¿Qué crees que va a pasar? ¿Que un día vas a despertar siendo rica? Eloís se recargó contra la pared del pasillo que conducía al almacén. Una mancha de humedad dibujaba formas extrañas en el techo. Había tenido esta conversación demasiadas veces. No necesito ser rica, necesito ser yo. Ay, Eloís, tan terca como tu padre. Y mira dónde acabó él.
La mención de su padre la golpeó como siempre lo hacía. Muerto a los 45 de un infarto masivo, trabajando en la construcción. El cuerpo destrozado por años de esfuerzo que nunca alcanzó para nada. Elohís tenía 14 cuando pasó. Recordaba sus manos callosas, su risa profunda, la manera en que le decía que podía hacer lo que quisiera si trabajaba lo suficiente.

Mentiras lindas que un hombre agotado le contaba a su hija. Tengo que colgar. Hay clientes. Piénsalo. Sí. Héctor no va a esperar para siempre. Elois cortó la llamada sin responder. Se quedó ahí parada mirando el celular barato con la pantalla rayada que había comprado usado hacía dos años.
Héctor, un hombre que olía a cerveza los fines de semana y que la miraba de arriba a abajo cada vez que la veía como si estuviera calculando cuánto tardaría en doblegarla. un hombre que representaba exactamente todo lo que ella había jurado nunca convertirse en guardó el teléfono en el bolsillo de su uniforme y regresó al piso de ventas tratando de sacudirse la conversación de encima como quien se quita tierra de la ropa.
La boutique Lumier estaba vacía a media tarde de un miércoles, luz blanca y fría cayendo desde los plafones, olor a cuero italiano mezclado con ese perfume ambiental que costaba más de lo que ella ganaba en una semana. Llevaba 6 meses trabajando ahí, 6 meses sonriendo a mujeres que gastaban en un bolso lo que ella necesitaba para vivir tres meses, 6 meses fingiendo que no le importaba, 6 meses ahorrando cada peso que le sobraba después de la renta, la comida, el transporte, las suscripciones a las plataformas donde estudiaba.
Este trabajo era su renta extra, el ingreso que le permitía pagar los cursos en línea, los libros digitales, las membresías a aplicaciones de idiomas, porque eso era lo que su madre no entendía. Elois no estaba jugando, estaba construyendo una salida. Había aprendido inglés primero, luego italiano, ahora dominaba francés.
Tres idiomas que hablaba como si hubiera nacido con ellos en la lengua. Todo gracias a internet, a su disciplina obsesiva, a las noches sin dormir repitiendo pronunciaciones, hasta que su boca memorizaba cada sonido. Mariela, su compañera de turno, asomó la cabeza desde el almacén. Voy por café. ¿Quieres algo? Elois negó con la cabeza.
Mariela se encogió de hombros y desapareció por la puerta trasera. quedó sola en el silencio caro de la boutique, se acercó al mostrador de vidrio donde se exhibían las joyas más caras y comenzó a limpiar la superficie con movimientos automáticos. Su reflejo la miraba desde el vidrio, uniforme negro con cuello azul que le rozaba incómodamente el cuello, cabello castaño recogido en un moño simple, sin maquillaje, porque los buenos eran caros y los baratos se derretían bajo estas luces.
Rostro común, nada especial. El tipo de cara que la gente olvidaba 5 minutos después de verla. Perfecta para ser invisible, perfecta para que nadie esperara nada de ella. La campanilla de la entrada sonó. Elois alzó la vista adoptando instantáneamente esa sonrisa profesional que le habían enseñado durante la capacitación.
Buenas tardes, bienvenidos a Lumier. Un hombre entró primero, alto traje azul marino que gritaba dinero incluso para alguien como ella, que apenas conocía las marcas de lujo. Cabello oscuro peinado hacia atrás, mandíbula definida, porte controlado. Caminaba como alguien acostumbrado a que las puertas se abrieran antes de que tuviera que tocarlas.
Detrás de él venía una mujer en vestido rojo entallado, tacones lubután que el reconoció por las suelas, cabello castaño en ondas perfectas, maquillaje impecable que probablemente había tomado una hora lograr. Se movía con esa confianza estudiada de quien sabe que todas las miradas deben estar sobre ella. Su brazo estaba enlazado con el del hombre de una manera que parecía más posesiva que afectuosa.
Él ni siquiera volteaba a verla. caminaba mirando hacia adelante como si estuviera solo. ¿En qué puedo ayudarles? El hombre la miró directamente. Eloís sostuvo su mirada sin parpadear. Jamás bajaba la vista primero. Estamos buscando un regalo. La mujer del vestido rojo ríó. Fue una risa corta, aguda, llena de algo que Eloís no supo identificar de inmediato, pero que le erizó la piel.
Para mí, amor, algo que combine con este vestido, señaló su propio cuerpo con un gesto dramático de la mano que buscaba capturar la atención del hombre. Él siguió observando a Elois con una expresión neutra que podría haber significado cualquier cosa o nada. Por supuesto, tenemos una selección de carteras y accesorios que podrían interesarles.
La mujer del vestido rojo se adelantó, casi empujándola mientras se dirigía directamente al exhibidor de carteras de piel. Sus tacones golpeaban el piso con clics secos y rápidos que delataban impaciencia. Eloís la siguió manteniendo esa distancia profesional que le habían enseñado. Ni muy cerca para no incomodar, ni muy lejos para no parecer desinteresada.
La mujer comenzó a sacar carteras de sus pedestales sin el menor cuidado, dejándolas sobre el mostrador como si fueran trapos. Esta no. Esta tampoco. Ay, qué horrible. ¿Quién compraría esto? Elohí se apretó los dientes, pero mantuvo la sonrisa. El hombre permanecía a unos pasos de distancia, observando con las manos en los bolsillos del pantalón.
Había algo en su manera de mirar que la ponía incómoda. No era lujuria, no era desprecio, era algo más complejo, como si estuviera evaluando algo que ni él mismo comprendía del todo. La mujer del vestido rojo levantó una cartera italiana de piel color crema. Eloís reconoció el modelo, 58,000 pesos, casi 4 meses de su sueldo en la boutique.
Esta podría servir, aunque es un poco simple. ¿No tienen algo más exclusivo? Esa es una pieza de edición limitada, señora. Solo se produjeron 20 en el mundo. La mujer la miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Señorita. No, señora. Elois sintió el primer tirón de irritación genuina en su estómago, pero lo empujó hacia abajo.
Disculpe, señorita. La mujer sonrió más ampliamente. Fue una sonrisa pequeña y victoriosa. Volteó hacia el hombre buscando validación. ¿Qué opinas, Apolo? ¿Me veo bien con esta apoyo. El nombre le quedaba demasiado grande a cualquier mortal, pero él lo llevaba con naturalidad. Apolo se acercó finalmente. Elohise captó el aroma de su colonia.
cara, probablemente más cara que todo lo que ella tenía en su closet junto. Si te gusta, su voz sonaba completamente desinteresada, vacía de emoción, como si estuviera cumpliendo con un protocolo aburrido que había repetido mil veces antes. La mujer frunció los labios en un puchero calculado que claramente había practicado frente al espejo.
No seas así, Apolo. Estoy tratando de que me prestes atención. volteó hacia Eloís con una expresión que pretendía ser cómplice. Los hombres son todos iguales, ¿verdad? Nunca ponen atención cuando una necesita que lo hagan. Eloís no respondió. No le pagaban para opinar sobre las dinámicas de pareja de los clientes.
La mujer del vestido rojo dejó la cartera sobre el mostrador con más fuerza de la necesaria y se acercó más a Eloí, demasiado cerca, invadiendo ese espacio personal que toda persona necesita para sentirse cómoda. Había algo depredador en la manera en que la estudiaba. Oye, ¿cuánto tiempo llevas trabajando aquí? 6 meses. ¿Y antes de esto, ¿qué hacías? Elois sintió la trampa en la pregunta, pero no supo cómo evitarla sin parecer grosera.
Trabajo en un despacho contable también. La mujer rió otra vez. Esa risa que Elois estaba empezando a odiar con cada fibra de su ser. Dos trabajos. Qué admirable. Aunque supongo que es necesario cuando una viene de Bueno, ya sabes. Elois la miró directamente a los ojos sin expresión. No, no sé. Dígame.
La mujer inclinó la cabeza como si estuviera estudiando un insecto particularmente interesante bajo un microscopio. De abajo, de donde tienen que trabajar el doble solo para apenas sobrevivir. Debe ser agotador vivir así. Apolo se movió casi imperceptiblemente. Eloís lo captó de reojo, pero mantuvo su atención en la mujer frente a ella.
Inés. La voz de Apolo era baja, pero llevaba un tono de advertencia clara que cualquiera con dos dedos de frente habría captado. La mujer, Inés, lo ignoró completamente, como si no hubiera hablado. Volteó hacia él con una sonrisa coqueta que no concordaba con la crueldad en sus ojos y de repente cambió a otro idioma francés.
Eloís lo reconoció al instante y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que su rostro no mostrara ninguna reacción. Regardez-la Apollo. Elle est m comment se disait ? Ordinaire. Oui, ordinaire. Comment peut-elle travailler ici entouré de de choses belles qu’elle ne pourra jamais permittir ? Ah, se permettre. C’est pathétique, non ? El acento era atroce.
