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Cómo un avión desapareció sin dejar rastros: El enigma del vuelo MH370

 No hubo un rescate desesperado. No hubo supervivientes que contaran lo sucedido. No hubo una caja negra recuperada a tiempo para explicar el horror. Lo que hubo fue algo mucho más perturbador, algo que la civilización tecnológica del siglo XXI no estaba preparada para procesar. El silencio absoluto, la desaparición total, el vacío donde debía haber certeza.

En una era en la que cada ser humano lleva en su bolsillo un dispositivo capaz de ser rastreado desde el espacio en la que los satélites cubren cada centímetro del planeta, en la que el backter registra hasta el parpadeo de un servidor en un edificio sin nombre en mitad de un desierto, un Boeing 77 con capacidad para más de 300 personas evaporó.

Se fue. Desapareció de los radares, de las pantallas, de la memoria electrónica del mundo, como si la noche lo hubiera devorado sin dejar rastro. Lo que siguió fue la búsqueda más costosa, más extensa y más frustrante de la historia de la aviación civil. Una búsqueda que duró años, que consumió cientos de millones de dólares, que movilizó los recursos navales y satelitales de decenas de naciones y que al final, en la mayor parte de sus preguntas esenciales, fracasó.

No porque los seres humanos no lo intentaran, no porque la tecnología fallara en todos los frentes, sino porque el océano, ese oscuro y silencioso océano que cubre más de dos tercios del planeta, guardó el secreto con una fidelidad que ninguna institución humana ha sido capaz de quebrar.

 Esta es la historia del vuelo MH370. No es una historia de terror, aunque contenga terror. No es solo una historia de investigación aunque contenga investigación meticulosa y apasionante. sobre todo una historia sobre los límites del conocimiento humano, sobre cómo la certeza que nos da la tecnología puede romperse en un instante, sobre cómo 239 vidas pueden convertirse en un misterio sin fondo y sobre las familias que más de una década después siguen mirando el horizonte y esperando una respuesta que el mar todavía se niega a dar.

Cual elampur, capital de Malasia, ciudad de rascacielos y mezquitas, de mercados húmedos y centros comerciales resplandecientes de una modernidad construida sobre la selva tropical. En la madrugada del 8 de marzo de 2014, el aeropuerto internacional de Cualelpur, conocido como Kliia, funcionaba con la precisión mecánica de cualquier gran java asiático.

 [música] Vuelos partiendo y llegando en intervalos de minutos. pasajeros de decenas de nacionalidades cruzando sus pasillos iluminados. La danza perfectamente coreografiada del transporte aéreo global, ese prodigio tecnológico que cada día mueve a más de 12 millones de personas por el aire sin que la mayoría de ellas se detenga a pensar en la extraordinaria complejidad que hace posible semejante milagro cotidiano.

En la puerta de embarque, los pasajeros del vuelo MH370 con destino a Pekín se preparaban para un viaje de rutina. 5 horas y media de vuelo. Una distancia que en el mapa parece modesta, una ruta que Malaysia Airlines operaba con regularidad desde hacía años. Entre los pasajeros había hombres de negocios chinos que regresaban a casa tras reuniones en el sudeste asiático, familias malasias visitando la capital del gigante asiático, turistas, ingenieros, artistas, estudiantes.

227 almas con sus maletas facturadas, sus planes para la semana siguiente, sus conversaciones interrumpidas a medias, sus vidas que continuaban sin saber que estaban a punto de convertirse junto a 12 tripulantes más en el centro del mayor misterio de la aviación moderna. La aeronave asignada a ese vuelo era un Boeing 77-200R con matrícula 9MRO.

Un avión en perfecto estado de mantenimiento, según los registros posteriores. Un aparato con casi 12 años de servicio, pero que había pasado todas sus revisiones técnicas con resultados satisfactorios. El Boeing 77 es en el universo de la aviación comercial una de las máquinas más fiables jamás construidas. Con una tasa de accidentes por kilómetro volado que lo sitúa entre los aviones más seguros de la historia, el Trepo Saben, como se le conoce en la industria, representa la cúspide de décadas de ingeniería aeronáutica.

Sus sistemas redundantes, sus computadoras de abordo, sus múltiples capas de seguridad hacen casi imposible que algo salga mal sin que alguien en algún lugar reciba una señal de alerta. Casi imposible. En el puesto de mando se encontraba el capitán Saha Matsa, un piloto [música] con 18,000 horas de vuelo acumuladas, veterano de la industria, considerado por sus compañeros como un profesional competente y equilibrado.

A sus 53 años, Saari aviación se llama un piloto de línea experimentado, alguien que conoce su máquina [música] como el médico conoce el cuerpo humano. alguien para quien la rutina del vuelo es precisamente eso, una rutina, un conjunto de procedimientos tan internalizados que se ejecutan casi sin pensarlo. El copiloto Farik Abdul Hamid tenía 27 años y acumulaba 2200 horas de vuelo.

Era su primera vez volando solo en [música] el asiento derecho de un 77 sin la supervisión de un piloto supervisor unito en cualquier carrera de aviación. Aquella noche era de cierta manera una noche importante para él. A las 12:42 minutos de la madrugada, hora local de cual [música] el ampur, el MH370 inició su rodaje por la pista.

 El control de tráfico aéreo del aeropuerto le dio la autorización de despegue. Las turbinas Rose Rust del 77 rugieron con la potencia de decenas de miles de libras de empuje y la aeronave comenzó su carrera por la pista. acelerando hasta los 280 km/h que necesitaba para separarse del suelo. A las 12:42 minutos, el MH370 levantó el vuelo.

Ascendió sobre las luces de cual elampur, [música] sobre la oscuridad de la selva malaya hacia el cielo nocturno de Asia. Durante los primeros 40 minutos todo fue concretamente normal. El avión ascendió a su altitud de crucero prevista unos 35,000 pies. siguió la ruta hacia el noreste, que lo llevaría sobre el mar del sur de China y eventualmente sobre el sur de China continental antes de descender hacia Pekín.

Las comunicaciones con el control de tráfico aéreo de cual el Ampur se desarrollaron con la precisión habitual, con el lenguaje técnico y desprovisto de emoción que caracteriza a las conversaciones entre pilotos y controladores. Un idioma especializado que se construyó precisamente para eliminar la ambigüedad y garantizar que cada mensaje sea comprendido sin posibilidad de error.

 A la 1:19 de la madrugada, Sahaia Matsa se dirigió por última vez al control de tráfico aéreo. Las palabras exactas que pronunció han sido objeto de análisis, de debate, de interpretación. En la versión original [música] transmitida y grabada por el control de cual el ampur, el piloto dijo algo que en la transcripción oficial quedó registrado [música] como Good Night Molation 370.

Una despedida rutinaria. Las palabras que cualquier piloto [música] dice cuando abandona un espacio aéreo controlado y pasa al siguiente. Nada en el tono, nada en la inflexión, ninguna señal de alarma, ningún código de emergencia, ninguna indicación [música] de que algo estuviera mal o a punto de ir mal. 44 segundos [música] después de esa última transmisión, el transpondedor del MH370, [música] el dispositivo que envía información de identificación y posición al radar secundario de control de tráfico aéreo se apagó.

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