Era el momento de la verdad, el primer contacto con un oficial que en mi mente sería rudo y corrupto. Me preparé para lo peor. Itinerario, dijo el oficial, un hombre joven de piel morena y sonrisa fácil. Vuelo de regreso mañana por la mañana, respondí en inglés con mi habitual frialdad, sin mirarlo a los ojos. Entonces el hombre me miró, vio el apellido Petroa en mi pasaporte y con una sonrisa aún más amplia dijo en un español que entendí perfectamente, a de Rusia.
Qué bueno. Bienvenida a Colombia, mi reina. Me quedé paralizada. Lo miré fijamente. Mi reina me estaba tomando el pelo o era una especie de código para pedirme un soborno, pero su mirada era genuina, cálida. Puso el sello en mi pasaporte con un movimiento suave y me lo devolvió. Que disfrute su estadía, así sea cortica.
No supe qué decir. En 25 países jamás había recibido una bienvenida así. Lo normal era un siguiente y el golpe seco del sello. Punto. Salí de allí completamente descolocada. De camino al baño, una señora de la limpieza trapeaba el suelo. De repente, un hombre de negocios que pasaba a su lado se detuvo, le asintió con la cabeza y dijo, “Muchas gracias por su trabajo, su meré.
Qué petrificada. En Rusia el personal de limpieza es invisible. como si formara parte del mobiliario. Porque este hombre le daba las gracias. Lo que más me sorprendió fue la respuesta de la señora que sonrió de oreja a oreja. A la orden, doctor. Que Dios me lo bendiga. La escena era tan natural que me pareció extraña, como sacada de una película.
Mientras esperábamos la camioneta del hotel, la gente hacía una fila ordenada. Nadie daba instrucciones, pero todos respetaban el turno. “Si esto fuera Moscú, ya se estarían empujando para subir”, le comenté a Jecaterina. “La reina de hielo se está derritiendo, se ríó ella. Cuando llegó a la camioneta, el conductor, un hombre mayor con un bigote canoso, nos saludó con un alegre buenas tardes, doctoras” e intentó nuestras maletas.
Gracias, pero podemos nosotras. Lo rechacé por instinto, aferrándome a mis pertenencias. Pero el conductor sonrió y respondió, “Tranquila, mami, para eso estamos. Es mi trabajo. A la orden. En ese momento la confusión se apoderó de mí. ¿Por qué la gente en esta isla de peligros era tan amable? ¿Acaso era una trampa? una fachada para bajar la guardia.
De camino al hotel, el paisaje Bogotá se desplegó ante la ventanilla. Rascacielos modernos, grafitis coloridos que eran verdaderas obras de arte y calle sorprendentemente limpias. Pero lo más importante era la expresión de la gente. No había rostros tensos ni miradas hostiles. Parecían tranquilos. Es solo una escala, me repetí.
Pero mi corazón, la fortaleza de la reina de hielo, comenzaba a mostrar sus primeras grietas. Al llegar al hotel y hacer el registro, la habitación resultó ser más espaciosa y pulcra de lo habitual. Por la ventana se veía claramente el centro de Bogotá con el cerro de Monserrate vigilando la ciudad a lo lejos.
Esta urve tenía un ritmo propio, una energía vibrante muy distinta a la solemnidad pesada de Moscú. En la mesa, en lugar del café instantáneo de siempre, había una pequeña greca y una bolsa de café molido colombiano. Me preparé uno, un tinto, como lo llamaban. El aroma intenso y el sabor profundo y sin amargura me sorprendieron.
Un pequeño detalle, pero significativo. Y Caterina se cambió de ropa y empezó a insistir. De verdad quiero salir, Ana. He oído hablar de un lugar llamado La Candelaria. Dicen que es como viajar en el tiempo y que hay mucha comida rica. Volveremos a tiempo, te lo prometo, suplicó con los ojos brillantes. Normalmente mi respuesta habría sido un no rotundo, pero no sé por qué esta vez de mi boca salió una pregunta que me sorprendió incluso a mí misma.
Vamos juntas. En 8 años jamás había salido a explorar un lugar de trabajo. La habitación del hotel siempre había sido mi único mundo. De verdad, Ycaterina aplaudió incrédula. La reina de hielo se derritió. Una hora después estábamos en el vestíbulo del hotel. Una música suave, una mezcla de cumbia y pop flotaba en el aire junto a un ligero aroma flores.
