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121 días desaparecida — su PADRASTRO lideró la búsqueda durante años, la tenía en otra CIUDAD

Había algo que no encajaba desde el principio, algo tan pequeño, tan discreto, que nadie supo verlo hasta que ya era demasiado tarde. El 14 de marzo de 2003, una niña de 9 años desapareció de una colonia residencial de Torreón en el estado de Coahuila, mientras caminaba los 200 m que separaban la parada del camión de la puerta de su casa.

 200 m que recorría sola desde hacía 2 años. 200 m que la ciudad entera, el barrio entero, los investigadores, los periodistas y la familia entera pasaron meses intentando reconstruir sin entender qué había pasado en ellos. 121 días después, la niña apareció viva, no en el fondo de un barranco, no en manos de un desconocido que nadie podía haber previsto, no en ninguno de los lugares que la policía había rastreado con brigadas de voluntarios durante meses.

 Apareció en un departamento de dos recámaras en la ciudad de Monterrey, a 300 km de distancia, sentada en la sala con un cuaderno de colores sobre las rodillas y ropa limpia. y el hombre que la había llevado hasta allí, el hombre que organizó cada brigada de búsqueda, que habló con periodistas, que apareció en televisión con los ojos enrojecidos pidiendo información a la ciudadanía, que fue durante 4 meses el rostro público del dolor familiar.

 Era el mismo que dormía cada noche en la cama de su madre. ¿Cómo es posible que nadie lo haya visto? ¿Qué clase de persona es capaz de vivir esa contradicción durante 121 días sin quebrarse? La respuesta cuando finalmente llegó, me fue más perturbadora de lo que cualquiera en esa ciudad podría haber imaginado.

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 Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Para entender lo que pasó, hay que entender primero el lugar donde pasó. Torreón es una ciudad que creció demasiado rápido para su propio bien. A principios del siglo XX fue el centro algodonero más importante del norte de México. Una ciudad construida sobre la ambición y el polvo, enclavada en la comarca lagunera. Nau.

 Esa franja semiárida que comparten los estados de Coahuila y Durango, donde el sol en verano cae sobre el asfalto con una intensidad que parece personal. Durante décadas fue la ciudad más joven y próspera del norte, hasta que las crisis económicas de los años 80 y 90 la sacudieron como sacudieron a todas las ciudades dependientes de una sola industria.

Para el año 2003, Torreón tenía ya más de un millón de habitantes distribuidos en una mancha urbana irregular que seguía creciendo hacia el oriente sobre terrenos que la especulación inmobiliaria convertía en colonias antes de que hubiera infraestructura para sostenerlas. Pero al poniente, en las colonias más consolidadas, vivía una clase media que se había estabilizado, que mandaba a sus hijos a escuelas privadas o semiprivadas.

 que compraba casa propia cuando podía, na que pagaba sus cuentas y veía los noticiarios y tenía la sensación razonablemente fundada, o al menos no completamente ilusoria, de que ciertas cosas no pasaban en su barrio. La colonia residencial Las Fuentes no era de las más exclusivas de ese poniente, pero tampoco era de las más humildes.

 Calles pavimentadas en buen estado, banquetas con árboles de fresno que daban sombra real en los meses de calor, casas de dos plantas con cochera y barda de block pintada, algunos con jardín al frente con palmeras o pasto que los dueños regaban los domingos por la mañana. La clase de barrio donde los niños todavía podían salir a jugar en la tarde sin que sus padres sintieran el corazón detenido, donde todos se conocían al menos de vista.

 donde el señor de la ferretería de la esquina recordaba el nombre del hijo de cada cliente. Né, donde los perros ladraban a los coches que no reconocían y los vecinos se saludaban sobre las bardas en las mañanas. Era, en la terminología de quienes estudian estos fenómenos, una comunidad con alto capital social informal, una red invisible de reconocimientos y rutinas y presencias conocidas que en teoría debería haber funcionado como protección.

 que en este caso no funcionó. Valeria Sotomayor tenía 9 años y 4 meses cuando desapareció. Era hija única, morena de té, pelo negro cortado en fleco recto que le llegaba hasta las cejas y que su madre le recortaba ella misma cada dos meses con unas tijeras de costura, ojos grandes y oscuros con ese brillo de intensidad concentrada que algunos niños tienen y que los adultos a su alrededor interpretan de formas distintas según lo que quieren ver.

 No, su maestra del tercer grado de primaria, una mujer llamada Gabriela, que llevaba 12 años frente a grupo y que desarrolló con Valeria una relación de particular aprecio, la describió en más de una conversación posterior como una niña que siempre parecía estar pensando en algo distinto a lo que estaba pasando en clase, pero cuando le hacías una pregunta te demostraba que había estado escuchando todo el tiempo.

era buena alumna en matemáticas. tenía una capacidad para el cálculo mental que la maestra había notado en las primeras semanas del año. Irregular en español, no por falta de capacidad, sino por una resistencia al proceso de escritura formal que la propia Valeria era incapaz de explicar, pero que la maestra reconocía como uno de esos bloqueos que a veces tienen los niños con pensamiento visual, porque Valeria pensaba en imágenes.

 Eso sí era visible, concreto, inconfundible. Tenía un talento para el dibujo que la maestra Gabriela había identificado casi desde el primer día, cuando encontró en el cuaderno de tareas de la niña en los márgenes de las páginas de sumas, pequeñas figuras de animales y casas y árboles dibujadas con una precisión de línea inusual para su edad.

En los recreos, Valeria prefería quedarse en el salón con sus colores antes que salir a correr al patio. No era una decisión antisocial. tenía dos o tres compañeras con quienes se llevaba bien y con quienes a veces comía su lonche en una banca del corredor, sino una preferencia genuina por el tiempo en soledad con sus materiales.

 Era, en la terminología que usaría después la trabajadora social del DIF en su informe, Me, una niña introvertida con vida interior, rica y capacidad de autoentretenimiento inusual para su edad. No era ni más ni menos feliz que cualquier otro niño de tercer grado. Era simplemente ella misma, con la completitud y la particularidad que cada niño tiene antes de que el mundo empiece a limarla.

Su madre, Claudia tenía 34 años en el momento de la desaparición. Era una mujer delgada, de complexión menuda, que engañaba a quienes no la conocían bien, haciéndola parecer más frágil de lo que era. Tenía una capacidad de trabajo sostenido y una resistencia al agotamiento, que venían de haber criado sola a una hija durante 6 años sin red de apoyo cercana.

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