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Desaparecida durante 14 años, su PADRE confesó todo cuando se encontraron los documentos en el ático.

Había una caja de cartón en el ático de una casa en Guadalajara que nadie había abierto en 14 años. No porque estuviera escondida, no porque alguien la hubiera sellado con llave. Estaba ahí visible, apilada entre muebles viejos y ropa de invierno, exactamente donde cualquier persona la hubiera encontrado si hubiera subido a buscarla. Pero nadie subió.

 O quizás alguien sí subió y decidió que era mejor no mirar. Dentro de esa caja había documentos, cartas, fotografías y algo más. Algo que cuando los investigadores lo leyeron por primera vez, tuvieron que salir de la habitación y sentarse en silencio durante varios minutos antes de poder continuar.

 Valeria Ibáñez Romo tenía 19 años cuando desapareció en el mes de agosto de 2004. Su padre, Rodrigo Ibáñez Castillo, lloró en cámaras de televisión durante semanas. Ma participó en las búsquedas, pegó carteles en postes y ventanas de tiendas por toda la colonia. Se convirtió, para muchos, en el símbolo del padre destrozado, del hombre que había perdido a su hija mayor y no encontraba manera de seguir viviendo con esa ausencia.

14 años después, cuando su hijo menor subió al ático para sacar unas cajas antes de que la familia vendiera la casa, encontró la caja de cartón. la abrió y lo que leyó cambió todo lo que esa familia creía saber sobre el hombre que los había criado. Lo que Rodrigo confesó cuando lo confrontaron con esos documentos no era lo que nadie esperaba escuchar.

 Y la pregunta que quedó flotando sobre todos los que conocían esta historia era una sola, brutal e imposible de responder con facilidad. ¿Cuánto puede una persona ocultar detrás del dolor que ella misma fabricó? Ya antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal [música] y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo.

 Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo. Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Guadalajara es la segunda ciudad más grande de México y en el año 2004 era ya una metrópolis de casi 4 millones de personas que se extendía hacia los municipios conurbados de Zapopan, Tlaquepaque y Tonalá, como si la ciudad no pudiera contenerse dentro de sus propios límites.

 Era una ciudad que vivía dos vidas simultáneas. Por un lado, los grandes centros comerciales, las universidades privadas, ni los fraccionamientos residenciales con casetas de vigilancia y árboles podados con precisión. Por el otro, las colonias populares del oriente, los mercados con toldos de lona naranja y verde, las calles donde los niños jugaban fútbol hasta que la oscuridad los obligaba a entrar.

La familia Ibáñez Romo vivía en la colonia Jardines del Bosque, en el municipio de Guadalajara, en una zona que no era ni rica ni pobre, sino ese estrato medio que en México se define más por las apariencias que por los números reales. La casa era amplia, de dos pisos, construida en los años 80 con ese estilo que combinaba el ladrillo aparente con las rejas de herrería pintadas de negro.

 Tenía un jardín pequeño al frente, una cochera techada y en la parte trasera un patio de cemento donde crecía un árbol de limón que la madre de la familia Gloria Romo de Ibáñez usaba para hacer agua de limón con chía cada mañana de verano. Rodrigo Ibáñez Castillo tenía 52 años en el verano de 2004. Era contador público, empleado desde hacía 16 años en una empresa distribuidora de artículos de papelería con oficinas en la zona industrial de Tlaquepaque.

Era un hombre de rutinas precisas. Salía de casa a las 7:40 de la mañana. Llegaba al trabajo a las 8:15. Comía en casa los martes y los jueves porque esos días salía más temprano y los fines de semana veía el fútbol en la sala con el volumen suficientemente alto como para escucharlo desde la cocina. Sus compañeros de trabajo lo describían como serio, responsable, poco dado a la conversación casual.

 Sus vecinos lo saludaban de lejos. No era un hombre que generara opiniones intensas en la gente que lo rodeaba, ni buenas ni malas. era simplemente parte del paisaje de la colonia. Gloria Romo tenía 48 años y trabajaba como auxiliar administrativa en una clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social a 20 minutos de su casa.

Era ella quien conocía a los vecinos por sus nombres, quien recordaba los cumpleaños de los hijos de las amigas de sus hijos, quien organizaba las posadas de diciembre con los vecinos de la cuadra. Si Rodrigo era el eje silencioso de la familia, Gloria era la circunferencia visible, el punto de contacto con el mundo exterior. Tenían tres hijos.

Valeria, la mayor, tenía 19 años y estudiaba el segundo año de la licenciatura en diseño gráfico en la Universidad de Guadalajara y en el campus de la zona universitaria al sur de la ciudad. El del medio, Fernando, tenía 16 y cursaba el tercer año de preparatoria. El menor, Tomás tenía 11 años y estaba a punto de entrar a la secundaria.

 Valeria Ibáñez Romo era, según todos los que la conocían, una joven difícil de ignorar, no por su apariencia física, aunque era una muchacha de estatura media, cabello castaño oscuro que usaba recogido con descuido y una sonrisa que, según su madre, se parecía demasiado a la de la abuela paterna. Era difícil de ignorar porque tenía la clase de energía que ocupa el espacio que le corresponde, sin pedirle permiso a nadie.

 opinaba en clase, discutía con sus profesores cuando creía que tenían razón y también cuando creía que estaban equivocados. Tenía tres amigas cercanas con quienes se reunía los viernes por la tarde en la casa de una de ellas en la colonia Chapalita y con quienes había viajado el año anterior a Puerto Vallarta durante las vacaciones de Semana Santa.

 Era también una joven con una relación complicada con su padre, aunque complicada es quizás una palabra demasiado suave para describir lo que existía entre ellos. Las amigas de Valeria recordaban que ella rara vez hablaba de Rodrigo y cuando lo hacía era con una economía de palabras que sugería que había mucho más debajo de la superficie.

No me llevo bien con mi papá. Era la frase más extensa que Valeria solía usar. Sus amigas nunca presionaron demasiado. En ese tiempo, en esa generación, en esa clase social tapatía, había cosas que simplemente no se preguntaban. Daniela Fuentes, la más cercana de las amigas de Valeria, había conocido a la familia Ibáñez en varias ocasiones.

 Había ido a comer a esa casa un domingo de noviembre de 2003 y lo que recordaba de ese almuerzo no era ningún conflicto visible, sino precisamente su ausencia, una comida que transcurrió con la eficiencia de una reunión de trabajo donde cada persona cumplía su función. Las frases eran completas y amables, y sin embargo, el conjunto tenía algo que Daniela no podía nombrar entonces y que años después describiría como la sensación de estar en una habitación donde todas las ventanas estaban cerradas, aunque afuera no hubiera frío.

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