exacto, con la maleta en una mano y a Bruno en el reboso. Don Severino seguía en el corredor con el machete al lado, ya sin afilar, solo sentado. No la miró cuando pasó. Doña Lucinda la siguió hasta el portón. le puso en la mano una bolsa de tela con tortillas y queso para el camino.
Le tocó la mejilla a Bruno y se dio la vuelta y entró sin decir nada porque las despedidas largas eran lujo que don Severino no le iba a permitir. Catalina cruzó el portón y caminó por la calle del pueblo con la mirada al frente. La gente la miraba desde las ventanas y desde las puertas. Sabían, todo el mundo sabía.
Catalina no bajó la cabeza, siguió caminando. Llegó a la estación del camión que iba al sur una hora después, no al norte, donde Heriberto supuestamente vivía y donde no había nada para ella. Al sur, donde había un pueblo llamado Coatlán, que su tía abuela materna, ya muerta, había mencionado alguna vez como lugar donde había vivido en su juventud.
Catalina no conocía a nadie en Cuatlán. No tenía razón clara para ir allá, pero tenía que ir a algún lado que no fuera ese pueblo y el sur le sonaba más distinto del norte. Y los lugares donde uno tiene que empezar de nuevo conviene que sean distintos de los lugares donde uno empezó la vez anterior. El camión salió a las 2 de la tarde.
Catalina se subió con Bruno dormido en el reboso y la maleta y la bolsa de tortillas y queso. Pagó el boleto del bolsillo donde llevaba parte del dinero de su madre, calculando cada peso del cambio que le devolvió el cobrador para asegurarse de que no la engañaban, porque desde ese día tenía que cuidar cada peso como si fuera el último.
Se sentó en la última banca contra la ventana. Con el bebé en brazos. Bruno se removió un momento al sentir el motor, pero se acomodó en el reboso y siguió durmiendo con esa confianza de los bebés cuando el cuerpo de la madre les transmite que pueden seguir descansando. Y cuando el camión arrancó y empezó a bajar por el camino que salía del pueblo, Catalina vio la casa de adobe blanco a lo lejos por la ventanilla, la casa donde había nacido y donde había crecido y donde había aprendido a caminar y a hablar y a leer, y se obligó a mirarla hasta que
desapareció detrás de la curva del camino. No la miró por nostalgia. La miró por respeto, porque las cosas que uno deja merecen que uno las mire al irse, aunque uno no piense volver. Y porque doña Lucinda le había enseñado de niña que las despedidas mal hechas se quedan adentro como espinas que no terminan de salir.
Después miró al frente. El camión paró en tres pueblos en el camino antes de llegar a Coatlán al día siguiente al mediodía. En cada parada, Catalina bajaba un momento con Bruno para que el aire fresco le pegara al niño. Compraba algo pequeño para comer si hacía falta. Volvía a subir antes de que el chóer la dejara. Durmió poco esa noche en el camión con la cabeza apoyada en el vidrio de la ventana y Bruno en los brazos.
Pensó en muchas cosas y en ninguna en particular. pensó en Heriberto sin enojo, con esa calma que da él haber procesado algo durante meses. Pensó en su padre con un dolor más vivo, porque el padre que la había echado era distinto del padre que la había criado, y a Catalina le costaba reconciliar las dos imágenes.
Pensó en su madre con agradecimiento simple y pensó en Bruno, que dormía en sus brazos sin saber nada de lo que estaba pasando, y se prometió en silencio, con la promesa más seria que se había hecho en su vida, que Bruno nunca iba a saber el peso completo de lo que ella estaba cargando.
esa noche, porque los hijos no tienen que cargar lo que cargan las madres y porque cargarlo dos veces no le servía a nadie. Llegó a Coatlán al día siguiente al mediodía. Era pueblo más grande de lo que esperaba, con una plaza central rodeada de árboles de jacaranda, una iglesia de torre cuadrada con campanas de bronce que sonaban cada hora, mercado cubierto en una esquina de la plaza, dos calles principales y muchas calles secundarias de tierra que se abrían en abanico desde el centro.
Catalina bajó del camión, preguntó por una posada barata al primer hombre con cara honesta que vio y caminó hasta una que le indicaron en la calle del Este, una construcción de dos plantas con un patio central y nueve cuartos pequeños alquilados a viajeros y agente de paso. Pidió un cuarto al fondo, pagó la primera semana por adelantado, se acomodó.
bañó a Bruno en la pileta del patio común con agua tibia que pidió a la dueña. Comió una de las tortillas de doña Lucinda mojada en agua porque ya estaba dura del camino y se sentó en el catre con el bebé en brazos y empezó a pensar qué iba a hacer con su vida desde ese momento. Lo primero era trabajo. Lo segundo era un lugar para vivir más permanente que la posada.
