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😭 La Veterinaria Quedó sin Aire al Descubrir Por Qué el Loro Lloraba Cada Noche…

 “Michael viene para acá”, advirtió Martha con preocupación. “Está furioso.” Stephanie apretó los labios. Michael Henderson, el director del refugio, había recibido quejas desde el primer día. Los voluntarios no soportaban el ruido. Los vecinos amenazaban con llamar a inspección. Y lo peor, dos donantes importantes habían enviado correos preguntando qué diablos pasaba en Valleverde.

Dr. Amore, la voz de Michael resonó antes de que él apareciera. Necesito que resuelva esto. Ya. Stephanie se volvió hacia él. Michael era un hombre corpulento de cin y tantos años con el seño perpetuamente fruncido. Estoy trabajando en ello respondió Stephanie manteniendo la calma. Le he hecho todos los exámenes.

 No tiene nada físico. Entonces encuéntrele algo mental, gruñó Michael. Porque si en una semana ese animal sigue gritando así, tendremos que tomar decisiones difíciles. Stephanie sintió un escalofrío. Decisiones difíciles. No iba a permitir que sacrificaran a un ave sana solo porque nadie entendía qué le pasaba. Tenía que haber una razón para esos gritos y la iba a encontrar.

No puede hablar en serio. Stephanie enfrentó a Michael en su oficina. Pancracio está perfectamente sano. Michael se recostó en su silla frotándose las cienes. Escuche, Stephanie, admiro su dedicación de verdad, pero esto es un negocio, un refugio que depende de donaciones. Y ahora mismo ese el loro está costándonos dinero y reputación.

Sobre el escritorio había dos cartas impresas. Stefhanie las reconoció. Eran de la Fundación Esperanza Animal y de los empresarios por la Fauna, los dos donantes más grandes del refugio. ¿Qué dicen?, preguntó Stephanie, aunque ya lo imaginaba, que han recibido quejas sobre condiciones inhumanas de animales en estrés extremo leyó Michael con sarcasmo, viniendo de gente que nunca ha puesto un pie aquí, pero que paga las facturas.

Denos tiempo, suplicó Stephanie. Puedo probar con terapia conductual, con cambios en el ambiente, con una semana, interrumpió Michael levantando un dedo. 7 días para que ese animal deje de gritar o lo transferimos a otra institución. Y si ninguna lo acepta, ya sabe lo que sigue. Stephanie apretó los puños. lo sabía perfectamente.

Un ave que nadie quería adoptar y que causaba problemas terminaría siendo eutanasiada por razones humanitarias. Era la realidad cruel del mundo de los refugios. No va a llegar a eso dijo Stefhanie con determinación. Voy a descubrir qué le pasa. Más le vale, respondió Michael, porque Sandra de recursos humanos me informó que ya tenemos tres voluntarios menos.

 Nadie aguanta el ruido y francamente tampoco yo. Stephanie salió de la oficina con el corazón acelerado. Una semana, solo 7 días para resolver un misterio que nadie entendía. ¿Por qué un ave físicamente perfecta gritaba como si la estuvieran torturando? Tenía que haber algo que todos estaban pasando por alto.

 De regreso en la sala de aves, Pancracio continuaba con sus alaridos. Marta había puesto tapones en los oídos y trabajaba limpiando jaulas con expresión resignada. “¿Qué dijo el jefe?”, preguntó sin mirar a Stephanie. “Que tenemos una semana. Marta dejó de limpiar y después Stephanie no respondió. No hacía falta. Durante los siguientes tres días, Stephanie probó todo lo que su experiencia y los libros de veterinaria sugerían.

 Cambió la dieta de pancracio a frutas orgánicas premium. Nada. Instaló lámparas especiales que simulaban luz natural tropical. El grito continuó. le puso música relajante de sonidos de selva. Pancracio gritó más fuerte como compitiendo con las grabaciones. “Doctora, esto no funciona”, dijo Carlos, el cuidador nocturno, con ojeras profundas.

Anoche no pude dormir ni dos horas. Ese  grita hasta en sueños. “No es un bicho,” corrigió Stephanie molesta. Es un guacamayo azul dorado, una especie vulnerable y algo le pasa. “Sí que está loco”, murmuró Carlos alejándose. Stefhanie se quedó sola frente a la jaula. Pancracio la miraba con ojos brillantes, casi acusadores, y emitía ese grito agudo, prolongado, que te taladraba el cerebro.

 No era un sonido al azar, tenía ritmo, intensidad, como si el ave estuviera intentando decir algo que nadie comprendía. Los otros animales del refugio mostraban signos evidentes de estrés. Max, el perro labrador, que normalmente era tranquilo, ladraba constantemente. Los gatos se escondían en las esquinas de sus jaulas con las orejas hacia atrás, incluso las tortugas.

 que usualmente ignoraban todo, intentaban meterse en sus caparazones con más fuerza de lo normal. Marta apareció con una bandeja de frutas frescas. “A ver si esto lo calma”, dijo sin mucha esperanza. Introdujeron la bandeja en la jaula. Pancracio ignoró completamente la comida y continuó gritando. Stephanie notó que el ave no había comido casi nada en días.

 estaba perdiendo peso lentamente. “Si no come, se va a morir”, observó Martha. “Y quizás eso sea lo que busca.” “No digas eso, Stephanie” frunció el ceño. Los animales no se suicidan. Hay algo más. Pero en el fondo, una pequeña duda comenzaba a crecer en su mente. Y si Marta tenía razón y si Pancracio simplemente había perdido las ganas de vivir. El Dr.

 Humberto Campos llegó al refugio un jueves por la tarde sin avisar. Stephanie lo vio entrar con su maletín de cuero y su expresión de suficiencia que tanto detestaba. Campos era un veterinario reconocido en la ciudad, dueño de tres clínicas privadas, y no perdía oportunidad de recordarle a todo el mundo su superioridad. Dr. Amore saludó con una sonrisa falsa.

He recibido reportes preocupantes sobre las condiciones de este refugio. Reportes. Stefanie cruzó los brazos. ¿De quién? Ciudadanos preocupados”, respondió Campos vagamente. “Vengo a hacer una inspección rutinaria.” No había nada rutinario en esto. Michael apareció desde su oficina con cara de pocos amigos, pero tuvo que permitir la inspección.

 Campos recorrió las instalaciones con una libreta, tomando notas, haciendo preguntas capciosas, hasta que llegó a la sala de aves. El grito de pancracio lo recibió como a todos los demás. Dios santo. Campos se cubrió los oídos. ¿Qué es eso? Un guacamayo en crisis conductual, explicó Stefhanie. Estamos trabajando en su tratamiento. Campo se acercó a la jaula.

Observó a Pancracio con ojo crítico. Le ha hecho exámenes neurológicos completos, todo normal. Radiografías de cráneo. Dos veces sin anormalidades. Campos se volvió hacia ella con expresión grave. Entonces, la respuesta es obvia, doctora. Este animal está en sufrimiento extremo sin posibilidad de recuperación.

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