Había una señal. El padre de Valentina la vio desde el primer día. Algo en ese joven no encajaba. La forma en que hablaba, la forma en que trataba a su hija, la forma en que se presentaba ante el mundo como alguien que no era. Omar Sejudo lo sabía. Y aún así la tragedia llegó, porque las advertencias de un padre no siempre llegan a tiempo cuando una joven de 16 años cree en la persona equivocada.
Lo que ocurrió el 28 de abril de 2026 en la colonia Nueva Santa María en Azcapotzalco no fue un crimen de oportunidad, fue una traición calculada construida pacientemente desde una mentira ejecutada con armas que previamente habían sido exhibidas en redes sociales como trofeos. Esta es la historia de la familia Sejudo Barrios y del joven que fingió ser alguien que nunca fue.
La familia Sejudo Barrios llevaba cerca de 5 años viviendo en el número 146 de la calle Guanábana. En la colonia Nueva Santa María en la alcaldía Azcapotzalco era una casa azul discreta como la familia que la habitaba. Los vecinos los describían como gente tranquila, sin problemas, sin conflictos conocidos.
Una pareja de 47 años con dos hijas adolescentes que estudiaban y que según quienes los conocían no generaban ningún tipo de alerta en el vecindario. El padre Omar Sejudo Nava era director comercial de la farmacéutica Genéricos Ralca, un hombre que se había construido con trabajo, que conocía el mundo de los negocios, que sabía leer a las personas.

La madre Alejandra Barrios Galván era el centro de la familia. Juntos habían criado a Valentina, su hija mayor de 16 años, y a Romina, la más pequeña de 12. Romina apenas había salido de la primaria, una niña en el sentido más estricto de la palabra. En el vecindario operaban además una farmacia, lo que vinculaba a la familia con el comercio local y les daba una presencia cotidiana en la colonia.
Eran conocidos, pero discretos. Nadie sospechaba que en esa casa azul de la calle Guanábana pudiera ocurrir algo que paralizaría a la Ciudad de México. Por días Valentina estudiaba en el Tecnológico de Monterrey, una de las universidades privadas más prestigiosas del país. Ahí, como en cualquier espacio académico, los jóvenes se conocen, comparten clases, forman vínculos.
Fue ahí donde Valentina conoció a Emiliano y fue ahí donde comenzó, sin que ella lo supiera, el engaño más cruel de su vida. Su nombre completo es Emiliano Villaseñor Barrera. Tenía 19 años al momento de los hechos, aunque algunas fuentes lo ubican con 20. Lo que todas coinciden en señalar es quién era en realidad y quién decía ser.
En sus redes sociales, Emiliano proyectaba una imagen muy específica. Se grababa a bordo de camionetas de lujo con armas largas entre las manos disparando al aire. publicaba imágenes de pistolas, presumía vínculos con el mundo del crimen organizado, se describía a sí mismo como narco, narcoordis de fondo, alcohol de marcas caras, el lenguaje visual del poder fácil.
Todo estaba ahí documentado, accesible para quien quisiera verlo. Pero en el Tec de Monterrey, ante Valentina, Emiliano no era ese personaje. Ante Valentina, Emiliano simulaba ser de una familia bien, como lo describió su propia tía. con voz rota días después frente a cuatro ataúdes blancos. Era el joven que sabía cómo presentarse, cómo hablar, cómo comportarse en ciertos contextos.
La doble vida no era un accidente, era una herramienta. Omar Sejudo lo vio. Desde el inicio de la relación, el padre se opuso. No era una oposición caprichosa ni una reacción exagerada de padre protector. Era una lectura fundamentada en el carácter violento que Emiliano exhibía cuando bajaba la guardia.
La tía de Valentina lo confirmó públicamente. El padre sabía que el joven era muy violento y por eso no aprobaba el noviazgo. Los padres de Valentina, Omar y Alejandra, se oponían a esa relación. Valentina, sin embargo, siguió adelante. Como cualquier joven que cree en la versión de la persona que ama, no es la versión que ven los demás.
Lo que Emiliano construyó durante ese tiempo no fue un noviazgo, fue un acceso, fue un mapa, fue una llave. De acuerdo con las investigaciones ministeriales, Emiliano habría sido contactado por una célula delictiva conocida como Los Julios de Atizapán, un grupo criminal con larga trayectoria en el Estado de México, especializado en la invasión de inmuebles, la extorsión y el narcomenudeo.