Lo tercero era no gastar el dinero de su madre rápido, porque ese dinero no era dinero infinito, y porque ella no sabía cuánto iba a tardar en empezar a producir el suyo. Pensó, tenía algunas habilidades que doña Lucinda le había enseñado. Sabía cocer bien, sabía hacer pan, sabía hacer queso, sabía cuidar gallinas, pero ninguna de esas era oficio que la fuera a sostener sola con un bebé en una posada. Necesitaba algo más estable.
Esa primera tarde caminó por el mercado de Coatlán con Bruno en el reboso, mirando los puestos, escuchando, observando que se vendía y que no, que faltaba donde había hueco. Era ejercicio que doña Lucinda le había enseñado de niña, que en cualquier mercado nuevo, antes de decidir qué vender, hay que caminarlo entero dos veces y entender que necesita.
Catalina lo caminó, lo caminó otra vez y en la segunda vuelta, en una esquina del mercado donde se vendían dulces y miel, se detuvo frente a un puesto pequeño donde una mujer vieja estaba sentada con tres frascos de miel y nada más. Los frascos eran caros. La mujer no tenía clientes. La miel se veía oscura, espesa, hermosa. Catalina preguntó cuánto costaba el frasco más pequeño. La mujer dijo, “El precio.
Era caro, pero no imposible.” Catalina compró uno y lo guardó. Esa noche en el cuarto de la posada destapó el frasco. Olió, probó. Era miel buena, de verdad, intensa, con sabor de bosque, y entendió algo que iba a guardar como guarda uno las pistas que llegan sin avisar, que la miel buena tenía mercado en Cuatlán y que el mercado no estaba lleno.
A la mañana siguiente fue a buscar a la mujer del puesto de miel. La mujer se llamaba doña Saturnina Robles. Tenía 69 años. Vivía en una finca pequeña a una hora de Cuatlán, hacia el este, donde tenía colmenas viejas que su difunto marido había instalado hacía 30 años. y que ella había mantenido sola desde que enviudó hacía 11. Catalina se presentó.
Le dijo que era nueva en el pueblo, que quería aprender de la miel, que estaba dispuesta a trabajar para aprender. Doña Saturnina la miró con esos ojos viejos, pero atentos. Miró al bebé en el reboso. Miró las manos de Catalina que doña Saturnina sabía leer porque las manos de la gente cuentan más que las caras.
Y le dijo que viniera al día siguiente a la finca. Catalina fue caminó la hora de camino con Bruno en el reboso y lo que encontró fue una finca pequeña en la ladera de una loma con una casa de adobe rojo pequeña, un patio con árboles de naranjo y al fondo del terreno 12 colmenas de madera puestas en hilera mirando hacia el este, donde el sol pegaba en las mañanas.
Las colmenas eran viejas, descuidadas, con la madera oscurecida por los años, pero estaban activas, con abejas entrando y saliendo en el zumbido constante que era el sonido de fondo de la finca entera. Doña Saturnina la recibió en el corredor. Le contó sin que Catalina le preguntara que llevaba tres meses sintiendo que se estaba muriendo.
No de algo concreto que el médico pudiera nombrar, de algo más viejo, de un cansancio del cuerpo que llevaba tiempo avisando, que no tenía hijos, que su marido había muerto hacía 11 años, que no tenía a quien dejarle el oficio, que había aprendido de él en 40 años de matrimonio y que cuando vio a Catalina en el mercado el día anterior con el bebé en el reboso y los ojos firmes, había sentido por primera vez en meses que el oficio podía no morirse con ella. Catalina escuchó todo en silencio.
Después le preguntó que necesitaba. Doña Saturnina dijo que necesitaba enseñarle todo lo que sabía. Rápido, porque no le quedaba mucho tiempo y porque el oficio era largo y la enseñanza tenía que ser corta. Y porque doña Saturnina había aprendido en 40 años de matrimonio con un hombre del campo que las cosas urgentes se hacen en el orden de su urgencia y no en el orden de su comodidad.
