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El Dalái Lama le pregunta a Mujica “¿Dónde habita la felicidad?” su respuesta los deja sin palabras

El Dalái Lama le pregunta a Mujica “¿Dónde habita la felicidad?” su respuesta los deja sin palabras

El sol de la mañana apenas asomaba sobre los techos de Chapa y las calles polvorientas de Rincón del Cerro en las afueras de Montevideo. José Mujica ya estaba despierto desde hacía más de una hora, como cada día de su vida. A sus 88 años, el ritmo de su cuerpo seguía siendo el de un hombre acostumbrado al trabajo duro, al levantarse con las gallinas y a no pedirle permiso a nadie para vivir como le daba la gana.

 La chakra que compartía con Lucía, su esposa, no era gran cosa para los estándares del mundo moderno. Una casa modesta, casi austera, rodeada de plantas que él mismo cuidaba con sus manos callosas. algunas gallinas picoteando en el patio de tierra y ese viejo Volkswagen escarabajo azul que se negaba a cambiar por nada del mundo. Para Mujica esa era toda la riqueza que necesitaba.

 Lucía preparaba mate en la cocina mientras él regaba las lechugas del pequeño huerto. El agua caía sobre las hojas verdes con un sonido suave, casi musical. Y Mujica se detuvo un momento para observar como las gotas se deslizaban por la superficie. Había algo profundamente satisfactorio en ese gesto simple.

 No necesitaba mansiones ni cuentas bancarias repletas de millones para sentirse pleno. De hecho, durante su presidencia había donado casi el 90% de su salario a organizaciones benéficas. una decisión que había dejado perplejos a políticos de todo el mundo, pero para él no era un sacrificio, era una liberación. El dinero pensaba era útil solo cuando servía para algo más grande que uno mismo.

 La voz de Lucía lo sacó de sus pensamientos. Pepe, vení a tomar mate. Tenés una llamada que te van a hacer en un rato le dijo desde la puerta. Mujica dejó la regadera junto a las plantas y caminó despacio hacia la casa, las rodillas protestando un poco por los años. Se sentó en una silla de madera junto a la mesa de la cocina y aceptó el mate que Lucía le ofrecía.

 El líquido caliente y amargo le reconfortó de inmediato. “¿Una llamada de quién?”, preguntó con genuina curiosidad. Desde que había dejado la política activa, las llamadas importantes eran cada vez menos frecuentes y la verdad era que no las extrañaba. Prefería la tranquilidad de su chakra, el silencio interrumpido solo por el canto de los pájaros y el ladrido ocasional de Manuela, su perra de tres patas que dormitaba bajo el sol de la mañana.

del gobierno. Parece que hay alguien importante que quiere conocerte”, respondió Lucía con una sonrisa misteriosa. Ella conocía a su marido mejor que nadie. Sabía que la fama y los honores le importaban poco, pero también sabía que tenía un corazón incapaz de negarse cuando alguien necesitaba escucharlo o cuando había una oportunidad de sembrar algo bueno en el mundo.

 Mujica suspiró y sonríó, mostrando esa expresión entre resignada y divertida que tanto lo caracterizaba. Bueno, veremos qué quieren ahora. Mientras no me pidan que me ponga corbata, todo bien”, bromeó. La corbata había sido su enemía declarada durante toda su vida política. recordaba con gracia como siendo presidente había asistido a eventos internacionales con su característica informalidad, rechazando los protocolos pomposos que tanto parecían gustarles a otros líderes mundiales.

 Para él, un hombre se medía por sus acciones, no por la tela cara que llevaba al cuello. Una hora después, el teléfono sonó. era el canciller uruguayo con una voz que mezclaba respeto y emoción. Don José, buenos días. Le llamo para informarle de algo extraordinario. Su santidad el Dalay Lama estará visitando Uruguay la próxima semana y ha expresado su deseo personal de conocerlo a usted.

 Dice que su filosofía de vida y sus palabras han resonado profundamente en él y que sería un honor poder conversar con usted. Mujica guardó silencio por un momento procesando la información. El dalay lama. Había escuchado hablar de él, por supuesto, había leído algunas de sus reflexiones sobre la compasión y el desapego material.

 Sentía un respeto profundo por aquel hombre que, como él, había conocido el exilio, la persecución y la pérdida, pero que había elegido el camino de la paz y la bondad en lugar del rencor. “Bueno, será un placer conocerlo”, respondió con sencillez. ¿Dónde quieren que nos encontremos? ¿En algún hotel de esos caros de Punta del Este? Preguntó con un tono irónico que arrancó una risa nerviosa del canciller.

 En realidad, su santidad preguntó si sería posible visitarlo en su hogar. Don José dice que quiere conocer cómo vive un hombre que ha rechazado los privilegios del poder, explicó el funcionario. Mujica miró alrededor de su modesta cocina, las paredes un poco despintadas, la mesa vieja de madera, las tazas desportilladas pero limpias.

 Sonríó acá no más. Entonces, que venga cuando quiera. Lucía y yo lo recibiremos como se recibe a un amigo. Los días siguientes transcurrieron con una calma aparente en la chakra de rincón del cerro. Aunque Lucía se empeñó en limpiar un poco más de lo habitual. Mujica la observaba divertido mientras ella ordenaba los libros en la pequeña biblioteca improvisada que tenían en el living.

 Lucía, el hombre viene a conversar, no a hacer una inspección, le decía entre risas, pero ella, con esa determinación tranquila que la caracterizaba, seguía acomodando las cosas, no por impresionar, sino por respeto. La mañana del encuentro amaneció con un cielo despejado de ese azul intenso que solo se ve en el Río de la Plata cuando el viento del sur limpiado la atmósfera.

 Mujica se levantó temprano como siempre, alimentó a las gallinas, regó las plantas y se dio una ducha con el agua que apenas salía tibia de las cañerías viejas. Se puso unos pantalones de tela gastados, pero limpios, y una camisa de manga corta. Nada de ceremonias, nada de pretensiones. Era él, simplemente él. A media mañana, una pequeña comitiva de vehículos se detuvo frente a la entrada de la chakra.

 No era el desfile de autos blindados y guardaespaldas que acompañaba a la mayoría de los líderes mundiales, pero había cierta organización logística inevitable. Del segundo vehículo descendió el Dalay Lama, vestido con sus características túnicas. granates y amarillas. A sus 89 años caminaba con cierta dificultad, pero con una sonrisa luminosa que parecía iluminar el día aún más.

 Mujica salió a recibirlo con Manuela cojeando a su lado. Cuando sus miradas se encontraron, algo extraordinario sucedió. No hubo necesidad de presentaciones formales ni de protocolos. Los dos hombres simplemente se reconocieron como si sus almas hubieran estado esperando ese momento durante décadas.

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