Dos campeonatos mundiales, m000000es dólares. El boxeador más odiado de México en los últimos 20 años. Y ese mismo hombre, tirado en una calle de Managua con las costillas rotas, demente, sin dinero en el bolsillo y sin reconocer a su propia madre. La versión que el público mexicano conoce del matador es la versión limpia, la de un boxeador que cayó por las drogas.
Hoy vas a saber la oscura realidad, la que sus propios hermanos ocultaron durante 10 años. Es mucho más asquerosa que la que contaron. Quédate hasta el final porque hoy vas a saber qué hicieron sus dos hermanos mayores con los 8 millones de dólares que él ganó en el ring, quien le metió el crack por primera vez en una noche de Las Vegas.
¿Y por qué su propia madre Miriam en agosto del 2020 no quiso abrirle la puerta de su casa en el barrio Laureles del Sur? Su nombre es Ricardo Antonio Mayorga Pérez. El mundo lo conoció como el matador. Y para entender cómo lo destruyeron, antes tienes que ver de dónde vino. Ricardo Antonio Mayorga Pérez nació el 10 de marzo de 1973 [música] en la ciudad de Granada, Nicaragua, una ciudad colonial al este de Managua, a orillas del lago Cosibolca.
Lo recibió una partera del barrio Adelita, [música] en una casa pequeña ubicada a 20 varas al sur de las tres cruces. La casa no era de la familia, la rentaban. [música] Y a los pocos meses de haber nacido el más pequeño de los Mayorga Pérez, los padres iban a perderla por una deuda que no podían pagar. El papá se llamaba Eddie Mallorga. Tenía 31 años.
Trabajaba como taxista en Granada, manejando un viejo Datsun azul que había comprado a plazos. La mamá se llamaba Miriam Pérez. Tenía 29 años. Hacía pasteles que vendía en las calles del centro de Granada, cargándolos en una bandeja grande sobre la cabeza. 3 pesos cada pastel. Y a los tres hijos mayores, Jaime, Carlos [música] y una hermana, los había aprendido a criar entre el horno de pasteles y los recados de la calle.
Y lo que esa familia mayorga Pérez todavía no sabía esa madrugada del 10 de marzo de 1973, mientras Miriam cargaba al recién nacido contra el pecho. Era que tres meses antes Nicaragua había vivido la tragedia más grande de su historia. [música] Una tragedia que iba a obligar a la familia entera a salir corriendo de Granada y a empezar de nuevo en otra ciudad.

La tragedia había ocurrido el 23 de diciembre de 1972 a las 12:29 de la madrugada. Un terremoto de magnitud [música] 6.2 había sacudido la capital Managua, durante 30 segundos. 30 segundos que mataron a más de 10,000 personas y miles de familias nicaragüenses que habían perdido sus casas en el centro terminaron empujadas hacia los barrios marginales del sur de la capital.
Entre esos miles de familias, tres meses después del terremoto, [música] llegaron los mayorga Pérez. Habían perdido la casa de Granada por la deuda. [música] Eddie había vendido el dsun azul para pagar parte de la deuda y con lo que les [música] quedó. Alquilaron una casa de piso de tierra en un barrio nuevo que se llamaba Laureles del Sur, al sur de Managua, calles de tierra sin agua potable, sin alcantarillado y con casas levantadas con láminas de zinc y madera reciclada.
[música] Aquí, en una de esas casas de piso de tierra del barrio Laureles del Sur, el pequeño Ricardo Mallorga, [música] de apenas 3 meses de edad, iba a empezar a vivir la vida que iba a marcarlo durante los siguientes 47 años. Una vida marcada por dos cosas. La primera, los golpes que su padre Eddie le daba cada viernes a su madre Miriam.
La segunda, la sombra de un hermano mayor que iba [música] a ser al mismo tiempo su salvador y su perdición. Ese hermano mayor se llamaba Jaime Mayorga. Tenía 11 años cuando nació Ricardo. Era el mayor de los hijos varones de la familia y desde los 12 años, según contaría después a la revista nicaragüense La Prensa, en una entrevista del año 1998, Jaime se había convertido en el segundo padre del pequeño Ricardo, porque Eddie, el padre [música] real, después de mudarse a Managua sin trabajo, había caído en una depresión silenciosa
durante el día. manejaba taxis prestados durante 12 horas, llegaba a la casa a las 11 de la noche, cenaba sin hablar y se dormía sin jugar con ninguno de los hijos. Pero los viernes, según contaría Miriam al periodista Lester Sandoval del diario [música] La Prensa, Nicaragua, en agosto del 2020, Eddie era otro hombre.