Cada palabra en francés salía de su boca con un acento español tan marcado que sonaba como si estuviera leyendo fonéticamente de un libro de frases para turistas. Pronunciaba la R como si estuviera haciendo gárgaras. Arrastraba las vocales de manera que deformaba completamente las palabras y su gramática era la de alguien que apenas había completado un curso básico en línea y pensaba que eso la hacía sofisticada. Mírala, Apolo.
Es tan común. ¿Cómo puede trabajar aquí rodeada de cosas hermosas que nunca podrá permitirse? Es patético, ¿no? Inés sonrió mientras hablaba, claramente convencida de que Eloís no entendía ni una sílaba. Su expresión era de satisfacción pura, el placer cruel de quien se burla de alguien en su cara sin que la víctima lo sepa. Apolo respondió.
seguía mirando a Elois con esa expresión indescifrable que ella no terminaba de comprender. Había algo en sus ojos que parecía estar esperando algo, como si estuviera observando un experimento cuyo resultado desconocía, pero le generaba curiosidad genuina. Algo cambió en el aire.
Elois sintió como la humillación que Inés esperaba provocar se transformaba en algo completamente diferente dentro de ella. No era ira exactamente, era algo más frío, más controlado, más peligroso. Era dignidad, era la acumulación de cada vez que alguien como Inés había asumido que por trabajar en ventas era inferior, que por no tener dinero era ignorante, que por no vestir como las clientas era menos que ellas.
Dejó que el silencio se extendiera por 3 segundos completos. Tres segundos en los que Inés seguía sonriendo con esa suficiencia que solo la ignorancia combinada con la crueldad permite. 3 segundos en los que Apolo la observaba sin parpadear, inmóvil como una estatua. 3 segundos en los que Eloís calculó exactamente cuánto le iba a costar esto. Despido casi seguro.
La regla número uno de Lumier grabada en placas doradas en la oficina del gerente. El cliente siempre tiene la razón. Estaba a punto de destrozar esa regla en pedazos y no le importó. Abrió la boca y las palabras salieron en francés perfecto, con acento parisino impecable, que había perfeccionado escuchando cientos de horas de podcasts, películas, audiolibros, entrevistas, cada palabra articulada con la precisión de alguien que había dedicado su vida a dominar lo que otros consideraban imposible para alguien de su clase
social. Vous savez razón, mademoiselle. Je suis ordinaire, mais au moins moi je ne suis pas vulgaire. Et si vous voulez vraiment insulter quelqu’un, vous devriez d’abord apprendre à parler français correctement. Votre accent est atroce et votre gram-maire est celle d’une enfant de 5 ans. C’est pathétique. Tienes razon, señorita, soy común, pero al menos yo no soy vulgar.
Y si realmente quiere insultar a alguien, primero debería aprender a hablar francés correctamente. Su acento es atroz y su gramática es la de una niña de 5 años. Eso sí es patético. El silencio que siguió fue absoluto. Inés se quedó completamente congelada. Su boca se abrió ligeramente, formando una o perfecta de shock.
El color subió a sus mejillas tan rápido que parecía que alguien había pintado su rostro con brocha. Sus ojos se abrieron enormes, primero con incomprensión, luego con humillación pura, cuando su cerebro procesó que no solo había entendido cada palabra, sino que acababa de ser destrozada en el mismo idioma que había usado para burlarse.
Apolo parpadeó una vez muy lentamente, y algo extraordinario sucedió. La comisura de sus labios se elevó casi imperceptiblemente. No era exactamente una sonrisa, pero era lo más cercano a una expresión de emoción genuina que había mostrado desde que entró a la boutique. Sus ojos, que hasta ese momento habían sido dos pozos de indiferencia educada, se encendieron con algo que parecía una mezcla de sorpresa, admiración y algo más profundo que él mismo probablemente no sabía nombrar.
Elois sostuvo la mirada de Ined sin pestañear. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, pero su exterior permanecía completamente tranquilo. Acababa de cruzar una línea de la que no había retorno. Lo sabía. Probablemente la despedirían antes de que terminara el turno. Mariela sería testigo. El gerente se enteraría. Las reglas de la boutique eran claras, pero mientras miraba la expresión de shock absoluto en el rostro de Inés, no pudo arrepentirse ni un segundo.
Inés retrocedió un paso, tambaleándose ligeramente sobre sus tacones caros. Su respiración se había acelerado y sus manos temblaban visiblemente mientras intentaba procesar lo que acababa de suceder. Apolo. La voz le salió aguda, casi histérica. ¿Escuchaste lo que me dijo? Esta esta empleada me insultó. Exijo que llames al gerente ahora mismo.
Quiero que la despidan. Apolo no la miró. Seguía observando a Eloís con esa intensidad desconcertante que ella no terminaba de descifrar. Había algo diferente en su postura ahora. Ya no era la indiferencia educada del hombre aburrido, cumpliendo con un compromiso social. Era atención genuina, curiosidad real, como si acabara de descubrir algo inesperado en un lugar donde no esperaba encontrar nada interesante.
Tú la insultaste primero. Su voz seguía siendo tranquila, pero ahora había un filo en ella que no estaba antes. En francés, pensando que no te entendería. ¿Qué esperabas que pasara? In abrió la boca, pero no salió ningún sonido coherente. Su rostro había pasado del rojo de la humillación al blanco de la rabia pura.
Yo, tú, esto es inaceptable. No voy a quedarme aquí a ser tratada así por una simple vendedora. Entonces, vete. Las dos palabras cayeron como piedras en agua quieta. Inés parpadeó como si Apolo la hubiera abofeteado. ¿Qué dijiste? Que te vayas al auto. Yo termino aquí. Apolo no había levantado la voz, pero el tono no admitía discusión.
Era la voz de alguien acostumbrado a dar órdenes que se obedecían sin cuestionamiento. Inés lo miró con los ojos muy abiertos, buscando alguna señal de que estaba bromeando. No la encontró. No puedes hablarme en serio. Acabas de presenciar cómo me faltó al respeto. Y tú, Apolo la interrumpió con un gesto de la mano que fue casi despectivo en su economía de movimiento.
Te faltaste al respeto a ti misma cuando decidiste burlarte de alguien que obviamente es más inteligente que tú. Ahora vete al auto antes de que empeores esto. El silencio que siguió fue tan denso que Elois sintió que podía tocarlo. Inés miraba a Apolo como si nunca lo hubiera visto antes en su vida, como si el hombre frente a ella fuera un completo extraño que había reemplazado al acompañante complaciente que conocía.
Sus labios temblaron. Sus ojos se llenaron de lágrimas que probablemente eran más de rabia y humillación que de tristeza genuina. Esto no va a quedar así. Mi padre, me importa un quien sea tu padre. Vete ahora. Ined soltó un sonido estrangulado que estaba a medio camino entre un soyoso y un grito de frustración.
Giró sobre sus tacones con un movimiento tan brusco que casi perdió el equilibrio. Cruzó la boutique a pasos largos y furiosos, cada golpe de sus zapatos contra el piso sonando como un martillazo. La puerta se abrió con tanta fuerza que la campanilla casi se desprendió de su gancho. Se cerró detrás de ella con un golpe seco que hizo vibrar los vidrios de los exhibidores.
Y entonces Eloís y Apolo quedaron completamente solos. El silencio era diferente. Ahora ya no era tenso, sino extraño, expectante, como si algo importante estuviera a punto de suceder, pero ninguno de los dos supiera exactamente qué. Eloís seguía de pie detrás del mostrador, con las manos entrelazadas frente a ella para ocultar el ligero temblor que las recorría.
La adrenalina que había sostenido su valentía comenzaba a desvanecerse, dejando en su lugar la fría realización de lo que acababa de hacer. Había violado la regla de oro de Lumier, había insultado a una clienta. No importaba que la clienta hubiera empezado, no importaba que tuviera razón. Las reglas eran claras.
El gerente recibiría una queja. Probablemente ya había una llamada en camino. 6 meses de trabajo perfecto destruidos en 30 segundos de dignidad. Apolo se acercó al mostrador lentamente, no con la prisa de alguien que tiene un destino urgente, sino con la calma deliberada de quien está tomando una decisión importante. Se detuvo justo frente a ella.
Eloís podía ver los detalles que había pasado por alto antes, pequeñas líneas alrededor de sus ojos que sugerían que tenía algunos años más de lo que había pensado inicialmente, tal vez 32, 33, una pequeña cicatriz casi invisible en su ceja izquierda, ojos color café oscuro que en este momento la miraban con una intensidad que la hacía sentir expuesta, de una manera que no tenía nada que ver con vulnerabilidad física.
Lamento lo que acaba de pasar. La voz de Eloís salió más firme de lo que esperaba, pero no me arrepiento de haberlo dicho. Apolo inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera considerando sus palabras con cuidado. ¿Cuántos idiomas hablas? La pregunta la tomó por sorpresa. No era lo que esperaba. Tres.
Español, inglés, francés. Estoy aprendiendo alemán. ¿Dónde estudiaste? En ningún lado. Eloís sintió ese tirón familiar de vergüenza mezclada con orgullo desafiante por mi cuenta, internet, aplicaciones, podcasts, libros digitales cuando podía pagarlos, videos en YouTube, cualquier cosa que pudiera encontrar gratis o casi gratis.