que si Catalina aceptaba, doña Saturnina le iba a vender la finca a precio de saldo, mucho menos de lo que valía en el mercado real, porque prefería que la tierra y las abejas quedaran en manos de alguien joven que iba a continuar el oficio que era de su marido difunto, antes de rematarse al primer postor desconocido el día que ella muriera y que ya no iba a estar para elegir, que del precio podían arreglar pagos en cuotas razonables, que lo importante no era el dinero, sino que Catalina aprendiera todo en los meses que doña Saturnina tuviera de fuerza
para enseñar. Porque la enseñanza era la verdadera herencia y no la propiedad. Catalina hizo la cuenta en la cabeza con el dinero de su madre que llevaba escondido en la maleta y con lo que iba a poder ganar trabajando los primeros meses. La cifra que mencionó doña Saturnina era posible, justa. Alcanzaba si Catalina pagaba la mitad al firmar y la otra mitad en cuotas mensuales pequeñas durante un año.
Aceptó sin esperar a la mañana siguiente porque las decisiones que valen la pena se reconocen rápido, aunque después uno tarde en ejecutarlas. Firmaron el papel esa misma semana en el juzgado de Cuatlán con un secretario joven que actuó de testigo y que registró la transacción con la formalidad que los actos legales requieren aunque las dos mujeres se entendieran sin papeles.
Catalina pagó la mitad con el dinero de doña Lucinda y con un pequeño préstamo que la dueña de la posada le hizo a cambio de que Catalina le llevara miel cuando empezara a producir. Doña Saturnina firmó la escritura con una mano que ya temblaba, pero que firmó claro. Catalina se mudó a la finca al día siguiente con la maleta y con Bruno y con todo lo que había traído del pueblo del norte, que cabía en un solo viaje en la carreta del vecino que doña Saturnina mandó a buscar y empezaron a trabajar. Lo que doña Saturnina enseñó a
Catalina en los meses que vinieron fue el oficio entero de la apicultura, comprimido por la urgencia de un cuerpo que se iba apagando despacio, pero seguro, y que las dos sabían que no tenía mucho tiempo, aunque ninguna lo dijera en voz alta, porque decirlo era invocarlo. Y doña Saturnina era mujer que prefería trabajar mientras el cuerpo aguantara antes que sentarse a esperar lo que iba a llegar.
Empezaron al día siguiente de la mudanza de Catalina a la finca, antes del amanecer, con doña Saturnina enseñándole a Catalina cómo encender el ahumador correctamente con hojas secas y trapos viejos para producir el humo grueso y denso que tranquiliza a las abejas sin hacerles daño. Humo que tenía que estar bien preparado antes de acercarse porque acercarse con humo malo era peor que acercarse sin humo.
enseñó a moverse cerca de las colmenas con los movimientos lentos y predecibles que las abejas reconocen como amistosos, sin perfumes en el cuerpo, sin ropa de colores oscuros, porque los colores oscuros las irritan, sin movimientos bruscos. Le enseñó a abrir las colmenas con espátula plana, despegando primero la tapa con un movimiento limpio.
Después los marcos uno a uno con la paciencia de quien sabe que cada movimiento mal hecho irrita a varias abejas y que las abejas irritadas se irritan en cadena. le enseñó a sacar los marcos con la cera, a sostenerlos en la luz del sol para evaluarlos, a leer en el patrón de la celda si la colmena estaba sana, si la reina estaba poniendo bien, si había suficientes obreras jóvenes, si había larvas en buen estado o si había enfermedad asomándose.
Le enseñó a reconocer a la reina entre las miles de obreras, no por el tamaño, aunque era más grande, sino por la manera en que se movía, más despacio, más rodeada de obreras que la atendían con esa atención específica de quien sirve a una reina. le enseñó a contar las obreras de un vistazo aproximado, no exacto, pero suficiente para saber si la colmena estaba creciendo o decreciendo.
Le enseñó a oler las colmenas, porque las colmenas sanas huelen distinto de las enfermas, y le enseñó a Catalina a meter la nariz cerca del marco para reconocer ese olor que doña Saturnina llamaba el olor de la salud y que Catalina aprendió a identificar después de muchas colmenas. le enseñó a sacar la miel por extracción centrífuga con un aparato de mano que su difunto marido había construido hacía décadas en una herrería del pueblo y que doña Saturnina había usado durante décadas con una efectividad que las máquinas modernas,
según ella, todavía no superaban porque las máquinas modernas iban demasiado rápido y la velocidad rompía las celdas y echaba a perder la cera. le enseñó a filtrar la miel con telas de algodón limpias dobladas en cuatro capas, dejándola gotear despacio sobre los recipientes de barro que doña Saturnina había usado siempre, porque los recipientes de barro mantenían la temperatura mejor que el metal.
