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EL CASO QUE CONMOCIONÓ ECUADOR: UN AMOR BASADO EN MENTIRAS, UN ENGAÑO Y UNA DESAPARICIÓN REPENTINA

El caso que conmocionó Ecuador, un amor basado en mentiras, un engaño y una desaparición repentina. Lo que estás a punto de escuchar va a dejarte sin palabras. Esta historia ocurrió en 2008 en las calles de Quito, Ecuador, y aunque parezca sacada de una novela, cada detalle es devastadoramente real.

 Una mujer que creyó haber encontrado el amor de su vida, un hombre que nunca fue quien decía ser y una desaparición que abrió una caja de Pandora llena de mentiras, identidades falsas y peligros que nadie pudo imaginar. Si crees que conoces a las personas que amas, esta historia te hará cuestionarlo todo. Bienvenidos. Soy su narrador y hoy les traigo el caso que conmocionó Ecuador.

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Quito amanecía con la parsimonia característica de sus mañanas de enero. El cielo cargado de nubes bajas se extendía sobre los techos coloniales del centro histórico como una manta gris que prometía lluvia para el mediodía. Los vendedores ambulantes ya ocupaban sus puestos en la calle García Moreno. Los aromas del café pasado y los bolones de verde se mezclaban con el humo frío del amanecer andino, y los transeútes caminaban envueltos en chompas y bufandas, acostumbrados al frío perpetuo que la altitud de 2,50

m sobre el nivel del mar imponía sobre la ciudad. Susan Mora tenía 31 años, cabello castaño oscuro hasta los hombros, ojos expresivos que tendían a la melancolía incluso cuando sonreía, y una forma de caminar que delataba su origen provinciano, firme, pero sin la prisa ansiosa de los quiteños de nacimiento.

 Había llegado a Quito 6 años atrás desde Loja, en el sur del país, con una maleta mediana, un título universitario en administración de empresas y la convicción de que la capital le ofrecería lo que su ciudad natal no podía, oportunidades, independencia y quizás un futuro diferente. Y en gran medida, Quito había cumplido esa promesa.

 trabajaba como coordinadora administrativa en una empresa de importaciones ubicada en el sector de la Mariscal. tenía un departamento pequeño pero acogedor en el barrio de Iñaquito, algunas amigas cercanas y una rutina ordenada que, si bien no era emocionante, le daba una sensación de estabilidad que ella valoraba profundamente.

Lo que Quito no le había dado hasta ese enero de 2008 era amor. cambió en una noche de viernes en la que Carmita, su amiga y compañera de trabajo, la arrastró casi a la fuerza a una reunión en casa de unos conocidos en el barrio de Bellavista. Susan, te juro que si te quedas otro viernes en tu departamento viendo telenovelas, yo misma te llevo al médico.

 Ven, no va a ser nada del otro mundo. Gente tranquila, música, algo de tomar. Te hace falta salir. Susane había protestado con razón y sin razón, pero al final se puso sus botas de cuero marrón, su blusa favorita color vino, y siguió a Carmita hacia la noche quiteña. La reunión era en un departamento amplio con vista parcial al panecillo.

Había unas 20 personas, música en volumen moderado, piscos sour circulando en bandejas improvisadas y conversaciones que se cruzaban en el aire tibio del salón. Susan no conocía a casi nadie y se había ubicado estratégicamente cerca de la ventana con su vaso en la mano, mirando las luces de la ciudad cuando escuchó una voz a su lado.

Dicen que si miras el panecillo desde aquí por suficiente tiempo, la ciudad te termina adoptando. Llevas mucho tiempo mirándolo. Era un hombre de aproximadamente 35 años, alto para el estándar ecuatoriano, con mandíbula marcada, una sonrisa que llegaba primero a los ojos y una seguridad en el cuerpo que no era arrogancia, sino algo más difícil de describir. Presencia.

 Vestía con sencillez, pantalón oscuro y camisa azul marino, pero todo en él parecía calculadamente natural. Susan sonró antes de poder contenerse. Unos 10 minutos. Supongo que ya soy quiteña oficial. La hercio Vega, dijo él extendiendo la mano. Y tú definitivamente no eres de aquí. El acento te delata. Susan mora.

 Y sí, soy de Loja. ¿Es tan obvio? No es obvio. Es interesante. Esa noche hablaron durante casi 3 horas. Laercio le contó que era consultor financiero independiente, que había vivido algunos años en Bogotá y en Lima por motivos de trabajo, que adoraba el fútbol, pero no el clásico del astillero, porque le parecía demasiado caótico y que tenía la costumbre de desayunar solo en cafeterías, porque decía que era el único momento del día en que podía pensar con claridad, tenía anécdotas precisas. opiniones bien formadas y una

habilidad natural para hacer preguntas que hacían sentir a la otra persona como si fuera lo más interesante del mundo. Cuando Carmita se acercó pasada la medianoche con cara de complicidad apenas disimulada, Susen ya tenía el número de lacio guardado en su teléfono y una cita para el sábado siguiente en la cafetería modelo, frente al parque elegido.

Manejando de regreso, Carmita no pudo contenerse. Y cuéntame todo, ¿quién es ese tipo? Se llama Laercio, es consultor financiero y y nada, Carmita, tomamos algo y conversamos. Susen, te brillaban los ojos. No me vengas con nada. Susan miró por la ventana del taxi las luces de la avenida Amazonas, pasando como destellos en la noche fría. era diferente.

 Lo que siguió fueron cinco meses que Susin describiría más tarde en las declaraciones que daría a las autoridades como los más intensos de su vida adulta, aunque en ese momento los vivió simplemente como la felicidad que siempre había creído merecer, pero nunca había terminado de encontrar. Laercio era meticuloso en su cortejo, no exagerado, no abrumador, sino preciso.

recordaba detalles que ella mencionaba de pasada, que le gustaba el morocho con leche en las mañanas frías, que detestaba el cilantro, que su color favorito era el verde botella, que le daba miedo conducir en la ruta viva por la velocidad de los otros autos. Y esos detalles aparecían después, convertidos en gestos.

 un morocho esperándola en su escritorio. Un martes lluvioso, un restaurante reservado donde el chef conocía sus preferencias, una ruta alternativa elegida sin que ella tuviera que pedirlo. Los primeros tres meses fueron de cortejo cauteloso. El cuarto mes, Laercio le propuso que salieran exclusivamente. El quinto mes, Susan le entregó una llave copia de su departamento.

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