Según declaraciones atribuidas al propio Emiliano tras su detención, esa organización le habría prometido 40,000 pesos a cambio de un trabajo específico, entrar a la casa de Valentina y eliminar a su familia. Las autoridades capitalinas han puesto en duda esa versión sin descartarla del todo. Lo que sí está documentado es que el crimen fue planeado, que Emiliano conocía el interior de la vivienda y que el móvil combinaba el robo de bienes de valor con un posible intento de despojo del inmueble.
El narcomensaje encontrado en el cuerpo de Omar Sejudo con la firma de la Unión de Tepito y la leyenda por no pagar fue catalogado por las autoridades como un distractor deliberado para desviar la investigación. La tarde del 28 de abril de 2026, la familia Sejudo Barrios estaba reunida en su domicilio. Era una tarde ordinaria.
No había señales de alarma desde afuera. No había razón para sospechar lo que estaba a punto de ocurrir. Emiliano llegó acompañado de su hermano José María Villaseñor. Llegaron a la puerta del número 146 de la calle Guanábana y la puerta se abrió. No hubo forcejeo, no hubo chapas violentadas, no hubo señales de ingreso forzado, como lo confirmaron posteriormente los investigadores de la Secretaría de Seguridad Ciudadana.
Valentina, engañada, les permitió la entrada lo que ocurrió dentro de esa casa. Todavía pesa sobre quien lo escucha. Los cuatro integrantes de la familia Sejudo Barrios fueron ejecutados. Los resultados de la necropsia conocidos días después revelaron un dato que cambió el curso de la investigación. Las víctimas no murieron apuñaladas como se había informado inicialmente, sino por disparos en la cabeza.
Cuatro tiros, uno para cada integrante de la familia. Según el periodista Carlos Jiménez, los agresores habrían utilizado un silenciador para evitar que los vecinos escucharan los disparos. La familia murió en silencio dentro de su propia casa, sin que nadie en la calle lo supiera. Entre los objetos asegurados posteriormente se encontraron dos armas de fuego cortas, cargadores, cartuchos útiles, el silenciador, dos teléfonos celulares y 95 dosces de marihuana y cocaína en piedra, también ropa y calzado, joyas y artículos de valor que
habían sido tomados del interior del domicilio y dos cameametas de lujo pertenecientes a la familia, una GMC Yuk de Nali XS azul valuada en más de 2,150,000 y una BMO OBX6M60i con un precio de mercado superior a los 2,260,000. Más de 4,000ones de pesos en vehículos usados como vía de escape después del crimen.
En el cuerpo de Omar Sejudo, con un cuchillo clavado, las autoridades encontraron una cartulina con un mensaje. La firma apuntaba a la Unión de Tepito por no pagar, decía. Los investigadores determinaron rápidamente que ese mensaje era una pantalla, un intento de los agresores por confundir a las autoridades y hacer parecer el crimen como una represalia del crimen organizado de la capital, cuando en realidad el origen del ataque era otro.
Los vecinos, que habían descrito a la familia como tranquila, relataron después que durante la madrugada de ese martes habían escuchado gritos y una fuerte discusión desde el interior del domicilio. Nadie llamó. Nadie imaginó lo que estaba ocurriendo. Las cámaras de videovigilancia del sistema C2 poniente de la capital y del C5 del Estado de México registraron el movimiento de las camionetas robadas.
Una de ellas con placas del estado de Morelos fue captada sobre la avenida de los maestros en la colonia Francisco Villa en Tralnepanta de Bas con dirección a Atizapán de Zaragoza. La coordinación fue inmediata. La Secretaría de Seguridad Ciudadana Capitalina, encabezada por Pablo Vázquez Camacho, activó un operativo conjunto con las policías municipales de Atizapán de Zaragoza y la Fiscalía General de Justicia del Estado de México.
El primer grupo fue interceptado sobre la calzada de los jinetes en Atizapán. En la camioneta viajaban tres personas: María de Jesús Villaseñor, hermana de Emiliano, de 24 años. José María Villaseñor, hermano de Emiliano, de 21 años, y Francisco Javier, de 36 años. Al momento de su detención, las autoridades les aseguraron objetos de valor y prendas robadas de la casa de la familia Sejudo, así como dos armas de fuego cortas, cargadores y las 95 dosis de droga ya mencionadas.
Emiliano no estaba en ese vehículo. Había tomado la segunda camioneta, la BMW X6, con placas de San Luis Potosí, y se había dirigido hacia otro punto. Las cámaras lo siguieron. Lo ubicaron en el estacionamiento de un hotel en la colonia Lomas del Valle Escondido en la cabecera municipal de Ciudad López Mateos en Atizapán de Zaragoza.