Le enseñó a envasarla en frascos de vidrio limpios, hervidos antes para esterilizar, a cerrar la con cera de las propias colmenas derretidas sobre el corcho para que durara meses sin fermentar. Le enseñó también, y eso era lo que más valor tenía porque era lo que no se enseñaba en ningún libro. a conocer el ciclo completo de las abejas y de las flores del valle, qué floración del año daba qué tipo de miel.
La flor de laar de los naranjales en febrero daba la miel clara y dulce de azaar que tenía precio alto. La flor del bosque en mayo daba la miel oscura y profunda de bosque tenía precio mediano, pero mercado seguro. Las flores de las hierbas medicinales del valle en agosto daban la miel ámbar de hierbas que era la favorita de los curanderos de la región para preparar remedios.
Cada miel tenía su mercado, su precio, su cliente. Le enseñó a Catalina a separar las cosechas por temporada para no mezclar las mieles entre sí, porque mezclarlas era perder el valor de cada una. Le enseñó a cuidar las colmenas en cada estación, en invierno a reducir el espacio interno para que las abejas pudieran calentarse mejor.
En primavera, expandirlo cuando la población crecía rápido. En verano vigilar la humedad y la temperatura. en otoño a preparar las reservas para que las abejas pudieran pasar el frío. Le enseñó a dividir las colmenas cuando crecían demasiado, sacando una nueva reina y la mitad de las obreras a una caja nueva, lo que Catalina hizo por primera vez con manos temblorosas y con doña Saturnina dirigiéndole desde una silla porque ya no tenía fuerza para hacerlo.
Ella le enseñó a derretir la cera limpia en una olla de cobre que se calentaba en baño maría para que no se quemara, a colarla por una tela fina para sacar las impurezas, a verterla caliente en los moldes de ojalata que su difunto marido había hecho en la herrería del padre de Ezequiel hacía 30 años.
Aunque Catalina todavía no sabía quién era Ezequiel. Las velas que salían de esos moldes eran amarillas naturales sin pigmento, con esa belleza simple de la cera pura y tenía mercado en las iglesias de la región para los días de fiesta y en las casas particulares para los altares domésticos donde se prendían a los santos.
Catalina aprendía con la velocidad de quien sabe que el tiempo es corto. Anotaba todo en un cuaderno que compró en el mercado de Coatlán. hacía preguntas precisas, repetía las técnicas hasta dominarlas y al mismo tiempo cuidaba a Bruno, que crecía en la finca con una libertad que en la casa del padre nunca habría tenido, jugando en el patio con los gatos de doña Saturnina, sentado en el corredor mientras las dos mujeres trabajaban con la cera en la mesa, durmiendo siestas largas con el zumbido de las abejas como sonido de fondo. Doña Saturnina se fue debilitando
con los meses, como había anunciado. Al cuarto mes ya no podía caminar hasta las colmenas. Catalina las trabajaba sola y le contaba a la mujer cada noche como había estado todo. Al sexto mes, doña Saturnina ya casi no se levantaba del catre. Catalina le subía la comida al cuarto, la bañaba con paños tibios, le sostenía la mano mientras conversaban.
recibía las últimas instrucciones que la vieja iba dando con la voz cada vez más baja. Al séptimo mes, doña Saturnina murió una mañana de mayo mientras Catalina estaba trabajando en una colmena del fondo. Cuando Catalina volvió a la casa para preparar el almuerzo, la encontró en el catre con los ojos cerrados y la respiración detenida, con la cara tranquila de las personas que se van sabiendo que ya hicieron lo que tenían que hacer.
Catalina la enterró con el cura de Coatlán y dos vecinos viejos que habían conocido a doña Saturnina toda la vida. Lloró ese día por primera vez desde que había salido del pueblo del norte. Lloró por doña Saturnina, sí, pero también por su madre, también por ella misma, también por todo lo que había cargado en silencio durante meses.
Después de llorar, volvió a la finca, dio de comer a Bruno y al día siguiente siguió trabajando. Las abejas no esperan. Los meses siguientes fueron de Catalina sola con Bruno y con 12 colmenas y con una finca que ahora era completamente suya. pagó la segunda mitad del precio acordado al sobrino lejano de doña Saturnina, que el testamento había dejado como administrador de los pagos.
La finca quedó libre de deuda. Catalina empezó a vender la miel en el mercado de Coatlán los sábados, en el mismo puesto donde doña Saturnina había vendido. Algunos clientes la reconocieron como la muchacha que había estado con la vieja. Otros eran nuevos. La miel se vendía bien porque era miel buena de verdad y porque los frascos llevaban una etiqueta que Catalina escribió a mano que decía miel de la finca de Saturnina cuidada por Catalina Vargas año tal.
