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ROBERTO OSUNA : EL OSCURO SECRETO QUE ESCONDIÓ DURANTE 8 AÑOS

le pegó a la madre de su hijo mientras el niño de 3 años dormía en el cuarto de al lado. El hombre era el orgullo del béisbol mexicano. Ganaba ,00ones dólar al año y esa madrugada del 8 de mayo de 2018 la tiro por las escaleras. Quédate. Vas a saber de la forma tan asquerosa que cerraron el caso y por qué ella nunca regresó a declarar.

Pero antes de llegar a esa madrugada en Toronto, hay algo que tienes que entender, porque lo que pasó en ese departamento no empezó ahí, empezó casi dos décadas antes en un pueblo de Sinaloa llamado Juan José Ríos, donde un niño de 11 años dejó la escuela para recoger tomates en los campos de cultivo y donde aprendió desde chamaco que en su casa el trabajo se hacía sin quejarse y el dinero no alcanzaba para todos.

El niño se llamaba Roberto Osuna Quintero. Le decían el chufito. Nació el 7 de febrero de 1995 en Juan José Ríos, municipio de Guasabe, Sinaloa. Un pueblo agrícola de poco más de 20,000 habitantes, rodeado de tierras sembradas de tomate, chile y frijol, calles sin pavimentar, calor de 42 gr en verano y una casa de concreto a medias con techo de lámina, donde vivían los padres, los dos hermanos y él.

El padre se llamaba Roberto Osuna viuda, pitcher profesional en la Liga Mexicana de Béisbol durante 18 años. un hombre alto, delgado, callado, que pasaba más tiempo viajando con su equipo que en casa y que cuando regresaba llegaba cansado, comía en silencio y se iba a dormir. La madre sostenía la casa sola la mayor parte del año.

Lavaba ajeno, cocinaba para los trabajadores del campo y criaba a los muchachos con mano firme, pero sin tiempo para darles cariño, no porque no lo quisiera, porque el día no le alcanzaba. El chufito aprendió dos cosas desde muy chico, que cuando el padre estaba en casa había que tener cuidado con no molestarlo y que el béisbol era la única forma de sacar a losuna del pueblo.

Su padre lo puso a lanzar a los 5 años en el patio trasero contra una pared pintada con un cuadro blanco que hacía de Strike Zone. Le regaló un bate de madera a los siete. Un bate usado con el mango pelado. Ese bate que el niño guardó durante años como un tesoro todavía existe. Está en la casa de un primo en Wasabe.

Y vamos a volver a ese bate mucho más adelante en esta historia. Pero lo que ese niño no sabía a los 7 años mientras pintaba strikes en la pared con su padre es que el béisbol no solo le iba a dar millones de dólares, también le iban a enseñar algo terrible, que en esa casa al hombre no se le pone límite nunca.

El padre tenía un hermano menor, Antonio Osuna, Piter, y en 1995, el mismo año en que nació el Chufito, Antonio Osuna firmó con los Dodgers de Los Ángeles. Se convirtió en el mexicano número 61 en la historia de las Grandes Ligas. Jugó 11 temporadas en Estados Unidos con Dodgers, medias blancas, Yankees, padres y nacionales.

Ganó millones de dólares que la familia del pueblo jamás había visto. Pero el tío Antonio casi nunca regresaba a Juan José Ríos. Vivía en Estados Unidos, se había casado allá, tenía otros problemas. Mandaba dinero cuando se acordaba. Llamaba por teléfono dos veces al año y cuando el Chufito tenía 9 años, en una visita corta a Sinaloa, Antonio lo vio lanzar una pelota por primera vez en un entrenamiento de escuela.

Lo vio 3 minutos y al salir le dijo al padre una frase que el muchacho nunca olvidó. Le dijo, “Este va a llegar más alto que nosotros dos juntos.” El chufito tenía 9 años. Acababa de recibir en boca de su tío Grandeligas la primera sentencia de su vida, cifra que cambia todo. Cuando el Chufito tenía 11 años, dejó la escuela, no por rebeldía, por necesidad.

La familia no tenía para seguir pagándole los útiles y él mismo tomó la decisión. Se fue a recoger tomates a los campos de Juan José Ríos. Ganaba 80 pesos mexicanos por jornada de 10 horas bajo el sol. menos de $5 al día a los 11 años. De 6 de la mañana a 4 de la tarde, el niño que años después iba a cobrar ,000 dólares por una sola temporada en las grandes ligas, se metía entre los surcos con guantes de tela en las manos para cortar tomate al por mayor.

Llenaba cajas, las apilaba, le pesaban más que él. Y al atardecer, cuando los demás trabajadores se iban a sus casas a descansar, el chufito se iba directo al campo de béisbol del pueblo con el uniforme sucio de tierra, con los brazos pinchados por las hojas y con la lógica muy clara en la cabeza, o el béisbol lo sacaba de ahí o iba a recoger tomate el resto de su vida.

A los 14 años ya lanzaba a 90 millas por hora. A los 15, los Diablos Rojos de México, equipo histórico de la Liga Mexicana de Béisbol, lo firmaron. Se convirtió en el lanzador profesional más joven del circuito. Debutó el 20 de mayo de 2011 con 15 años y 3 meses en el estadio Frainano de la Ciudad de México. Lanzó una entrada completa, no permitió carrera.

La gente en las tribunas aplaudió al chamaco de Sinaloa, pero los que realmente estaban mirando eran otros. Estaban en un palco del segundo piso, hablaban inglés, tomaban notas en una laptop. Y esa noche, cuando el chufito salió del estadio, su vida ya estaba a punto de cambiar para siempre. Porque lo que esos scouts canadienses iban a firmar con los padres del chufito pocas semanas después fue una cifra que ningún muchacho de Juan José Ríos había visto nunca.

Dó para un chamaco de 16 años que hasta hacía 5 años cobraba 80 pesos al día por cortar tomate. Y esa cifra, ese contrato firmado demasiado pronto, fue el principio silencioso de todo lo que vino después. Porque cuando un chamaco pobre pasa de ganar $ al día a firmar un contrato de 1,illón y medio en menos de 6 años, algo se rompe por dentro, ¿no? El talento, el talento se queda.

Lo que se rompe es la medida. La capacidad de entender lo que vale una cosa, lo que vale un no, lo que vale una frontera, eso es lo que se rompe. Y en la cabeza del chufito esa pieza nunca se volvió a armar del todo. El 3 de agosto de 2011, los azulejos de Toronto firmaron oficialmente al chamaco un millón y medio de dólares de bono, un contrato de ligas menores con proyección a grandes ligas. Los padres firmaron.

El chufito firmó. Nadie en esa sala ni en el pueblo entero, tenía un abogado propio de ese muchacho de 16 años. Los azulejos mandaron sus papeles. Los Ozuna dijeron que sí y el Chufito se despidió de Juan José Ríos en una tarde calurosa con una maleta chica, un bate envuelto en tela y su madre llorando en la puerta.

Lo mandaron a Bluefield, una ciudad chica del estado de Virginia, Estados Unidos. Ahí jugaban los azulejos de ligas rookis. El chufito llegó sin hablar una palabra de inglés, sin conocer a nadie, sin el tío Antonio cerca para orientarlo. Lo metieron en un hotel de carretera con otros latinos de República Dominicana y Venezuela y le dijeron que al día siguiente se reportara al estadio a las 7:30 de la mañana.

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