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Yuri Me Acosté: Con Todo El Medio …Y El VIRUS Mortal Que La Volvió FANÁTICA…

A los 11 años ya actuaba para olvidar que su padre nunca estaba. A los 15  huía de un escenario a otro para no tener que volver a casa. A los 21 escapó corriendo de una gala de premios con la ropa del show puesta porque quedarse era más peligroso que desaparecer. Hoy tiene 61 años y acaba de recibir un diagnóstico que los médicos describieron como un tumor maligno agresivo.

Su nombre es Yuridia Valenzuela Canseco, pero el mundo entero la conoció simplemente como  Yuri, la reina del pop veracruzano que conquistó los escenarios de América  Latina con una sonrisa que nunca dejó ver lo que cargaba por dentro y lo que su propia familia, la industria del entretenimiento y décadas de silencio le hicieron fue un crimen que nadie pagó hasta hoy.

Esta es la investigación que la industria del espectáculo  mexicano enterró durante más de cuatro décadas. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber sobre la mujer que le sonrió a millones mientras se ahogaba por dentro. Primera, las palabras exactas que Yuri usó para describir como su propia madre controló cada centavo que ganó, cada relación que intentó tener y cada decisión de su carrera desde que era niña.

palabras que ella misma  confesó, que quedaron registradas y que explican por qué un artista en la cima del éxito no tenía ni acceso a su propio dinero. Lo que esa dinámica le  hizo a su identidad, a su autoestima y a su capacidad de elegir libremente es algo que casi nadie en la  industria ha querido analizar con honestidad.

Segunda, el documento que revela lo que pasó de verdad la noche del 6 de febrero de 1985 durante la ceremonia de los premios TVas, cómo planeó su huida  quién la ayudó a escapar y a dónde fue. Un episodio que la prensa cubrió a medias y que su familia nunca confirmó del todo, pero que marcó el inicio de la etapa más oscura y más libre al mismo tiempo de toda su vida adulta.

Tercera, el testimonio de los médicos que la atendieron a principios de los años 90 cuando Yuri llegó a una clínica con un diagnóstico que habría podido matarla. virus del papiloma humano con riesgo extremo de convertirse en cáncer cervical. Le dijeron que si esperaba dos semanas más, el daño podría ser irreversible.

Eso nunca salió en los titulares y hay una razón muy específica por la que ese capítulo desapareció de su historia pública. Cuarta. El registro más reciente, el diagnóstico de 2021, el tumor maligno que los médicos describieron como agresivo y lo que Yuri ha dicho y lo que no ha dicho sobre cómo está hoy.

Porque hay una diferencia enorme entre lo que una artista declara en cámara y lo que viven quienes la rodean puertas adentro. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que su familia lleva décadas intentando que no se cuente. La historia de una mujer que podía tenerlo todo y aún así sentirse completamente sola.

Pero antes de contarte cómo una mujer con millones de fans llegó a pararse en el borde de un balcón, necesitas entender de dónde vino. Porque el dolor de Yuri no comenzó en ningún escenario. Comenzó el 6 de enero de 1964  en Veracruz y comenzó dentro de su propia casa. 6 de enero de 1964, Veracruz, México.

El puerto de Veracruz, en los años 60 olía a Maria madera mojada. Las calles del centro estaban llenas de músicos  que tocaban en las esquinas por monedas, de mujeres que cargaban canastas de  frutas en la cabeza, de niños descalzos que corrían entre los puestos  del mercado. Era una ciudad ruidosa, caliente, viva, una ciudad donde la gente cantaba para celebrar y también  para aguantar.

Ese día, día de Reyes, nació Yuridia Valenzuela  Canseco. Su padre era Carlos Humberto Valenzuela,  médico pediatra, un hombre con título universitario, con consultorio, con nombre respetado en la ciudad. En el papel eso significaba  estabilidad, significaba una familia que no pasaba hambre, que tenía techo, que tenía futuro.

Pero tener un padre médico no significa tener un padre presente. Carlos Humberto era el tipo de hombre que estaba en todas partes menos en casa. Sus pacientes lo conocían, sus colegas lo conocían, pero sus hijos aprendieron muy pronto que el consultorio siempre iba a ganar, que el trabajo siempre iba a ser primero, que había una versión de su padre para el mundo de afuera y otra versión más silenciosa,  más distante para la familia que lo esperaba adentro.

Yuri creció buscando en los escenarios lo que no encontraba en su sala. Que alguien la viera, que alguien le dijera que estaba bien, que alguien se quedara. Imagínate eso. Crecer con un padre que existe pero que no está. No es lo mismo que perder a un padre. Es casi  peor porque no tienes permiso de estar en duelo.

Porque no puedes decir, “Me quedé sin papá cuando él está sentado en la misma mesa.” Pero tampoco está. Nunca de verdad está. Su madre era dulce  y dulce era todo lo contrario a distante. Dulce canseco era una presencia total. Una mujer que llenaba cada cuarto al que entraba, no necesariamente con alegría, sino con voluntad, con decisión, con la certeza inquebrantable  de que ella sabía mejor que nadie lo que era correcto para su familia, para sus hijos, para Yuridia.

Desde muy pequeña, Yuri aprendió que su madre tenía una opinión, sobre todo, sobre cómo  vestirse, sobre cómo hablar, sobre con quién jugar, sobre qué  querer. Y esa opinión no se discutía, no porque Dulce fuera violenta, sino porque era inamovible, porque había una manera de hacer las cosas.

Y esa manera era la de Dulce Canseco. Y punto. Piensa en eso un momento. Una niña  que desde que tiene uso de razón aprende que sus propios deseos son menos importantes que los deseos de su madre. Que aprender a callarse  es una forma de sobrevivir. Que querer algo diferente a lo que te dan es casi una falta de gratitud.

Esa niña va a crecer sin saber muy bien dónde termina ella y dónde empieza lo que otros quieren que sea. Y eso, exactamente  eso es lo que le pasó a Yuri. Veracruz en los años 60 y 70  era una ciudad donde la música no era un lujo, era el aire. Había Son Jarocho en las fiestas, Danzón en el malecón los domingos, marimba en los restaurantes y guitarras en los patios.

La música no era algo que se estudiara necesariamente, era algo que se respiraba. Yuridia la respiró desde bebé. A los 7 años ya cantaba en la iglesia. No porque alguien se lo hubiera pedido, sino porque cuando abría la boca y salía ese sonido,  la gente volteaba. Y cuando la gente volteaba, Yuridia sentía algo que no sabía nombrar todavía, pero que reconocía perfectamente.

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