos juntos.
Carmen miró a Valentina con una expresión que Alejandro no supo leer del todo. Había asombro, sí, pero también había algo parecido al miedo. Valentina dice cosas que no debería saber, le explicó en voz baja, como si la niña no pudiera oírla. Desde muy pequeña ve cosas en las personas que a los demás se nos escapan completamente.
A mí me pone nerviosa, la verdad no es normal para una niña de su edad. A mí me ha ayudado más en una tarde que 30 especialistas en dos años”, respondió Alejandro. “Y lo que yo le pido es que confíe en ella esta semana.” Carmen suspiró lentamente, miró a su sobrina durante un momento largo, luego en voz muy baja.
“¿Estás segura de lo que haces, Valentina?” “Sí, tía. Y si no lo consigues, entonces habré intentado todo lo que podía, que es exactamente lo que haría mamá en mi lugar. Carmen no respondió a eso, pero tampoco dijo que no. Esa noche Alejandro volvió a casa sintiéndose diferente, no curado, no eufórico, no lleno de una esperanza repentina y artificial, simplemente presente, vivo de una manera que llevaba tiempo sin sentir.
Llamó a su asistente, confirmó los detalles del pago y luego, por primera vez en meses, pasó horas delante del ordenador repasando proyectos que había dejado acumular polvo. Fue la primera noche en mucho tiempo que se durmió sin pastillas y sin mirar el techo durante horas. Al día siguiente, la operación de Elena quedó programada para las 10 de la mañana del jueves siguiente.
La reunión con Marcos Herrera estaba fijada para las 4 de la tarde del mismo día. Entrenaron cada mañana en el jardín de la clínica. El martes, Alejandro daba cuatro pasos seguidos antes de necesitar apoyarse. El miércoles 6, Valentina cronometraba, corregía, animaba, pero sobre todo hablaba con él mientras caminaba porque había descubierto algo importante.
Cuénteme del proyecto con Marcos mientras camina sin mirar los pies. Hábleme como si ya estuviera en esa sala. Alejandro empezó a hablar del proyecto, de los terrenos en la zona norte, de los planos que recordaba, de las mejoras que había pensado durante aquellas noches de insomnio en que la mente funcionaba, pero el cuerpo no. Y sin darse cuenta andaba mientras hablaba, con más naturalidad que en todo el tiempo anterior, como si el cuerpo necesitara tener un destino real delante para recordar cómo moverse hacia él.
Ahora sí, dijo Valentina. Ahora está caminando de verdad. El miércoles por la tarde, mientras practicaban, Valentina estaba más callada de lo habitual. Alejandro lo notó enseguida. ¿Tienes miedo por la operación de mañana? Un poco, admitió ella. Bueno, bastante. Es normal, es mucho peso para cargar sola. Y si algo sale mal, los médicos dicen que las probabilidades de éxito son muy altas.
Tu madre está en buenas manos, Valentina, y si después no me reconoce. A veces pasa con las operaciones del cerebro. Los médicos lo mencionaron de pasada y yo no he podido dejar de pensar en eso desde entonces. Tu madre nunca podría olvidarte. Lo que tenéis las dos es demasiado sólido para que ningún visturí lo toque. Ella asintió despacio.
Luego, después de un silencio largo en el que solo se oía el agua de la fuente, Alejandro. ¿Usted cree que las cosas pueden recuperarse de verdad? No solo el cuerpo, todo lo demás también. Alejandro pensó en la pregunta antes de responder. Hace una semana te habría dicho que no. Ahora mismo creo que sí.
Y creo que la diferencia entre un no y un sí muchas veces es solo que alguien se siente al lado tuyo y no se levanta. El jueves amaneció con sol sobre Madrid. Ese sol de otoño que calienta sin quemar y que hace que la ciudad parezca más amable. Alejandro llegó a la clínica antes de las 9. Encontró a Valentina y a Carmen sentadas en silencio en el pasillo de la segunda planta, en sillas de plástico junto a la puerta cerrada de la habitación de Elena.
Valentina tenía las manos entrecruzadas sobre el regazo y miraba el suelo con una concentración que daba un poco de pena y mucho respeto. “M, ¿cómo está?”, preguntó Alejandro sentándose junto a ellas. “Esta mañana estaba despierta un rato antes de entrar a quirófano”, dijo Carmen. Valentina estuvo con ella cogiéndole la mano.