Apolo asintió lentamente, como si ella acabara de confirmar algo que él había sospechado. ¿Por qué? La pregunta era simple, pero la respuesta era todo lo contrario. Eloís vaciló, no tenía que responderle. No le debía explicaciones a este hombre, que probablemente nunca había tenido que preocuparse por el precio de nada en su vida.
Pero había algo en la manera en que preguntaba. No era condescendencia, no era curiosidad morbosa, era interés genuino, como si realmente quisiera entender, porque quiero opciones. Las palabras salieron antes de que pudiera filtrarlas. Porque no quiero estar atrapada en un solo lugar toda mi vida, haciendo lo mismo hasta que me muera.
Porque mi padre trabajó hasta que su cuerpo se rindió y nunca tuvo nada. Porque mi madre me ruega que me case con un hombre al que no amo, solo para tener seguridad. Porque cada idioma que aprendo es una puerta que se abre, una posibilidad de ser algo más que la muchacha pobre del barrio que todos esperan que fracase. Se detuvo abruptamente.
Había dicho demasiado, mucho más de lo que debería haberle dicho a un completo extraño. Pero Apolo parecía incómodo con la honestidad cruda. Si acaso parecía más interesado. Sacó su billetera del bolsillo interior de su saco. era de piel negra, delgada, probablemente italiana, extrajo una tarjeta de presentación y la colocó sobre el mostrador de vidrio entre ellos.
Eloise miró la tarjeta sin tocarla. Letras Doradas sobre Fondo Negro Mate. Apolo Domínguez. Director general. Domínguez International Holdings. Un número de teléfono, una dirección de correo electrónico. Mi empresa necesita traductores independientes. La voz de Apolo era profesional ahora, como si estuviera en una reunión de negocios, inglés, francés, español, principalmente documentos legales y contratos comerciales, trabajo remoto, pago por proyecto.
Si te interesa, envía tu información de contacto a ese correo. Eloís alzó la vista bruscamente. ¿Por qué? Porque acabas de demostrar más agallas en 5 minutos que la mayoría de las personas que conozco en toda su vida. Porque alguien con tu dedicación no debería estar desperdiciando su talento aquí. Y porque necesito gente competente, no gente con títulos impresionantes que no saben hacer nada útil. Necesito gente que sepa trabajar.
Eloístió algo extraño en el pecho. No era esperanza exactamente porque la esperanza era peligrosa. Era más parecido a una posibilidad, una grieta en el muro que había estado golpeando durante años. No sé qué decir. No digas nada ahora. Piénsalo. Si te interesa, escribe. Si no te interesa, no lo hagas. Apolo comenzó a alejarse del mostrador, pero se detuvo antes de llegar a la puerta.
se volvió a medias y Elois, su nombre en labios de él sonaba diferente, más personal. Sí, lo de Inet no va a presentar ninguna queja. Me encargaré de eso. No necesitas preocuparte por tu trabajo. Eloís parpadeó sorprendida. ¿Por qué haría eso? Porque ella buscó lo que encontró. Y porque tú tenías razón. Su francés es espantoso.
La sombra de una sonrisa cruzó su rostro antes de que pudiera controlarla completamente. Era la primera vez que Eloís lo veía sonreír aunque fuera apenas. Cambiaba completamente su rostro. Lo hacía parecer más joven, más humano, menos la estatua perfecta de hombre exitoso que había entrado a la boutique. Apolo salió sin decir nada más.
La campanilla sonó suavemente. Esta vez Elois se quedó sola en el silencio de Lumier, sosteniendo la tarjeta entre sus dedos, como si fuera algo que pudiera desintegrarse si la apretaba demasiado fuerte. Su teléfono vibró en su bolsillo, lo sacó esperando otro mensaje de su madre. Era Mariela. Acabo de ver desde el café de enfrente como esa mujer horrible salió hecha una furia.
¿Qué pasó? ¿Estás bien? Y ese hombre guapísimo te dio algo. ¿Qué fue? Necesito detalles. Elois no respondió, guardó el teléfono y miró la tarjeta otra vez. Apoyo Domínguez. Un hombre que claramente vivía en un mundo completamente diferente al suyo. Un hombre que acababa de ofrecerle exactamente el tipo de oportunidad que había estado buscando sin saber dónde encontrarla.
Un hombre que había defendido a una completa extraña contra su propia acompañante. Se preguntó qué tipo de relación tenían Apolo e Inés. No parecían enamorados, ni siquiera parecían amigos. Había algo transaccional en la manera en que ella se colgaba de su brazo, algo calculado en cada gesto que Inés hacía para capturar su atención y la forma en que Apolo la había ignorado durante toda su visita hasta que finalmente la había despachado sin el menor remordimiento, sugería que él sabía exactamente qué tipo de persona era ella, que quizás
siempre lo había sabido, pero había elegido tolerarla por razones que Eloís no alcanzaba a comprender. conveniencia social tal vez o simple indiferencia hasta que algo había cambiado, hasta que Elois había respondido y algo en esa respuesta había captado su atención, de una manera que Inés, con todo su esfuerzo, nunca había logrado.
Guardó la tarjeta en el bolsillo de su uniforme justo cuando Mariela entró por la puerta trasera con dos vasos de café. Trajo uno para ti de todas formas. Sé que dijiste que no, pero te ves como si necesitaras cafeína. Mariela dejó ambos vasos sobre el mostrador y la miró con ojos enormes, llenos de curiosidad.
Entonces, ¿vas a contarme o tengo que torturarte? Eloís tomó el café agradecida por el calor que se extendía por sus manos frías. No hay mucho que contar. La mujer fue grosera. Le respondí. El hombre se disculpó y se fueron. Mariela la miró con escepticismo. Eso no explica por qué ella salió llorando y furiosa, ni por qué él te dio su tarjeta.
Elois bebió su café sin responder. Mariela suspiró dramáticamente. Está bien, guarda tus secretos, pero cuando ese hombre increíblemente guapo regrese buscándote, no digas que no te lo advertí. Eloís rió a pesar de sí misma. No va a regresar. Solo fue amable, nada más. Pero incluso mientras lo decía una parte de ella, se preguntaba si era cierto.
Había algo en la manera en que Apolo la había mirado. No era el tipo de mirada que un hombre le daba a alguien que había conocido por casualidad y olvidaría al día siguiente. era el tipo de mirada que significaba que estaba pensando, considerando, evaluando posibilidades que ni siquiera él mismo había anticipado cuando entró a esa boutique buscando un regalo para una mujer que claramente no le importaba.
El resto del turno pasó en relativa calma. Algunos clientes entraron y salieron. Halo los atendió con su profesionalismo habitual, pero su mente estaba en otro lado, en la tarjeta que pesaba en su bolsillo como una promesa o una amenaza, dependiendo de cómo eligiera verla, en las palabras que había dicho, en la expresión en el rostro de Apolo cuando la había escuchado hablar francés perfecto, en la manera en que había despedido a Inés sin pensarlo dos veces, en la posibilidad de que tal vez, solo tal vez, algo había cambiado en su vida
y aún no sabía completamente qué. Eloís llegó a su departamento pasadas las 9 de la noche. Subió los tres pisos de escaleras con pasos cansados que resonaban en el concreto agrietado del edificio. La luz del pasillo parpadeaba con ese zumbido eléctrico que llevaba meses sin arreglarse porque el casero nunca respondía a las quejas.
abrió la puerta de su departamento y fue recibida por el silencio y el olor a humedad que nunca lograba eliminar completamente sin importar cuánto limpiara. Era un espacio pequeño, una habitación que hacía las veces de dormitorio y sala, una cocina del tamaño de un closet, un baño donde apenas cabía una persona, pero era suyo.
Nadie podía decirle qué hacer aquí. Nadie podía juzgarla. dejó su bolso sobre la única silla que tenía y sacó la tarjeta de Apolo. La había tocado probablemente 50 veces durante el camino a casa en el autobús, mientras caminaba las cuatro cuadras desde la parada, como si necesitara confirmar que era real, que no había imaginado todo lo que pasó.
Se sentó frente a su computadora portátil. era vieja, la había comprado de segunda mano hacía 3 años y la pantalla tenía una línea muerta que atravesaba la esquina superior derecha, pero funcionaba. Abrió su correo electrónico y se quedó mirando la pantalla en blanco durante varios minutos.
¿Qué se suponía que debía escribir, “Estimado señor Domínguez? Apoyo, ¿cómo se dirigía una a un hombre que acababa de conocer en las circunstancias más extrañas posibles? Comenzó a escribir. Borró todo, volvió a empezar, borró otra vez. Al tercer intento se obligó a escribir sin pensar demasiado, porque si seguía dudando nunca enviaría nada.
Estimado señor Domínguez, me llamo Elois Fuentes. Nos conocimos esta tarde en la boutique Lumier. Usted mencionó que su empresa necesita traductores independientes. Me gustaría saber más sobre esta oportunidad. Domino español nativo, inglés nivel C2 y francés nivel C2. Adjunto mi currículum para su consideración.
Quedo atenta a su respuesta. Atenta, Elois Fuentes leyó el mensaje cinco veces buscando errores. Sonaba demasiado formal, demasiado rígido, como si hubiera copiado una plantilla de internet, pero no sabía cómo hacerlo sonar más natural sin perder profesionalismo. Adjuntó su currículum. Era corto, casi vergonzosamente corto.
