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Ronaldinho se quitó las botas en pleno partido y caminó descalzo — nadie entendió por qué

El balón salió por la línea de fondo, lento, sin fuerza, rodando como algo que ha renunciado a llegar a ningún sitio. 70,000 personas se quedaron en silencio durante medio segundo. Ese medio segundo que tarda el cerebro en procesar que algo ha salido mal y después el estadio entero explotó. No con alegría, no con sorpresa, con rabia, con esa rabia colectiva que solo el fútbol es capaz de fabricar en un instante cuando un momento que debería haber sido Gloria se convierte en desastre.

Y en medio de ese rugido furioso, un chico de 17 años se quedó parado en el césped con las manos en la cabeza y los ojos abiertos como si acabara de despertar de un sueño y se hubiera encontrado dentro de una pesadilla. Pero esta historia no empieza aquí. Esta historia empieza 48 horas antes, en un vestuario vacío con un par de botas de fútbol nuevas que todavía olían a plástico y un hombre escrito con rotulador en la suela izquierda.

Diego Paredes tenía 17 años, 1,68 de estatura y unas piernas que parecían demasiado delgadas para soportar el peso de lo que estaba a punto de caer sobre ellas. No era un prodigio, era algo mucho más común y mucho más valiente. Un chico que jugaba bien, que entrenaba más que nadie, que llegaba primero y se iba último, y que llevaba 3 años en las categorías inferiores del club sin que nadie le prometiera nada.

Su madre trabajaba limpiando oficinas por la noche. Su padre se había ido cuando Diego tenía 9 años, dejando detrás una casa medio vacía y una frase que Diego nunca olvidó. No vas a llegar a nada con una pelota. Diego había convertido esa frase en combustible. Cada mañana, cuando se levantaba a las 5:30 para tomar el autobús que lo llevaba al centro de entrenamiento, repetía esas palabras en su cabeza.

No como una herida, como un motor. El viernes antes del partido, el entrenador del primer equipo lo llamó a su despacho. Diego entró pensando que le iban a pedir que recogiera los conos del entrenamiento o que llevara las botellas de agua al campo. En cambio, el entrenador le dijo algo que Diego tuvo que escuchar dos veces para creer.

iba a estar en la convocatoria del domingo, no como espectador, no como invitado, como jugador. Su nombre estaría en la lista de suplentes para el partido contra el segundo clasificado de la liga en un estadio lleno con todo en juego. Diego salió del despacho y se sentó en un banco del pasillo. Le temblaban las manos.

Sacó el teléfono y llamó a su madre. Ella no contestó. Estaba trabajando como siempre. Diego le dejó un mensaje de voz que decía solamente, “Mamá, voy a estar en el banquillo el domingo.” En el banquillo de verdad. Lo que Diego no sabía es que al otro lado del centro de entrenamiento alguien había preguntado por él.

Ronaldinho que llevaba tres temporadas en el club y que a sus 31 años seguía siendo el corazón del equipo, se había acercado al entrenador de las categorías inferiores y le había hecho una pregunta simple. ¿Quién es el chico que siempre se queda recogiendo balones después del entrenamiento? El entrenador le contó la historia de Diego y Ronaldinho escuchó todo sin decir una palabra, asintiendo despacio con esa expresión que ponía cuando algo le importaba de verdad.

más seria, más profunda. El sábado por la noche, en la concentración del equipo ocurrió algo que nadie más vio. Diego estaba solo en la cafetería del hotel, demasiado nervioso para comer, moviendo un trozo de pollo por el plato con el tenedor como si fuera una pieza de ajedrez. Ronaldinho apareció con una bandeja, se sentó frente a él sin pedir permiso y empezó a comer como si aquello fuera lo más normal del mundo.

 Diego se quedó paralizado. No sabía qué decir. No sabía si debía hablar primero o esperar. No sabía si mirarle a los ojos o al plato. Ronaldinho masticó, tragó, tomó un sorbo de jugo de naranja y dijo sin levantar la vista, “La primera vez que me convocaron con el primer equipo, vomité tres veces antes de salir al campo.” Diego lo miró incrédulo.

Ronaldinho siguió comiendo. La cuarta vez ya solo vomité una, así que técnicamente mejoré bastante rápido y sonrió. Esa sonrisa, la que hacía que todo pareciera más sencillo. Suscríbete y deja un comentario porque lo más poderoso de esta historia todavía está por venir. El domingo llegó con sol, uno de esos días en los que la luz parece haberse puesto de acuerdo con el fútbol para que todo brille un poco más de lo normal.

El estadio se llenó temprano. 70,000 asientos ocupados, 70,000 voces cantando, 70,000 corazones latiendo al mismo ritmo de una ciudad que necesitaba una victoria. Diego se sentó en el banquillo con las botas nuevas puestas, las mismas que había comprado con el primer sueldo que le pagaron en las categorías inferiores.

En la suela izquierda, donde nadie podía verlo, había escrito con rotulador negro el nombre de su madre, no como superstición, como recordatorio, como una forma de decirle que ella también estaba en el campo, aunque estuviera en algún edificio de oficinas pasando la fregona a las 3 de la madrugada. El partido fue intenso desde el primer minuto.

El rival presionaba arriba. El equipo de Ronaldinho buscaba espacios con paciencia. Ronaldinho jugó como solo él sabía jugar, con alegría, con una libertad que parecía imposible en un deporte lleno de presiones y obligaciones. Regateó, asistió, provocó faltas, hizo reír al público con un caño innecesario en el minuto 40 que no sirvió para nada táctico, pero que recordó a todos porque amaban el fútbol.

 Pero el marcador no se movía. 0 a cer al descanso. 0 a cer en el 60 a cer en el 75. El estadio empezó a ponerse nervioso. Los cánticos se volvieron más exigentes. El entrenador caminaba por el área técnica como un animal enjaulado. En el minuto 82, el entrenador miró hacia el banquillo. Sus ojos pasaron por tres jugadores experimentados, veteranos con cientos de partidos en sus piernas, y luego se detuvieron en Diego.

 Tiago sintió esa mirada como una descarga eléctrica. El entrenador le hizo una señal con la mano. Levántate, calienta. Vas a entrar. Diego se levantó tan rápido que casi tropezó con la botella de agua que tenía entre los pies. Se quitó el peto de suplente con manos temblorosas, empezó a trotar por la banda y en ese momento Ronaldinho pasó corriendo cerca de la línea de Cali y le dijo algo sin detenerse, algo que las cámaras no captaron y que los micrófonos no registraron.

Cuatro palabras, solo cuatro, que Diego guardaría para siempre. Detrás de la escena, Ronaldinho había tomado una decisión que ningún director técnico podría justificar. En el minuto 85, Diego entró al campo. Sustituyó a un mediocampista cansado. Cuando pisó el césped, sintió que las piernas le pesaban el doble.

 El ruido del estadio era ensordecedor. Todo era más rápido, más grande, más violento de lo que había imaginado. Los rivales eran más fuertes, más altos, más agresivos. Cada balón que tocaba parecía escapársele de los pies como un animal asustado, pero Diego corría. Corría como si su vida dependiera de ello, porque en cierto modo así era. El reloj avanzaba.

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