Mantener el nombre de la difunta en la etiqueta había sido decisión de Catalina, no exigencia del testamento. Era forma de decir, sin decirlo en voz alta, que el oficio venía de doña Saturnina y que Catalina lo continuaba con respeto. Los clientes lo notaban. Las ventas crecieron mes a mes. Bruno cumplió un año en la finca.
Caminó por primera vez en el patio entre las colmenas con Catalina mirándolo desde la puerta de la cocina y con esa mezcla de orgullo y de algo más antiguo que tienen las madres cuando ven a sus hijos hacer cosas que confirman que están vivos y que están bien y que algo de lo que ellas hicieron sirvió. Catalina lloró un poco esa tarde, despacio, sin escándalo.
A los dos años en la finca llegó Eriiberto. No llegó al pueblo del norte donde Catalina había vivido con sus padres. Llegó a Coatlán. La encontró en el mercado en el puesto de miel un sábado de septiembre. Catalina lo vio acercarse desde lejos entre la gente del mercado y lo reconoció antes de que él la viera.
Se le apretó algo en el pecho que no era miedo exactamente. Era algo más parecido al asco que produce ver de nuevo a alguien que uno había logrado borrar de la memoria casi del todo. Eriberto llegó al puesto, la miró, miró a Bruno que estaba sentado en una silla pequeña a un lado, jugando con una piña pequeña entre las manos.
Eriberto sonrió esa sonrisa suya de los hombres que saben que la sonrisa funciona. Le dijo que la había estado buscando, que se había enterado por gente del pueblo del norte, donde había vuelto por trabajo, que ella se había ido al sur con un niño, que había preguntado en varios pueblos hasta encontrarla, que había tomado tiempo darse cuenta de lo que había hecho, que quería arreglar las cosas, que el niño era su hijo y que tenía derecho.
Catalina lo escuchó hasta el final con la cara quieta y las manos firmes sobre el mostrador del puesto. Cuando terminó, le preguntó si tenía algún papel que probara que era el padre. Herberto dijo que no necesitaba papeles, que lo sabía, que ella lo sabía. Catalina le dijo que en este país los derechos sobre los hijos se prueban con papeles, no con palabras, y que él no había estado presente en el nacimiento, no había firmado el acta, no había aportado ni un peso ni una visita en los dos años de vida del niño, que legalmente él no era
nada y que personalmente tampoco. Herberto cambió la sonrisa por una expresión más dura. le dijo que iba a ver al juzgado, que iba a iniciar trámites, que ella no podía impedirle ver a su hijo. Catalina le dijo que el juzgado de Cuatlán quedaba a tres calles, que fuera, que hablara con el juez, que viniera con cualquier papel que el juez le diera, que mientras tanto se alejara del puesto y del niño, porque ella no iba a permitir que un desconocido se acercara a su hijo.
Lo dijo con la voz neutra, sin levantarla, porque doña Saturnina le había enseñado los meses de aprendizaje algo que no era sobre abejas, que las personas como Heriberto se desestabilizan con la calma más que con el grito. Herberto se quedó parado un momento, después se fue. Catalina cerró el puesto temprano.
Ese día cargó a Bruno y los frascos que quedaban. Caminó la hora a la finca con la espalda recta y la cabeza levantada. Esa tarde fue al juzgado de Coatlán y consultó con el secretario que era hombre joven pero serio, que le explicó lo que necesitaba saber, que la ley de paternidad requería pruebas formales, que la presencia de Herriberto en el pueblo no le otorgaba ningún derecho automático sobre el niño, que si él iniciaba trámites Catalina podía defenderse legalmente y que ella tenía la posición fuerte porque era la madre y
porque había estado presente desde el primer día. Eriberto inició los trámites a los tr días en el juzgado de Coatlán. Catalina recibió la notificación al día siguiente y fue a hablar con el secretario que la había atendido la primera vez. un hombre joven llamado don Tobías Mejía, que le escuchó con la calma profesional de quien ha visto muchas situaciones parecidas y que se ofreció a representarle en el proceso porque conocía la historia de doña Saturnina y porque su difunto padre había sido amigo del difunto marido de
doña Saturnina, lo que los pueblos del campo era cadena de favores que se honraban a a través de las generaciones, aunque ninguno de los originales estuviera vivo. El proceso duró 4 meses largos en los que Catalina tuvo que ir al juzgado seis veces y responder por escrito a 12 preguntas distintas que el juez fue presentando.