La recepcionista, una joven con una sonrisa que parecía sincera, nos preguntó, “Pa, ¿dónde van las monitas?” “A la Candelaria”, respondió Ycaterina. La recepcionista sacó un mapa y con una fluidez que me dejó atónita, nos explicó en un ruso casi perfecto cómo llegar. Toman el Transmilenio aquí cerca, se bajan en la estación de las aguas.
Es muy fácil. Con esta tarjeta, como son turistas, les hacen un descuento. Recuerden pasarla por el lector amarillo. Incluso nos dibujó un pequeño mapa a mano, marcando los lugares de interés en el camino. Muchísimas gracias, dije sonrojándome un poco. En Rusia pocos empleados de hotel se tomarían tantas molestias.
La amabilidad de la gente me hacía sospechar. Esperaban una propina generosa, pero la sinceridad en sus ojos desarmaba mis dudas. El trasmilenio estaba impecable, sin un solo papel en el suelo. La gente iba en silencio, mirando sus teléfonos o leyendo, sin gritos ni empujones. Al llegar a la Candelaria, la energía de la calle no se envolvió.
Casas coloniales con balcones de madera y fachadas de colores vibrantes, tiendas de artesanías y pequeños restaurantes. Y Caterina no paraba de exclamar, “¡Wow!” Entraba y salía de las tiendas. Yo al principio solo quería observar desde una distancia segura, pero en cada local los vendedores nos recibían con una sonrisa y un amigable a la orden, vecinas.
Esto me descolocaba por completo. En Rusia, al entrar a una tienda, lo normal es encontrar una indiferencia glacial. Entramos a una tienda de artesanías. La dueña se nos acercó. ¿De dónde nos visitan? De Rusia, respondí inmediatamente, dijo en un ruso entrecortado, pero lleno de entusiasmo. Bienvenidos. Tengo mochilas aruacas.
A los rusos les encantan. ¿Cómo sabía eso? Era asombroso. Caminando por las calles empedradas nos dio hambre. Mientras buscábamos un restaurante vimos a la misma señora de la limpieza del aeropuerto o a una muy parecida barriendo la cera. De repente, un joven universitario se detuvo a su lado, le tocó el hombro y le dijo, “Doña Elvira, ya casi termina de camellar.
Guárdeme una empanadita para más tarde. La señora se ríó. Claro que sí, mijo. Que le vaya bien en su examen. Me quedé clavada en el sitio. Había visto algo parecido en el aeropuerto. No era una coincidencia. Y Caterina, ¿acabaste de ver eso? ¿No te parece extraño? Le pregunté. ¿El qué? respondió ella con las manos llenas de bolsas, el estudiante hablando con la señora de la limpieza como si fueran familia.
Y Caterina se quedó pensando, pues sí, es verdad. En nuestro país a los trabajadores de la limpieza se les trata como si fueran aire. En ese momento sentí una punzada en el corazón. Una simple conversación, un saludo casual visto en este país, me había provocado un impacto enorme. No era solo educación, era una diferencia fundamental en la forma de tratar a otro ser humano.
Al sentarnos en un restaurante, esa imagen seguía grabada en mi mente. Que le vaya bien en su examen. Claro que sí, mi hijo. Palabras sencillas que contenían un universo de respeto y cariño. Hasta ahora, en mis 25 países, solo me había fijado en los edificios, la comida y los paisajes, pero nunca me había detenido observar lo más importante, como las personas se trataban entre sí.
El corazón de la reina de hielo desde ese instante se agrietó un poco más. Aunque todavía no era consciente, Colombia no estaba destinada a ser solo una escala en mi vida, sino un punto de inflexión. Sentada en el pequeño restaurante de la Candelaria, mirando el menú, no podía sacar de mi cabeza la escena del estudiante y la señora de la limpieza.
Aquí dice que el ajco santafereño es el plato típico de Bogotá. Lo probamos, sugirió Jecaterina. Mi mente estaba en un torbellino, pero asentí. Cuando el mesero, un joven sonriente, se dio cuenta de que éramos extranjeras, nos explicó pacientemente cada plato en inglés. En Rusia, si no hablas ruso, lo más probable es que te ignoren.
