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Echada De Casa Por Sus Padres, Compró Una Finca Abandonada Y Rehízo Su Vida Sola Con Su Bebé

 Antes de iniciar esta historia, deja tu like, suscríbete al canal, activa la campanita para no perderte ningún video y cuéntame los comentarios desde qué parte del mundo nos estás escuchando. Vamos a comenzar. Las cosas no habían empezado así. Habían empezado un año y medio antes, cuando Catalina tenía 19 años recién cumplidos y trabajaba en la panadería del pueblo todas las tardes después de ayudar en la casa por las mañanas.

 Y cuando un hombre llamado Eriberto Salgado pasó por el pueblo durante un mes entero comprando ganado para un patrón de la región del norte, Herriiberto era hombre de 26 años, bien parecido, de los que saben hablar con las mujeres jóvenes con esa suavidad calculada que no se nota como cálculo cuando uno tiene 19 años, pero que se nota perfecto cuando uno tiene 30.

 Catalina lo conoció en la panadería porque él iba a comprar pan dulce todas las mañanas. Después se vieron en la plaza por las tardes, después en el camino del río donde Catalina iba a lavar ropa los domingos y después en el cuarto que Heriberto rentaba en la posada del pueblo, donde Catalina entró por primera y única vez una tarde de septiembre que cambió lo que vino después.

 Eriberto se fue del pueblo dos semanas más tarde, cuando terminó de comprar el ganado y cuando ya tenía el camión cargado y el viaje listo. Le prometió a Catalina que volvía. le dijo que en cuanto entregara el ganado y cobrara, volvía por ella, que se iban a casar, que iba a hablar con su padre formalmente. Catalina le creyó porque a los 19 años uno cree esas cosas.

Herberto se fue y no volvió. Catalina supo que estaba embarazada al mes y medio. Lo supo ella sola porque el cuerpo le habló como les habla a las mujeres cuando algo está pasando adentro. Lo guardó dos meses esperando que Heriberto apareciera. No apareció. Le escribió al pueblo del norte donde decía que vivía, a la dirección que le había dado.

 Y la carta volvió tres semanas después sin ser entregada porque la dirección no existía o porqueerto no estaba ahí o porque las dos cosas. Catalina entendió entonces lo que tenía que entender, que Heriberto le había mentido el nombre del pueblo, posiblemente el del patrón, posiblemente todo, que no iba a volver porque nunca había planeado volver y que ella tenía 4 meses de embarazo.

 Vivía en casa de sus padres. y no podía esconder lo que pasaba mucho más tiempo. Se lo dijo a su madre primero. Una noche en la cocina. Doña Lucinda escuchó con la cara endurecida y los ojos en el suelo. No la regañó. No le habló. Solo se quedó callada un rato largo y al final dijo que iba a hablar con don Severino, que no le dijera a ella todavía, que dejara que la madre le buscara el momento.

 Doña Lucinda nunca encontró el momento porque don Severino se enteró antes de la manera más cruel. por una vecina que vio el cuerpo de Catalina cambiando bajo la ropa y le hizo un comentario en la calle a la madre, comentario que doña Lucinda no supo manejar y que terminó confirmándole a la vecina lo que era.

 La vecina lo dijo en el mercado. El mercado lo dijo al pueblo y el pueblo lo dijo a don Severino antes de que él tuviera oportunidad de saberlo de otra manera más amable. Don Severino llegó esa tarde con la cara de la furia callada que iba a ser la cara que tendría durante los meses que vinieron.

 No habló esa noche, no habló al día siguiente, habló a la semana, una mañana de domingo después de misa. Y lo que dijo fue que Catalina iba a tener al hijo en la casa porque las puertas no se cierran a un niño inocente, pero que después del parto él iba a decidir qué hacer con la situación y que mientras tanto, Catalina no salía a la calle y no recibía visitas y vivía como si no existiera porque eso era lo que ella había elegido al hacer lo que hizo.

 Catalina tuvo a Bruno en la casa con la partera del pueblo y con doña Lucinda al lado y con don Severino sentado en el corredor durante las 5 horas de parto sin entrar al cuarto ni una sola vez. Bruno nació sano, fuerte, con los ojos grandes y la piel rojiza de los recién nacidos y un llanto que llenó la casa entera. Doña Lucinda lloró cuando le pusieron al niño en los brazos a Catalina.

 Don Severino siguió en el corredor. Los cuatro meses siguientes fueron la espera de algo que Catalina sabía que iba a llegar, pero que no sabía cuándo. Don Severino no le hablaba. Doña Lucinda le hablaba en susurros. Catalina cuidaba al bebé. Ayudaba en la casa con lo que podía. No salía. Bruno crecía bien, sonreía, levantaba la cabeza, empezaba a reconocer la voz de su madre.

 Y el viernes en que cumplió 4 meses, esa misma mañana, don Severino llamó a doña Lucinda al cuarto principal y conversaron una hora con la puerta cerrada. Y al salir, doña Lucinda fue a buscar a Catalina al patio donde estaba lavando los pañales y le dijo, con la voz quebrada que su padre había decidido, que tenía que escuchar lo que él iba a decir.

 Y don Severino lo dijo con el machete en la mano y los ojos en la piedra de afilar y el filo brillando con cada pasada que tenía hasta el mediodía. Catalina entró al cuarto que había sido suyo toda la vida. sacó del baúl la ropa que le quedaba después del embarazo. Sacó la ropa de Bruno, que era poca, que doña Lucinda había cocido con sábanas viejas durante el embarazo.

 Sacó el reboso. Bueno, sacó el peine de madera y al fondo del baúl, debajo de unos trapos viejos que doña Lucinda llevaba años sin sacar, encontró una caja de ojalata pequeña que su madre tenía escondida y que Catalina había visto una vez de niña sin entender qué era. La abrió. Adentro había monedas. muchas monedas y un sobre con billetes.

Era el dinero que doña Lucinda había estado guardando durante años en secreto del marido, peso a peso de lo que vendía en el mercado los sábados, sin decirle el monto exacto. Era ahorro de mujer del campo, ahorro escondido, ahorro de quien sabe que algún día puede necesitar irse. Doña Lucinda apareció en la puerta del cuarto, vio la caja abierta en las manos de Catalina y dijo con esa voz quebrada que tenía esa mañana que era para ella, que lo había estado guardando para Catalina desde hacía años, desde antes

del embarazo, desde mucho antes, porque sabía que su hija iba a necesitar algo suyo en algún momento de la vida y porque las hijas necesitan tener algo que sea solo de ellas para no estar atrapadas, que se lo llevara, que lo escondiera bien y que no le dijera era a su padre. Catalina contó el dinero rápido.

 Era más de lo que esperaba, mucho más. Calculó mentalmente. Daba para un viaje, daba para los primeros meses, daba quizá para algo más. abrazó a su madre con el bebé en medio. Doña Lucinda lloraba sin hacer ruido. Catalina no lloró porque ya había llorado suficiente las semanas anteriores y porque ahora era el momento de actuar y no de llorar, y porque su madre le había enseñado en este último gesto callado, lo más importante, que las mujeres del campo tienen formas de prepararse, aunque parezca que no se preparan. Salió de la casa al mediodía

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