Herriberto presentó testigos del pueblo del norte que decían haberlo visto con Catalina hacía 2 años y medio, que era cierto, pero que no probaba paternidad legal, sino solo conocimiento personal, distinción que el juez entendió desde el primer día. Catalina presentó el acta de nacimiento de Bruno sin nombre del padre, que era el documento que más pesaba porque establecía legalmente que el niño no tenía padre reconocido.
Presentó los testimonios de doña Lucinda mandados por carta certificada desde el pueblo del norte con sus respuestas detalladas a las preguntas legales en las que la madre confirmaba que Heriberto se había ido del pueblo antes de que Catalina supiera del embarazo y que nunca había vuelto ni mandado dinero ni preguntado por el niño en los dos años transcurridos.
presentó el testimonio del cura del pueblo del norte, escrito de su puño y letra, que recordaba el bautizo de Bruno sin presencia paterna alguna y que confirmaba que Heriberto no había aparecido en el pueblo durante todo ese tiempo. Presentó dos testigos del mercado del pueblo del norte, vecinas de la familia, que confirmaron que Catalina había vivido sola con el bebé en casa de los padres durante todo el embarazo y los primeros meses sin que nadie hubiera visto a Heriberto cerca.
El juez de Coatlán evaluó cada documento con la minuciosidad que su trabajo requería. concluyó en una resolución de seis páginas que Catalina leyó completa con don Tobías al lado explicándole los términos legales, que Heriberto, en efecto, podía ser el padre biológico de Bruno, pero que su ausencia total durante el embarazo y los dos primeros años de vida del niño constituía abandono legalmente reconocido bajo el Código Civil del Estado, que su solicitud actual de derechos paternos era extemporánea, lo que significaba que
llegaba demasiado tarde y que la patria potestad correspondía exclusivamente a la madre sin posibilidad de cuestionar Ento futuro. Eriberto recibió la sentencia. Apeló. La apelación fue rechazada y Heriberto desapareció de Cuatlán y de la vida de Catalina como había desaparecido la primera vez, sin despedirse ni explicar, lo que confirmó a Catalina que la primera desaparición no había sido descuido, sino carácter.
A los 6 meses de eso, una mañana de lunes en el mercado, Catalina conoció a Ezequiel. Era hombre de 33 años, herrero del pueblo, dueño de una herrería pequeña que quedaba a tres calles del mercado y que su padre había fundado hacía 40 años. Pelo negro corto, pero algo despeinado de trabajar, ojos café claros con pestañas largas que parecían de mujer, aunque la cara era completamente de hombre.
T blanca cálida quemada por el calor de la fragua, una cicatriz curva en el antebrazo izquierdo de un hierro caliente que se le había caído hacía años. Constitución robusta, brazos fuertes de herrero, manos grandes con callos en las palmas, camisa azul oscura con manchas de ollín que doña Saturnina en sus tiempos le había recomendado a Catalina si alguna vez necesitaba arreglar herramientas de las colmenas.
Catalina no había necesitado herrero hasta esa mañana en que se le había roto la palanca de la prensa de cera y necesitaba que alguien la soldara. Llevó la palanca a la herrería. Ezequiel la atendió, la examinó con cuidado, la palanca y a Catalina con la misma atención. Le preguntó de qué era. Catalina le explicó. Ezequiel dijo que la podía soldar al día siguiente, que pasara a recogerla por la tarde, que el costo era poco.
Catalina pasó al día siguiente. Ezequiel le entregó la palanca soldada perfectamente, mejor de lo que estaba antes. Le cobró el precio que había mencionado y antes de que ella se fuera, sin que viniera al caso, le preguntó si le faltaba algo en la finca que él pudiera ayudarla a hacer. Catalina lo miró con la sospecha automática que tenía con los hombres desde Heriberto, pero los ojos de Ezequiel no tenían la sonrisa calculada.
Tenían algo más simple, vergüenza de haberse atrevido a preguntar. Catalina dijo que de momento no, pero que gracias. A los dos días Ezequiel apareció en el puesto del mercado, no con sonrisa de cortejo, con un ahumador para abejas que había hecho el mismo en la herrería con base en el viejo de Catalina que había visto en la palanca.
era ahumador, mejorado, más ergonómico. Le dijo que había pensado que ese diseño podía servirle, que no le cobraba, que era regalo de bienvenida al pueblo, aunque fuera tardía porque ya llevaba años ahí. Catalina recibió el ahumador. Era bueno, claramente bueno. Le agradeció. Ezequiel se fue, pero volvió a la siguiente semana con otro detalle.