Cuando trajeron la comida, el mesero se quedó a nuestro lado. “Miren, el ajco se come así”, dijo mientras nos mostraba cómo añadir la crema de leche, las alcaparras y el aguacate al espeso caldo. Se acompaña con este arroz y esta arepa. Buen provecho, niñas. Seguí sus instrucciones torpemente. La primera cucharada fue una revelación, una explosión de sabores cálidos y complejos que nunca había experimentado.
La mezcla de las tres papas, el pollo desmechado, el toque ácido de las alcaparras, era como un abrazo en un plato. ¿El servicio siempre es así de atento aquí? Le pregunté. Claro, el cliente es como de la familia, respondió él con una naturalidad que me dejó aún más perpleja. Al terminar pedí la cuenta y saqué mi tarjeta de crédito.
Son extranjeras, ¿verdad? Les hago un descuento del 10%, dijo el mesero. ¿Por qué? Pregunté llena de curiosidad. Porque gracias por venir a conocer nuestro país, su respuesta tan simple y sincera me dejó sin palabras. Al salir a la calle, una llovisna fría, el típico chipi chipi bogotano comenzó a caer. No teníamos paraguas y estábamos a punto de buscar refugio.
De repente, el dueño de una tienda cercana salió corriendo hacia nosotras. Tomen, muchachas, lleven esta sombrilla. Es de la tienda. Cuando termine de llover la dejan por ahí cerca. No se preocupen. Dijo entregándonos un paraguas grande y colorido. Lo miré incrédula. ¿Está seguro? ¿No necesita un depósito. El hombre se ríó y negó con la cabeza.
Tranquila, mami. Esto es Colombia. Aquí confiamos. Caminando bajo el paraguas, le dije a Jecaterina, “La gente de este país es muy extraña. ¿Por qué son tan amables?” “Sí, son amables hasta un punto que te hace dudar”, coincidió ella. Mientras caminábamos vimos a un anciano intentando subir por una calle empinada con un carrito de mercado lleno de compras pesadas.
Fue asombroso. Dos jóvenes que pasaban por allí corrieron de inmediato a ayudarlo sin que nadie se lo pidiera. “Mira otra vez”, señaló Jecaterina. “En Rusia probablemente habrían pasado de largo.” Observé la escena en silencio, sintiendo otra punzada en el corazón. Pequeños gestos de solidaridad entre extraños.
¿Por qué me emocionaban hasta el punto de querer llorar? De vuelta en el hotel, acostada en la cama, miraba el techo y pensaba, “¿Qué hacía este país tan diferente? No era solo amabilidad, era una forma de respeto mutuo, una solidaridad intrínseca que lo impregnaba todo.” En la cama de al lado Ycaterina suspiró.
“Mañana volamos temprano, pero qué lástima. Me gustaría volver.” No respondí, pero en mi corazón sentía exactamente lo mismo. Había volado a más de 30 países, pero esta era la primera vez que no quería irme. Esa noche soñé que estaba en el metro de Moscú. La gente a mi alrededor estaba absorta en sus propios mundos, rostros grises, sin mirarse.
Pero a mi lado estaba sentado un colombiano que me sonreía y me decía, “Tranquila, mija, todo va a estar bien.” Cuando abrí los ojos, sentí algo húmedo en mis mejillas. Me toqué la cara. Eran lágrimas, lágrimas cálidas rodando por el rostro de la reina de hielo. Supongo que esa era la magia de la que hablaban, la magia de este país llamado Colombia.
A la mañana siguiente miré por la ventana. Bogotá brillaba bajo el sol después de la lluvia. Era el día de volver a casa, pero sentía el cuerpo extrañamente pesado. Había estado en 25 países, pero esta era la primera vez que no quería irme. No, no era que no quisiera irme, era la curiosidad por entender de dónde venía este sentimiento.
Siempre me había considerado una persona sin emociones que trabajaba como una máquina. Pero la experiencia del día anterior había provocado un cambio sutil en mi interior. Ana, despierta. Vamos a desayunar. La voz alegre de Jecaterina me sacó de mis pensamientos. En el ascensor, las imágenes de ayer seguían girando en mi cabeza.
