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Sara García La abuelita de México odiaba a los niños: lo que sus empleadas revelaron

Imagina la escena. Es 1977. En una casa tranquila y ordenada de la colonia del Valle, en la ciudad de México, un niño de unos 8 años entra nervioso a una sala llena de cámaras, luces artificiales y adultos que hablan muy rápido entre sí. El niño se llama Alex Ctech. No es famoso todavía. Es solo un niño al que le han dicho que va a grabar un comercial de televisión.

el del chocolate abuelita y que la protagonista del comercial va a ser ella, la abuelita más famosa de México. El rostro que millones de familias mexicanas asocian con el calor del hogar, con el olor de la cocina en domingo, con el amor más puro y más seguro que existe en el mundo. El niño entra a la sala, la ve sentada en una silla rodeada de su equipo con la autoridad silenciosa de quien lleva décadas siendo la persona más importante de cualquier cuarto en que entra.

Y lo primero que nota el niño, lo que le queda grabado antes que cualquier otra cosa, es que ella no sonríe como sonríe en la televisión. No hay en su mirada la calidez que el país entero conoce. Hay otra cosa, algo que ese niño no puede nombrar todavía porque tiene 8 años y no tiene las palabras para describirlo con precisión, pero que va a recordar durante el resto de su vida con una nitidez que no se borra.

Y entonces sucede algo que nadie en esa sala espera. Una segunda mujer mayor, la que vive en esa casa con Sara García y que siempre está cerca de ella, se acerca con paso tranquilo, con la naturalidad absoluta de quien lleva décadas haciendo exactamente lo mismo cada mañana. y le da un beso en la boca a la actriz frente a todos, sin bajar la voz, sin pedir permiso, con la calma y la certeza de quien no está ocultando nada, o quizás de quien hace mucho decidió que dentro de esa casa las reglas del mundo de afuera no aplican.

El niño Stec no entiende qué está viendo. Pregunta y alguien a su lado, en voz baja, muy baja, con el tono de quien explica algo que todos saben pero nadie dice, le explica que esas dos mujeres comparten una vida juntas, que esa es su casa, que esa es su familia. El niño asiente, no dice más, pero tampoco olvida. Ese niño creció.

Se convirtió en Alex Ctec, uno de los cantantes más importantes de la música pop en español de los últimos 30 años. Y décadas después, en 2024 y en 2025, cuando por fin habló de ese recuerdo en entrevistas públicas, algo en la conversación sobre Sara García cambió para siempre, porque lo que Stec describía era la confirmación de algo que muchos intuían, que algunos sabían con certeza y que nadie se había atrevido a decir en voz alta durante todos esos años.

Que la mujer, que el mundo entero llamó abuelita de México, que el símbolo más puro de la ternura y la familia y los valores más tradicionales de toda la cultura latinoamericana del siglo XX. Si te gusta este contenido, suscríbete para no perderte ninguna historia oculta. Había vivido durante más de seis décadas dentro de una mentira construida con una precisión casi quirúrgica.

una mentira que la industria del cine mexicano necesitaba para funcionar. Una mentira que la sociedad de esa época exigía sin pedirla explícitamente como condición para entregarle a alguien un lugar en el imaginario colectivo de una nación. Y una mentira que Sara García pagó en silencio y con una dureza que muy pocos vieron de cerca y que aún menos se atrevieron a describir con honestidad hasta el último día de su vida.

Guarda ese nombre, Alex Ctec. Lo necesitarás para entender exactamente lo que viene. Hoy vas a conocer cuatro cosas que casi nadie se ha atrevido a contar sobre Sara García. La primera tiene que ver con el origen real de ese carácter que tantos describieron como fuerte y que en realidad era algo más oscuro y más complejo que eso.

con la mujer que existía detrás de la abuelita cuando las cámaras se apagaban con los vetos silenciosos, con las humillaciones que infligió a quienes dependían de ella y con la violencia invisible con que gobernaba su entorno profesional y doméstico durante décadas. La segunda es el secreto que comparte con Rosario González Cuenca, la mujer que la prensa llamó asistente durante 60 años y que en realidad era algo que en el México de aquella época simplemente no podía ser nombrado en público sin destruir una carrera, una imagen y

posiblemente una vida entera. La tercera es la revelación que más duele, la historia de su hija María Fernanda. De la muerte que llegó dos veces a la vida de Sara García con el signo de Signop, mismo nombre y el mismo mecanismo cruel y del dolor que ella no procesó porque no podía y que convirtió en trabajo porque era la única forma que conocía de sobrevivir, lo que no tiene reparación posible.

Y la cuarta es lo que quedó después de todo lo demás. El testamento que en un solo documento lo dijo todo sin decir nada. La herencia que borró 60 años de mentira pública en unas pocas líneas notariales y la imagen que Nestle sigue usando hoy en millones de empaques de chocolate sin que nadie en el supermercado sepa lo que esa cara realmente escondió durante toda una vida.

Si abandonas este video antes del final, te perderás la historia de cómo la mujer que el mundo entero llamó abuelita de México, murió siendo, en el sentido más profundo y más doloroso de esa palabra, completamente sola. Avisaré cuando lleguemos a cada una de las cuatro revelaciones. Quédate. Sara Rita de la Luz.

García nació el 3 de septiembre de 1892. El lugar exacto de su nacimiento es ya en sí mismo una metáfora de toda su vida. No nació en tierra firme, nació en tránsito, en un barco que llevaba a sus padres españoles desde Cuba hacia las costas de Veracruz, navegando entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno, con el mar abierto en todas direcciones y sin destino todavía seguro.

Sus padres eran Isidoro García Ruiz, Oriundo de Córdoba, Andalucía, y Felipa Hidalgo Rodríguez, también andaluza. eran inmigrantes, eran extranjeros en un país que en 1892 todavía estaba definiendo su propio carácter después de décadas de guerra civil, invasiones y convulsiones políticas que no terminaban. Y eran, por encima de todo lo demás sobrevivientes de una tragedia familiar que muy pocas parejas en el mundo habrían podido resistir sin quebrarse del todo.

Sara fue su undécima hija. Los 10 anteriores habían muerto todos, uno por uno, antes de poder hablar, antes de poder caminar, antes de poder tener siquiera un recuerdo propio de su existencia. 10 hijos enterrados antes de que llegara a la 11a nacer en ese contexto, ser la única que sobrevivió donde 10 no habían podido, ya era una forma de llegar al mundo cargando algo que no tiene nombre exacto en ningún idioma, pero que se instala en el cuerpo desde antes de que el cuerpo sepa lo que es el lenguaje.

No era culpa, no era deuda, era algo más profundo y más oscuro. Era la conciencia de ocupar un espacio que debía haber sido de otros o de muchos otros. Y de que la vida que te tocó es de una manera que nunca podrás del todo articular, prestada. El tiempo que el destino le concedió a la familia no duró lo suficiente.

En 1900, cuando Sara tenía apenas 8 años, se contagió de Tifus Murino, una enfermedad transmitida por las pulgas de las ratas, que en el México de principios del siglo XX era común en los vecindarios pobres, donde los inmigrantes sin recursos construían su vida a partir de casi nada. Sara enfermó y entonces el tifus se lo transmitió a su madre, Felipa, la madre que la había traído al mundo en ese barco entre Cuba y Veracruz.

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