Y a la siguiente, y a la siguiente y los detalles fueron creciendo. Una herramienta, un saludo, una conversación corta, una pregunta sobre cómo iba la finca, sin presión, sin avanzar más rápido de lo que ella permitía, con una paciencia que a Catalina le tomó tiempo nombrar y que cuando la nombró fue con la sorpresa de quien encuentra algo que no recordaba que existía.
A los 6 meses de visitas, Catalina lo invitó a la finca. Ezequiel fue un domingo caminando la hora desde el pueblo con un saco de cuero al hombro donde llevaba una herramienta nueva que había hecho en la fragua y que pensaba que podía servirle a Catalina para limpiar las colmenas. Llegó a media mañana, se detuvo en el portón antes de entrar y la saludó desde ahí, esperando a que ella le indicara que pasara, lo que era detalle de educación que Catalina notó porque Riberto en sus tiempos había entrado siempre sin preguntar. Catalina lo
invitó a pasar. Ezequiel entró, conoció las colmenas, las miró desde la distancia que doña Saturnina había enseñado a Catalina como distancia de respeto, sin acercarse demasiado, sin movimientos bruscos. Le hizo preguntas precisas sobre el manejo, sobre la producción, sobre la temporada. Catalina le respondió todo con la facilidad de quien ya domina lo que sabe.
Ezequiel la sentía mientras escuchaba. conoció a Bruno, que ya tenía 3 años, y que estaba en el patio jugando con un palo y una piedra. Bruno lo evaluó con esa seriedad de los niños pequeños cuando deciden si alguien que llega a su casa les cae bien o no. La evaluación duró exactamente lo que duraba la evaluación de Bruno, que eran unos 20 minutos.
Después Bruno se acercó a Ezequiel, mostrándole el palo y la piedra, y preguntándole si podía hacerle algo a la piedra con el palo. Ezequiel le dijo que la piedra no se trabajaba con el palo, sino con otra piedra. Bruno preguntó si podía hacer un nudo. Entonces, Ezequiel sacó del saco un cordón de cuero pequeño y le mostró cómo se hacía un nudo de los que él usaba en la fragua para amarrar las cuerdas que sostenían las herramientas calientes.
Bruno lo miró a hacer el nudo dos veces. Después lo intentó. lo logró al tercer intento y a partir de ese domingo, Bruno preguntaba todos los días si Ezequiel iba a venir el siguiente domingo y cuando Catalina decía que sí, Bruno se quedaba contento toda la semana. Lo que vino después fue la naturalidad de las cosas que están bien hechas y que crecen porque tienen que crecer y porque las dos personas involucradas saben que crecer es lo correcto.
Ezequiel empezó a venir todos los domingos sin que ninguno de los dos lo formalizara como cita. Después también algún miércoles, cuando podía cerrar la fragua temprano, ayudaba en la finca con lo que hacía falta sin que nadie le pidiera, con esa habilidad de los hombres de oficio que saben evaluar donde se necesitan las manos y poner la suya sin pedir permiso.
Reparó dos colmenas viejas que tenían las tablas separándose. Construyó un cobertizo nuevo para guardar la cera con maderas que trajo poco a poco de la herrería en cada visita. hizo bisagras nuevas para la puerta de la casa que Catalina había estado planeando arreglar, pero que no había encontrado el tiempo. Y un día cualquiera, sin anuncio dramático, sentado con Catalina en el corredor de la tarde mientras Bruno dormía la siesta, le dijo con esa simpleza directa que era su carácter, que la quería.
Catalina ya lo sabía hacía meses, lo había sabido desde la tercera o cuarta visita, pero le agradeció que lo dijera porque las cosas dichas pesan diferente de las cosas sabidas. le dijo que ella también lo quería. Y de ahí en adelante todo fue construcción simple, día tras día, sin sobresalto, con la calma específica de las parejas que se eligen sabiendo lo que están eligiendo.
Se casaron al año y medio de conocerse en la capilla de Coatlán con Bruno como portador de los anillos que tenía 4 años y que se tomó la responsabilidad con la seriedad de un adulto pequeño. Ezequiel se mudó a la finca, pero siguió con la herrería, que quedaba a una hora caminando y donde iba todos los días. Las colmenas crecieron a 22 en los siguientes dos años.