El estudiante saludando a la señora de la limpieza, los jóvenes ayudando al anciano, el tendero del paraguas. ¿Qué tenía de diferente este país? El desayuno Ufet ofrecía opciones occidentales y colombianas. La sección colombiana desprendía un aroma especial, arepas, huevos pericos, carimañolas y en una olla de barro una changua humeante.
Ycaterina se lanzó valientemente a probar la comida local, pero yo como siempre opté por lo seguro, pan tostado y huevos. El conservadurismo era mi costumbre. Nunca me arriesgaba. Nunca probaba cosas nuevas. “Ana, prueba esta arepa de huevo, está deliciosa,”, insistió Jecaterina. Miré la masa de maíz frita y dorada.
A regañadientes, tomé un trozo. Fue inesperadamente exquisito, crujiente por fuera, suave por dentro, con un huevo perfectamente cocido en su interior. Terminé comiéndome una entera. Era la primera vez en 8 años que probaba la comida local en el desayuno de un hotel. Después de comer, fuimos al vestíbulo a hacer el checkout.
De repente el recepcionista nos informó. Señoritas, su vuelo a Moscou ha sido 4 horas. Mi corazón dio un vuelco, no por la ansiedad del retraso, sino por una inesperada emoción. 4 horas. Podía conocer un poco más esta ciudad. No se preocupen, el hotel ofrece un tour gratuito por la ciudad para compensar. ¿Qué les parece un recorrido de 4 horas por los lugares más emblemáticos de Bogotá? De verdad.
Los ojos de Ycaterina brillaron. Sí. No queremos que nuestros huéspedes se aburran. Tenemos un guía especializado que las llevará a conocer lo mejor de nuestra cultura, respondió el recepcionista con una sonrisa entregándonos un folleto. Si esto hubiera pasado en Rusia, simplemente habrían dicho, “Lo sentimos. Por favor, esperen. La inconveniencia del cliente nunca era su responsabilidad, pero aquí un tour gratuito era increíble.
” 30 minutos después estábamos sentadas en un minibús impecable que se dirigía al centro de Bogotá. El guía, un hombre de mediana edad con una sonrisa amable, nos dio la bienvenida en un ruso con un acento perfecto, mejor que el de algunos rusos que conocía. “Habla un ruso excelente”, le dije. Lo aprendí especialmente por los turistas rusos.
Me encanta la literatura y la música de su país. Tolstoy y Chikoski son mis favoritos. Su respuesta me volvió a sorprender. La gente de esta isla de supuestos bárbaros era increíblemente abierta y culta. El turnos llevó a un pequeño restaurante en el centro. No era grande, pero la decoración era acogedora, llena de encanto colombiano, sombreros volteados, ponchos coloridos y máscaras del carnaval de Barranquilla.
Aquí vamos a probar una de las comidas callejeras más famosas, la empanada. La dueña doña Rosa es la tercera generación que lleva este negocio. Tiene más de 50 años de tradición, explicó el guía. Las empanadas, doradas y crujientes venían acompañadas de un ajicero. Y Caterina, sin dudarlo, le dio un mordisco a una.
“¡Wow, qué delicia”, exclamó. Yo probé la mía con cautela. La masa crujiente, el relleno de carne y papa sazonado a la perfección era completamente diferente a cualquier cosa que hubiera probado. Tenía capas de sabor que te invitaban a seguir comiendo. Doña Rosa, al vernos disfrutar tanto, se acercó con una jarra de jugo de lulo.
Para las extranjeras, el ají puede ser un poco picante. Tomen este juguito para que les refresque. Es la fruta más famosa de Colombia”, dijo. “Lo que más me sorprendió fue que nos trajo otra ronda de empanadas, esta vez con un relleno diferente de pollo y champiñones. Estas no las tengo en el menú, son una receta especial.
Quiero que se lleven un buen recuerdo de la comida de mi tierra”, dijo. “¿Por qué hace esto?”, pregunté curiosa. ¿Por qué quiero que amen la comida de Colombia? Que cuando vuelvan a su país cuenten que aquí se come sabroso y que la gente es buena. Con eso esta vieja ya es feliz, dijo doña Rosa, y las arrugas en las comisuras de sus ojos se acentuaron con su cálida sonrisa.

En ese momento sentí un calor en el pecho. No era solo amabilidad, era un cariño genuino, un orgullo por su cultura que quería compartir. Nunca había visto a nadie esforzarse tanto solo para que a un extraño le gustara su comida. En Rusia, la mayoría de la gente solo se preocupa por el beneficio económico. De vuelta en el autobús, miraba por la ventana pensativa.
