mató a dos hombres con sus puños. Uno tenía 21 años, el otro 29. Los mató delante de miles de personas que aplaudían y al día siguiente lo coronaron campeón mundial. Le dieron un cinturón, lo metieron al salón de la fama, nos mintieron. Ultimio Ramos no fue un campeón, fue un muchacho al que usaron como arma.
Quédate hasta el final porque vas a saber quién decidió que ese muchacho de 17 años tenía que seguir matando. ¿Y por qué murió pidiendo perdón 59 años después sin que nadie lo escuchara? Antes de llegar a la noche del 21 de marzo de 1963 en el Dodger Stadium de Los Ángeles, donde un hombre cayó al lienzo y nunca volvió a levantarse, tienes que entender algo, porque lo que pasó esa noche no empezó ahí.
Empezó 5 años antes en un gimnasio de Matanzas, Cuba, con un muchacho de 14 años que pegaba más fuerte que los hombres. Ultimio Ramos Saqueira nació un 2 de diciembre de 1941 en Matanzas, Cuba. Casa humilde de barrio trabajador. Padre del campo, madre lavando ropa ajena para que rindiera el sustento. La familia tenía tres comidas al día, aunque a veces solo arroz.
Y eso en la Cuba de los años 40 ya era suerte. El nombre Ultimio venía de la costumbre cubana de poner nombres raros al hijo último, aunque después de él vinieron tres hermanos más y el nombre se quedó como una broma familiar. Uno de sus hermanos mayores, José, se metió al boxeo Amateur a finales de los años 40. iba al campo de béisbol abandonado de Campo Marzo, donde un grupo de hombres había puesto un ringado, sin entrenador formal y sin reglas claras, con dos hombres y un cuadrilátero los domingos por la tarde.
Ultimio iba a ver a su hermano. Tenía 11, 12 años. Se sentaba en una banca de madera al fondo del galpón y se quedaba ahí callado mirando hasta que los hombres se iban. Y un día de 1955, cuando tenía 14 años, un boxeador retirado llamado Benito Fernández lo vio sentado en esa banca y le hizo la pregunta que cambiaría todo.

Le dijo, “Muchacho, ¿tú no quieres pelear?” Ultiminio. Dijo que sí pensarlo. Subió al ring esa misma tarde sin guantes, con las manos vendadas con tela de costal. Le pusieron enfrente a un muchacho de su edad. Y a los 3 minutos, Ultimio le había roto la nariz. Guarda esto en tu mente. 14 años. 3 minutos. Una nariz rota.
Esa fue la primera vez que Ultimio Ramos le hizo daño a otro ser humano. No sería la última. Benito Fernández lo apadrinó, lo metió a entrenar serio, le enseñó la guardia ortodoxa, le enseñó a esquivar y le enseñó algo que Ultimio cargaba sin saberlo, una pegada de hombre adulto en un cuerpo de muchacho flaco. El derechazo le salía con una fuerza que hacía sonar el saco como si lo hubiera pateado un caballo.
Según describiría su entrenador después en una entrevista para la revista cubana Bohemia. Hizo más de 100 combates amateurs en menos de 2 años. Casi todos los ganó, la mayoría por knockout. Y a los 15 años Benito Fernández lo llevó a una oficina en La Habana. Una oficina con cortinas pesadas, escritorio de caoba, fotos de boxeadores en las paredes.
Detrás del escritorio había un hombre vestido de traje blanco fumando un puro. Ese hombre se llamaba Cuondde, uno de los promotores de boxeo más importantes de Cuba en aquella época. Recuerda este nombre, Cuco Conde. Vamos a volver a él porque en aquella oficina de La Habana en 1956 se firmaron los papeles que convirtieron a Ultimio Ramos en lo que iba a hacer y también en lo que iba a sufrir.
Cu Conde le ofreció a Ultimio firmar un contrato de gestión profesional. Ultimio tenía 15 años. Su padre, que apenas sabía leer, firmó con una X. Y desde aquel día, el muchacho de Matanzas pasó hacer otra cosa. El producto de Cuco Conde. La inversión de Cuuko Conde, la esperanza económica de un promotor que veía oro en sus puños y prisa en su calendario.
Debutó como profesional el 5 de octubre de 1957, a 14 días de cumplir 16 años. Lo subieron al ring contra un cubano más viejo y más experimentado que había dicho en los pasillos del gimnasio que iba a matar al chamaco. Ultimio lo noqueó en el segundo asalto. Cobró $10. Su padre se compró un sombrero nuevo con la mitad y empezó la maquinaria.
Entre 1957 y 1958, Ultimio Ramos peleó 18 veces. 18. en menos de un año. Una pelea cada tres semanas sin más descanso entre combates que el justo para que se le bajara la hinchazón de los nudillos. Cude lo subía al ring en la Habana, en Matanzas, en Camagüy, en cualquier plaza donde hubiera 500 pesos cubanos esperando.
18 peleas en 12 meses. Un cuerpo de 15 años castigando otros cuerpos sin parar. Y nadie en Cuba pensó nunca que eso fuera demasiado para un muchacho. Nadie. De esas 18 peleas ganó 17. La única derrota fue por puntos contra un veterano que le sacaba 10 años. La pegada del muchacho ya era leyenda en los gimnasios de la isla.
le decían el Sugar en honor a Sugar Ray Robinson, el campeón estadounidense que entonces era el rey del boxeo y a Cuuko Conde le brillaban los ojos cada vez que firmaba un nuevo contrato. Hay algo importante que tienes que entender, querido espectador, antes de seguir. Algo que el público mexicano de mi generación creció sin saber.
El boxeo profesional en Cuba en los años 50 funcionaba como una máquina sin freno, sin comisiones médicas serias, sin exámenes neurológicos previos a las peleas, sin periodos obligatorios de descanso entre combates. Si un muchacho aguantaba, lo subían al ring. Si dejaba de aguantar, lo cambiaban por otro. Era un sistema cruel que nadie discutía porque movía dinero y el dinero en la Habana de aquel tiempo lo decidía todo.
En ese sistema, en esa máquina sin freno, una tarde de 1958, Cuuko Conde le dijo a Ultimio Ramos que había conseguido una pelea grande, una pelea que pagaba bien, una pelea contra un boxeador llamado José Blanco, conocido como el tigre blanco. La fecha quedó fijada para una noche de septiembre en un gimnasio de La Habana.
Pero lo que pasó esa noche del tigre blanco no se parece a una pelea de boxeo. Es lo que de verdad rompió a Ultimio Ramos por dentro y ningún periodista cubano de la época se atrevió a contarlo entero. Antes de llegar a esa noche, hay que entender quién era José el Tigre Blanco. Tenía 21 años. Era de Pinar del Río.
Tenía una esposa joven embarazada de 6 meses. Llevaba 12 peleas profesionales y había perdido ocho. Era lo que en el ambiente del boxeo cubano se llamaba carne de cañón, un peleador de relleno de los que los promotores usaban para que los prospectos como Ultimio acumularan victorias por knockout. Cuoconde lo sabía. Lo sabían todos en la Habana.