Estudios de preparatoria, dos trabajos actuales, certificaciones de idiomas que había obtenido en línea. Nada impresionante, nada que gritara, “¡Crátenme!” Pero era lo que tenía. Movió el cursor sobre el botón de enviar. Su dedo se quedó suspendido sobre el touchpad. Una vez que enviara esto, no habría vuelta atrás.
estaría poniendo su información en manos de un completo extraño, un hombre rico y poderoso que probablemente recibía cientos de correos al día y olvidaría el suyo en segundos. O peor, tal vez toda la oferta había sido solo palabras vacías. Una manera amable de disculparse por el comportamiento de Ines sin compromiso real detrás. Su teléfono vibró sobre la mesa.
Mensaje de su madre. Héctor preguntó por ti otra vez. Le dije que lo pensarías. viene el domingo a comer. Eloisey sintió como la frustración se acumulaba en su garganta, como algo físico que necesitaba escupir. No había manera de hacerle entender a su madre que prefería vivir en este departamento miserable el resto de su vida antes que casarse con Héctor.
No había manera de explicarle que la seguridad que tanto valoraba era una prisión disfrazada de estabilidad. presionó enviar antes de poder arrepentirse. El mensaje desapareció de su pantalla. Hecho, ya estaba afuera en el mundo. En algún servidor viajando hacia la bandeja de entrada de Apoyo Domínguez, quien probablemente ni siquiera recordaba su nombre, se levantó y fue a la cocina a prepararse algo de cenar.
Tenía arroz de ayer, unos frijoles, un huevo. Lo calentó todo en el microondas, que hacía un ruido preocupante, pero seguía funcionando. Comió de pie frente a la ventana que daba un callejón donde los gatos callejeros peleaban por territorio cada noche. pensó en Apolo, en cómo se había movido por la boutique, con esa confianza tranquila de quien nunca ha tenido que preocuparse por nada en cómo había mirado a Inés, no con amor, ni siquiera con afecto fingido, con tolerancia cansada, como alguien que sabía exactamente quién era ella, pero
había decidido que no valía la pena el esfuerzo de alejarse hasta que hizo algo tan grosero que ya no pudo ignorarlo. se preguntó cuánto tiempo llevaban juntos, si dormían en la misma cama, si Inés pensaba que había algún futuro entre ellos o si también sabía que era temporal. Una transacción conveniente para ambos hasta que uno de los dos se cansara.
Lavó su plato y revisó su correo. Nada. Por supuesto que nada. Habían pasado 20 minutos. La gente como Apolo probablemente tenía asistentes que filtraban sus correos. Tal vez ni siquiera vería su mensaje hasta dentro de una semana o nunca. Abrió su aplicación de alemán y pasó la siguiente hora estudiando: declinaciones de artículos, verbos irregulares, pronunciación que hacía que su lengua se trabara en posiciones incómodas.
Pero poco a poco su cerebro comenzaba a reconocer patrones, a entender la lógica detrás de la gramática, que al principio parecía completamente aleatoria. Así había aprendido los otros tres idiomas. Así aprendería este también, no porque tuviera algún talento especial, sino porque era demasiado terca para rendirse.
A las 11 de la noche, revisó su correo otra vez. Esta vez había un mensaje nuevo. El nombre en el remitente hizo que su corazón se detuviera por un segundo completo. Apoyo Domínguez. Abrió el mensaje con manos que temblaban ligeramente. Eloís, gracias por contactarme. Revisé tu currículum. Me gustaría discutir los detalles en persona.
¿Estás disponible mañana viernes a las 2 de la tarde? Mi oficina está en Torre Reforma, piso 22. Avísame si ese horario funciona para ti. Apoyo Domínguez, director general. Domínguez International Holdings. Eloís leyó el mensaje tres veces, luego una cuarta. No podía ser real. Nadie respondía correos a las 11 de la noche.
Nadie ofrecía reuniones al día siguiente a personas que acababan de conocer. Esto tenía que ser algún tipo de error o malentendido, pero ahí estaba el mensaje. Con la firma oficial de la empresa, con una dirección específica, con una hora concreta, respondió antes de que el pánico pudiera convencerla de no hacerlo.
Señor Domínguez, mañana a las 2 me funciona perfectamente. Estaré ahí. Gracias por la oportunidad. Eloís Fuentes envió el mensaje y luego se quedó mirando la pantalla como si pudiera hacer que la respuesta llegara más rápido con pura fuerza de voluntad. 5 minutos después llegó otra respuesta. Nos vemos mañana entonces.
Y Eloís, puedes llamarme Apolo. Esa última línea la desconcertó más que todo lo demás. Había algo informal en ella, algo que cruzaba la línea entre profesional y personal, de una manera que no sabía cómo interpretar. se fue a dormir, pero su mente no dejaba de dar vueltas. ¿Qué se ponía para una reunión en Torre Reforma? Lo único semiformal que tenía era un pantalón negro que usaba para el trabajo en el despacho contable y una blusa blanca que ya estaba mostrando desgaste en el cuello. Tendría que servir.
No tenía dinero para comprar algo nuevo y aunque lo tuviera no había tiempo. Se levantó a las 6 de la mañana, aunque su turno en el despacho no empezaba hasta las 8. Se duchó con el agua que salía tibia en el mejor de los casos. Se lavó el cabello dos veces, se lo secó con cuidado.
Normalmente lo recogía en un moño simple, pero hoy lo dejó suelto cayendo sobre sus hombros en ondas naturales. Se maquilló ligeramente. Rímel, un poco de rubor, brillo labial, nada exagerado, pero suficiente para no verse completamente lavada. Bajo las luces fluorescentes de una oficina. Se puso el pantalón negro y la blusa blanca.
Se miró en el espejo del baño agrietado. No era impresionante, pero era presentable. Tendría que ser suficiente. Guardó su currículum impreso en una carpeta que había comprado años atrás y nunca había usado. Salió de su departamento con 2 horas de anticipación. El trayecto en autobús le tomó 40 minutos. Bajó en Paseo de la Reforma y caminó las tres cuadras hasta Torre Reforma.
El edificio era exactamente lo que había imaginado. Cristal y acero elevándose hacia el cielo, puertas giratorias, lobby de mármol, guardias de seguridad con trajes que probablemente costaban más que todo su guardarropa junto. Elois se acercó al mostrador de recepción, donde una mujer impecablemente vestida la miró con esa sonrisa profesional que no llegaba a los ojos. Buenos días.
¿En qué puedo ayudarle? Tengo una cita con el señor Domínguez a las 2. Soy Eloí Fuentes. La recepcionista revisó su computadora. Un momento, por favor. Marcó un número. Habló en voz baja. Colgó. El señor Domínguez dice que puede subir ahora si gusta. Piso 22. Los elevadores están a su derecha. Eloís caminó hacia los elevadores, sintiendo las miradas de la gente en el lobby. Sabía cómo se veía.
Fuera de lugar, como alguien que no pertenecía a este mundo de trajes caros y zapatos de diseñador, entró al elevador y presionó el botón del piso 22. Las puertas se cerraron y comenzó a subir. Su estómago se retorció no solo por el movimiento, sino por los nervios que amenazaban con ahogarla. ¿Qué estaba haciendo? ¿Quién se creía que era viniendo aquí? Apolo probablemente se había dado cuenta de su error y le daría alguna excusa amable para despacharla.
O peor, esta era alguna trampa elaborada, algo que no veía venir porque era demasiado ingenua para entender cómo funcionaba el mundo real. Las puertas se abrieron en el piso 22. El pasillo era todo vidrio y diseño minimalista. Una recepción pequeña donde otra mujer perfectamente arreglada la saludó. Eloís Fuentes. Sí, perfecto.
El señor Domínguez la está esperando por aquí, por favor. La mujer la guió por un pasillo de paredes blancas decoradas con arte moderno que Eloís no entendía, pero asumía que era caro. Se detuvieron frente a una puerta de madera oscura. La mujer tocó dos veces. Una voz desde adentro dijo adelante. La puerta se abrió. La oficina era enorme.
Ventanales del piso al techo con vista a toda la ciudad. escritorio de diseño minimalista, estantes llenos de libros y ahí, de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera, estaba Apolo. Llevaba pantalones de vestir grises y camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos, sin saco, sin corbata, más relajado que ayer, pero igual de imponente, se volvió cuando ella entró.
Eloís, llegas temprano. La puerta se cerró detrás de ella, dejándolos solos. Eloís apretó la carpeta contra su pecho como si fuera un escudo. Espero que no sea un problema en absoluto. De hecho, lo aprecio. Demuestra seriedad. Apolo señaló las sillas frente a su escritorio. Siéntate, por favor. Eloís obedeció.
dejó la carpeta sobre su regazo. Apolo se sentó detrás de su escritorio como había esperado. En lugar de eso, tomó la silla junto a ella, eliminando la barrera formal que el escritorio habría creado. Había algo intencional en ese gesto, algo que sugería que esto no era solo una entrevista de trabajo estándar. Leí tu currículum con atención.
La voz de Apolo era seria, pero no fría. Es impresionante, considerando que todo fue autodidacta. Eloís no supo qué responder a eso, entonces simplemente asintió. Apolo continuó. Necesito traductores para contratos comerciales, principalmente del español al inglés y francés. A veces del inglés al español. Documentos legales densos, lenguaje técnico.