¿De dónde venía esta calidez colombiana? Colombia ha pasado por momentos muy difíciles. Guerras, pobreza, violencia. La gente aprendió que la única forma de sobrevivir era ayudándose mutuamente. Esa solidaridad se convirtió en una tradición que ha pasado de generación en generación”, explicó el guía. Al oír esas palabras se me humedecieron los ojos.
una memoria colectiva que se transmitía en actos individuales. Porque habían conocido el dolor, eran capaces de ser más amables. “Ana, el lugar de mis sueños es así”, susurróle Caterina. “Un lugar donde la gente se cuida.” Asentí en silencio. El corazón helado de la reina de hielo se estaba derritiendo. El calor de Colombia me estaba transformando.
De camino al aeropuerto decidimos dar un último paseo por un barrio cercano. Aún quedaba algo de tiempo antes del despegue. Las calles estaban limpias. La gente iba y venía con calma. “Mira, un mercado tradicional”, señaló Jeca Caterina. Al entrar nos recibe una explosión de vida y aromas, puestos de pescado, verduras, carnes y frutas que no conocía.
Los mercados en Rusia suelen ser oscuros y húmedos, pero este era limpio y vibrante. A la orden, reinas, miren, sin compromiso. Nos saludaban los vendedores. De repente, una imagen me conmovió profundamente. Una anciana empujaba un pesado carrito de frutas por una cuesta. El carrito se atascó en un bache y varias frutas comenzaron a rodar por el suelo.
En Rusia, la mayoría de la gente habría pasado de largo. Si soy sincera, yo misma lo habría hecho. Durante 8 años me había acostumbrado a ignorar los problemas de los extraños. Pero lo que sucedió a continuación fue asombroso. Dos estudiantes de secundaria y un oficinista de traje corrieron inmediatamente a ayudarla. Recogieron las frutas que se habían caído, las colocaron con cuidado en el carrito y luego entre los tres empujaron el carrito hasta la cima de la cuesta.
Nadie dudó. A nadie le importó ensuciarse la ropa. “¿Está bien, abuela?”, le preguntaron con preocupación. La anciana, que parecía asustada al principio, sonríó y asintió repetidamente con los ojos húmedos. Lo más increíble fue que después de ayudarla, los tres le compraron fruta antes de irse y le pagaron más del precio de mercado.
“Cuídese mucho, abuela”, le dijo uno de los estudiantes al despedirse. “Mira eso, Anna”, dijo Jecaterina con la voz temblorosa por la emoción. No solo la ayudaron, sino que se preocuparon por su dignidad y sus ingresos. Observé la escena con un nudo en la garganta. Nueva York, París, Moscú nunca había visto algo así en ninguna gran ciudad.
No era simple amabilidad, era un estilo de vida basado en la empatía, una cultura que trata a los extraños como si fueran familia. Nos acercamos y compramos algo de fruta. El mango estaba dulce, la granadilla era una explosión de sabor exótico. La anciana nos sonrió y nos dio un poco más. La ñapa para las gringas bonitas.
Coman bastante, que la fruta de Colombia es la mejor del mundo. Tiene muchas vitaminas, dijo. Su acento era local, pero su mirada era universalmente cálida. Sus arrugas eran profundas, pero su sonrisa era joven. En ese instante me di cuenta de que este país no solo era avanzado por su infraestructura, su verdadero desarrollo estaba en el corazón de su gente.
Esa empatía, esa disposición a ayudar a un extraño, ese era el verdadero progreso de Colombia. Mientras comíamos la fruta, un señor mayor se desplomó en la calle. Parecía tener dificultades para respirar. La gente a su alrededor reaccionó al instante. Una joven madre llamó a una ambulancia. Otros ayudaron al señor a sentarse a la sombra.
Alguien corrió a una tienda cercana por agua. Incluso un motociclista se detuvo para preguntar si podía ayudar en algo. “Tranquilo, papito, la ambulancia ya viene en camino”, le decían consolándolo. “Ana, esta gente es como una gran familia. La forma en que se cuidan unos a otros, dijo Jecaterina maravillada. Observé la escena en silencio y de repente lo comprendí todo.
