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Azafata rusa fría llega a Colombia y llora al conocer a un trabajador del aeropuerto

Azafata rusa fría llega a Colombia y llora al conocer a un trabajador del aeropuerto

Colombia era solo una sentencia de muerte en mi itinerario. Al menos eso es lo que yo creía. Mi nombre es Anna Petroa y durante 8 años he sido tripulante de cabina para una aerolínea rusa. Mis colegas me llaman la reina de hielo. La razón. He pisado 25 países y jamás he sentido un nudo en la garganta por un paisaje, ni he suspirado por el sabor de una comida.

La torre Ifel en París era solo una estructura de acero, el coliseo de Roma, un montón de piedras antiguas, la estatua de la libertad en Nueva York, una simple escultura de cobre. Para mí cualquier rincón del mundo era igual, un lugar de trabajo. Mi pasaporte era un mosaico de sellos, pero mi corazón era una fortaleza de la que ningún país había logrado tomar ni un solo centímetro.

y me sentía orgullosa de esa frialdad. Para mí, mostrar cualquier atisbo de emoción durante un viaje era un signo de debilidad. “Ana, esta vez vamos a Colombia”, exclamó Jecaterina, la nueva zafata, con un brillo infantil en los ojos. El país de Sakira, el café y la gente que baila en la calle. Yo ni siquiera levanté la vista del manual de vuelo.

Solo es una escala entre el Atlántico y el Pacífico, respondí. Mi voz tan gélida como el invierno de Moscú. Un lugar donde duermes una noche para volver a volar. Nada más. Ycaterina abrió los ojos como platos. De verdad eres un robot. El chiste entre mis compañeros era que yo era un androide al que se le había dañado el chip de las emociones.

No me hacía ninguna gracia. La idea de Colombia me provocaba un terror que me lava la sangre. En mi mente, las únicas imágenes que existían eran sacadas de las series de televisión, capos de la droga con bigotes poblados, Secuestros a plena luz del día, Pablo Escobar sonriendo desde un mural y una selva impenetrable de la que nadie sale con vida.

 Estaba convencida de que me robarían en el momento en que mi pie tocara el asfalto del aeropuerto. Mientras nos preparábamos, la televisión de la sala mostraba un documental sobre la biodiversidad colombiana. El copiloto suspiró. Dicen que es uno de los países más hermosos del mundo. La gente, la naturaleza, todo es increíble.

Propaganda mascullé ajustándome el uniforme. De todas formas, lo único que veremos será el aeropuerto y el hotel, y con suerte saldremos de allí sin un rasguño. Cuando el avión despegó de Moscú, cerré los ojos y apreté con fuerza el reposabrazos, no por el despegue, sino por el destino. Cada informe de noticias, cada película de Hollywood que había visto me había programado para el pánico.

“Ana, ¿de verdad nunca has sentido curiosidad por ningún país?”, me preguntó Irina, la jefa de cabina, mientras me ofrecía un café. Los aeropuertos son todos iguales, pistas de aterrizaje, tiendas libres de impuestos y aduanas. En 8 años, eso es todo lo que he visto. Mi respuesta, como siempre fue cortante y profesional, pero por dentro una tormenta de ansiedad se desataba.

Me aseguré de que mi pasaporte y mi dinero estuvieran en un bolsillo interior cosido por mí misma, imposible de alcanzar para un ladrón callejero. Me senté en mi puesto junto a la salida de emergencia, mirando por la ventanilla mientras sobrevolábamos el océano. Durante las 14 horas de vuelo, me refugié en las páginas de una novela clásica rusa.

Los personajes de Dostoyevski, con sus almas torturadas me parecían más predecibles y seguros que la gente que me esperaba en Bogotá. De repente, la voz del capitán anunció por el altavoz. Estamos iniciando el descenso hacia el aeropuerto internacional El Dorado en Bogotá. La hora local es las 2 de la tarde.

Suspiré y cerré el libro. Comenzaba otra lista de tareas, registro en el hotel, ducha, asegurar la puerta con la silla, dormir, salir del hotel sin hacer contacto visual con nadie y volar de nuevo. Mi vida era una maleta en una cinta transportadora, girando sin fin. Cuando el avión aterrizó con una ligera sacudida, me asomé a la ventanilla.

Bogotá, desde el aire, era solo otra mancha urbana grisácea y amenazante. Mientras los pasajeros desembarcaban, comenzamos a organizar nuestro equipaje. Ana, he oído que Bogotá es segura de noche en algunas zonas. Me gustaría salir a caminar, dijo Yecaterina con su entusiasmo inagotable. ¿Estás loca? Volamos mañana temprano.

La única caminata que hará será de la cama al baño, negué con la cabeza, aunque en ese momento una extraña curiosidad diminuta y punante me picó en un rincón de la mente. ¿Qué había de especial en Colombia más allá del peligro que yo imaginaba? Me pregunté sin entender por qué esta vez surgía esa duda.

 Por supuesto, jamás lo admitiría. Si me descubrían, el orgullo de la reina de hielo que había construido durante 8 años se derrumbaría en el instante en que saliera de la cabina. No tenía ni la menor idea de que ese lugar, que yo consideraba una condena, estaba a punto de cambiar mi vida para siempre. Colombia sería el sello número 26 en mi pasaporte y el primero en ocupar un lugar en mi corazón.

En ese momento no lo sospechaba en lo más mínimo. Al poner un pie en la terminal del aeropuerto El Dorado, me quedé sin aliento, pero no por el miedo. Esto es un aeropuerto o una galería de arte del futuro, murmuré para mis adentros. Ante mí se extendía una arquitectura sobrecogedora. Suelos brillantes como espejos, techos altísimos que jugaban con la luz natural y lo más impactante, una multitud ordenada y tranquila.

Era este el aeropuerto de una pequeña y caótica república bananera. Y Caterina sacó su teléfono para tomar fotos. Ana, mira qué moderno es todo y qué limpio. No había robots futuristas como en Asia, pero la eficiencia y la estética superaban con creces mis expectativas. Esto era más avanzado que muchos aeropuertos europeos que conocía.

Aunque fingí indiferencia, por dentro estaba completamente conmocionada. De camino a la aduana, el sistema automatizado de transporte equipaje captó mi atención. Las maletas se movían con una fluidez pasmosa. Aquí las cosas son un poco diferentes. Se me escapó en voz alta. Al llegar al mostrador de inmigración, mi corazón volvió a latir con fuerza.

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