Cuando los agentes llegaron al lugar y lo descubrieron, Emiliano abrió fuego. Disparó contra los elementos de la SC y de la policía municipal. Dos oficiales resultaron heridos. La respuesta fue contundente. Los agentes repelieron la agresión y Emiliano fue lesionado antes de ser puesto bajo custodia. Fue trasladado a un hospital donde quedó bajo resguardo policial.
Los cuatro detenidos quedaron a disposición de la Agencia del Ministerio Público de la Ciudad de México. Las investigaciones continúan para determinar si existen otros implicados, si el vínculo con los julios de Atizapán es real o fabricado y cuál fue el nivel exacto de planeación detrás del crimen. Lo que las autoridades sí han confirmado es que los cuatro forman parte de una célula delictiva dedicada al robo, al despojo de inmuebles y al naromenúdeo, con operaciones en el Estado de México y zonas limítrofes con la capital. El 1 de
mayo de 2026, cuatro carrozas blancas partieron desde un velatorio de la colonia Moctezuma, segunda sección, en la alcaldía Venustiano Carranza. Avanzaron por Circuito Interior y Ejército Nacional con decenas de personas siguiendo el cortejo en silencio. Al frente Omar, Alejandra, Valentina, Romina, cuatro ataúdes, cuatro vidas detenidas en la tarde del 28 de abril.
El destino era el parque Memorial Galloso en Naucalpán, Estado de México, donde los cuatro integrantes de la familia Sejudo Barrios fueron sepultados juntos. Bajo carpas con voces quebradas, los presentes vieron descender los féretros. amigos, compañeros de trabajo, vecinos, alumnos del Tec de Monterrey que habían conocido a Emiliano.
Fue ahí donde habló la tía de las víctimas, una mujer que subió al lugar del dolor y puso en palabras lo que muchos no podían articular. “Nunca esperé que este caso se fuera a dar en mi familia y menos con niñas”, dijo con la voz partida por el llanto y luego describió lo que había visto de Emiliano durante el tiempo que duró su relación con Valentina.
Mi sobrina Valentina tenía 16 años y él al parecer 19, pero era muy violento y su padre no aprobaba la relación. Simulaba ser de una familia bien. La tía fue más lejos. Dijo algo que resume la crueldad de lo ocurrido con una sola frase. Yo creo que si hubiera pedido algo, no hubiera habido necesidad de matarlas. Como si la alternativa existiera, como si hubiera otra salida que no fuera la violencia para alguien que había construido su vida en torno a ella.
La familia pidió justicia, agradeció la acción rápida de las autoridades y expresó también, con honestidad un miedo que no desaparece con las detenciones, el temor a represalias. Manifestamos también nuestro temor a represalias y garantizar la situación de nuestra familia, declaró la tía. Porque en este país pedir justicia también tiene un costo.
La comunidad del Tec de Monterrey reaccionó con conmoción. Compañeros de Valentina difundieron mensajes en redes sociales. El crimen generó una conversación más amplia sobre los riesgos que enfrentan los jóvenes cuando la violencia se disfraza de normalidad. Cuando alguien que porta armas y presume vínculos criminales en internet logra presentarse como un chico bien ante la persona equivocada.

Omar Sejudo lo supo, lo dijo, se opuso y no fue suficiente. Eso es quizás lo más difícil de procesar en este caso, que las señales estaban ahí, que el padre tenía razón, que la violencia que Emiliano exhibía sin pudor en redes sociales, las armas largas, los disparos al aire, los narcocorridos, las camionetas, era exactamente lo que era.
y que de nada sirvió. Emiliano Villaseñor Barrera hoy se encuentra detenido, hospitalizado bajo custodia policial, enfrentando cargos por el asesinato de cuatro personas, entre ellas su propia novia y una niña de 12 años que apenas comenzaba a vivir. Las investigaciones siguen su curso. La Fiscalía de la Ciudad de México trabaja para determinar el nivel de planeación, los vínculos con el crimen organizado y la participación de cada uno de los cuatro detenidos.
La casa azul de la calle Guanábana en la colonia Nueva Santa María permanece cerrada. Los vecinos que describían a esa familia como tranquila y sin problemas siguen procesando lo que ocurrió. Una vecina al enterarse de la edad de Romina dijo lo que todos pensaban. Dicen que una tenía 12 años, era una niña apenas saliendo de la primaria. Es algo terrible.
Es algo terrible y lo mínimo que se puede hacer desde aquí es no olvidarlo.
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