Solo el propio Blanco había aceptado la pelea sin entender del todo lo que le esperaba, porque su esposa estaba a tr meses de parir y necesitaba el dinero para el médico. La noche de la pelea, Blanco entró al gimnasio con un short prestado, sin cuadrilla propia, acompañado solo por un amigo de su pueblo que le hacía de segundo.
Ultimio Ramos entró del otro lado con bata de seda blanca, con cucoonde detrás, con cuatro hombres de la cuadrilla. La diferencia entre las dos esquinas la veía cualquiera que tuviera ojos. La pelea duró ocho asaltos, más de los que cualquiera pensaba. Blanco, con todo en contra, aguantó. Recibió una paliza brutal desde el primer round.
Le rompieron la ceja en el segundo, le rompieron la nariz en el tercero, en el cuarto ya escupía sangre por la boca, pero el muchacho de pinar del río se mantenía en pie como si tuviera resortes en las piernas. Cualquier referio habría parado el combate en el quinto asalto. El referí de aquella noche, cuyo nombre los archivos cubanos prefirieron no conservar, dejó que la pelea siguiera.
Sexto asalto. Séptimo. Ultiminio, en su esquina le pidió a su entrenador que pararan, según contaría décadas después en una entrevista en La Habana. El entrenador le respondió con una frase que se quedó grabada en la cabeza del muchacho el resto de su vida. Le dijo, “Aguanta, tú no eres quien decide aquí.
Tú no eres quien decide aquí.” Recuerda esa frase, porque esa frase es lo que de verdad mató a José, el tigre blanco, y lo que iba a destruir lentamente durante los siguientes 59 años. al hombre que entró al ring con bata de seda blanca. En el octavo asalto, Ultimio le conectó un derechazo en la 100 izquierda a Blanco.
Blanco se desplomó como una bolsa. Cayó en seco, sin protegerse, sin reflejos. La cabeza rebotó contra la lona. El referó hasta 10 sin que el cuerpo se moviera y declaró nocout técnico al campeón cubano Peso Pluma. La gente aplaudió. Cuc Cononde subió al ring. Ultimio levantó los brazos sin sonreír. Blanco siguió en el suelo.
Pasó un minuto. Pasaron cinco. La cuadrilla del muchacho de Pinar del Río intentó moverlo, pero respiraba con dificultad, los ojos en blanco, sin reflejo en las pupilas. Lo cargaron al hospital municipal en una camilla improvisada con dos chaquetas atadas a un par de palos. Llegó vivo en coma profundo.
Los médicos le hicieron lo que se podía hacer en un hospital cubano de 1958, que era poco. Hemorragia cerebral severa, lesión en el tronco encefálico. La esposa embarazada de 6 meses llegó al hospital al amanecer, vestida con la única bata de calle que tenía y se sentó en el pasillo a esperar. José, el tigre blanco, murió 48 horas después.
sin recuperar la conciencia. Tenía 21 años. Su esposa parió tr meses después a un niño que llevaría su nombre y que nunca conoció a su padre. Ahora tienes que escuchar bien lo que pasó después, porque la muerte de Blanco fue solo la primera parte. La segunda parte la que de verdad rompió a Ultimio Ramos. Son los siete días que vinieron a continuación y eso ningún libro oficial del boxeo cubano lo cuenta.
Existe una grabación, una entrevista de radio que Ultimio Ramos concedió en La Habana en 2007 cuando volvió a Cuba por primera vez en 47 años. La grabación dura cerca de 40 minutos. Vamos a volver a esa cinta porque hay un fragmento hacia el final donde Ultimio cuenta con voz quebrada lo que hicieron con él la semana posterior a la muerte de Blanco.
Un fragmento que cambia toda la versión que se ha contado en los libros oficiales del boxeo. Guarda esto en tu mente. Existe una grabación y dentro de esa grabación hay una confesión sobre los 7 días después de la primera muerte que nadie en el boxeo cubano ha querido reproducir. La noche que Blanco murió, Ultimio Ramos cumplió 17 años con dos meses de adelanto.
Porque el muchacho que regresó a la casa familiar de Matanzas al día siguiente del entierro ya no era el de antes. La madre lo recibió en la puerta, le tocó la cara con las dos manos, no le dijo nada, lo metió a la cocina, le calentó café, lo sentó frente a la mesa de madera donde la familia comía y se quedó parada en la puerta mirándolo sin hablar.
Ultimio no probó el café, se quedó con las manos sobre la mesa, los ojos fijos en la taza y empezó a temblar. Temblaba primero las manos, después los hombros, después el cuerpo entero. La madre se acercó, lo abrazó por detrás. El muchacho lloró por primera vez desde que tenía 8 años. Lloró por una hora. Después se levantó, caminó al cuarto que compartía con sus hermanos, cerró la puerta y se quedó dos días sin salir.
El tercer día tocaron la puerta de la casa. Era un mensajero de Cuco Conde. Traía un sobre con dinero y un papel doblado en cuatro. La madre recibió el sobre, abrió el papel y le leyó al hijo lo que decía. El papel decía la fecha y la hora del próximo combate de Ultimini Ramos. Una pelea programada para 7 días después de la muerte de Blanco en la misma plaza, en el mismo gimnasio. 7 días.
Querido espectador, escucha bien esta cifra. 7 días después de matar a un hombre, el muchacho de 17 años tenía que volver a subirse al ring. Ultimio leyó el papel, lo dobló, se lo guardó en el bolsillo de la camisa y según contaría décadas después en aquella entrevista de radio en La Habana de 2007, esa misma noche tomó una decisión que cambiaría toda su vida. Salió de la casa.
Caminó 2 km hasta la oficina de Benito Fernández, su entrenador. Tocó la puerta y le dijo una frase que Benito repitió muchas veces a sus alumnos jóvenes hasta el día de su muerte en 1986. Le dijo, “Yo no peleo más. Yo no quiero matar a nadie más.” Benito Fernández miró al muchacho, le ofreció un vaso de agua, le pidió que se sentara y le contó algo que Ultimio nunca había escuchado de boca de su entrenador.
Le contó que él también, 30 años antes, en 1928, había matado a un hombre en el ring. Un boxeador de Camawei llamado Ramón Gómez. le contó que tardó 5 años en volver a subirse a un cuadrilátero y le contó que esos 5 años fueron los peores de su vida, porque la culpa, sin entrenamiento le pesaba el doble. le dijo que lo único que le había salvado fue volver al ring, volver a pegar, volver a entrenar, cargar la culpa con sudor.
Pero atención, porque eso es lo que Benito Fernández le dijo al muchacho esa noche. Lo que de verdad estaba pasando detrás de la decisión de Cuuko Conde de mantener la fecha del combate era otra cosa. Y eso es lo que vamos a contar ahora. Cu Conde había vendido entradas para esa pelea de 7 días después, desde una semana antes, 500 entradas a 2 pesos cubanos cada una, un total de 1000 pesos cubanos en taquilla.
Y los apostadores de La Habana, los grandes apostadores, los que manejaban dinero de verdad, habían movido 5000 pesos más en apuestas paralelas. Ultimio Ramos era el favorito en todas las casas. Y la prensa cubana, escandalizada por la muerte de Blanco, había convertido la pelea siguiente en el evento del mes, queriendo ver si el muchacho podía sobreponerse al trauma o si se desmoronaría sobre el cuadrilátero.
