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Vergüenza para el Boxeo Azteca: Mexicano se rindió ante un Venezolano

Lo que estás a punto de escuchar nadie quiere contártelo completo. Un mexicano se rindió. Sí, leíste bien. Un mexicano. De los que nacen con el orgullo cocido al alma. De los que prefieren caer mil veces antes que arrodillarse una sola. de los que crecen escuchando que la sangre azteca no se entrega, que un peleador mexicano muere en el ring antes de bajar la cabeza.

Pues esa noche en la ciudad de Monterrey, frente a su propia gente, frente a las cámaras de medio mundo, frente a una afición que coreaba su nombre hasta romperse la garganta, un mexicano se sentó en su esquina, miró a su entrenador a los ojos y aceptó la derrota antes de que sonara la campana del décimo asalto.

y del otro lado del cuadrilátero, ensado, con el rostro abierto por un corte que parecía un río imposible de detener, con sus propios gritos saliendo en zurda como si el dolor lo hubiera vuelto más peligroso. Estaba él, Edwin Valero, el inca, el hombre cuyas manos eran dinamita y cuya mente, sin que nadie lo supiera todavía, ya estaba caminando hacia el abismo.

Lo que pasó esa noche del 6 de febrero de 2010 no es solo una pelea de boxeo. Es la última vez que el mundo vio a un campeón completo antes de perderlo para siempre. Es la noche en que dos vidas se cruzaron en el ring sin saber que una de ellas tenía los días contados. Es el combate más épico, más saliento y más controvertido del boxeo moderno latinoamericano.

Y por más de 15 años, la verdad de lo que ocurrió esa noche en la Arena Monterrey ha sido contada a medias. Hoy te la voy a contar entera, round por round, sin atajos, sin censura, sin los mitos que la prensa repitió sin investigar. Quédate hasta el final porque lo que descubrirás en el noveno asalto va a cambiar para siempre la forma en que ves a estos dos peleadores y lo que pasó después, en los meses siguientes, te va a recordar por qué el boxeo es al mismo tiempo el deporte más bello y el más cruel que ha inventado el ser humano. Esto es Valero

contra de Marco, la historia jamás contada. Para entender lo que pasó en esa noche de febrero, tienes que entender primero quién era Edwin Valero. Y para entender a Valero, tienes que olvidar todo lo que crees saber sobre el boxeo moderno. Imagina por un momento un peleador con 26 combates profesionales y 26 knockouts.

Ni una sola pelea decidida en las tarjetas, ni un solo rival que aguantara hasta el final. De esos 26 knockouts, 18 ocurrieron en el primer asalto. El primero, la campana sonaba. Los rivales tocaban guantes con él, daban tres pasos al frente y a los 90 segundos estaban mirando las luces del techo sin saber muy bien dónde estaban ni cómo se llamaban.

Era una marca tan absurda que el libro Guinness se vio obligado a registrarla porque no había precedentes en la historia documentada del deporte. Edwin Antonio Valero Vivas había nacido en el Vigía, un pueblo del estado Mérida en los Andes venezolanos el 3 de diciembre de 1981. Un niño flaco, moreno, callado, que empezó a boxear a los 12 años en un gimnasio de tierra apisonada porque no había dinero para más.

Su madre lavaba ropa ajena, su padre estaba ausente. La pobreza era tan profunda que cuando Edwin se ponía los guantes prestados tenía que ajustárselos con cinta adhesiva porque le quedaban grandes. Pero ya entonces, en ese pueblo perdido en la cordillera, los entrenadores que lo veían sacudirse contra el saco se quedaban en silencio.

Pegaba como un hombre adulto siendo un niño. Pegaba con un odio que no se aprende. llegaba como si cada golpe fuera una venganza contra el mundo. Como aficionado tuvo 86 peleas, ganó 82, representó a Venezuela en torneos internacionales y en febrero del año 2001, cuando todo apuntaba a que sería profesional, poco después sufrió un accidente que cambiaría su biografía y sin que nadie lo supiera todavía, su destino iba en motocicleta cuando colisionó.

Se fracturó el cráneo, le diagnosticaron un coágulo en el cerebro. Estuvo entre la vida y la muerte. Y cuando despertó, los médicos le dijeron lo que ningún boxeador quiere oír, que jamás volvería a pelear, que un solo golpe en la zona equivocada podría matarlo. Edwin escuchó, asintió y dos años después estaba debutando como profesional en Buenos Aires, Argentina, noqueando a su rival en el primer asalto.

A partir de ahí, la leyenda creció como una bola de nieve. Pero el problema empezó cuando quiso pelear en Estados Unidos. Las comisiones atléticas norteamericanas, en particular la de Nueva York, le practicaron resonancias magnéticas y encontraron las cicatrices del accidente. Le negaron la licencia. Edwin se vio obligado a construir su carrera entre Argentina, Japón, Panamá, Francia y Venezuela.

era el campeón mundial al que el mercado más importante del boxeo le había cerrado las puertas. Y eso, lejos de detenerlo, lo volvió un mito subterráneo. Los aficionados hardcore intercambiaban videos suyos por internet como si fueran tesoros prohibidos. Cada knockout nuevo era compartido en foros con un asombro creciente.

Estábamos viendo, sin saberlo, al boxeador más explosivo de su generación construyendo su carrera en las sombras. En el año 2006 ganó su primer título mundial, el superpluma de la Asociación Mundial de Boxeo, derrotando al panameño Vicente Mosquera en una guerra brutal en la que Valero terminó cubierto de sangre, pero levantando el cinturón.

En abril del 2009 subió a las 135 libras y en apenas dos asaltos demolió al colombiano Antonio Pitalúa para coronarse campeón ligero del Consejo Mundial de Boxeo. Era doble campeón mundial en dos divisiones distintas, invicto con 100% de knockouts. Era sin discusión el peleador más explosivo del planeta. Y entonces en el horizonte apareció el nombre de Manny Pacquiao.

El filipino reinaba como rey absoluto del boxeo Libra por libra. Bobarum, el promotor que manejaba a ambos, empezó a soñar en voz alta con un combate que sería el más esperado del mundo. Pacquiao contra Valero, la nueva era contra la furia desatada, el oriental técnico contra el zurdo de Moledor. Las apuestas comenzaron a circular, los aficionados babeaban con la posibilidad, pero antes de eso, Edwin tenía que pasar por una prueba más, una sola defensa, un mexicano joven, alto, talentoso, casi desconocido fuera de su país. Un nombre que sonaba a

oportunidad, no a amenaza, Antonio de Marco. Lo que Edwin no sabía, lo que nadie sabía esa noche de febrero era que ese mexicano de 24 años iba a ser el único hombre en toda su carrera profesional capaz de hacerle algo que ningún otro había logrado, hacerlo sangrar. Antonio de Marco no había llegado al boxeo por gusto, había llegado por hambre.

Nació en Los Mochis, Sinaloa, el 7 de enero de 1986. Pero su historia verdadera comenzó cuando, siendo apenas un adolescente, viajó solo a Tijuana buscando una vida distinta. Llegó sin contactos, sin dinero, sin techo. Las primeras noches durmió donde pudo. Los primeros días comió lo que el destino quiso poner en su camino.

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