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El CASO que sacudió Chile — seminarista desapareció víspera de ordenación, hallado con otro HOMBRE

17 años de silencio hasta que una tarde de otoño de 2004, en un pueblo costero a más de 1000 km de distancia, una mujer que preparaba empanadas en la cocina de su restaurante reconoció el rostro de un cliente habitual en una fotografía vieja que aparecía en un reportaje de televisión sobre casos sin resolver.

 Y lo que ella descubrió esa tarde, de lo que la policía descubriría unos días después cuando cruzó la puerta del restaurante con una orden de identificación, no era lo que nadie esperaba encontrar. No era un cuerpo, no era una víctima, no era un crimen, era un hombre vivo y no estaba solo. ¿Qué hace que un joven devoto, amado por su familia, admirado por su comunidad, prometedor como pocos, a una tarde de distancia de cumplir el sueño más grande de su vida, abandone todo en la oscuridad y desaparezca sin dejar

rastro? ¿Qué secreto puede pesar tanto como para elegir 17 años de muerte civil? antes que una sola conversación sincera. Esta es la historia de un caso que sacudió al Chile católico de finales de los 80, que la Iglesia intentó olvidar, que una familia tardó casi dos décadas en comprender y que todavía hoy, para quienes lo conocieron, más sigue siendo un recordatorio incómodo de lo que se paga cuando el silencio se vuelve la única lengua posible.

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 Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Para entender lo que pasó esa madrugada de noviembre, hay que retroceder mucho más atrás a una casa de madera pintada de verde claro en las afueras de Los Ángeles, la ciudad del Biíobío, no la de California, en la provincia que lleva el mismo nombre. una casa modesta con un parrón en el patio, un gallinero al fondo y un huerto de acelgas y cebollines que la madre cuidaba con una disciplina de rezo y un pequeño altar doméstico en el comedor con una Virgen del Carmen de yeso y dos velas que se encendían cada domingo por la tarde

cuando la familia se reunía a rezar el rosario antes de cenar. Ahí, en esa casa, en 1961 nació Tomás Patricio Arriagada Cifuentes, hijo único varón de Rosa Cifuentes, profesora de escuela primaria, y de Héctor Arriagada, maquinista del ferrocarril estatal en el ramal, que unía los ángeles concepción. Tenía una hermana mayor, Gladis, 3 años mayor que él, que lo adoraba con la ternura posesiva de las hermanas únicas.

La familia no era rica, pero tampoco era pobre. Era de esa clase media provincial chilena que se forjó en los años 50 con el esfuerzo del ferrocarril, ni la escuela pública y la misa dominical. Una clase media que todavía creía en el trabajo, en la palabra dada, en el respeto a los mayores, en la presencia inevitable de Dios en cada rincón de la vida cotidiana.

Tomás, fue desde niño lo que las abuelas chilenas llaman un niño antiguo, serio sin ser triste, reflexivo sin ser callado, obediente sin ser sumiso. Leía mucho más de lo que era habitual en los niños de su edad y de su pueblo. A los 8 años ya había leído completo el misal romano que su abuelo paterno había dejado al morir.

 No porque alguien le hubiera pedido que lo hiciera, sino porque le fascinaban las palabras en latín. El olor del papel viejo, las ilustraciones a tinta de los santos y los mártires. A los 10 había memorizado los salmos que se rezaban en las vísperas dominicales. A los 12, cuando la Iglesia chilena empezaba a absorber los cambios del Concilio Vaticano Segundo y muchos de sus compañeros dejaban de ir a misa, Tomás se inscribió por voluntad propia como monaguillo en la parroquia San Sebastián a seis cuadras de su casa. Y desde esa semana

nunca faltó a ningún servicio religioso durante el resto de su adolescencia. Había en él desde muy temprano algo que los adultos interpretaron como santidad anticipada y que Gladis, muchos años después, revisando las fotos familiares con una lupa en la mano, leería de otra manera. Una melancolía que no correspondía a la edad, una tendencia a retirarse al dormitorio después de las comidas.

 y a no salir hasta la hora de estudiar. Un desinterés absoluto por los juegos de los otros niños del barrio, na que se reunían las tardes de verano en la plaza a jugar al fútbol o a perseguirse con ramas en el parque. Tomás prefería quedarse en casa. Ayudaba a su madre en la cocina, le leía en voz alta los textos que ella corregía para la escuela.

 conversaba con su padre en las noches cuando Héctor llegaba del turno en la estación con olor a carbón y aceite y se sentaba en la cocina a tomar un mate antes de acostarse. Esas conversaciones que Gladis espiaba a veces desde el pasillo eran las únicas en que Tomás parecía reírse con naturalidad de una infancia que para los demás estaba siendo perfecta y que para él parecía ya demasiado estrecha.

En el liceo, a partir de los 13 años, la situación se acentuó. Tomás era un alumno brillante. Sacaba las mejores notas del curso, especialmente en castellano, en historia y en religión. Ganaba concursos de oratoria a nivel provincial. Representaba al liceo en los encuentros de juventud católica que se hacían en Concepción y en Chillán.

 Pero no tenía amigos cercanos, tenía compañeros, tenía conocidos, tenía personas que lo saludaban con afecto en los pasillos, pero no había nadie con quien compartiera secretos, nadie a quien invitara a su casa, nadie a cuya casa él fuera. Rosa, que era una madre atenta, se lo comentó una vez al padre Enrico en confesión, preguntándole si debía preocuparse.

 El sacerdote italiano le respondió con la serenidad que lo caracterizaba, que cada niño tenía su propio ritmo de apertura al mundo y que Tomás simplemente estaba madurando más temprano que el resto. Rosa se quedó con esa respuesta. quería creerla, necesitaba creerla. Y durante los años siguientes, cada vez que una duda similar le subía al pecho, la apagaba con esa frase del padre Enrico, como quien apaga una brasa antes de que encienda algo.

El párroco de San Sebastián en esos años era un sacerdote italiano, el padre Enrico Marchetti, un misionero con Boniano que había llegado a Chile en 1968 y que tenía una relación muy particular con Tomás. El padre Enrico no era un hombre severo, era más bien un italiano cálido, de sonrisa fácil, que hacía bromas en castellano mal pronunciado y que prefería hablar del evangelio como de una buena noticia y no como de una obligación.

En las tardes de invierno, cuando la niebla bajaba desde la cordillera de Nahuelba, cubría el pueblo de un silencio húmedo, Tomás se quedaba después de misa a conversar con él en la sacristía. El padre Enrico le prestaba libros de teología pastoral, le hablaba de sus años en África, le preguntaba por sus estudios, lo escuchaba hablar de su futuro con una atención que el muchacho no había encontrado en nadie más, ni siquiera en sus propios padres.

 Y fue durante una de esas conversaciones en el otoño de 1979, cuando Tomás tenía 18 años y cursaba el último año del liceo, que pronunció por primera vez en voz alta las palabras que había ido armando durante años en el silencio de su dormitorio. Quería ser sacerdote, quería entrar al seminario, quería dedicar su vida a Dios.

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