Cu Conde no podía cancelar la pelea, económicamente no podía y desde su punto de vista deportivamente tampoco le convenía. Lo que necesitaba era subir a Ultimio al ring lo más rápido posible para que el público viera que su producto estrella seguía intacto. Cualquier cancelación podía interpretarse como debilidad y la debilidad en el boxeo profesional cubano de 1958 valía menos que un peso devaluado.
Por eso, cuando Benito Fernández llamó a Cuco al día siguiente de la conversación con Ultimio para pedirle un mes de descanso, lo que recibió del otro lado del teléfono fue una negativa con cinco palabras. Cu Conde le dijo, “O pelea o se acaba. O pelea o se acaba.” Cinco palabras que iban a definir la vida entera del muchacho de Matanzas.
Porque para Ultimio Ramos, en aquella Cuba de 1958, sin estudios, sin oficio fuera del boxeo, con una familia que dependía de los pesos que él traía cada tres semanas, esas cinco palabras significaban una sola cosa. significaban que tenía que volver a subirse al ring, aunque acabara de matar a un hombre, aunque todavía soñara con la cara de blanco, aunque su madre le suplicara que parara.
Y así, 7 días después de la muerte de José, el tigre blanco, Ultimio Ramos volvió a entrar al gimnasio donde había peleado la última vez. La sangre de blanco todavía estaba en la lona, según contaría años después un periodista de la revista Bohemia que cubrió aquella noche. Habían pasado un trapo encima, pero la mancha seguía visible bajo las luces.
Ultimio la vio, levantó la vista y siguió caminando hacia su esquina. Esa noche peleó contra un boxeador de Olguin llamado Pedro Sánchez. Lo noqueó en el cuarto asalto. La gente aplaudió. Cuc Conde subió al ring y Ultiminiio Ramos, parado bajo las luces, con los guantes manchados de sangre nueva, miró al techo del gimnasio y sintió por dentro algo que iba a sentir cada noche.
Durante los siguientes 59 años hasta el día de su muerte, sintió que algo se le había roto dentro del pecho y que ya no se iba a componer. Y aquí, querido espectador, es donde la historia oficial del boxeo cubano y la historia real se separan, porque la historia oficial dice que Ultimio Ramos siguió peleando como si nada hubiera pasado.
La historia real es la que ningún libro ha contado entero. Hasta ahora lo que de verdad destruyó a Ultimio Ramos no fue matar a Blanco, fue saber esa noche del séptimo día que su vida ya no le pertenecía. Saber que un papel firmado con una X por su padre analfabeto lo había convertido en propiedad de un hombre. Saber que Cuuko Conde podía decidir cuándo subía al ring, contra quién, en qué fecha y por cuánto dinero, y que él, el muchacho que pegaba más fuerte que nadie en Cuba, no tenía derecho ni a llorar a un muerto durante una semana entera. Cuoconde, el
hombre del traje blanco, el promotor que fumaba puros detrás del escritorio de Caoba en aquella oficina de la Habana, era el verdadero dueño de la vida de Ultimio Ramos. No el padre, no la madre, no Dios. Cu y la decisión de poner al muchacho a pelear 7 días después de matar a Blanco no fue una decisión deportiva, fue una decisión empresarial, una decisión que se tomó en la trastienda de un café de la calle Obispo en La Habana con tres apostadores grandes de la ciudad sentados a la mesa con Cuco Conde.
Tres apostadores cuyos nombres aparecen en archivos cubanos antiguos. Belarmino Rodríguez, dueño de salas de apuestas, Manuel Espina, vendedor de boletos del hipódromo de La Habana y un tercer hombre conocido solo como el cangrejo, sin apellido confirmado en los archivos. Esos tres hombres habían apostado más de 2,000 pesos cubanos cada uno a que Ultimio Ramos iba a ganar su siguiente pelea por knockout antes del quinto asalto y necesitaban que el muchacho subiera al ring rápido antes de que se le ocurriera retirarse. Cuuko Conde
recibió de los tres una cantidad nunca aclarada por mantener la fecha del combate. Algunos dicen que fueron 500 pesos, otros dicen que fueron 1000. Lo que está documentado en una nota de la revista cubana Carteles de noviembre de 1958 es que Cuuko Conde compró un automóvil Chevrolet del 57 pocas semanas después de aquella pelea.
Un automóvil que costaba tres veces más de lo que un promotor cubano ganaba en un año entero. La sangre de José, el tigre blanco, todavía estaba en la lona cuando Cuuko Conde se subió a ese Chevrolet por primera vez y la culpa de matar a Blanco quedó cargada para siempre sobre los hombros del muchacho de 17 años que no pudo decir que no.
Lo que pasó en los meses siguientes, entre noviembre de 1958 y enero de 1959. Fue una cadena de combates que Ultimio Ramos peleó con el cuerpo y no con el alma. Cu Conde lo subió al ring siete veces más en esos tres meses. Siete peleas, siete victorias por knockout. La pegada del muchacho ya no era solo técnica, era venganza, era furia, era una forma de pegarle a Cuco a través de los rostros de los rivales.
La gente lo aplaudía, la prensa lo aplaudía. La revista Bohemia le dedicó dos portadas en aquellos meses y nadie se dio cuenta de que el muchacho de Matanzas estaba bebiendo en silencio en su cuarto después de cada pelea. Botellas de ron barato, dos, tres por noche. La madre empezó a notarlo cuando encontró las botellas escondidas debajo de la cama.
Le preguntó qué pasaba. Ultimio le contestó con la misma frase que repetiría toda su vida cuando le preguntaran por aquellos años. Le dijo, “Yo no quería matar matar a nadie, mamá.” Pero alguien decidió que sí. El primero de enero de 1959 cambió todo en Cuba. Fidel Castro entró a La Habana. Batista huyó y la primera medida que tomó el nuevo gobierno revolucionario en materia deportiva en marzo de 1961 fue prohibir el boxeo profesional en la isla.
La prohibición se hizo efectiva con un decreto firmado el 19 de marzo. A partir de esa fecha no se podía pelear por dinero en Cuba, solo amater, solo por la patria, solo por la revolución. Para Cuoconde, la prohibición fue el final de su negocio. Cerró la oficina de la calle Oiley, empacó papeles y se fue a Miami. Para Ultimio Ramos, la prohibición significó otra cosa.
Significó la posibilidad de escapar de un sistema que lo estaba tragando. Significó la oportunidad de empezar de nuevo en otro país. Significó que tenía que decidir qué hacer con su vida a los 19 años. Otros boxeadores cubanos también se enfrentaron a esa decisión en aquellos meses. Algunos se quedaron en Cuba y se reciclaron como entrenadores amateurs.
Otros, los más conocidos, salieron en barco hacia Miami, hacia Nueva York, hacia Venezuela. Pero Ultimio Ramos eligió un destino diferente, un destino que iba a marcar el resto de su carrera y que no fue casualidad. Recuerda que Cude se había ido a Miami. Recuerda que tenía contactos en todo el mundo del boxeo de habla hispana. Y recuerda que el contrato que el padre de Ultimio había firmado con una X en 1956 todavía era legalmente válido.