Durante 8 años solo había visto edificios, comida y paisajes. Nunca había visto el verdadero rostro de un país. Las personas, las conexiones entre ellas, ese era el paisaje más hermoso de todos. De vuelta en el taxi hacia el aeropuerto, ambas permanecimos en silencio, sumidas en nuestros pensamientos. Algo dentro de mí estaba cambiando.
El muro de hielo que había protegido mi corazón durante 8 años estaba derritiendo pedazo a pedazo. El corazón helado de la reina de hielo se estaba volviendo cálido. “Ana, cuando vuelvas, ¿qué es lo que más vas a extrañar?”, preguntó Jeca Caterina. Lo pensé por un momento y respondí a la gente. Sus sonrisas, su calidez y la forma en que se tratan unos a otros.
Al llegar al aeropuerto sentí una extraña punzada como si estuviera dejando mi hogar. Qué irónico. Solo había estado aquí un día, pero este país me había dado una sensación de pertenencia que nunca había sentido en ningún otro lugar. De camino a la sala de embarque, me giré para mirar por última vez. tenía que volver. Esta vez no como una escala, sino para un verdadero encuentro.
Antes de embarcar, compré un pequeño recuerdo en una tienda libre de impuestos, un llavero con la forma de una orquídea, la flor nacional. No era un simple souvenir, era la prueba de que un país había provocado una transformación en mi corazón. En el corazón de la reina de hielo comenzaba a arder una pequeña y cálida llama, una llama encendida por esta tierra llamada Colombia.
Frente al control de pasaportes, una sensación de melancolía me invadió. Solo un día y ya no quería irme. Era la primera vez. Y Caterina sentía lo mismo. Es una locura enamorarse de un país en un solo día, dijo sonriendo. No es una locura, respondí con seriedad. Este lugar es realmente especial. Al pasar al área de embarque, aunqueaba algo de tiempo, caminamos lentamente por las tiendas.
Normalmente habría pasado de largo, pero ahora todo me parecía significativo. Mira, Ana, exclamó Ycaterina. No es la señora del restaurante de empanadas de ayer. Miré hacia donde señalaba. Era posible. Doña Rosa, la dueña del puesto, estaba allí arrastrando una maleta junto a una joven. Nos acercamos a saludar.
Hola. La señora nos miró sorprendida y luego su rostro se iluminó con una sonrisa. Ay, pero si son las muchachas rusas de ayer. Qué coincidencia. Nosotras ya nos vamos. ¿Y usted? Vengo a despedir a mi nieta. Se va a estudiar a Rusia. Su respuesta nos dejó aún más asombradas. De verdad. ¿A qué ciudad? A Moscú.
Va a estudiar música”, dijo y la nieta no sonríó tímidamente. De repente sentí una conexión increíble. La mujer que nos había tratado con tanto cariño ayer, hoy se presentaba como la abuela de una joven que iba a mi ciudad. El mundo era pequeño y maravilloso. Yo vivo en Moscú. “Si necesita cualquier cosa, aquí tiene mi contacto”, le dije entregándole mi tarjeta de visita.
La señora la tomó con gratitud. De verdad, muchas gracias, mija. Estaba tan preocupada. Ella yendo sola por primera vez de repente sacó algo de su bolso. Era una pequeña figura de cerámica de una palenquera. Toma un recuerdo de Colombia, pa, que te dé buena suerte. En ese momento se me llenaron los ojos de lágrimas.
Una extraña a la que había conocido el día anterior me trataba como a una vieja amiga y me daba un regalo. Era la primera vez que experimentaba algo así. Muchísimas gracias. Yo también tengo un regalo para su nieta. Saqué de mi bolso una barra del mejor chocolate ruso. Es el más famoso de mi país. Intercambiamos los regalos.
No era solo un intercambio de objetos, sino de afecto. El altavoz del aeropuerto anunció el embarque de nuestro vuelo. Nos despedimos de ellas con un abrazo. Nos vemos en Moscú. De camino a la puerta de embarque entré al baño y allí volví a encontrarme con la señora de la limpieza del aeropuerto, la que había visto el primer día.