La producción de miel y de cera y de velas se duplicó. Catalina contrató a dos mujeres del pueblo para ayudar en las temporadas altas. Bruno empezó la escuela del pueblo cuando tenía 5 años y aprendió a leer rápido. Con esa facilidad de los niños que crecieron viendo a sus madres anotar todo en cuadernos. Tuvieron una hija 2 años después a la que llamaron Saturnina por la mujer que había hecho posible la finca.
Doña Lucinda, la madre de Catalina, vino a conocer a la nieta cuando la pequeña Saturnina tenía 6 meses. Don Severino había muerto el año anterior de una afección del corazón. Doña Lucinda llegó a Cuatlán con un vestido oscuro y los ojos cansados de los años de silencio. Se quedó tres semanas. Conoció a Bruno, que ya tenía 7 años. Cargó a la pequeña Saturnina.
Conoció a Ezequiel y lo evaluó con esa atención de las madres con los hombres de sus hijas. y al tercer día le dijo a Catalina, sin que viniera al caso, que estaba contenta de como había salido todo. Catalina la abrazó y por primera vez en muchos años no había nada más que decir.
Una tarde de octubre, con el calor del valle bajando despacio y con las abejas haciendo el último vuelo del día en el zumbido de fondo, que ya era el aire de la finca para Catalina, ella estaba en el corredor con la pequeña Saturnina dormida en los brazos. Bruno había salido al patio con Ezequiel a revisar una colmena que mostraba un comportamiento raro en la mañana.
Se les escuchaba hablar bajito desde el corredor, Bruno haciendo preguntas precisas que Ezequiel respondía con la paciencia de los hombres que entendieron que enseñar a un hijo es lo que más vale. Catalina miró el patio. Miró la casa de adobe rojo que había sido descuidada cuando llegó y que ahora tenía paredes pintadas de blanco con marcos azules que Ezequiel había escogido un domingo y que Catalina había probado sin discutir porque le habían parecido los correctos desde el primer momento. Miró las colmenas que se

extendían en hileras parejas hasta el fondo del terreno. Las 12 originales y las 10 que habían sumado Ezequiel y ella en los años siguientes con la técnica que doña Saturnina había enseñado de dividir las colmenas que crecían demasiado para multiplicar la población sin comprar abejas nuevas. Miró el cobertizo nuevo donde Ezequiel había construido los moldes de ojalata para velas y donde Catalina pasaba las tardes de los miércoles haciendo el lote de la semana. Y pensó en doña Saturnina.
Pensó en la voz de su padre afilando el machete en aquel corredor del pueblo del norte. Hacía años pensó en doña Lucinda metiéndole la caja de ojalata en las manos. Pensó en el camión que la había traído al sur sin que ella supiera por qué exactamente al sur. Pensó en doña Saturnina vendiendo tres frascos de miel solos en una esquina del mercado de Coatlán y mirándola con esos ojos viejos, pero atentos cuando ella se acercó a preguntar precios.
Las cosas se habían ido encadenando una con otra. Cada paso había llevado al siguiente y el resultado era ese: una finca con 22 colmenas, una hija dormida en sus brazos, un hijo que hacía preguntas precisas en el patio, un hombre que respondía con paciencia las preguntas del hijo. Una vida que no era la que Catalina había imaginado a los 19 años, era otra. Era mejor.
Bruno entró al corredor con las manos manchadas de cera fresca de la colmena. le preguntó a su madre si la colmena que estaban revisando estaba sana. Catalina dijo que sí, que solo necesitaba más espacio porque estaba creciendo. Bruno asintió con la seriedad de siempre y le mostró la cera que tenía en las manos. Dijo que Ezequiel le había explicado que esa cera servía para velas y le había dejado guardar un pedazo.
Catalina le dijo que después la fundían juntos. Bruno volvió al patio satisfecho. Ezequiel lo siguió y los dos quedaron al fondo del terreno hablando bajito, el padre y el hijo en una conversación que Catalina no escuchó, pero que veía desde el corredor. Ezequiel agachado para estar al nivel de Bruno, Bruno señalando algo en una de las colmenas, Ezequiel asintiendo y respondiendo.
La pequeña Saturnina seguía dormida en los brazos de Catalina con esa respiración tranquila de los bebés que duermen sabiéndose seguros. El sol bajó detrás de la loma del este y dejó la finca con esa luz dorada que tenía a esa hora, con el zumbido de las abejas, yéndose poco a poco las colmenas para pasar la noche, con todo en su sitio, porque todo había llegado al sitio donde tenía que llegar después de un camino que Catalina no había planeado, pero que la había llevado exactamente ahí. Yeah.