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8 seminaristas desaparecieron en el Nevado de Toluca – en 2023, el único que bajó contó todo

8 seminaristas desaparecieron en el Nevado de Toluca – en 2023, el único que bajó contó todo

En marzo de 2023, ocho seminaristas del seminario mayor de Toluca subieron al volcán para un retiro espiritual. Solo uno regresó. Las autoridades nunca encontraron los cuerpos de los otros siete. El caso se cerró por falta de evidencias. Sin embargo, el testimonio del sobreviviente cambió todo lo que creíamos saber.

 El frío cortante del amanecer se filtraba por las ventanas del seminario mayor de Toluca, cuando el padre Miguel Hernández recibió la llamada que cambiaría su vida para siempre. Era el 15 de marzo de 2023 y la voz quebrada al otro lado de la línea pertenecía a David Morales, el único sobreviviente de lo que los medios comenzarían a llamar la tragedia del nevado.

 Padre, necesito confesarme, había susurrado David con una voz que parecía venir de ultratumba. No puedo seguir cargando con esto solo. Ellos, ellos no desaparecieron como todos creen. Tres días antes, nueve jóvenes seminaristas habían partido hacia el volcán nevado con una misión aparentemente simple. Realizar un retiro espiritual de fin de semana en las cabañas del refugio San José, a 4 m de altura.

 Era una tradición centenaria del seminario, un rito de paso que fortalecía la fe y la hermandad entre los futuros sacerdotes. Los nombres de los desaparecidos se habían grabado a fuego en la memoria colectiva de Toluca. Andrés Vázquez, 22 años. Carlos Mendoza, 24. Fernando Ruiz, 23. Gabriel Torres 25. Joaquín Ramírez 21. Luis Herrera 23, Mateo Santos 22 y Ricardo López 24.

Todos ellos, jóvenes llenos de fe y esperanza, con familias destrozadas que aún esperaban respuestas. El viento helado que bajaba del volcán parecía susurrar sus nombres cada noche, como si la montaña misma guardara los secretos de aquella fatídica excursión. Las autoridades habían concluido que una tormenta inesperada los había sorprendido, causando una tragedia por exposición al frío extremo.

 Pero David sabía la verdad y esa verdad era mucho más oscura de lo que nadie podría imaginar. David Morales había sido el más joven del grupo apenas 20 años, con ojos brillantes que reflejaban una fe inquebrantable. Ahora, sentado frente al padre Miguel en el confesionario, esos mismos ojos estaban hundidos. rodeados de ojeras púrpuras que hablaban de noches sin dormir y pesadillas constantes.

 “Debo contarlo todo desde el principio”, comenzó David, sus manos temblando mientras se aferraba a un rosario desgastado. “Pero antes necesita saber quién era realmente el hermano Aurelio. El hermano Aurelio Sandoval había sido el líder espiritual del grupo, un hombre de 45 años que llevaba 20 sirviendo en el seminario, alto de complexión robusta.

 con una barba gris perfectamente recortada y una voz que parecía salir directamente del púlpito. Los seminaristas lo veneraban, lo veían como el ejemplo perfecto de devoción y sabiduría. Era nuestro modelo a seguir, continuó David, la voz quebrándose. Todos queríamos ser como él. Su fe parecía inquebrantable. Su conocimiento de las Escrituras era impresionante.

Pero había algo, algo que no encajaba. David recordaba viívidamente el viernes por la mañana cuando salieron de Toluca. El grupo había partido en dos camionetas del seminario, cantando himnos y bromeando sobre quién sería capaz de soportar mejor el frío de la montaña. El hermano Aurelio conducía la primera camioneta con Andrés, Carlos, Fernando y Gabriel.

 David iba en la segunda junto con Joaquín, Luis, Mateo y Ricardo. El hermano Aurelio había insistido en que este retiro sería especial, murmuró David. Decía que había recibido una revelación, que Dios le había mostrado algo importante en el nevado, que íbamos a experimentar un milagro. Durante el viaje, David había notado que el hermano Aurelio llevaba una mochila adicional, pesada y abultada, que guardaba con especial cuidado.

 Cuando Mateo preguntó qué contenía, Aurelio había sonreído misteriosamente y respondido, “Los instrumentos de nuestra transformación espiritual.” El ascenso por las carreteras serpenteantes del volcán había sido hermoso. Los pinos cubiertos de nieve brillaban bajo el sol de marzo y el aire se volvía más puro y frío con cada kilómetro.

 Los jóvenes habían hablado de sus vocaciones, de sus familias, de los sermones que esperaban predicar algún día. Joaquín estaba especialmente emocionado, recordó David con una sonrisa dolorosa. Había decidido especializarse en trabajo con jóvenes en riesgo. Decía que Dios lo llamaba a salvar almas perdidas en las calles de Toluca.

 Luis quería ser misionero en África. Todos tenían sueños tan puros. Al llegar al refugio San José, una construcción rústica de piedra y madera situada en una planicie rodeada de picos nevados, el hermano Aurelio había distribuido las habitaciones de manera específica. Él se quedaría solo en el cuarto principal, mientras los ocho seminaristas se dividirían en pares en los cuartos laterales.

 “Esa noche cenamos juntos”, continuó David. El hermano Aurelio había traído comida especial. vino para la comunión, incluso chocolates. Decía que íbamos a celebrar algo grande. Nos pidió que ayunáramos hasta el sábado por la noche, que solo tomáramos agua durante el día para purificar nuestros cuerpos y almas. Después de la cena habían rezado vísperas juntos frente a la chimenea.

 El hermano Aurelio había hablado sobre los misterios de la fe, sobre cómo Dios a veces pedía sacrificios extremos para probar la verdadera devoción. Sus palabras, que en ese momento sonaron profundas e inspiradoras, ahora resonaban en la mente de David como advertencias siniestras. Antes de ir a dormir, el hermano Aurelio nos entregó unas túnicas blancas especiales recordó David. Su voz apenas un susurro.

 Dijo que las usáramos el sábado para una ceremonia de purificación, que íbamos a ascender a un nivel superior de comprensión espiritual. Esa noche David había dormido inquieto, soñando con ángeles y demonios que luchaban en el cielo estrellado del volcán. El sábado amaneció con un cielo plomizo que amenazaba tormenta.

 David despertó con una sensación extraña en el estómago, una inquietud que no podía explicar. El ayuno prescrito por el hermano Aurelio había comenzado a hacer efecto. Todos se sentían ligeros, casi etéreos, pero también débiles. Durante el desayuno, que consistió solo en agua bendita y una  sin consagrar, noté que varios de mis hermanos estaban pálidos.

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