Llevaba el mismo uniforme, pero esta vez me di cuenta de sus canas y de la agilidad de sus movimientos. Lo increíble es que ella también me reconoció. Hola, la señorita extranjera de ayer. Ya se va. Yo no la había reconocido, pero ella sí a mí. ¿Cómo podía recordar a una extranjera la que solo había visto una vez en un aeropuerto tan concurrido? Sí, hoy volvemos.
¿Cómo es que se acuerda de mí? Le pregunté conmovida. Ay, yo me acuerdo de todas las tripulaciones. Siempre me pregunto qué pensarán de nuestra Colombia. Ojalá se lleven un bonito recuerdo dijo, y las arrugas de sus ojos se acentuaron con su sonrisa. Luego sacó de su bolsillo un pequeño llavero de cuero. Tome un regalito.
No es mucho, pero es de corazón. Esta vez no pude contener las lágrimas. Rodaron por mis mejillas sin control. Había estado en aeropuertos de todo el mundo, pero que un miembro del personal de limpieza me recordara como persona y me diera un regalo era la primera vez. En Rusia son invisibles, parte del escalafón más bajo.
Pero esta mujer irradiaba dignidad y calidez. Muchísimas gracias. Siempre la recordaré. Mi voz se quebró. Al verme llorar, me dio unas palmaditas en el hombro. No llore, mija, no llore. Colombia siempre la recibirá con los brazos abiertos. Acuérdese de lo bueno de esta tierra y de que en el mundo todavía hay mucha gente buena. Vuelva a visitarnos, oyó.
Esta es su casa. Su mano era áspera, pero increíblemente cálida, como la de una madre. Tomé el llavero y caminé hacia la puerta de embarque. Y Caterina, al verme llorar se asustó. Ana, es la primera vez que te veo llorar. Yo también es la primera vez que me veo llorar, respondí con una mezcla de risa y lágrimas.
Durante años creí que mi corazón se había congelado, pero el calor de Colombia había encontrado la manera de hacerlo latir de nuevo. Al subir al avión, miré por la ventanilla por última vez. El sol se estaba poniendo, tiñiendo de dorado el cielo sobre Bogotá. Este lugar ya no era una escala, era el punto de inflexión de mi vida, el hogar de mi alma.
Sentada en el avión, miré el llavero. Colombia tenía algo más avanzado que la tecnología, el corazón de su gente. Ese era el verdadero progreso. Cuando el avión despegó, una nueva determinación nació en mí. La reina de hielo ya no existía. El calor de Colombia me había cambiado para siempre.
Estaba lista para volver a Moscú y compartir esa calidez, pero no sabía que mi historia en Colombia estaba a punto de desatar una ola de emoción en internet. De vuelta en Moscú, hice algo que no había hecho en 8 años. Compartí mi experiencia en redes sociales. Pensé que Colombia era una sentencia de muerte, pero en solo dos días cambió por completo mi visión de la vida.
Su gente me enseñó lo que es la verdadera calidez humana. Describí a la señora de la limpieza del aeropuerto, a doña Rosa y sus empanadas y los innumerables gestos de amabilidad de extraños. La respuesta superó todas mis expectativas. Miles de comentarios de todo el mundo inundaron mi publicación compartiendo experiencias similares.
Yo también sentí ese calor en Colombia. Los colombianos son diferentes, tienen un alma hermosa. Ese país me olvió la fe en la humanidad. Una semana después, la aerolínea me hizo una propuesta increíble. Iban a abrir una ruta regular a Bogotá y querían que yo fuera la jefa de cabina, la encargada del intercambio cultural entre Rusia y Colombia.
Acepté sin dudarlo. Dos meses después estaba de pie de nuevo en el aeropuerto internacional El Dorado. Esta vez no era una escala, sino el comienzo del trabajo de mis sueños. Al pasar por el mismo baño, me encontré con la misma señora de la limpieza. Al verme, me saludó con una sonrisa radiante. Volvió. Yo sabía que usted volvía.
Ahora estoy a cargo de esta ruta. Vendré muy a menudo, le dije con la voz entrecortada. Qué bueno, mi hija. Bienvenida a casa. Bienvenida a casa. Ninguna frase había sonado tan correcta. Colombia se había convertido en mi segundo hogar. 6 meses después solicité la residencia. Quería aprender español, profundizar en la cultura de esta tierra.