¿Te sientes cómoda con ese tipo de traducción? Elois vaciló. La honestidad parecía más importante que fingir competencia que no tenía. No tengo experiencia con documentos legales específicamente, pero aprendo rápido y soy muy cuidadosa con los detalles. Apolo asintió como si esa respuesta hubiera sido exactamente la que esperaba.
Te pagaría por documento, tarifas competitivas y te daría acceso a un glosario legal que hemos desarrollado internamente. Básicamente necesito saber si puedes entregar traducciones precisas dentro de plazos establecidos. ¿Puedo? La respuesta salió con más confianza de la que sentía. Apolo la miró directamente a los ojos. ¿Por qué hiciste lo que hiciste ayer? La pregunta la tomó completamente desprevenida.
Disculpa, en la boutique. Sabías que podías perder tu trabajo. La regla del cliente siempre tiene razón. ¿Por qué arriesgaste todo eso? Solo para responderle a Inés. Elois sintió como algo se encendía en su pecho. Porque hay cosas más importantes que un trabajo, como la dignidad. Como no dejar que la gente te pisotee solo porque tienen dinero y tú no.
Mi padre pasó toda su vida tragándose humillaciones de gente que lo trataba como basura. Se mató trabajando para personas que nunca lo vieron como ser humano. Yo juré que nunca haría eso, que nunca me rebajaría sin importar cuánto me costara. El silencio que siguió fue largo. Apolo apartó la mirada. Había algo en sus ojos que Eloís no podía leer.
Finalmente habló. Eso es exactamente por qué quiero que trabajes para mí. No necesito gente que se limite a seguir órdenes. Necesito gente con columna vertebral, gente que diga la verdad incluso cuando sea incómodo. Gente como tú. Se puso de pie y caminó hacia su escritorio. Abrió un cajón y sacó una carpeta.
La colocó frente a Eloí. Este es un contrato de prueba. Tres documentos. Fecha límite dos semanas. Si los entregas con la calidad que espero, seguimos trabajando juntos a largo plazo. Si no, no pasa nada. Cada quien sigue su camino. Eloí se abrió la carpeta. Los documentos eran densos, llenos de terminología que no reconocía, pero la emoción era más fuerte que el miedo. Acepto.
Apolo sonríó. Fue una sonrisa pequeña, pero genuina. Bien, mi asistente te enviará el glosario legal y las instrucciones de formato. Cualquier pregunta puedes escribirme directamente. Extendió su mano. Eloís la estrechó. Su apretón era firme, seguro, y duró un segundo más de lo estrictamente profesional. Eloís salió de Torre Reforma caminando sobre una nube de incredulidad.
Llevaba la carpeta apretada contra su pecho, como si fuera el objeto más valioso del mundo, porque lo era. Era su oportunidad. La grieta en el muro que había estado golpeando durante años finalmente se había convertido en una puerta. Tomó el autobús de regreso a casa mirando por la ventana sin ver realmente nada.
Su mente reproducía la conversación con Apolo una y otra vez. La manera en que la había mirado cuando habló de su padre, como si realmente entendiera, como si sus palabras significaran algo más que solo ruido de fondo. Había algo en él que la desconcertaba. No era solo que fuera atractivo, aunque objetivamente lo era, era la atención que le prestaba, la manera en que escuchaba como si cada palabra que salía de su boca importara.
Ningún hombre la había mirado así antes. Ciertamente no Héctor con sus ojos, que solo veían un cuerpo que poseer, ni los hombres en el autobús que miraban, pero nunca veían. Apoyo, la veía. Eso era lo que la asustaba y la emocionaba al mismo tiempo. Llegó a su departamento y abrió la carpeta sobre la mesa.
Tres documentos. El primero era un contrato de compraventa de maquinaria industrial, 15 páginas de términos legales que apenas comprendía. El segundo era un acuerdo de confidencialidad corporativa. El tercero, un contrato de licenciamiento de software. Sintió pánico trepar por su garganta. ¿En qué se había metido? No tenía experiencia con esto. Iba a fracasar.
Apolo se daría cuenta de que había cometido un error y eso sería todo. Respiró profundo, cerró los ojos, contó hasta 10 en alemán, como hacía cuando necesitaba calmarse. Cuando los abrió, tomó su computadora y buscó el correo que Apolo había prometido enviar. Ahí estaba. Asunto glosario legal y formato. Lo abrió.
El mensaje era breve, pero contenía dos archivos adjuntos. El primero era un glosario de más de 300 páginas. con términos legales en español, inglés y francés, con explicaciones detalladas. El segundo era una guía de formato explicando exactamente cómo estructurar las traducciones. Eloís pasó las siguientes 4 horas estudiando el glosario, tomando notas, creando sus propias referencias cruzadas.
Cuando finalmente cerró la computadora, eran pasadas las 10 de la noche. Le dolía la cabeza y los ojos le ardían, pero sentía algo parecido a la confianza comenzando a formarse. Podía hacer esto. Sería difícil, pero podía hacerlo. Su teléfono vibró. Mensaje de su madre. No respondiste sobre el domingo. Héctor viene a las 2. Prepara algo lindo. Eloís apretó los dientes.
Escribió una respuesta rápida. No voy a estar. Tengo trabajo. La respuesta de su madre llegó en segundos. ¿Qué trabajo es más importante que tu futuro? Héctor se va a cansar de esperar. Este, este trabajo es más importante. No respondió cuando su madre escribió tres mensajes más, apagó el teléfono y se fue a dormir.
El sábado trabajó todo el día en el primer documento. Avanzó lentamente. Cada término requería investigación. Cada frase necesitaba ser construida con cuidado para mantener el significado legal exacto. A las 6 de la tarde había traducido tres páginas de 15. Era progreso, pero no suficiente. El domingo, su madre la llamó siete veces. Eloís no contestó ninguna.
Trabajó desde las 7 de la mañana hasta la medianoche con solo dos descansos para comer. Al final del día había completado ocho páginas. El lunes tenía turno en el despacho contable. Llegó a las 8. Procesó facturas mecánicamente mientras su mente seguía dando vueltas a frases en francés que no terminaban de sonar correctas.
A la hora del almuerzo, en lugar de comer, se sentó en el parque frente al despacho con su computadora y trabajó. Completó dos páginas más. El martes era su día libre del despacho, pero tenía turno en Lumiar. Llegó a las 10. La boutique estaba tranquila, solo tres clientes en todo el día. Entre atenciones trabajaba en su teléfono revisando términos, tomando notas mentales de ajustes que necesitaba hacer.
Mariela la observaba con curiosidad. ¿Estás actuando raro? ¿Pasó algo? Estoy trabajando en un proyecto. Mariela se acercó bajando la voz aunque estaban solas. Tiene que ver con el hombre guapísimo que te dio su tarjeta. Eloís no respondió, pero sintió calor subir a sus mejillas. Mariela soltó una risita. Sabía que había algo.
Es tu jefe ahora o qué? No exactamente me dio trabajo como traductora independiente. Mariela abrió los ojos enormes. En serio, eso es increíble. ¿Y cuándo lo vuelves a ver? No lo sé. Probablemente cuando entregue el trabajo. Mariela la estudió con esa mirada que usaba cuando creía saber algo que Eloise no había admitido. Le gustas.
Eloise sintió su estómago dar un vuelco. No seas ridícula. Solo es trabajo. Claro, por eso te sonrojaste cuando lo mencioné. Mariela no es así. Él tiene, hizo una pausa, no sabía cómo describir a Inés. Tiene una acompañante, una mujer que estaba con él cuando vino. Mariela frunció el seño. Acompañante como novia, no.
Más bien como alguien que está ahí por conveniencia. Mariela asintió lentamente. Ah, una de esas. Bueno, eso no significa nada. Si ella fuera importante, no sería solo una acompañante, sería su prometida o algo así. Eloís no quiso seguir con esa conversación. Era territorio peligroso porque requería admitir cosas que ni siquiera se había admitido a sí misma, como el hecho de que había pensado en Apolo más veces de las que debería, como que cuando cerraba los ojos podía ver con claridad perfecta la manera en que la había mirado en su oficina, como que
la idea de volver a verlo le provocaba una mezcla de emoción y terror que no sabía cómo manejar. cambió de tema hablando de una clienta difícil que habían tenido la semana anterior. Mariela dejó el asunto, pero Elois sabía que no lo había olvidado. El miércoles completó el primer documento, lo revisó tres veces, luego una cuarta, encontró dos errores que había pasado por alto, los corrigió, lo revisó de nuevo.
Finalmente, a las 11 de la noche lo envió. Estimado apoyo, adjunto la traducción del primer documento. Espero que cumpla con tus expectativas. Quedó atenta a tus comentarios. Elois presionó enviar y luego se quedó mirando la pantalla con el corazón latiéndole fuerte. No esperaba respuesta inmediata. Era casi medianoche.
La gente normal estaba durmiendo. Pero 5 minutos después su bandeja de entrada mostró un mensaje nuevo. Lo abrió. Eloí. Acabo de revisar tu traducción. Es excelente. Mejor de lo que esperaba para un primer intento. Tienes buen ojo para los detalles. Sigue así con los otros dos y descansa. No quiero que te quemes trabajando.
Apolo Elois leyó el mensaje cuatro veces, cada vez sintiendo algo cálido expandirse en su pecho. No era solo el elogio profesional, aunque eso la llenaba de alivio. Era la última línea. Y descansa. No quiero que te quemes trabajando. Había preocupación genuina ahí. como si le importara que ella estuviera bien más allá de solo entregar trabajo de calidad.
