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Echada de Casa, Joven Halló un Rancho Sin Nadie… Se Refugió e Hizo de Todo para Sobrevivir Sola

 dijo que ya estaba demasiado grande para quedarse ahí comiendo gratis, que Dalba necesitaba el cuarto para guardar sus cosas y que ya era hora de que Celina se fuera y se las arreglara como gente grande. Celina lo miró tratando de encontrar algo en los ojos de aquel hombre que recordara al cariño, que recordara los años que ella pasó cuidando esa casa, cocinando, lavando, planchando, cosiendo, haciendo el trabajo de dos personas.

 sin recibir nunca un gracias. Pero no había nada ahí, solo la prisa de quien quiere deshacerse de un estorbo. La madre de Celina había muerto cuando ella tenía 9 años, una fiebre que empezó débil y en 4 días se llevó a la única persona que trataba a Celina con cariño en este mundo. Alides no era padre de verdad, era el hombre que la madre había conseguido cuando Celina todavía era de brazos.

 Y desde el entierro quedó claro que él toleraba a la niña solo porque necesitaba a alguien que se encargara del servicio de la casa. Celina creció así, entre la estufa y el lavadero, aprendiendo a tragarse callada el cansancio y la soledad. Nunca fue a la escuela, nunca tuvo vestido nuevo, nunca escuchó a alguien decirle que era importante.

 Lo único de valor que la madre dejó, además de la estampita de la Virgen, fue el saber de las letras. Antes de enfermarse, le había enseñado a Celina a juntar sílabas, a escribir su propio nombre, a leer despacio las palabras de las etiquetas y los recados. Y esa herencia pequeña quedó guardada dentro de la muchacha como semilla que todavía no sabe dónde va a brotar.

Cuando Dalba llegó, una mujer de risa fuerte y mirada fría que trataba a Celina como si fuera un mueble viejo estorbando la decoración, la muchacha entendió que sus días ahí estaban contados, solo que no esperaba que terminara de esa manera, con una maleta de cartón en la mano y la puerta cerrándose a sus espaldas antes de que el café se enfriara.

 Dalba apareció en el corredor mientras Celina bajaba los escalones con la maleta y se quedó ahí parada con los brazos cruzados y una sonrisa que no tenía nada de bondad. No dijo una palabra, no necesitaba. Su silencio era más cruel que cualquier frase. Celina apretó el asa de la maleta y empezó a caminar por la calle de tierra del pueblo, sintiendo el suelo caliente bajo las sandalias gastadas y el peso de quien no tiene a dónde ir.

Fue cuando escuchó un ladrido detrás de ella y volteó para ver a Pituca corriendo en su dirección, las patas levantando polvo, la lengua afuera, los ojos cafés llenos de esa lealtad que solo los perros tienen. Al cides gritó desde la puerta que Selina se llevara ese animal también, que él no iba a gastar comida en inútil.

 Pituca alcanzó a Celina y pegó el ocico contra la pierna de ella, jadeando como si dijera que a donde ella fuera, él iba también. Celina se agachó, le pasó la mano por la cabeza al perro color miel y sintió que le ardían los ojos. Por lo menos alguien en este mundo la elegía. Caminaron durante horas bajo un sol que castigaba sin piedad.

El pueblo quedó atrás y el camino de tierra cortaba ahora un paisaje seco de hierba dorada, cercas viejas cayéndose a pedazos y árboles retorcidos que parecían estar rezándole al cielo. Celina no sabía hacia dónde iba. No conocía a nadie en ningún lugar. No tenía dinero en el bolsillo, no tenía plan.

 tenía solamente la maleta con tres mudas de ropa, un peine, un pedazo de jabón, el acta de nacimiento y una estampita de la Virgen que la madre le había dejado, pequeña, de yeso pintado, con la pintura ya descascarándose en las manos. De vez en cuando pasaba una carreta a lo lejos, pero Celina no pedía a Bentón. Le daba vergüenza explicar hacia dónde iba, porque la verdad era que no iba a ningún lado.

 Pituca trotaba a su lado sin quejarse, parándose de vez en cuando a olfatear el monte, y regresando corriendo, siempre cerca, siempre leal, como si entendiera que los dos ahora solo se tenían el uno al otro. El sol ya estaba bajando cuando Celina divisó una vereda angosta saliendo del camino principal, casi escondida entre la maleza alta, algo la hizo detenerse ahí.

 Tal vez el cansancio, tal vez un instinto que ella no sabría explicar, tal vez Dios guiando los pasos de quien ya no sabía caminar sola. Pituca entró en la vereda antes que ella, olfateando el suelo con interés y Celina fue detrás apartando ramas con la mano libre mientras sostenía la maleta con la otra. Anduvieron unos 500 m por aquel camino cerrado hasta que la vegetación fue raleando y se abrió en un claro donde estaba, quieta como un secreto guardado durante muchos años, una casa de adobe con techo de teja colonial y paredes que alguna vez habían

sido blancas. La cerca de madera alrededor estaba torcida y rota en varios puntos. La maleza se había apoderado de casi todo, trepando por las paredes, cubriendo lo que algún día debió ser un patio limpio. No había ninguna luz, ningún sonido de gente, ninguna señal de que alguien hubiera pisado ahí en mucho tiempo.

 Celina se quedó parada mirando aquella casa con el corazón latiendo fuerte, sintiendo una mezcla extraña de miedo y de algo que se parecía a la esperanza. empujó lo que quedaba de la puertita de madera y caminó despacio hasta la puerta principal. Estaba entreabierta, no con llave. Y cuando Celina empujó, la madera gimió en un chirrido largo que resonó en el silencio del atardecer.

 Adentro olía a humedad y a tiempo detenido. La luz dorada del sol entraba por las ventanas sin vidrio e iluminaba una sala con piso de tabla cubierto de polvo, hojas secas y telarañas. Había una mesa vieja recargada contra la pared, dos sillas volteadas y un fogón de leña en el rincón de la cocina que parecía firme a pesar de los años.

Celina soltó la maleta en el suelo y recorrió la casa entera. Dos cuartos pequeños con camas de fierro sin colchón, una cocina con repisas vacías y un solar en la parte de atrás, donde la maleza estaba tan alta que no se podía ver qué había más allá. Todo abandonado, todo olvidado, todo detenido en el tiempo, como si el dueño hubiera salido un día y nunca más hubiera regresado.

Pituca olfateó cada rincón, cada grieta, cada sombra y después volvió junto a Celina y se echó a sus pies tranquilo, como si aprobara aquel lugar. Celina se sentó en el borde de la puerta, mirando el cielo que se iba poniendo naranja y morado. Y por primera vez desde que salió de la casa del padrastro, respiró hondo de verdad.

 No sabía de quién era esa finca. No sabía si alguien aparecería al día siguiente a correrla de nuevo. No sabía cómo iba a comer, cómo iba a calentarse, cómo iba a sobrevivir ahí sin nada, pero sabía una cosa con una certeza que dolía en el pecho de tan fuerte. No iba a regresar. No iba a regresar a la casa de Alides. No iba a suplicar refugio a nadie.

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