“¿Le dijo algo?” Valentina levantó la vista. Le dije que iba a salir bien, que cuando despertara yo estaría aquí. Esperaron juntos. El tiempo en los hospitales pasa de una manera extraña, a la vez demasiado lento y demasiado denso. Alejandro le contó a Valentina cosas de los proyectos que iban a discutir con Marcos esa tarde.
Ella hacía preguntas inteligentes, más inteligentes de lo que correspondía a su edad, y él se fue dando cuenta de que hablar de trabajo con ella no era muy diferente de hablar con cualquier socio experimentado, solo que más honesto. A las 11:40 un cirujano salió al pasillo con la mascarilla bajada y una expresión tranquila. La operación ha ido muy bien.
Hemos extirpado el tumor por completo, sin afectar ninguna área importante. La señora Elena debería despertar en pocas horas. La recuperación será gradual, pero los pronósticos son excelentes. Valentina se puso en pie de golpe y se lanzó a los brazos de Alejandro con una fuerza que no parecía posible en alguien de su tamaño.
Lloraba sin hacer ruido, con esa forma contenida de llorar de los niños, que han aprendido muy pronto a no derrumbarse del todo. Carmen se tapó la boca con la mano y se apoyó en la pared. de Alejandro, que llevaba 2 años construyendo una muralla alrededor de todo lo que sentía, notó que algo en esa muralla se agrietaba sin remedio y decidió no intentar pararlo.
“Ahora te toca a ti”, dijo Valentina cuando se separó limpiándose los ojos con la manga del jersey. “Ve a esa reunión y levántate de esa silla.” Alejandro llegó a la sede de constructora de Lenares a las 4 en punto, un edificio moderno en el paseo de la Castellana, planta quinta, sala de juntas con ventanales que daban a la ciudad.
Marcos Herrera lo esperaba de pie junto a la mesa y vino hacia él en cuanto entró, con la mano extendida y sin ninguna de esas miradas cargadas de lástima a las que Alejandro se había acostumbrado. Alejandro, tío, qué bueno verte, de verdad. Estuvieron casi una hora revisando propuestas, planos, números.
Alejandro se sorprendió a sí mismo. La mente le funcionaba con exactamente la misma agilidad de antes. Veía los problemas, proponía soluciones, argumentaba, cedía donde había que ceder y se mantenía firme donde no. Era como si nunca hubiera salido del todo, como si hubiera estado esperando en algún lugar dentro de él con la maleta preparada.
Esto es exactamente lo que necesitaba. Dijo Marcos. te apuntas al proyecto. Y llegó ese momento. Alejandro no pensó en las piernas, no pensó en si podría o no podría. Pensó en Valentina de pie a 2 met de él en aquel jardín de la clínica, con la mano extendida y aquella voz tranquila, diciéndole que no pensara en la silla ni en las piernas, sino en el apretón de manos.
Solo en eso las palmas en los reposabrazos, respiró despacio una vez y se levantó. Marcos se quedó inmóvil. Alejandro caminó hasta él cuatro pasos firmes sin titubear, y le estrechó la mano de pie. Como durante 20 años había cerrado todos sus tratos mirándolo a los ojos. Trato hecho dijo. Marcos tardó unos segundos en reaccionar.
Cuando lo hizo, le apretó la mano con fuerza y le puso la otra sobre el hombro. Alejandro, no sabía que ya estabas caminando. Esto es increíble, tío. Es reciente y todavía tengo mucho trabajo por delante, pero estoy volviendo. ¿Quién te ha ayudado? Tiene que ser alguien extraordinario. La mejor terapeuta que he conocido en mi vida. Hizo una pausa. Tiene 9 años.
Marcos lo miró sin entender. Alejandro sonríó. Es una historia larga. Te la cuento cuando tengamos más tiempo. Cuando regresó a la clínica era ya casi de noche y las luces del pasillo tenían esa calidez artificial de los hospitales por la tarde. Encontró a Valentina en el jardín, sentada en el banco de siempre, esperándole con las manos sobre el regazo y los pies balanceándose levemente.
¿Y bien?, preguntó en cuanto lo vio doblar la esquina. Firmamos el acuerdo. Me levanté de la silla y le di la mano de pie, cuatro pasos sin apoyo. Valentina cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, los tenía brillantes. Lo sabía. ¿Cómo lo sabías? Porque vi que sus piernas querían andar. Solo estaban esperando a que usted les diera permiso.