Respondió antes de pensarlo demasiado. Gracias, Apolo. Me alegra que cumpla con tus estándares y no te preocupes, sé cuidarme. La respuesta llegó casi inmediatamente. Estoy seguro de que sí, pero igual me preocupo. Buenas noches, Eloí. Eloís se quedó mirando esas palabras durante mucho tiempo, pero igual me preocupo. Tres palabras que significaban más de lo que deberían, que cruzaban líneas que no estaba segura de que debieran cruzarse, que sugerían que esto era más que solo una relación profesional entre empleador y empleada. El resto de la semana pasó
en un borrón de trabajo, terminó el segundo documento el viernes, lo envió a las 9 de la noche. Apolo respondió a los 15 minutos. Otra vez. Excelente. ¿Cómo vas con el tiempo? ¿Necesitas una extensión? Elohí escribió, “No necesito extensión. Debería terminar el tercero para el lunes.
Bien, pero si necesitas más tiempo, solo dime, no hay prisa irrazonable.” Pasaron mensajes de ida y vuelta durante media hora. Comenzó siendo sobretajo, pero de alguna manera derivó en otras cosas. Apoyo le preguntó cómo iba con el alemán. Ella le preguntó por qué había empezado Domínguez Internacional. Él le contó que había heredado la empresa de su padre, quien había muerto tres años atrás, que había pasado los últimos años tratando de hacer las cosas de manera diferente, más ética, más humana, que no siempre era fácil cuando el mundo de los negocios
premiaba exactamente lo opuesto. Eloís encontró esa vulnerabilidad inesperada. No era el empresario imponente de Torre Reforma. Era alguien tratando de encontrar su camino en un mundo que no había elegido, pero había heredado. Le contó sobre su padre, sobre cómo había muerto trabajando, sobre la promesa que se había hecho de nunca terminar así.
Apolo escribió, “Tu padre estaría orgulloso de ti, de lo que has logrado por tu cuenta.” Eloh se sintió lágrimas picar sus ojos. Nadie le había dicho eso antes. Gracias. Eso significa más de lo que crees. La conversación terminó cerca de las 11. Ambos se despidieron. Elohí cerró la computadora, pero no pudo dormir durante horas.
Seguía pensando en Apolo, en cómo cada conversación hacía que quisiera saber más de él, en cómo su voz, aunque solo fuera texto en una pantalla, le provocaba cosas que no quería examinar demasiado de cerca. El lunes completó el tercer documento, esta vez lo envió a las 2 de la tarde. Apolo respondió casi inmediatamente. Perfecto.
Los tres documentos están impecables. Te voy a enviar el pago hoy mismo y tengo más trabajo si te interesa. Eloí escribió. Me interesa definitivamente. Bien, puedes venir a la oficina el miércoles. Hay un proyecto más grande que quiero discutir contigo. En persona, el corazón de Elois se aceleró. ¿A qué hora? A la que te funcione.
Mi agenda está abierta para ti. Elois se obligó a respirar normalmente. A las 2 me funciona. Nos vemos entonces. Y Eloís, sí, me alegra que esto esté funcionando. A mí también. Y era verdad, pero también sabía que esto ya no era solo sobre trabajo. Había algo más creciendo entre ellos, algo que ninguno de los dos había nombrado, pero que estaba ahí cada vez más grande, cada vez más imposible de ignorar.
El miércoles, Eloís se preparó con más cuidado que la primera vez. Se puso el mismo pantalón negro, pero esta vez combinado con una blusa azul oscuro que había encontrado en una tienda de segunda mano. Se maquilló con más esmero. Se dejó el cabello suelto porque recordaba como Apolo la había mirado la última vez que lo llevó así.
Llegó a Torre Reforma 15 minutos antes, subió al piso 22. La recepcionista la reconoció. Señorita Fuentes, el señor Domínguez la está esperando. Puede pasar directamente. Elois caminó por el pasillo que ya empezaba a resultarle familiar. Tocó la puerta, adelante, entró. Apolo estaba de pie junto a la ventana, exactamente como la primera vez.
Pero cuando se volvió algo era diferente. La manera en que la miraba, la sonrisa que apareció en su rostro. Eloís, me alegra verte. Y ella supo en ese momento. Supo que lo que sentía no era unilateral. supo que esto iba a complicarse de maneras que no podía predecir y supo que no iba a detenerse. Apolo cerró la puerta detrás de ella y el sonido resonó en la oficina silenciosa de una manera que se sintió significativa.
Eloís se quedó de pie de la entrada con las manos entrelazadas frente a ella tratando de ignorar el nerviosismo que le revolvía el estómago. Siéntate, por favor. Apolo señaló el sofá de cuero negro junto a la ventana en lugar de las sillas formales frente a su escritorio. Eloís caminó hacia allá consciente de cada paso que daba.
Se sentó en el borde del sofá manteniendo la espalda recta. Apolo se sentó junto a ella, no frente a ella como habría sido más apropiado profesionalmente, sino a su lado, con apenas medio metro de distancia entre ellos, lo suficientemente cerca como para que Eloís pudiera captar el aroma de su colonia.
lo suficientemente cerca como para que la proximidad se sintiera intencional. ¿Cómo estás? La pregunta era simple, pero la manera en que la hizo no lo era. Había preocupación genuina en su voz, interés real en su respuesta. Bien, cansada, pero bien. Has estado trabajando demasiado. Eloís sonrió a pesar de sí misma. Es lo que hago. Trabajar demasiado.
Apolo la estudió con esa intensidad que la hacía sentir expuesta de la mejor manera posible. Necesitas descansar también. No puedes mantener dos trabajos y proyectos de traducción sin quemarte. Estaré bien, siempre lo estoy. Eloís. Su nombre en sus labios sonaba como algo precioso. Eres terca, lo sé.
Pero también sé reconocer cuando alguien se está exigiendo más de lo humanamente sostenible. La calidez en su voz la desarmó. No estaba acostumbrada a que alguien se preocupara por ella de esta manera. Su madre se preocupaba, pero siempre venía acompañado de juicio y decepción. Mariela se preocupaba, pero de manera superficial.
Apolo se preocupaba como si realmente le importara que ella estuviera bien. Háblame del proyecto nuevo. Helo cambió de tema porque el territorio emocional en el que estaban pisando era demasiado peligroso. Apolo asintió aceptando el cambio, aunque algo en sus ojos sugería que sabía exactamente por qué lo había hecho. Tenemos un cliente en Francia.
empresa de tecnología que quiere expandirse a México. Necesitan toda su documentación legal traducida del francés al español. Contratos laborales, acuerdos de distribución, manuales de operación. Es un proyecto grande. Probablemente 3 meses de trabajo si lo tomas solo tú. Eloís sintió su pulso acelerarse. 3 meses. Eso es es mucho.
Lo sé. Por eso quiero ofrecerte algo diferente. Apolo se inclinó ligeramente hacia adelante, sus rodillas casi tocándose. Quiero contratarte de tiempo completo. Como traductora interna de Domínguez Internacional, salario fijo, prestaciones, oficina aquí en este piso. Podrías dejar tus otros dos trabajos. El silencio que siguió fue absoluto.
Elois lo miró sin parpadear tratando de procesar lo que acababa de escuchar. De tiempo completo, Apolo asintió. He estado pensando en esto desde que vi tu trabajo. Necesito alguien en quien pueda confiar para traducciones, alguien con tu nivel de precisión y dedicación. Y honestamente creo que desperdicias tu potencial dividiendo tu tiempo entre tres trabajos que no te llevan a ningún lado.
Elois sintió algo parecido al vértigo. Era demasiado, demasiado rápido, demasiado bueno para ser verdad. No puedes, no me conoces lo suficiente para ofrecerme eso. Te conozco lo suficiente. Vi cómo trabajas, vi tu ética, vi tu coraje. Eso me dice todo lo que necesito saber, pero apenas llevamos dos semanas trabajando juntos, sí, pero siento que te conozco más que a personas con las que he trabajado años.
Había algo en la manera en que lo dijo, algo que iba más allá de lo profesional. Eloís lo sintió como una corriente eléctrica en el aire entre ellos. Apolo continuó, “El salario sería el triple de lo que ganas ahora en tus dos trabajos combinados: seguro médico completo, vacaciones pagadas y flexibilidad de horarios.
Si necesitas estudiar alemán o tomar cursos, puedes hacerlo durante horas de trabajo, siempre que entregues tus proyectos a tiempo. Era perfecto, demasiado perfecto. Tenía que haber un pero, tenía que haber algo que no estaba viendo. ¿Por qué? La pregunta salió más cortante de lo que pretendía. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué me ofreces tanto? Apolo la miró directamente a los ojos.
Porque veo algo en ti que no quiero que se pierda. Porque he conocido a cientos de personas con títulos impresionantes y credenciales perfectas que no tienen ni la mitad de tu determinación, porque creo que mereces una oportunidad de hacer algo más que sobrevivir. Mereces prosperar.
Las palabras la golpearon con fuerza inesperada. Sintió lágrimas picar sus ojos, pero las empujó hacia abajo. No iba a llorar frente a él. No, ahora necesito pensarlo. Por supuesto, tómate el tiempo que necesites. Pero Eloís, ella lo miró. Esto no es caridad ni lástima. Es una decisión de negocios basada en tu talento. No quiero que pienses que te estoy haciendo un favor.