Un año más tarde abrí un pequeño centro cultural ruso en Bogotá. Quería mostrarle mi país a los colombianos de la misma manera que ellos me habían mostrado su calidez. Doña Rosa, la de las empanadas, venía a visitarme a menudo. Mi nieta está feliz en Moscú. Gracias a usted se adaptó muy bien, me decía siempre. La señora de la limpieza ya jubilada también venía a mi centro.
Usted hizo famosa nuestra Colombia en el mundo, decía con orgullo. No le respondía yo. Fue Colombia la que me cambió a mí. 3 años después. Hoy estoy de pie en el aeropuerto El Dorado, no para irme, sino para recibir a alguien especial. Ycaterina viene a trabajar a Colombia. Fue contratada por una aerolínea local y está a punto de empezar una nueva vida en Bogotá.
Al verla salir por la puerta de llegadas, recuerdo a la persona que yo era hace 3 años. Esa reina de hielo, fría y llena de miedo. La mirada de Ycaterina ahora tiene incertidumbre, pero también esperanza. Ana, corre a abrazarme. Has cambiado tanto. Te ves más viva, más cálida. ¿Tú crees? Le pregunto sonriendo con el corazón lleno de gratitud.
Mis ojos antes eran como el hielo, ahora son como el sol de la tarde en Montserrate. Tomamos un taxi hacia la ciudad y Caterina mira por la ventanilla con la misma curiosidad que yo tuve hace 3 años, pero la diferencia es que ahora yo puedo ser su guía. Es aquí el lugar que te cambió. Pregunta. No es solo lugar, respondo mirando los paisajes familiares.
Es la gente. Colombia me enseñó lo que significa ser verdaderamente humano y tú también lo sentirás. Llegamos a Bogotá y la llevo directamente al mercado. Se ha convertido en mi ritual. A cada amigo ruso que viene lo traigo aquí. La nieta de doña Rosa, ya una mujer mayor, nos ve y se alegra. Ana, ¿trajiste una nueva amiga? Me dicen un español fluido intentando mezclar algo de inglés.
Welcome to Colombia. Ella también es rusa. Acaba de llegar para trabajar aquí. Le explico en mi español ahora fluido. Inmediatamente no sirve un ajco especial con un caldo más suave y más verduras. Para los extranjeros hay que ir despacio hasta que se acostumbren. Dice con un guiño.
Al ver la expresión de asombro de Ycaterina, recuerdo mi propia conmoción. Esa sensación de ser cuidado profundamente por un extraño es algo que nunca se olvida. Te va a encantar este lugar, le digo con total confianza. Esa noche en mi pequeño apartamento en la Candelaria YCerina me pregunta, “¿Te arrepientes de haber dejado Rusia?” Lo pienso un momento, ni un segundo.
Aquí encontré a mi verdadero yo. En Rusia era una máquina fría. En Colombia aprendí a ser una persona. La reina de hielo desapareció. De verdad desapareció. El calor de Colombia derritió todo el hielo. Ahora solo soy Anna, una mujer que ríe, llora y ama. Saco el llavero de cuero de la señora de la limpieza y la figura de la palinquera de la abuela de la estudiante.
Durante 3 años me han acompañado siempre. Son los símbolos de mi humanidad recuperada. Yo también quiero cambiar como tú, dice Ycaterina. En Rusia sentía que me estaba convirtiendo en otra reina de hielo. “Lo harás”, le digo apretando su mano. Colombia tiene una magia que te hace mejor persona. Su gente derretirá cualquier muro de hielo que tengas en el corazón.
A la mañana siguiente subimos al teleférico de Monserrate. Desde la cima contemplamos toda la ciudad. El sol la baña haciendo que todo brille. Esta ciudad está llena de historias, le digo, señalando las calles. Cada rincón tiene un recuerdo cálido. A veces el acto de bondad más pequeño puede tener el mayor impacto.
Una palabra, una sonrisa, un pequeño gesto. Eso puede cambiar la vida de alguien. En estos 3 años he adoptado la filosofía de vida colombiana. Ver a cada persona como alguien importante, cuidar de los que te rodean y creer en la onda fundamental del ser humano. El viento sopla suavemente. Bogotá brilla a nuestros pies.
Como dijo aquella señora de la limpieza hace 3 años, vuelva a visitarnos, mi hija. Y yo volví no solo de visita, sino para quedarme. Este es mi hogar, mis raíces, mi futuro, la historia.