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El científico alemán desapareció tras la rendición — 75 años después, hallan laboratorio en Austria

 Durante décadas, los cazadores de nazis lo buscaron. Algunos creían que había escapado a Sudamérica, otros que había muerto en los bombardeos finales, pero nadie esperaba encontrarlo enterrado en su propio laboratorio secreto. El hallazgo despertó algo más que curiosidad histórica. Entre los descendientes de las víctimas del nazismo, la noticia reabrió heridas antiguas y para un hombre en particular, el descubrimiento se convirtió en una misión personal.

 Thomas Atler, historiador de 52 años, nieto de sobrevivientes del holocausto, había dedicado su vida a documentar los crímenes olvidados del tercer Rike. Cuando las autoridades austriacas anunciaron el hallazgo del laboratorio de Reinhard, Thomas supo que no podía quedarse al margen. Lo que no sabía era que este descubrimiento lo llevaría a enfrentar verdades que desafiarían todo lo que creía saber sobre su propia familia, sobre la justicia y sobre el perdón.

Esta es su historia. Thomas Adler vivía en Viena, en un modesto apartamento del distrito de Leopoldstad, el antiguo barrio judío. Las paredes de su estudio estaban cubiertas de mapas, fotografías en blanco y negro y documentos amarillentos. Había dedicado 30 años de su vida a rastrear criminales de guerra nazis que nunca fueron juzgados.

 Su escritorio estaba repleto de carpetas. Cada una representaba una vida truncada, una familia destruida, un nombre que merecía ser recordado. Esa mañana de septiembre el teléfono sonó antes del amanecer. Thomas Adler, preguntó una voz femenina con acento tirolés. Sí. ¿Quién habla? Soy la doctora Helena Wise del Instituto de Memoria Histórica de Austria.

 Necesitamos su ayuda con el caso Reinhard. Thomas se incorporó en la cama. El nombre resonó en su mente como un disparo. ¿Qué han encontrado? No puedo hablar por teléfono. Puede venir a Insbrook mañana. 24 horas después, Thomas estaba en un tren atravesando los Alpes. Las montañas se elevaban como gigantes silenciosos, cubiertas de nieve temprana.

 Desde la ventana observaba los pueblos de techos rojos que parecían postales de otro tiempo. Pero Thomas sabía que bajo esa belleza idílica se escondían cicatrices profundas. Austria había sido cómplice del tercer RA y durante décadas había preferido olvidar. La doctora Wise lo esperaba en la estación.

 Era una mujer de unos 40 años, cabello oscuro recogido en una coleta, gafas de montura metálica. Su apretón de manos fue firme. “Gracias por venir tan rápido”, dijo mientras caminaban hacia un vehículo oficial. “¿Qué han descubierto exactamente?”, preguntó Thomas. Elena condujo en silencio durante varios minutos, tomando caminos de montaña cada vez más estrechos.

 “El laboratorio está intacto, como si Reinhard hubiera salido hace una semana. Hay documentos, equipos y algo más perturbador. ¿Qué cosa? Restos humanos. Thomas sintió un escalofrío. Llegaron a una zona acordonada por la policía. Carpas blancas, equipos forenses, [música] periodistas contenidos detrás de cintas amarillas.

 Elena lo guió a través de los controles de seguridad hasta la entrada de la cueva. El aire se volvió frío y húmedo al descender por las escaleras de concreto. Las luces portátiles proyectaban sombras fantasmales en las paredes. Thomas sintió el peso de la historia presionando sobre sus hombros. El laboratorio era una cápsula del tiempo.

 Mesas de acero inoxidable, microscopios antiguos, estanterías con frascos de formol que contenían. Thomas apartó la mirada. Aquí, dijo Elena señalando una mesa en el centro de la sala. El diario de Reinhart estaba [música] abierto. La caligrafía era meticulosa, obsesiva. Thomas se inclinó para leer y las primeras líneas le helaron la sangre.

 [música] 15 de abril de 1945. La guerra está perdida, pero mi trabajo no puede perderse. He tomado la decisión de continuar aquí, donde nadie me encontrará. Los especímenes están seguros. La investigación debe continuar. Thomas pasó las páginas con manos temblorosas, fechas, nombres en clave, descripciones de experimentos que desafiaban toda ética humana y entonces vio algo que lo dejó paralizado.

En una entrada de mayo de 1945, Reinhard había escrito un nombre que Thomas conocía muy bien, un nombre que había escuchado toda su vida en las historias de su abuela. El nombre de su bisabuelo. Sujeto A47, Jacob Adler. Resistencia extraordinaria. Continúo observación. Las piernas de Thomas flaquearon.

 Queena lo sostuvo del brazo. Está bien. Pero Thomas no podía responder. Su bisabuelo, del que siempre le dijeron que había muerto en Auschpitz en 1944, había estado aquí en este laboratorio un año después, lo que significaba que todo lo que sabía sobre su familia era una mentira. Thomas salió del laboratorio tambaleándose.

 El aire fresco de la montaña golpeó su rostro, pero no alivió la opresión en su pecho. Se apoyó contra la roca tratando de procesar lo imposible. Elena apareció a su lado con una botella de agua. ¿Quiere hablar de ello? Thomas negó con la cabeza, incapaz de articular palabras. Su mente era un torbellino de preguntas sin respuesta.

 ¿Cómo había llegado Jacob Adler a este lugar? ¿Por qué su familia nunca lo supo? ¿Qué le había hecho Reinhard? Necesito ver todos los documentos”, dijo finalmente. Su voz apenas un susurro. Eso llevará semanas. Hay cientos de páginas. No me importa. Necesito saber qué le pasó. Elena asintió con comprensión.

 Le conseguiré acceso completo, pero Thomas hizo una pausa. Debe prepararse para lo que pueda encontrar. Reinhard no era conocido por su humanidad. Durante los siguientes días, Thomas se instaló en un pequeño hotel en Insbrook. Cada mañana, antes del amanecer, subía a la montaña y se encerraba en una carpa climatizada junto al laboratorio, revisando documento tras documento.

 El diario de Reinhard era minucioso hasta lo enfermizo. Cada experimento documentado con precisión científica, cada reacción de sus sujetos anotada sin el menor rastro de empatía. Para Reinhard, aquellas personas no eran humanas, eran datos, variables, especímenes. Thomas encontró la primera entrada sobre Jacob el 3 de mayo de 1945, sujeto A47, trasladado desde campo de trabajo en Mounthausen.

 Hombre judío, 38 años, carpintero de oficio, condición física, deteriorada, pero viable. Comenzaré experimentos de resistencia al dolor y regeneración celular. Las manos de Thomas temblaban tanto que apenas podía sostener las páginas. Su bisabuelo no había muerto en Auschpitz, había sido trasladado a Mounthausen y de allí, en los últimos días de la guerra, Reinhard lo había traído a este laboratorio secreto.

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