Tú me harías el favor a mí, aceptando. Eloís asintió sin confiar en su voz para responder. Se quedaron sentados en silencio durante un momento que se estiró más de lo profesionalmente apropiado. Apolo rompió el silencio primero. ¿Tienes hambre? Son casi las 3. ¿Almorzaste? No, no tuve tiempo. Hay un restaurante aquí en la torre.
¿Me acompañas? Elois sabía que debía decir que no, que esto ya estaba cruzando líneas que no deberían cruzarse, pero se escuchó diciendo, “Sí.” Bajaron juntos en el elevador. Apolo saludó a dos personas que subieron en el piso 16. Eloís captó las miradas curiosas que le lanzaron, la evaluación rápida que la gente hace cuando ve a alguien con su jefe tratando de determinar quién es, qué representa, si es amenaza o irrelevante.

El restaurante estaba en el piso tres, elegante, pero no ostentoso, manteles blancos cubiertos de plata, meseros que se movían con eficiencia silenciosa. El anfitrión reconoció a apoyo inmediatamente. Señor Domínguez, su mesa usual está lista. Siguieron al anfitrión hacia una mesa junto a la ventana con vista a Reforma. Apoyo apartó la silla para Eloís antes de que pudiera hacerlo ella misma.
El gesto la desconcertó. Era demasiado caballeroso, demasiado personal para una comida de negocios. Se sentaron. El mesero trajo menús y agua. Apolo pidió vino blanco. Eloís pidió agua mineral porque necesitaba mantener la cabeza clara. ¿Vienes aquí seguido? Eloís rompió el silencio mientras revisaba el menú. Precios que la hicieron tragar saliva.
Un plato costaba lo que ella ganaba en dos días en Lumier, un par de veces a la semana. Es conveniente y la comida es buena. Apolo cerró su menú sin mirarlo. Realmente ya sabía qué quería. Eloís eligió lo más económico que encontró. Ensalada con pollo. Apollo pidió salmón. Cuando el mesero se fue, volvieron a quedar solos en su burbuja de conversación. Cuéntame de tu familia.
Apolo se recargó en su silla, observándola con esa atención total que le daba. No hay mucho que contar. Solo mi madre y yo. Mi padre murió cuando tenía 14 hermanos. No soy hija única. Apolo asintió. Yo también. hijo único de padres que esperaban que siguiera sus pasos exactos. Heredé la empresa cuando mi padre murió, pero no heredé su manera de hacer las cosas.
Causó conflictos con la junta directiva durante el primer año. ¿Qué tipo de conflictos? Eloís se inclinó ligeramente hacia adelante, genuinamente interesada. Mi padre creía que el dinero era lo único que importaba. márgenes de ganancia, crecimiento a cualquier costo. No le importaba si eso significaba explotar empleados o socios comerciales.
Yo quiero construir algo diferente, algo sostenible que no destruya gente en el proceso. Suena noble, suena idealista. Apolo sonrió con ironía y probablemente ingenuo según muchos de mis colegas. Pero no me importa. No quiero llegar a los 60 y mirar atrás, sabiendo que lo único que hice fue acumular dinero pisoteando a otros.
Eloís sintió algo cambiar en su pecho. Esta versión de Apolo era diferente del empresario intimidante de su primera reunión. Era más real, más humano, más alguien con quien podía imaginarse. Se detuvo antes de completar ese pensamiento. Peligroso, muy peligroso. La comida llegó. comieron intercambiando historias.
Apolo le contó sobre su educación en colegios privados, donde nunca encajó completamente porque cuestionaba demasiado. Eloís le contó sobre crecer en un barrio donde la ambición era vista como pretensión, sobre maestros que le decían que no perdiera tiempo soñando con universidad, sobre cómo había aprendido inglés primero, porque encontró un libro viejo y decidió que el mundo era más grande que lo que todos esperaban que aceptara.
Se rieron. Apolo tenía sentido del humor seco que la tomaba por sorpresa. Elois descubrió que podía hacerlo reír también. Pequeñas observaciones sobre clientes ridículos en Lumier, sobre su jefe en el despacho contable que insistía en usar Excel como si fuera 1995. El tiempo se deslizó de manera extraña. De repente eran las 5 de la tarde.
3 horas habían pasado sin que Elois se diera cuenta. Tengo que irme. Tengo turno en Lumi a las 6. Elis se puso de pie sintiéndose casi mareada por cuánto había disfrutado esto, cuánto no quería que terminara. Apolo pidió la cuenta, no dejó que Eloís viera el total, pero ella captó suficiente para saber que probablemente había gastado el equivalente a una semana de su sueldo.
Bajaron juntos al lobby. Apolo caminó con ella hasta la salida. Afuera, Reforma estaba congestionado con tráfico de hora a pico. Piensa en mi oferta. Tómate el tiempo que necesites, pero realmente espero que digas que sí. Lo haré. Prométeme. No prometo nada, pero lo pensaré seriamente. Apolo sonrió. Es todo lo que pido.
Se quedaron parados ahí más tiempo del necesario. Gente pasaba a su alrededor. El ruido de la ciudad los envolvía. Pero en ese momento Eloís solo era consciente de Apolo, de cómo la miraba, de cómo cada fibra de su ser le gritaba que se acercara. cuando cada parte racional le decía que se alejara. “Nos vemos pronto.
” La voz de Apolo era suave, casi íntima, a pesar del ruido alrededor. “Nos vemos.” Elois se obligó a darse vuelta, a caminar hacia la estación del autobús. Sintió los ojos de Apolo en su espalda todo el camino. No miró atrás porque sabía que si lo hacía su resolución se rompería. En el autobús, camino a Lumier, sacó su teléfono. Mensaje de Mariela.
Llegas tarde. ¿Dónde estás? Respondió, en camino, perdón, otro mensaje. ¿Estabas con él? Eloís no respondió, pero la pregunta se quedó flotando en su mente. ¿Estabas con él? Sí, había estado con Apolo y cada minuto que pasaba estaba más claro que esto era más que trabajo, más que una simple relación profesional. Esto era algo que podía cambiar todo, para bien o para mal, aún no lo sabía.
Eloís pasó los siguientes tres días en un estado de inquietud constante. La oferta de Apolo ocupaba cada rincón de su mente. En el despacho contable procesaba facturas mecánicamente mientras calculaba números diferentes. Salario triple, sin tener que dividirse entre tres trabajos: Tiempo para estudiar, tiempo para respirar, tiempo para vivir en lugar de solo sobrevivir.
Lumier atendía a clientes con sonrisa automática mientras su cerebro reproducía la conversación del almuerzo. La manera en que Apolo la había mirado como si fuera alguien que valía la pena conocer, como si fuera alguien especial. Nadie la había mirado así antes. El jueves por la noche, su madre apareció en su departamento sin avisar.
Eloís abrió la puerta y la encontró parada en el pasillo con los brazos cruzados y expresión de reproche grabada en el rostro. Has estado ignorando mis llamadas. Estoy ocupada, mamá. Demasiado ocupada para tu propia madre. Demasiado ocupada para Héctor, que te ha esperado con paciencia. Elois sintió el cansancio de años acumularse en sus hombros.
No le pedí a Héctor que esperara nada. Ya te dije que no me interesa. Su madre entró al departamento sin ser invitada. Miró alrededor con desaprobación, como siempre hacía. Este lugar es deprimente. Podrías tener una casa decente con Héctor. Seguridad. Estabilidad. No quiero su seguridad. Quiero construir la mía. Ay, Eloís, siempre tan terca.
¿Y qué has construido? Trabajas como burro en tres empleos y apenas te alcanza para pagar este cuarto miserable. Su madre se sentó en la única silla. Eloís permaneció de pie. Me ofrecieron un trabajo, uno real, de tiempo completo, con buen salario. Su madre la miró con escepticismo. ¿Qué tipo de trabajo? Traductora.
Para una empresa internacional, el salario es tres veces lo que gano ahora. Podré dejar los otros trabajos. Su madre frunció el seño. ¿Y cómo conseguiste ese trabajo? ¿Quién te lo ofreció? Un hombre llamado Apolo Domínguez es el director de la empresa. La expresión de su madre se endureció. Un hombre. Por supuesto.
Elois supo inmediatamente a dónde iba esto. No es lo que piensas. Es legítimo. He estado trabajando para él las últimas semanas. Traducciones profesionales. Elois, su madre se puso de pie. No soy tonta. Los hombres ricos no ofrecen trabajos bien pagados a muchachas como tú por su talento. Quieren algo más.
Y cuando te canses de darle lo que quiere, te va a tirar como basura. La ira subió por la garganta de Elois como Bilis. No conoces a Apolo. No sabes nada de él. Conozco a los hombres y sé cómo funciona el mundo. Ese hombre te está usando y tú eres tan ingenua que no lo ves. Sal de mi departamento.
La voz de Elois salió más fría de lo que había sonado nunca. Su madre parpadeó sorprendida. ¿Qué dijiste? Dije que salgas. No voy a quedarme aquí escuchando cómo insultas al único hombre que me ha tratado con respeto genuino en mi vida. Elois, esto es por tu bien. Es por tu bien. Siempre es por mi bien cuando quieres que haga lo que tú quieres.