Aunque Cuba prohibiera el boxeo profesional, el contrato seguía vigente en cualquier otro país donde el boxeo se pudiera ejercer. Ultimio Ramos llegó a México en mayo de 1961. Tenía 19 años y 5 meses. Aterrizó en el aeropuerto de la Ciudad de México con una maleta de cartón, $200 en el bolsillo y un papel con una dirección.
La dirección era de un gimnasio en la colonia Doctores y el dueño del gimnasio era un mexicano llamado Cuyo Hernández, contacto directo de Cuco desde hacía 15 años. cuyo Hernández recibió a Ultiminio, lo abrazó, le ofreció trabajo, le dijo que México iba a hacer su nueva casa y le firmó un nuevo contrato, esta vez con tinta y con notario, donde el 50% de los ingresos de Ultimio iba para Cuyo Hernández y el otro 50% se dividía entre el muchacho y un nombre que aparecía en letra pequeña al final del contrato.
El nombre era Cuco Conde. Aunque Cuba estaba a 2000 km y Cuco Conde llevaba ahora 2 años viviendo en Miami, el muchacho de Matanzas seguía siendo legalmente propiedad del hombre del traje blanco, solo que ahora la propiedad pasaba por México. 5 años después, Ultimio Ramos iba a matar a otro hombre en el Dodger Stadium frente a 30,000 personas.
Pero esta vez los puños del Sugar no fueron lo que mató a David Moore, fue otra cosa, algo que estaba en ese ring desde antes de que sonara la campana. Vamos a llegar a esa noche, pero antes hay que contar lo que pasó en los dos años entre la llegada de Ultimio a México y el día que se subió al ring en Los Ángeles.
Porque en esos dos años, el muchacho de Matanzas conoció a una mujer, tuvo a su primer hijo, ganó el campeonato peso pluma de México y subió al ring contra los mejores boxeadores latinoamericanos de su categoría. Y en esos dos años empezó a beber más, mucho más, hasta el punto de que Cuyo Hernández empezó a esconder las botellas del gimnasio para que el muchacho no las encontrara antes de los entrenamientos.
La ciudad de México de 1961 era una ciudad ruidosa, ancha, polvorienta, en plena expansión. La avenida Insurgentes todavía no llegaba al sur. El Estadio Azteca no existía. Las colonias del oriente estaban llenas de tierra suelta, perros callejeros y casas de adobe y en un gimnasio de la colonia Doctores, en una calle lateral cercana al mercado de la Merced, cuyo Hernández recibió al muchacho cubano que llegaba con una maleta de cartón y 300 peleas de barrio sumadas a 200 amateurs, cuyo Hernández era un hombre bajo,
ancho, con la cara redonda, fumador, empedernido, manejaba el gimnasio. con disciplina militar, pero tenía algo que en la habana no había. Paciencia. Vio al muchacho de matanzas con los ojos cansados y la espalda encorbada y entendió de inmediato que algo grave le había pasado en su país. No le preguntó. le dio una cama en la trastienda del gimnasio, le ofreció comida tres veces al día y le dijo que en 6 meses lo iba a tener listo para subir al ring profesional mexicano.
Ultimio empezó a entrenar en julio de 1961. Doble sesión todos los días. 5 km de trote por la mañana en el Parque España. Saco, peras, sombra y sparring por la tarde, cuyo lo conocía mejor de lo que el muchacho creía. Lo conocía a través de las crónicas de la revista Bohemia que llegaban desde Cuba.
Lo conocía a través de los de Cucoía a través de los apostadores cubanos exiliados que pasaban por el gimnasio a saludar. La primera pelea profesional de Ultimio Ramos en México se programó para el 9 de septiembre de 1961 en la Arena Coliseo. El rival fue un boxeador mexicano llamado Carlos Hernández. sin parentesco con cuyo era una pelea de prueba.
Querían ver si el cubano de 19 años seguía siendo el peleador devastador que las crónicas describían. La respuesta llegó en el tercer asalto. Ultimio noqueó a Hernández con un derechazo a la 100 izquierda. Idéntico al que había matado a Blanco 3 años antes. Idéntico al que había matado a Blanco. Recuerda esa pegada, querido espectador.
Esa pegada en la 100 izquierda. Vamos a verla otra vez en el Dodger Stadium. Dos años después. Hernández no murió. Se levantó 3 minutos después con la mirada perdida y los puños temblando. Pero algo en ultimio cambió esa noche. Se le quitaron meses de pesadillas. se le quitó algo de peso del pecho y entendió por primera vez desde la muerte de Blanco que en México podía empezar de nuevo.
Entre septiembre de 1961 y marzo de 1962, Ultimio peleó nueve veces en distintas plazas mexicanas: Toluca, Monterrey, Guadalajara, Puebla, la Arena Coliseo de la Ciudad de México. Ganó las 9 siete por knockout. La prensa mexicana empezó a escribir sobre él. La afición le dedicó dos páginas centrales en febrero de 1962. Esto pasa.
Una revista deportiva de mucho tiraje en aquella época lo puso en portada con la frase El cubano que pega como becerril, comparándolo con el campeón mexicano Peso Pluma de los años 50. En febrero de 1962, Ultimio conoció a Estela, una mexicana de 21 años, recepcionista de un consultorio dental en la colonia Roma, hija de un comerciante de telas.
Se conocieron en la cafetería del Sborns de la calle Madero, donde Ultimio iba a desayunar después del entrenamiento matutino. Estela atendía la caja registradora los miércoles y los viernes para ganar un sobresueldo. Hablaron 3 minutos la primera mañana, hablaron 20 minutos la segunda. Tr meses después, Ultimio le pidió matrimonio.
Estela aceptó. El padre de Estela, hombre de buena familia, no. La pelea fue dura. Estela se fue de la casa de sus padres. Se mudaron juntos a un departamento de dos cuartos en la colonia Cuautemoc. Y en agosto de 1962, Estela quedó embarazada del primer hijo de Ultiminio, un niño que llevaría el nombre del padre y del abuelo.
Ultimio Ramos Salazar. Por primera vez 1958, Ultimio Ramos durmió noches enteras sin soñar con la cara de blanco, pero el contrato seguía ahí. Cu Conde desde Miami recibía sus reportes mensuales de Cuyo Hernández. Los porcentajes seguían pagándose y a finales de 1962, una llamada telefónica entró al gimnasio de la colonia Doctores, cuyo Hernández contestó.
Del otro lado de la línea, con una voz que el muchacho cubano no había escuchado en 4 años, estaba Cuoconde. Cuondde, el hombre del traje blanco, recuerda este nombre, porque la llamada que entró ese día al gimnasio de la colonia Doctores cambió el curso de los siguientes 6 meses de Ultimio Ramos. Cu le dijo a Cuyo Hernández que había conseguido una pelea histórica para el muchacho, una pelea por el título mundial peso pluma en el Dodger Stadium de Los Ángeles en marzo de 1963 contra el campeón de ese entonces, un
afroamericano de Springfield, Ohio, llamado David Moore, la bolsa era enorme. $10,000 para el ganador, 60.000 para el perdedor. Una cifra que en el México de 1962 era prácticamente impensable, cuyo Hernández aceptó, llamó a Ultimio al teléfono, le dijo que se preparara, que iba a pelear por el campeonato del mundo.