Subieron juntos a la habitación 218. Elena estaba despierta, reclinada sobre las almohadas, con los ojos cansados, pero completamente conscientes. Cuando vio entrar a Alejandro de pie, apoyándose apenas en el marco de la puerta, lo miró un momento en silencio. Luego buscó la mano de su hija y la apretó.
“Así que tú eres el Alejandro del que me habla mi niña”, dijo con voz débil pero cálida. Es un placer conocerla, Elena. Su hija me ha devuelto algo que creía que había perdido para siempre. ¿El qué? Las ganas de levantarme. Elena miró a Valentina con una ternura enorme y silenciosa, de esas que no necesitan palabras porque ya están dichas desde antes.
Valentina le sostuvo la mirada y apretó un poco más la mano de su madre. Antes de marcharse, Alejandro se paró en la puerta. Valentina, nuestro trato original está cumplido. Tú conseguiste que diera ese paso. Yo pagué la operación de tu madre, pero me gustaría proponerte uno nuevo. ¿Qué tipo de trato? Quiero seguir contando con tu ayuda mientras termino de recuperarme del todo y a cambio quiero ayudaros a vosotras con todo lo que necesitéis.
Un piso mejor, tu educación, lo que haga falta, sin fecha de caducidad. Valentina lo miró seria durante un momento. ¿Quiere decir que vamos a seguir siendo amigos? Más que amigos. Me gustaría que fuerais mi familia. Si vosotras queréis, claro. La niña tardó un momento en responder, luego dijo, “Tengo que preguntarle a mi madre, por supuesto, pero creo que va a decir que sí.” Y así fue.
En los meses siguientes, Alejandro no solo recuperó la capacidad de andar, recuperó su empresa, su propósito y algo que nunca había tenido del todo antes del accidente. Una familia que se había elegido a sí misma sin que nadie se lo pidiera. Elena, una vez recuperada, no volvió a fregar suelos. Alejandro le ofreció coordinarse con él en un nuevo proyecto, algo que ninguno de los dos había planeado, pero que fue tomando forma sola, un centro de rehabilitación en el barrio de Vallecas que atendiera a personas con lesiones similares a la
suya, combinando fisioterapia tradicional con apoyo emocional directo y sin protocolos rígidos. Elena, que sabía de primera mano lo que era caerse al suelo y levantarse, lo que era trabajar duro, sin que nadie te vea ni te reconozca, resultó ser exactamente la persona adecuada para sentarse junto a los pacientes cuando nadie más sabía qué decirles.
El centro se llamó Nueva Esperanza y Valentina, que seguía siendo una niña que hacía los deberes por la tarde y discutía con su tía Carmen por las series de la tele, se convirtió, sin pretenderlo, en el corazón de todo aquello. Porque esa capacidad de ver lo que los demás no ven, de sentarse a la altura del corazón de las personas sin juzgar y sin protocolo no era ningún don misterioso ni ninguna rareza.
Era el resultado de haber crecido observando a una madre que limpiaba habitaciones de hotel con la misma dignidad con que podría haber ejercido cualquier otra profesión y que le había enseñado que prestar atención a las personas es la forma más honrada de quererlas. Años después, cuando la gente le preguntaba a Alejandro cuál había sido el secreto de su recuperación, siempre respondía lo mismo.
A veces la cura llega en las formas más inesperadas. En mi caso, llegó en forma de una niña de 9 años con un jersy azul marino que vio en mí no lo que era, sino lo que podía volver a ser. Y Valentina, cuando le contaban esa versión de la historia, siempre añadía la misma cosa. Lo que pasa es que él también me curó a mí.
Me enseñó que lo que yo veía en las personas no era una rareza ni algo de lo que avergonzarse. Era útil. Y que la diferencia entre ver a alguien sufrir y seguir caminando o pararse un momento y preguntar si puedes hacer algo es quizás la diferencia más importante del mundo. Si esta historia te ha llegado al corazón, deja tu me gusta y suscríbete al canal.
Cada historia que contamos aquí es un recordatorio de que la recuperación es posible, que el amor puede con cualquier obstáculo y que a veces lo único que necesita alguien para levantarse es que otra persona crea firmemente que puede hacerlo. Nos vemos en el próximo vídeo.