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El abogado del Multimillonario faltó al juicio — la PASANTE tomó el control y salvó 600 millones

 Era costoso, prestigioso y supuestamente infalible. Que no apareciera en un juicio donde estaban en riesgo cientos de millones era algo que no tenía sentido. La jueza Saudia Rango, conocida por su carácter implacable, miró el reloj por tercera vez. Su mirada se clavó en Óscar como un visturí.

 “Señor [música] Beltrán”, dijo con voz firme, “¿Dónde está su representación legal?” Óscar se puso de pie con calma aparente. Su señoría, al parecer tuvo un contratiempo inesperado. La jueza enarcó una ceja claramente sin creerlo. Desde la mesa de la fiscalía, el fiscal Bruno Cedeño sonrió con aire triunfal. Tenía los brazos cruzados, la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante y una expresión de victoria anticipada.

Su señoría, intervino. Si la defensa ni siquiera puede presentarse, tal vez eso diga más que cualquier evidencia. El murmullo en la sala se intensificó. Óscar mantuvo su compostura, pero por dentro intentaba calcular sus opciones. No había muchas. La jueza golpeó el mazo. Tiene 5 minutos para presentar representación legal válida o la corte cerrará este procedimiento por falta de defensa.

Óscar inhaló profundo. Si Tomás no llegaba, aquello podía ser el final. Y entonces sucedió algo que nadie esperaba. La puerta lateral se abrió de golpe. No se abrió. Fue prácticamente arrollada por la figura que entró tropezando. Una joven irrumpió como si hubiera sido lanzada desde una catapulta defectuosa.

Su blazar estaba arrugado. Su falda lucía como si hubiera sobrevivido una batalla con una cremallera rebelde y un maletín de cuero salió volando por los aires, expulsando papeles que cayeron como nieve caótica en el pasillo central. La sala entera quedó en silencio. La joven, [música] con las gafas torcidas y el rostro rojo, cayó de rodillas tratando de recoger todo mientras murmuraba.

No, por favor, no. Un papel aterrizó justo sobre el zapato italiano del fiscal cedeño. Él lo levantó con dos dedos, fingiendo repulsión. Interesante. [música] Esto parece un recibo de cafetería. La joven se lo arrebató con torpeza, pero mucha determinación. Es documentación de apoyo dijo sin convicción alguna.

 Risas explotaron en la galería. La jueza limpió sus lentes con una lentitud que presagiaba consecuencias. Y usted sería. La joven logró ponerse de pie enderezando su ropa como podía. Elena Marín, su señoría, departamento legal de Beltrán, Innovaciones. ¿Y qué hace irrumpiendo así en mi sala? Elena respiró hondo. Sus ojos recorrieron el lugar, las risas, el fiscal triunfante, la jueza severa y finalmente Óscar.

 Detrás de la torpeza, detrás de la vergüenza, había en ella algo firme, algo que él no esperaba ver. Determinación. [música] Vengo a hacerme cargo de la defensa, su señoría. La sala estalló en carcajadas. El fiscal cedeño se inclinó hacia adelante riendo abiertamente. Están escuchando esto. La interna, perdón, la junior, va a llevar un caso que vale cientos de millones.

Soy asociada junior, no interna”, corrigió [música] Elena, empujándose las gafas con un gesto que empezaba a parecer menos nervioso. Elena avanzó hacia la mesa de la defensa. Sus pasos aún temblaban, pero no se detuvo. Se sentó junto a Óscar, respiró hondo y murmuró sin mirarlo. “Tranquilo, [música] señor Beltrán.

Tomás Alarcón me pidió venir.” Óscar la miró sorprendido. Él te envió. Pero ella ya estaba de pie otra vez, mirando directo a la jueza con una postura completamente distinta. Su señoría, comenzó Elena, ahora con voz firme. Entiendo que mi llegada no fue tradicional y entiendo perfectamente que el fiscal encuentre esto gracioso.

 Miró a Cedeño con una sonrisa cortés y afilada. Pero mientras él se reía, yo revisé cada página de la demanda. Estoy preparada para proceder con esta defensa. El fiscal dejó de sonreír. La jueza inclinó la cabeza interesada. Es consciente, señorita Marín, de que si la autorizo y usted falla, las consecuencias serán desastrosas para su cliente? Soy plenamente consciente, su señoría, y aún así está dispuesta a asumir la responsabilidad.

Sí. El silencio fue absoluto. Finalmente, la jueza golpeó el mazo. La defensa queda autorizada a continuar. La sala explotó en murmullos. El fiscal cedeño palideció. Óscar observó a Elena con incredulidad. La joven que había entrado cayéndose y regando papeles ahora parecía otra persona.

 Y el juicio apenas estaba comenzando. El fiscal cedeño avanzó hacia el centro de la sala con una sonrisa que parecía ensayada frente al espejo. Caminaba con el pecho al frente, como si cada paso fuera una declaración de poder. Su señoría, dijo con voz cargada de falsa cordialidad. Antes de continuar, me gustaría que quede constancia de ciertos puntos.

La jueza asintió. Proceda. Cedeño se volvió hacia Elena, [música] mirándola como si fuera una distracción menor. Señorita Marín, ¿es cierto que lleva apenas unas semanas ejerciendo en Beltrán innovaciones? Elena se puso de pie. Tres semanas [música] para ser precisa. Un murmullo recorrió la galería.

 El fiscal abrió los brazos exageradamente. Tres semanas. Y antes de eso, ¿dónde? ¿Algún despacho pequeño de barrio? Casos de mascotas perdidas, tal vez. Risas se escucharon alrededor. Elena mantuvo la mirada firme. Trabajé en un despacho pequeño. Sí, interesante, dijo Cedeño, avanzando un paso y entrando descaradamente en su espacio personal.

 Y en ese despacho aprendió a encender la impresora. Lo pregunto porque viendo su entrada me preocupa que ni eso logre hacer sin tropezarse. Las risas estallaron. Algunas personas incluso aplaudieron. Elena sintió sus manos temblar. Sintió el calor subírsele al rostro. Sintió el peso de todas las miradas esperando que se hundiera.

 Pero entonces miró a Óscar. Él no reía. Él no parecía molesto con ella. Él parecía [música] confiado, confiado en alguien a quien apenas conocía. Elena respiró. Su pulso comenzó a estabilizarse. Fiscal [música] Cedeño dijo finalmente, “Agradezco su preocupación por mi coordinación motriz, pero puedo asegurarle que se encender la impresora, hacer café y hasta atarme los cordones cuando no estoy bajo presión.

” La sala soltó una risa distinta. No de burla, de sorpresa. Cedeño frunció el ceño. Elena continuó. Y ya que estamos aclarando cosas para actas oficiales, quizá también debería informarnos cuánto tiempo practicó ese discurso intimidante frente al espejo. Se lo digo porque le salió muy teatral. La sala explotó en carcajadas.

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