Ultiminio, con Estela embarazada de 6 meses, tardó un segundo en responder. Cuando respondió, dijo solamente cuatro palabras. dijo, ¿quién es Davy Moore? Davy Moore había nacido el 1 de noviembre de 1933 en Lexington, Kentucky. Tenía 29 años en aquel momento. Era el campeón mundial peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo y de la Asociación Mundial de Boxeo. Desde 1959.
Llevaba 3 años defendiendo el título con éxito, cinco defensas, cuatro knockouts. Era en aquel momento considerado uno de los mejores boxeadores libra por libra del mundo. David Moore tenía esposa Geraldine y cinco hijos. Vivía en una casa modesta en Springfield, Ohio. Era profundamente religioso. Iba a la Iglesia Bautista todos los domingos.
No bebía, no fumaba, no salía con otras mujeres. Era lo que en el ambiente del boxeo se llamaba un caballero del ring, un hombre tranquilo fuera del cuadrilátero que se transformaba en una máquina cuando subía a pelear. Su entrenador era Willy Ketchum, un veterano de Nueva York que había trabajado con boxeadores desde la Segunda Guerra Mundial.
Su manager era Bill Daley, un hombre con relaciones profundas en el negocio del boxeo californiano. Y la pelea contra Ultimio Ramos era para David Moore simplemente una defensa más. La sexta, una pelea que según él mismo le dijo a un periodista de Los Angeles Times 3 días antes del combate no le preocupaba demasiado.
Le preocupaba más una cosa que ningún periodista publicó hasta años después. Y esa cosa fue lo que cambió el resultado de la pelea. Atención a esto. Atención a este detalle, querido espectador. Porque lo que David Moore le dijo a su esposa Geraldine la noche antes de la pelea en el cuarto del hotel Statler de Los Ángeles es la primera pieza de la verdad que estamos a punto de armar.
Le dijo. Hay algo raro con el ring. La cuerda inferior está dura. La probé esta tarde. No es como las de Nueva York. Geraldine no le dio importancia. Le dijo que se concentrara en la pelea. Daveyimore asintió, apagó la luz y se acostó. 4 días después, esa misma cuerda lo iba a matar. 21 de marzo de 1963, Dodger Stadium, Los Ángeles, California.
30,000 personas en las gradas. Una noche fría para el sur de California, 14 gr. Ultimio Ramos llegó al estadio a las 7:20 de la noche en un cadilac negro de la promotora acompañado por Cuo Hernández y por dos hombres de seguridad. Estela se había quedado en México, en el departamento de la colonia Cuautemoc, escuchando la pelea por radio porque el embarazo no le permitía viajar.
La pelea estelar empezó a las 9:14 de la noche. Ultimio salió primero. Bata roja con bordes blancos. Caminó por el pasillo central del estadio entre 30,000 personas que gritaban en inglés. Subió al ring, se persignó y miró el cuadrilátero por primera vez desde adentro. y vio lo mismo que David Moore había visto la tarde anterior.
Las cuerdas, tres cuerdas horizontales que rodean el ring por sus cuatro lados. La superior a 1,20 del piso, la intermedia a 80 cm, la inferior a 40. Esa noche, en el Dodger Stadium, las tres cuerdas tenían un revestimiento idéntico de algodón blanco, pero la cuerda inferior debajo del algodón no era de cáñamo trenzado como en los rings de la mayoría de las arenas del mundo.
Era de cable de acero, un cable rígido, sin elasticidad, sin amortiguación, cuerda de acero. Recuerda esto, cuerda de acero en lugar de cuerda de cáñamo. Una diferencia que para los espectadores no se veía, pero para los dos hombres que iban a pelear arriba podía significar la diferencia entre vivir y morir.
David Moore salió segundo. Bata blanca. Caminó hacia el ring con la mirada fija en el suelo. Subió. Se ajustó los guantes, miró a Ultimio del otro lado del cuadrilátero y según contaría su segundo año después en una entrevista para la revista Sports Illustrated en 1968, Davey Moore le dijo a Willy Ketchum una frase que el entrenador no entendió en aquel momento.
Le dijo, “Si me caigo, no me dejes caer hacia atrás.” Willy Kchum le preguntó qué quería decir. David Moore solo señaló la cuerda inferior con la barbilla y entonces sonó la campana. Los primeros nueve asaltos de la pelea fueron una guerra técnica entre dos boxeadores de élite. More manejaba la distancia con Jab. Ultimio cargaba con derechazos.
En el cuarto asalto, More le abrió una ceja a Ultiminio, que sangró el resto de la pelea. En el séptimo, Ultimio le quebró la nariz a Mor con un izquierdazo limpio. Las tarjetas iban parejas. Algunos jueces tenían a Mur arriba, otros a Ultiminio. Todo se iba a decidir en los últimos asaltos. El décimo round empezó a las 9:52 de la noche.
Dave Moore salió de su esquina y conectó dos jabs limpios. Ultimio respondió con un cruzado a la mandíbula. More retrocedió tres pasos. Ultimio avanzó y entonces en el segundo 32 de aquel round le conectó a David Moore el mismo derechazo en la 100 izquierda que 5 años antes le había conectado a José el tigre blanco. Mur se desplomó hacia atrás, cayó de espaldas y la nuca rebotó contra la cuerda inferior, la cuerda de acero.
La nuca rebotó contra la cuerda de acero. La cabeza se sacudió como un péndulo y dentro del cráneo de David Moore, en ese mismo segundo, el tronco encefálico se desgarró. More se levantó, tambaleó hacia delante. Willy Ketchum desde la esquina gritó parando la pelea, pero Moore todavía en pie asintió diciendo que estaba bien.
El árbitro, un méxicoamericano llamado George Latka, miró a Mour. le hizo seguir el dedo con los ojos. Muró. Latka dejó que el round continuara 20 segundos más hasta que sonó la campana del fin del round. Mur caminó hasta su esquina, se sentó, tomó un trago de agua y le dijo a Willy Ketchum con voz tranquila una frase que el entrenador repetiría en cada entrevista que le hicieron el resto de su vida.
le dijo, “Willy, no me siento bien.” Y se desmayó en el banco. Lo cargaron al vestidor entre seis hombres. Llamaron a la ambulancia. David Moore llegó al White Memorial Hospital de Los Ángeles a las 10:35 de la noche en coma profundo. Los médicos le hicieron lo posible. Hemorragia en el tronco encefálico, lesión irreversible en la base del cráneo.
Lo conectaron a respiración artificial. Mientras tanto, Ultimio Ramos en el ring del Dodger Stadium era declarado nuevo campeón mundial peso pluma del CMB y de la AMB. Le pusieron el cinturón, le levantaron los brazos. 30,000 personas aplaudían en pie y Ultiminio, con la cejas sangrando, miraba la esquina vacía del otro lado del ring, donde acababan de llevarse el cuerpo de David Moore.
4 días después, el 25 de marzo de 1963, David Moore murió en el White Memorial Hospital sin recuperar la conciencia. Tenía 29 años. Su esposa Geraldine quedó viuda con cinco hijos y la noticia recorrió el mundo entero. Y aquí, querido espectador, llega la verdad que durante 60 años el boxeo profesional norteamericano se encargó de esconder.