Cásate con Héctor por tu bien. Renuncia a tus sueños por tu bien. Conviértete en una versión miserable de mí por tu bien. Pues no, mamá, no voy a hacerlo. Voy a aceptar ese trabajo. Voy a construir mi propia vida. Y si no puedes apoyarme, entonces no necesito que estés en ella. Su madre la miró con ojos que se llenaron de lágrimas, pero Eloí no sintió la culpa habitual, solo sintió liberación.
Te vas a arrepentir tal vez, pero serán mis arrepentimientos, no los tuyos. Su madre salió dando un portazo que hizo temblar las paredes delgadas del departamento. Elois se dejó caer en la silla sintiendo algo parecido al alivio mezclado con dolor. Había cortado un lazo que la había estado estrangulando durante años.
Dolía, pero también se sentía necesario. Tomó su teléfono y antes de poder arrepentirse escribió un mensaje a Apolo. Acepto. Quiero el trabajo. La respuesta llegó en menos de un minuto. Mejor decisión que has tomado. ¿Puedes venir mañana a firmar papeles? Eloís miró el calendario. Viernes. Tenía turno en ambos trabajos.
Tendría que pedir el día o mejor aún, simplemente no presentarse, renunciar por mensaje, quemar los puentes que la mantenían atada a una vida que había superado. Estaré ahí a las 10. Perfecto. Y Elois, sí, me alegra que hayas dicho que sí. El viernes, Elois envió mensajes de renuncia a sus dos trabajos, breves, profesionales, sin dar demasiadas explicaciones.
Mariela respondió inmediatamente. Sabía que ese hombre iba a cambiarte la vida. Felicidades, amiga. Mereces esto. El gerente del despacho simplemente confirmó recepción de su renuncia. Frío, impersonal. Como todo en ese lugar, Elois se vistió con más cuidado que nunca. Pantalón negro, blusa blanca, el cabello suelto cayendo sobre sus hombros.
Maquillaje sutil, pero cuidado. Se miró en el espejo y por primera vez en mucho tiempo le gustó lo que vio. No era la muchacha asustada que había entrado a Torre Reforma tres semanas atrás. Era alguien que había tomado control de su destino. Llegó a las 10 en punto. La recepcionista la saludó con sonrisa genuina. Esta vez, señorita Fuentes, bienvenida al equipo.
El señor Domínguez la está esperando en su oficina. Subió al piso 22 con el corazón latiéndole fuerte, pero no de nervios, de anticipación, de emoción, de la certeza de que estaba haciendo algo correcto. Tocó la puerta de apoyo adelante. Entró. Apolo estaba de pie junto a su escritorio. Llevaba traje gris oscuro con corbata azul.
Se veía profesional, imponente, pero cuando la vio sonrió y toda esa formalidad se derritió, mostrando al hombre que había conocido durante el almuerzo. Eloís cerró la puerta detrás de ella. Gracias por venir. Tengo los papeles listos. Señaló una carpeta sobre el escritorio. Eloí se acercó. Leyó el contrato con atención.
Cada cláusula, cada término, todo estaba exactamente como Apolo había prometido. Salario, prestaciones, horarios flexibles. Firmó con mano firme. Apolo firmó después. Oficial, sellado, real. Bienvenida a Domínguez International. Apolo extendió su mano. Eloís la estrechó. Gracias por darme esta oportunidad. No me agradezcas. Esto es mérito tuyo, tu trabajo, tu talento.
Yo solo tuve la suerte de encontrarte. Se quedaron con las manos entrelazadas más tiempo del necesario. Eloís fue consciente del calor de su palma, de cómo sus dedos se curvaban alrededor de los suyos, de cómo ninguno de los dos hacía el movimiento de soltarse. Apolo, su nombre salió como susurro. Dime esto.
No, vosotros. ¿Qué es esto? Apolo no fingió no entender. Su expresión se volvió seria, pero no cerrada. No lo sé exactamente. Sé que desde que entraste a esa boutique no he podido dejar de pensar en ti. Sé que cada conversación que tenemos me hace querer conocerte más. Sé que esto comenzó como algo profesional, pero se convirtió en algo completamente diferente.
Elois sintió su pulso acelerarse. Tienes a Inés. Apolo soltó una risa corta sin humor. No tengo a Inés. Nunca la tuve realmente. Era un arreglo conveniente. Ella quería ser vista con alguien que le diera estatus. Yo toleraba su compañía porque era más fácil que estar solo. Pero terminé eso hace dos semanas.
El día después de conocerte, Eloí parpadeó sorprendida. ¿Por qué? Porque me hiciste darme cuenta de que merezco algo real. Alguien que me vea como persona y no como cuenta bancaria. Alguien que tenga coraje para decir la verdad. Alguien como tú. Las palabras la golpearon con fuerza que la dejó sin aire. Apenas me conoces.
Te conozco lo suficiente para saber que quiero conocerte más. Te conozco lo suficiente para saber que eres exactamente el tipo de persona que he estado buscando sin saberlo. Apolo dio un paso hacia ella, eliminando el espacio que lo separaba. Eloís no retrocedió. Se quedó quieta mirándolo a los ojos, viendo en ellos algo que la asustaba y la emocionaba en igual medida.
Si esto te hace sentir incómoda, dilo. Si quieres mantener esto solo profesional, lo respetaré. No te presionaré, pero necesito que sepas lo que siento porque no puedo seguir fingiendo que no existe. No me hace sentir incómoda. La voz de Eloís salió más firme de lo que esperaba. Me asusta. Me asusta porque nunca he sentido esto antes.
Me asusta porque vienes de un mundo completamente diferente al mío. Me asusta porque podría salir lastimada. Pero no quiero que finjas. Quiero saber qué es esto. Quiero descubrirlo contigo. Apolo levantó su mano lentamente, dándole tiempo de alejarse si quería. Eloís no se movió. Sus dedos rozaron su mejilla con suavidad que la hizo cerrar los ojos.
Cuando los abrió, Apolo estaba más cerca. Puedo besarte. No era demanda, era pregunta, petición que esperaba respuesta genuina. Elohí se asintió sin confiar en su voz. Apolo se inclinó y sus labios se encontraron con una suavidad que la sorprendió. No fue beso o desesperado, fue lento, exploratorio, lleno de promesa de cosas por venir.
Elois sintió algo dentro de ella ceder, algo que había estado conteniendo durante semanas. rodeó su cuello con los brazos profundizando el beso. Apolo la acercó más con manos firmes en su cintura. Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento. Eloís apoyó su frente contra la de Apolo. Esto va a ser complicado. Su voz salió ronca. Lo sé. Vas a ser mi jefe.
Lo sé. La gente va a hablar. Probablemente. ¿Te importa? Eloís lo pensó honestamente. Hace tres semanas me habría importado. Habría tenido miedo de lo que pensaran, pero ahora, después de todo, no. No me importa. Bien, porque a mí tampoco. Apolo la besó otra vez, esta vez con más seguridad, con la certeza de alguien que finalmente había encontrado algo que había estado buscando.
Cuando se separaron, Elois rió. Una risa genuina llena de felicidad que no había sentido en años. ¿Qué? Apolo sonrió. Es surreal. Hace un mes estaba limpiando mostradores en Lumier, preguntándome si mi vida iba a ser siempre así. Y ahora estoy aquí contigo, con un trabajo que amo, con posibilidades que nunca imaginé.
Las cosas pueden cambiar rápido cuando tomas las decisiones correctas. Apolo apartó un mechón de cabello de su rostro. Y tú tomaste la decisión correcta. Fuiste valiente, fuiste tú misma. Y eso lo cambió todo. Elohise sintió lágrimas picar sus ojos, pero esta vez no las contuvo. Eran lágrimas de felicidad, de alivio, de la comprensión de que finalmente estaba exactamente donde se suponía que debía estar. Mi padre estaría orgulloso.
Su voz se quebró ligeramente. Sé que lo estaría. Apolo la abrazó. Eloís se permitió hundirse en ese abrazo, en la calidez, en la seguridad, en la promesa de algo nuevo y aterrador y maravilloso. Afuera de la oficina, la ciudad continuaba moviéndose. El tráfico rugía. La gente vivía sus vidas sin saber que en este piso 22 dos personas de mundos completamente diferentes habían encontrado algo que ninguno había estado buscando activamente, pero ambos necesitaban desesperadamente.
Eloís levantó la vista. Entonces, ¿ahora qué? Ahora trabajamos juntos. Construimos algo. Vemos a dónde nos lleva esto. Sin presiones, sin expectativas imposibles. Solo tú y yo descubriendo que somos. Suena perfecto y lo era. No era final de cuento de hadas con todo resuelto mágicamente. Era algo mejor. Era comienzo real, lleno de posibilidades, lleno de trabajo por hacer, lleno de desafíos por enfrentar.
Pero por primera vez en su vida, Eloís no enfrentaba esos desafíos sola. Tenía a alguien a su lado que la veía, que la valoraba, que creía en ella tanto como ella estaba aprendiendo a creer en sí misma. Apolo la besó una vez más suave, promesa sellada sin palabras. Cuando se separaron, ambos sonreían. Bienvenida a tu nueva vida, Elois. Eloís sonríó.
Una sonrisa que salió desde lo más profundo de su ser. Gracias por ayudarme a construirla. Y en ese momento supo, supo que había tomado la decisión correcta. supo que esto era solo el comienzo. Supo que finalmente estaba viviendo en lugar de solo sobreviviendo.