Posted in

Acompañante del Millonario habló en FRANCÉS DE PRINCIPIANTE para reírse de la vendedora… pero ella…

 ¿Qué crees que va a pasar? ¿Que un día vas a despertar siendo rica? Eloís se recargó contra la pared del pasillo que conducía al almacén. Una mancha de humedad dibujaba formas extrañas en el techo. Había tenido esta conversación demasiadas veces. No necesito ser rica, necesito ser yo. Ay, Eloís, tan terca como tu padre. Y mira dónde acabó él.

 La mención de su padre la golpeó como siempre lo hacía. Muerto a los 45 de un infarto masivo, trabajando en la construcción. El cuerpo destrozado por años de esfuerzo que nunca alcanzó para nada. Elohís tenía 14 cuando pasó. Recordaba sus manos callosas, su risa profunda, la manera en que le decía que podía hacer lo que quisiera si trabajaba lo suficiente.

Mentiras lindas que un hombre agotado le contaba a su hija. Tengo que colgar. Hay clientes. Piénsalo. Sí. Héctor no va a esperar para siempre. Elois cortó la llamada sin responder. Se quedó ahí parada mirando el celular barato con la pantalla rayada que había comprado usado hacía dos años.

 Héctor, un hombre que olía a cerveza los fines de semana y que la miraba de arriba a abajo cada vez que la veía como si estuviera calculando cuánto tardaría en doblegarla. un hombre que representaba exactamente todo lo que ella había jurado nunca convertirse en guardó el teléfono en el bolsillo de su uniforme y regresó al piso de ventas tratando de sacudirse la conversación de encima como quien se quita tierra de la ropa.

 La boutique Lumier estaba vacía a media tarde de un miércoles, luz blanca y fría cayendo desde los plafones, olor a cuero italiano mezclado con ese perfume ambiental que costaba más de lo que ella ganaba en una semana. Llevaba 6 meses trabajando ahí, 6 meses sonriendo a mujeres que gastaban en un bolso lo que ella necesitaba para vivir tres meses, 6 meses fingiendo que no le importaba, 6 meses ahorrando cada peso que le sobraba después de la renta, la comida, el transporte, las suscripciones a las plataformas donde estudiaba.

 Este trabajo era su renta extra, el ingreso que le permitía pagar los cursos en línea, los libros digitales, las membresías a aplicaciones de idiomas, porque eso era lo que su madre no entendía. Elois no estaba jugando, estaba construyendo una salida. Había aprendido inglés primero, luego italiano, ahora dominaba francés.

 Tres idiomas que hablaba como si hubiera nacido con ellos en la lengua. Todo gracias a internet, a su disciplina obsesiva, a las noches sin dormir repitiendo pronunciaciones, hasta que su boca memorizaba cada sonido. Mariela, su compañera de turno, asomó la cabeza desde el almacén. Voy por café. ¿Quieres algo? Elois negó con la cabeza.

 Mariela se encogió de hombros y desapareció por la puerta trasera. quedó sola en el silencio caro de la boutique, se acercó al mostrador de vidrio donde se exhibían las joyas más caras y comenzó a limpiar la superficie con movimientos automáticos. Su reflejo la miraba desde el vidrio, uniforme negro con cuello azul que le rozaba incómodamente el cuello, cabello castaño recogido en un moño simple, sin maquillaje, porque los buenos eran caros y los baratos se derretían bajo estas luces.

 Rostro común, nada especial. El tipo de cara que la gente olvidaba 5 minutos después de verla. Perfecta para ser invisible, perfecta para que nadie esperara nada de ella. La campanilla de la entrada sonó. Elois alzó la vista adoptando instantáneamente esa sonrisa profesional que le habían enseñado durante la capacitación.

 Buenas tardes, bienvenidos a Lumier. Un hombre entró primero, alto traje azul marino que gritaba dinero incluso para alguien como ella, que apenas conocía las marcas de lujo. Cabello oscuro peinado hacia atrás, mandíbula definida, porte controlado. Caminaba como alguien acostumbrado a que las puertas se abrieran antes de que tuviera que tocarlas.

 Detrás de él venía una mujer en vestido rojo entallado, tacones lubután que el reconoció por las suelas, cabello castaño en ondas perfectas, maquillaje impecable que probablemente había tomado una hora lograr. Se movía con esa confianza estudiada de quien sabe que todas las miradas deben estar sobre ella. Su brazo estaba enlazado con el del hombre de una manera que parecía más posesiva que afectuosa.

 Él ni siquiera volteaba a verla. caminaba mirando hacia adelante como si estuviera solo. ¿En qué puedo ayudarles? El hombre la miró directamente. Eloís sostuvo su mirada sin parpadear. Jamás bajaba la vista primero. Estamos buscando un regalo. La mujer del vestido rojo ríó. Fue una risa corta, aguda, llena de algo que Eloís no supo identificar de inmediato, pero que le erizó la piel.

 Para mí, amor, algo que combine con este vestido, señaló su propio cuerpo con un gesto dramático de la mano que buscaba capturar la atención del hombre. Él siguió observando a Elois con una expresión neutra que podría haber significado cualquier cosa o nada. Por supuesto, tenemos una selección de carteras y accesorios que podrían interesarles.

 La mujer del vestido rojo se adelantó, casi empujándola mientras se dirigía directamente al exhibidor de carteras de piel. Sus tacones golpeaban el piso con clics secos y rápidos que delataban impaciencia. Eloís la siguió manteniendo esa distancia profesional que le habían enseñado. Ni muy cerca para no incomodar, ni muy lejos para no parecer desinteresada.

 La mujer comenzó a sacar carteras de sus pedestales sin el menor cuidado, dejándolas sobre el mostrador como si fueran trapos. Esta no. Esta tampoco. Ay, qué horrible. ¿Quién compraría esto? Elohí se apretó los dientes, pero mantuvo la sonrisa. El hombre permanecía a unos pasos de distancia, observando con las manos en los bolsillos del pantalón.

 Había algo en su manera de mirar que la ponía incómoda. No era lujuria, no era desprecio, era algo más complejo, como si estuviera evaluando algo que ni él mismo comprendía del todo. La mujer del vestido rojo levantó una cartera italiana de piel color crema. Eloís reconoció el modelo, 58,000 pesos, casi 4 meses de su sueldo en la boutique.

Esta podría servir, aunque es un poco simple. ¿No tienen algo más exclusivo? Esa es una pieza de edición limitada, señora. Solo se produjeron 20 en el mundo. La mujer la miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Señorita. No, señora. Elois sintió el primer tirón de irritación genuina en su estómago, pero lo empujó hacia abajo.

 Disculpe, señorita. La mujer sonrió más ampliamente. Fue una sonrisa pequeña y victoriosa. Volteó hacia el hombre buscando validación. ¿Qué opinas, Apolo? ¿Me veo bien con esta apoyo. El nombre le quedaba demasiado grande a cualquier mortal, pero él lo llevaba con naturalidad. Apolo se acercó finalmente. Elohise captó el aroma de su colonia.

Read More