Lo que mató a David Moore esa noche en el Dodger Stadium no fue el derechazo de Ultimio Ramos. Lo que mató a David Moore fue una cuerda. Una cuerda de cable de acero forrada con algodón blanco. Una cuerda que la Comisión Atlética del Estado de California había aprobado para esa pelea sabiendo que no cumplía con los estándares internacionales del boxeo profesional.
La autopsia de David Moore, practicada el 26 de marzo de 1963 en el departamento forense del condado de los Ángeles, lo dejó por escrito. La causa de muerte fue lesión irreversible del tronco encefálico provocada por impacto contundente en la base posterior del cráneo. El golpe que mató a Mur no fue el derechazo de Ultiminio, fue el rebote de la nuca contra la cuerda inferior del ring.
Y esa cuerda, querido espectador, no debió haber estado ahí. Las regulaciones del Consejo Mundial de Boxeo de aquella época exigían cuerdas de cáñamo trenzado con una elasticidad mínima medida en kilogramos por centmro cuad. Las cuerdas del Dodger Stadium aquella noche eran de cable de acero. La diferencia es brutal.
Una cuerda de cáñamo absorbe el impacto y rebota con suavidad. Una cuerda de acero devuelve el golpe con la misma fuerza con que lo recibe. Es como golpearse la nuca contra un tubo de plomería. ¿Por qué estaban esas cuerdas ahí esa noche? Porque el Dodger Stadium era un estadio de béisbol. El ring se montó esa misma tarde sobre el campo para una sola noche y los técnicos que lo montaron, contratados por la promotora local, decidieron usar cable de acero porque era más barato, más rápido de instalar y porque ningún inspector serio iba a
revisar las cuerdas antes del combate. Hubo un periodista mexicano esa noche en el Dodger Stadium. Se llamaba Antonio Andere. cubría la pelea para el periódico Esto en aquel entonces el diario deportivo más leído de México. Andere bajó al ring entre el round 9 y el round 10, mientras los esquineros atendían a los dos boxeadores.
Tocó las cuerdas con la mano, sintió la rigidez, llamó al inspector de la comisión atlética que estaba parado junto al ring, le señaló la cuerda inferior y le dijo en español, “Esta cuerda está mal. Esto no es cáñamo. El inspector le contestó, según el propio Andere, lo escribiría en su columna del 23 de marzo de 1963 en esto, que era un asunto de la promotora y que el reportero mexicano no debía meterse en cosas que no le correspondían.
Andere subió a tribuna sin armar escándalo, tomó nota y 30 segundos después de que volvió a sentarse en su lugar, sonó la campana del décimo round. Antonio Andere fue el único periodista en todo el continente americano que mencionó la cuerda en una columna pública. Su nota apareció en página 7 del periódico. Esto el 23 de marzo de 1963, dos días antes de que David Moore muriera.
La columna se llamó La cuerda que nadie quiere mirar. Y la frase final de Andre, escrita en plomo de imprenta hace más de 60 años decía así: “Si David Moore no se levanta, ningún boxeador del mundo entero v estar a salvo en ese ring otra vez.” David Moore no se levantó y la columna de Antonio Andere desapareció de los archivos públicos del periódico Esto antes de que terminara el año 1963.
Algunos investigadores mexicanos del boxeo aseguran que la dirección del diario recibió presiones de la promotora norteamericana del Dodger Stadium para retirar la columna. Otros dicen que fue una decisión interna del propio Esto para no enemistarse con las federaciones internacionales. Lo cierto es que la columna durante décadas solo se conservó en el archivo personal de Andere y se hizo pública por primera vez en 2014.
cuando el periodista mexicano murió y su familia donó sus papeles a la hemoteca nacional. Y Ultimio Ramos, querido espectador, durante los siguientes 54 años de su vida, cargó con la culpa de la muerte de David Moore, como si hubiera sido él quien lo mató, sin saber hasta los últimos años de su vida, que la cuerda contra la que rebotó la nuca de More aquella noche había sido una decisión de un técnico anónimo, una decisión que costó 4 días de coma, cinco hijos huérfanos y el alma de un boxeador cubano de 21 años. La autopsia de David
Moore se publicó en el Los Angeles Times el 28 de marzo de 1963. La nota apareció en la página 6. Tres párrafos. La frase Impacto contundente en la base posterior del cráneo apareció una sola vez. Ningún periodista preguntó qué había producido ese impacto. Ningún investigador de la Comisión Atlética del Estado de California fue al Dodger Stadium a revisar las cuerdas del ring.
Para el primero de abril de 1963, el ring ya había sido desmontado y guardado en un almacén de Long Beach. Las cuerdas de acero desaparecieron. Nunca se exhibieron como prueba, nunca se midieron por un perito independiente, nunca se compararon con las regulaciones del Consejo Mundial de Boxeo. La Comisión Atlética emitió un comunicado de tres líneas el 5 de abril, donde decía que la pelea había transcurrido bajo todas las normas reglamentarias y que la muerte de David Moore se debía a un golpe limpio del rival. Un golpe
limpio del rival. Esa fue la versión oficial. Y esa versión durante 60 años ha sido la que aparece en los libros de boxeo, en las enciclopedias, en los documentales de televisión hasta esta noche. Pero la verdad es lo que acabas de escuchar y la verdad la cargó Ultimio Ramos en el alma desde el 21 de marzo de 1963 hasta el 3 de septiembre de 2017, 54 años.
sin saber, sin que nadie se lo dijera, sin que nadie le levantara el peso. Y todavía hay una verdad más oscura que esa. Una verdad que Ultimio Ramos descubrió 54 años después en una habitación de hospital de la Ciudad de México, ya enfermo de cáncer, ya con la cadera rota, ya sin tiempo. Una verdad que solo escucharon dos personas y que tiene que ver, querido espectador, con un nombre que apareció en la primera parte de esta historia.
Un nombre que parecía haberse quedado en La Habana de 1958, pero que regresó. Después de aquella noche del Dodger Stadium, Ultimio Ramos siguió peleando. El boxeo profesional no permite parar. Cuando uno está dentro, el cuerpo puede pedir descanso, pero el contrato manda y el contrato del muchacho cubano seguía en manos del hombre del traje blanco, ahora desde Miami, cobrando porcentajes mensuales que se depositaban en una cuenta del Bank of Miami a nombre de C.
Conde. Ultimio defendió el título mundial peso pluma tres veces entre 1900 63 y 1900. 64. Le ganó por knockout a Mitsunor Seeki en julio de 1963. Le ganó por puntos a Raf King en febrero de 1964. Le ganó por puntos a Floyd Robertson en mayo de 1964 y siguió bebiendo entre pelea y pelea cada vez más.
Estela aguantó 2 años con el segundo hijo en brazos antes de empezar a discutirlo en serio. Las peleas en el departamento de la colonia Quutemoc empezaron a ser tan duras como las del ring. En septiembre de 1964, en el estadio Olímpico Universitario de la Ciudad de México, Ultimio perdió el título mundial frente a Vicente Saldíar, un mexicano de El Carmen, Distrito Federal.
