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CREÍA QUE CRIARÍA A SUS HIJOS SOLA EN EL CAMINO… HASTA QUE HACENDADO VIUDO APARECIÓ Y CAMBIÓ TODO

Estoy cansada, mamá. Soledad cerró los ojos un segundo, solo un segundo, porque si los cerraba más tiempo sentía que no los volvía a abrir, que se quedaba ahí en medio de ese camino que no llevaba a ningún lugar conocido y simplemente dejaba de moverse. Pero tenía cinco razones para no hacer eso.

 Cinco razones que la miraban. levantó a alma en brazos, acomodó la maleta gastada que cargaba con la otra mano y siguió caminando. Nadie le preguntó a dónde iban, ni siquiera Ingrid, que era la que más preguntas hacía, porque a estas alturas todos habían entendido algo que Soledad aún no había dicho en voz alta. No había un destino, solo había movimiento, solo había el acto de seguir adelante, porque detenerse significaba rendirse, y rendirse significaba que todo lo que habían perdido en los últimos 4 días había ganado. Y eso

Soledad Niebla no lo iba a permitir. 4 días antes la historia era diferente. Cuatro días antes vivían en un rancho pequeño a las afueras de Valcorsza, un pueblo de los llanos colombianos donde el tiempo pasa lento y la gente se conoce demasiado. Era una casa prestada o más bien arrendada, aunque el término correcto era otro que Soledad tardó mucho en entender. Era una trampa.

Rodrigo Palma, el hombre con quien había construido esa vida durante 9 años, el padre de sus cinco hijos, desapareció una mañana sin dejar nota, sin dejar dinero, sin dejar explicación. Lo que sí dejó fue una deuda, una deuda con Edilberto Camargo, el dueño de la tierra donde vivían. una deuda que Rodrigo había acumulado en silencio durante meses, firmando papeles que Soledad nunca vio, prometiendo pagos que nunca llegaron.

 Y cuando Camargo apareció en la puerta con dos hombres a sus lados y un papel en la mano, Soledad entendió que no tenía nada que negociar. Tiene [carraspeo] tres días para desocupar”, le dijo Camargo, sin mirarla a los ojos, como si ella fuera parte del inventario que Rodrigo había dejado atrás. “Señor Camargo, yo no sabía nada de esa deuda.

Mis hijos, sus hijos no son problema mío, señora. El problema mío es lo que me deben. Y como no hay con qué pagar, me quedo con la casa y todo lo que hay adentro. Todo lo que hay adentro. Ahí están las cosas de mis hijos. tres días y se fue. Soledad pasó esos tres días intentando encontrar a alguien que la ayudara.

 Fue a la alcaldía donde le dijeron que sin pruebas del arrendamiento no podían hacer nada. Fue a la iglesia donde el padre Aurelio le dio una bolsa de pan y una bendición que no resolvía nada. fue a casa de su única prima en el pueblo, Cecilia, quien la recibió con los brazos abiertos durante exactamente una noche, hasta que el marido de Cecilia dejó claro que cinco niños en su casa no era una posibilidad.

El cuarto día, Soledad empacó lo que pudo en una maleta y salió al camino sin plan, sin dinero suficiente, sin nadie esperándola en ningún lugar, solo con sus hijos. Ingrid caminaba al lado de su madre con Gael de la mano. El niño de 4 años ya no preguntaba cuándo iban a volver a casa. Lo había preguntado durante los primeros dos días hasta que notó que la pregunta hacía que su mamá apretara la mandíbula de una manera que daba miedo.

 Entonces dejó de preguntar y empezó a observar. Mateo y Simón caminaban juntos como siempre, como si fueran un solo organismo partido en dos. Tenían siete y se años y una conexión que desconcertaba a los adultos. Se hablaban con medias palabras, con miradas, con golpecitos en el hombro. Esa tarde se comunicaban sin hablar, lo que significaba que estaban procesando algo demasiado grande para convertirlo en palabras.

 Mamá”, dijo Ingrid en voz baja para que los demás no oyeran. “¿Cuánto nos falta?” “Poco, mija, era mentira. Ambas lo sabían, pero era el tipo de mentira que las dos necesitaban en ese momento. Hay agua.” Soledad sintió el peso de la pregunta. Abrió la maleta sin detenerse. Buscó la última botella que les quedaba, estaba casi vacía.

 La sacudió suavemente y le pasó a Ingrid. Dale a los más pequeños primero. Ingrid asintió con una seriedad que partía el alma. Fue con Gael, luego con Alma, luego con Mateo y Simón. Cuando llegó su turno, la botella estaba vacía. No dijo nada. Le devolvió la botella vacía a su madre y siguió caminando. Soledad apretó la botella con una fuerza que le blanqueó los nudillos.

 No era rabia contra Ingrid, era rabia contra todo lo demás, contra Rodrigo, que se fue sin mirar atrás, contra Camargo, que los trató como si fueran un problema de contabilidad, contra ella misma, por no haber visto lo que se venía, por haber confiado, por haber creído que construir una vida junto a alguien significaba que ese alguien no te iba a soltar la mano cuando todo se pusiera difícil.

 El camino de tierra seguía recto, interminable, flanqueado por potreros secos y cercas de alambre que no invitaban a nadie. Y entonces escucharon el sonido de cascos. Don Leandro Aristegui llevaba tres horas recorriendo el lindero norte de su hacienda cuando los vio. Los vio desde lejos, primero como una mancha oscura contra el polvo del camino.

 Luego, a medida que se acercaba, la mancha fue tomando forma, una mujer, una maleta y lo que contó con los ojos porque no podía creerlo con solo verlo. Cinco niños, cinco niños en el camino de los llanos. Al mediodía, sin sombra, sin agua, sin nadie más. Leandro Aristegi no era un hombre sentimental. Lo había sido, dicen antes, antes de que la vida le cobrara lo que le cobró. Pero eso era antes.

 Ahora era un hombre de pocas palabras, menos visitas y ninguna tolerancia por las complicaciones ajenas. Jaló las riendas y el caballo se detuvo. Él no se movió por un momento, solo los observó. La mujer no le pidió nada, ni siquiera lo miró directamente al principio. Siguió caminando con la niña más pequeña en brazos y la maleta en la otra mano, como si su presencia a caballo fuera simplemente otro elemento del paisaje.

Fue el niño más pequeño de los que caminaban, el de unos 4 años, el que se detuvo y lo miró. Oye, dijo el niño con total naturalidad, tu caballo tiene nombre. Leandro tardó un segundo en responder. Canelo, tiene sed. Canelo ya bebió. Nosotros no, dijo el niño con la misma simplicidad con la que habría comentado el clima.

 La mujer se giró entonces y Leandro vio su cara por primera vez. No era una cara de lástima, no era una cara de súplica, era una cara agotada, sí, llena de polvo y de algo que él reconoció porque lo había cargado él mismo durante años. La cara de alguien que está sosteniendo más de lo que puede, pero que no va a soltarlo, que no va a soltarlo aunque se le rompan los brazos.

 Gael, no le pidas nada al Señor”, dijo ella, con voz firme, pero sin hostilidad. No le estoy pidiendo, le estoy contando. Leandro desmontó. No supo lo hizo. No fue una decisión que tomó conscientemente. Sus botas tocaron el suelo y fue al morral que llevaba en la silla. Sacó una cantimplora de agua. ¿Quieren agua? La mujer lo miró un momento.

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