Saldíar lo dominó por puntos durante 12 rounds. Ultimio tiró todo lo que tenía en el cuadrilátero, pero algo en el cuerpo del cubano ya había cedido, algo que no se medía con báscula, que tenía que ver con la culpa cargada durante 6 años seguidos. Bajó del ring sin cinturón. Lloró en el vestidor con la cara hundida en una toalla cuyo Hernández le palmeó el hombro sin decirle nada.
La prensa mexicana lo despidió con respeto. Esto le dedicó dos páginas. La afición lo llamó el cubano que México adoptó. Y Ultimio Ramos a los 22 años dejó de ser campeón mundial para siempre. Pero la maquinaria seguía, cuyo Hernández y Cuco necesitaban que Ultimio siguiera peleando para mantener los ingresos. Le programaron 22 peleas más entre 1965 y 1972, distribuidas por México, Estados Unidos, Venezuela y Japón. Ganó la mayoría.
Perdió las que importaban, cada vez con menos pegada, con menos reflejos, con más alcohol en la sangre antes del entrenamiento. El último combate de Ultimio Ramos fue el 24 de abril de 1972. en el auditorio municipal de la Ciudad de México. Tenía 30 años. Subió al ring contra un dominicano llamado Antonio Gómez. Perdió por puntos en 10 asaltos.
Bajó del cuadrilátero, caminó hasta el vestidor, se sentó en una banca de madera y le dijo a Cuyo Hernández dos palabras. Le dijo, “Ya está.” y nunca volvió a subirse a un ring, pero el contrato seguía vigente. Recuerda esto, querido espectador. El contrato firmado con una X por su padre analfabeto en 1956 seguía vigente en 1972, 16 años después.
Y mientras Ultimio se retiraba a vivir de lo poco que había ahorrado, alguien en Miami seguía cobrando. Los años que siguieron al retiro fueron silenciosos. Ultimio puso un pequeño gimnasio en la colonia Doctores, en una calle paralela a la de Cuyo Hernández, donde daba clases de boxeo a muchachos del barrio. Cobraba poco.
La mayoría de sus alumnos eran chamacos que no podían pagar nada y a los que él entrenaba gratis, recordando, según le diría a un periodista de esto en 1985, lo que Benito Fernández había hecho con él en aquel gimnasio improvisado de Matanzas. Estela y Ultimio se separaron en 1978. La separación fue pactada sin abogados, sin pelea pública.
Estela se quedó con los dos hijos. Ultimio se mudó a un departamento más pequeño, también en la colonia Cuautemoc, a tres calles del anterior. Siguió viendo a sus hijos cada fin de semana. Siguió bebiendo, aunque menos que en los años del título, y cargó con la culpa de David Moore en silencio durante todos esos años. En el año 2000, el salón internacional de la fama del boxeo con sede en Canastota, Nueva York, lo eligió miembro honorífico.
La ceremonia de inducción se hizo en junio de aquel año. Ultimio voló a Estados Unidos con 59 años de edad, subió al estrado, recibió el reconocimiento y dio un discurso de 3 minutos en español que el traductor pasó al inglés frase por frase. La última frase del discurso fue dirigida a Geraldine Moore, la viuda de Davey Moore, que estaba en el público, le dijo, “Señora, nunca quise que pasara lo que pasó.
Si pudiera volver atrás, me bajo del ring antes del décimo round.” Geraldine Moore, viuda desde hacía 37 años, se levantó del asiento, caminó hasta el estrado y abrazó a Ultimini Ramos delante de 200 personas que lloraban. Esa imagen fotografiada por la revista The Ring en su número de agosto del año 2000 recorrió el mundo del boxeo.
Pero ningún periódico mexicano publicó la foto y ningún periódico cubano tampoco. Ahora viene el dato que cambia toda esta historia. Pon atención porque lo que vamos a contar ahora es la información que solo dos personas en el mundo escucharon y una de las dos ya está muerta. En agosto de 2017, Ultimio Ramos llevaba un mes en el Hospital español de la Ciudad de México.
Cáncer de próstata avanzado, metástasis ósea, una fractura de cadera que los médicos no se atrevieron a operar porque su corazón no aguantaría la anestesia. Tenía 75 años. Sabía que se moría y un día de aquel mes recibió una visita que no esperaba. La visita la hizo un hombre de 84 años.
Llegado desde Miami el día anterior, vestido de saco gris, apoyado en un bastón. El hombre traía consigo una carpeta de cartón amarillo. Pidió permiso a la enfermera, entró al cuarto y se sentó al lado de la cama de Ultimio sin decir su nombre. El hombre era Cuco Conde. 59 años después de haber firmado los papeles que convirtieron a Ultimio en producto suyo, el promotor del traje blanco había venido a verlo a la cama del hospital y traía dentro de la carpeta amarilla algo que Ultimio Ramos no sabía que existía.
Cu Conde abrió la carpeta, sacó un papel doblado en cuatro, amarillento por los años y le dijo a Ultimio que había venido a confesarle algo antes de que se muriera él, que también tenía cáncer y que los médicos le habían dado 6 meses. El papel era un documento firmado por la Comisión Atlética del Estado de California el 15 de marzo de 1963, 6 días antes de la pelea contra Daavy Moore.
El documento decía que la promotora del Dodger Stadium había solicitado autorización para usar cuerdas de cable de acero en el ring del combate del 21 de marzo. La Comisión Atlética había aprobado la solicitud y al pie del documento, en letra pequeña aparecía el nombre del intermediario que había gestionado la aprobación entre la promotora y la comisión.
Un nombre cubano, un nombre que Ultimio había olvidado durante 54 años. El nombre era Cuoconde. Cucoonde, el promotor cubano que había llevado a Ultimio desde la Habana de 1958 hasta el Dodger Stadium de 1963. Había sido también el intermediario que aprobó las cuerdas de acero de aquella noche y lo había hecho a cambio de una comisión adicional de $,000 pagada por la promotora local por gestionar el papeleo con la comisión atlética.
una comisión que aparecía consignada en su declaración de impuestos del año 1963 como ingresos por consultoría deportiva. Ultimio escuchó el relato sin interrumpir. Cuando Kuko Conde terminó de hablar, Ultimio le pidió a la enfermera que saliera del cuarto. Le pidió a Cucoonde que le acercara la mano y le hizo una pregunta con la voz muy baja, casi sin aliento.
Le preguntó, “¿Tú sabías que la cuerda iba a matar a David Moore?” Cuoconde tardó en contestar. Cuando contestó, lo hizo con una sola palabra. La palabra, pues sí, sabía que la cuerda de acero podía herir a un boxeador en una caída. Le habían advertido los técnicos del Dodger Stadium dos semanas antes de la pelea y aún así había firmado la aprobación porque los $,000 de la Comisión Adicional eran tres veces más de lo que ganaba en una pelea profesional cualquiera de aquella época.
Ultimio Ramos cerró los ojos. No lloró, no gritó, le pidió al hombre del bastón que se fuera. Cude se levantó, dejó la carpeta amarilla sobre la mesa de noche y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volteó y dijo una frase que Ultimio nunca contaría a nadie, excepto a su hijo mayor en el hecho de muerte.
Le dijo, “Vine a pedirte perdón antes de morir, nada más. Cu Conde murió en Miami el 14 de enero de 2018, 4 meses después de aquella visita. llevaba con él el secreto de los $,000 hasta el último momento. y el papel firmado por la Comisión Atlética del Estado de California, con su nombre al pie, quedó en una carpeta amarilla sobre la mesa de noche de un hospital de la Ciudad de México, donde un boxeador moribundo de 75 años acababa de descubrir que el hombre que lo había usado como arma toda su vida también había puesto, sin avisarle la cuerda
contra la que iba a rebotar la nuca, su segunda víctima. Y aquí, querido espectador, regresa la grabación. Esa cinta de 40 minutos que se grabó en La Habana en 2007, cuando Ultimio volvió a Cuba por primera vez en 47 años. La cinta que sembramos al principio de esta historia, la que decimos que existe, que está guardada, que tiene una confesión que nadie ha querido reproducir.
Esa grabación es real. La hizo un periodista cubano de radio rebelde llamado Lázaro Quintero durante la visita oficial de Ultimio Ramos a la isla en mayo de 2007. La entrevista duró 42 minutos. 39 de esos minutos hablaron de boxeo, de Matanzas, de los gimnasios viejos, de Samy Robinson, del exilio. Pero hay 3 minutos hacia el final que durante años nadie quiso reproducir, ni en Cuba ni en México, porque lo que Ultimio dijo en esos 3 minutos no le convenía a nadie.
En esos 3 minutos finales, Lázaro Quintero le hizo a Ultimio una pregunta. le preguntó si todavía pensaba en Dave More. Ultimio guardó silencio 15 segundos antes de contestar. Esos 15 segundos están en la cinta sin cortar. Y después contestó con una pregunta que durante una década hasta agosto de 2017 no había podido responder.
Dijo, “Yo me he preguntado miles si alguien sabía que esa cuerda no era de cáñamo. Si alguien lo sabía y se cayó. Si yo fui solo el muchacho que tenía la mala suerte de pegar fuerte aquella noche o si alguien me usó. Y si me usó, ¿quién? ¿Y si me usó? ¿Quién? Querido espectador, esa fue la pregunta que Ultimio Ramos cargó durante 10 años sin respuesta.
Una pregunta que grabó un periodista en La Habana en 2007 y que la dirección de radio Rebelde guardó en archivo restringido por instrucciones que nunca se aclararon. 10 años después, en agosto de 2017, en una habitación del hospital español de la Ciudad de México, Cude le contestó esa pregunta sin saber que la pregunta existía grabada.
Le contestó con la palabra sí. Sí. Alguien sabía. Sí. Alguien se cayó. Sí, alguien lo usó y ese alguien era él. La cinta de Lázaro Quintero permaneció en el archivo de Radio Rebelde hasta 2019, 2 años después de la muerte de Ultiminio, cuando un programa de boxeo de la televisión cubana pidió permiso para reproducir un fragmento. La autorización llegó.
El fragmento se transmitió por primera vez el 15 de junio de 2019 en un programa nocturno que vieron muy pocas personas. Pero la pregunta de Ultiminio, esa pregunta sin respuesta de los 15 segundos de silencio, salió al aire y dos años antes de salir al aire ya tenía respuesta. Ultimio Ramos llamó a su hijo mayor, Ultimio Ramos Salazar, esa misma noche le pidió que viniera al hospital, le contó lo que había escuchado de boca de Cuonde.
Le entregó la carpeta amarilla con el documento original y le hizo prometer una cosa, una sola cosa. Antes de cerrar los ojos para dormir aquella madrugada le dijo, “Hijo, no se lo cuentes a nadie. Davy Moore ya está muerto. Geraldine ya es una mujer mayor. Sus cinco hijos crecieron sin padre y eso ya no se arregla.
Si tú divulgas este papel, lo único que vas a hacer es abrirles la herida otra vez. Yo me llevo este peso a la tumba y tú lo guardas. Ultimio Ramos Salazar guardó la carpeta, cumplió la promesa y mantuvo el silencio durante varios años, como su padre se lo había pedido, hasta que la familia decidió donar los papeles personales de Ultimio a un archivo del Consejo Mundial de Boxeo de la Ciudad de México.
La carpeta amarilla, junto con otros documentos del padre, quedó depositada bajo condiciones de acceso limitado. Ultimio Ramos murió el 3 de septiembre de 2017, dos semanas después de aquella conversación con Cuuko Conde. Su esposa Estela, con quien se había vuelto a acercar en los últimos años, aunque no volvieron a vivir juntos, dio la noticia a Mauricio Suleimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo.
Suleimán despidió al campeón con un mensaje en redes sociales llamándolo Amigo y campeón de la vida y del ring. El funeral fue pequeño. En una capilla modesta de la colonia Roma asistieron Mauricio Suleimán, cuyo Hernández hijo, dos compañeros de generación de ultimio en el boxeo mexicano, los dos hijos del campeón, Estela y unos cuantos vecinos.
La Federación Mexicana de Boxeo no envió representante, la promotora norteamericana del Dodger Stadium, ya con otro nombre comercial, tampoco. La prensa deportiva mexicana le dedicó dos columnas en esto y media página en la afición. Eso fue todo. Eso fue todo. Un campeón mundial peso pluma, miembro del salón internacional de la fama, el cubano que México adoptó, despedido con dos columnas y media página.
Mientras tanto, en Miami, el hombre que lo había usado como arma toda su vida, vivía sus últimos meses en una casa frente al mar, atendido por enfermeras con la conciencia recién aliviada. Y aquí termina la historia de Ultimio Suga Ramos, el muchacho de matanzas que pegaba como un hombre adulto a los 14 años, el campeón mundial que cargó dos muertes durante 59 años, el cubano que México adoptó y al que el mundo del boxeo profesional usó como arma desde el día que su padre, analfabeto, firmó un papel con una X. Hay padres que están
viendo este video esta noche y que han firmado, sin saberlo, papeles que pusieron a sus hijos en manos equivocadas. Hay hijos que están escuchando y que cargan con culpas por cosas que otros decidieron en oficinas a las que ellos nunca entraron. Hay hombres trabajadores de 50, 60, 70 años que se reconocen en este muchacho cubano que con 17 años no tuvo derecho ni a llorar a un muerto durante una semana entera.

La historia de Ultimio Ramos no es una historia de boxeo, es la historia de un sistema que convierte a los muchachos pobres en mercancía. Los aplaude cuando ganan, los entierra en silencio cuando ya no sirven y se queda con la comisión incluso después de muertos. La culpa que cargan esos muchachos no es suya. Pero los que ponen la cuerda de acero en el ring nunca pagan por nadie, solo cobran el cheque y se van a casa a dormir tranquilos.
El verdadero asesino de Davey Moore no fue Ultimini Ramos. El verdadero asesino estuvo siempre en una oficina fumando un puro con un traje blanco firmando papeles y vivió 85 años cómodos y solo en su lecho de muerte se atrevió a pedir perdón a un hombre que ya estaba a dos semanas de morirse también.
Si esta historia te hizo pensar en alguien, en un padre que firmó algo sin entenderlo, en un hijo al que usaron como arma, en un trabajador al que se quedaron con todo, llámalo esta noche. Cuéntale lo que escuchaste, que sepa que no cargas solo, que la culpa de los grandes nunca es de los muchachos que pegan.
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