Llegaba a la casa con seis o siete cervezas Toña dentro del cuerpo. Y desde el año 1975, cuando Ricardo apenas tenía 2 años, empezó a hacer algo cada viernes que iba a durar 15 [música] años seguidos. Lo que el papá Eddy Mallorga empezó a hacer cada viernes por la noche en la cocina de la casa de Laureles del Sur lo vamos a ver más adelante.
Por ahora solo guarda esa imagen porque 40 años después Ricardo Mallorga iba a hacer exactamente lo mismo en habitaciones de hotel de Las Vegas. A los 8 años de edad, Ricardo ya ayudaba a su mamá Miriam a vender pasteles en las calles del barrio. Salía con ella a las 5 de la mañana. Cargaba una bandeja chiquita sobre la cabeza con [música] cinco o seis pasteles.
Caminaba por las calles de tierra del barrio Carlos Fonseca [música] Amador y cada pastel que vendía le daba a Miriam 2 pesos. Ella le dejaba un peso de ganancia. La escuela primaria a la que asistió fue la escuela pública Miguel Bonilla Ovando, un edificio chico con paredes de bloque sin pintar y patio de tierra.
[música] El niño Ricardo no era un alumno destacado, sacaba calificaciones promedio, era callado y se metía en peleas con otros niños del barrio casi todas [música] las semanas. Peleas en las que él, a pesar de ser el más pequeño de su grupo, siempre terminaba ganando. [música] A los 9 años, Ricardo Mayorga ganó una pelea callejera contra un niño 3 años mayor que él en el patio de la escuela.
Miguel Bonilla [música] lo dejó sangrando del labio. La directora mandó llamar a Miriam y [música] a Eddie. Y lo que ocurrió esa tarde en la casa de Laureles del Sur fue la primera vez que el hermano mayor Jaime tomó una decisión que iba a cambiar la vida de Ricardo [música] para siempre. Cuando Miriam llegó a la casa esa tarde con el reporte de la [música] directora, Eddie estaba en la mesa de la cocina tomando cerveza Toña [música] Fría.
leyó el reporte y le dijo a Ricardo que esa noche le iban a poner una paliza con el cinturón. [música] Ricardo, con 9 años, sentado en el rincón de la cocina, escuchó la sentencia sin llorar. [música] Esa misma noche, antes de la cena, Jaime Mayorga, que tenía 20 años, entró a la cocina, habló en voz baja con el padre Eddie durante varios minutos [música] y al final le hizo una propuesta.
le dijo que en lugar de pegarle al pequeño Ricardo, lo dejara llevarlo al gimnasio de boxeo del barrio el sábado siguiente, que él, Jaime, ya boxeaba en ese gimnasio desde los 16 años y que si Ricardo tenía talento [música] podía sacarlo de la pobreza en cinco o 6 años. Esa frase que Jaime le dijo al padre Eddie esa noche fue la frase que decidió todo lo que vino después, [música] la fama, los 8 millones de dólares, las peleas con de la olla y trinidad y también, sin que ninguno [música] de los dos lo supiera, la destrucción completa
del pequeño Ricardo 40 años más tarde. Eddie aceptó. El sábado siguiente, Jaime llevó al pequeño Ricardo al gimnasio del barrio Carlos Fonseca Amador, un gimnasio improvisado en el porche de una casa, propiedad de un exboxeador llamado Lorenzo Tigre Rugama. Tigre Rugama miró al pequeño Ricardo, le pidió que diera un golpe al saco.
Ricardo con la mano derecha [música] dio un golpe que hizo que el saco se moviera a 3 cm. Rugama sonrió. le dijo a Jaime que el chamaco [música] tenía mano. Esa tarde, en el porche del tigre Rugama, el pequeño Ricardo Mayorga Pérez dio el primer golpe que iba a llevarlo 18 años después a noquear a Tito Trinidad delante del [música] mundo entero.
Durante los siguientes 6 años, Ricardo entrenó boxeo todas las tardes en el gimnasio del Tigre Rugama. A los 13 años, en 1986, ganó el Campeonato [música] Nacional Juvenil de Nicaragua. A los 15 años entró al programa de boxeo del Ejército Popular [música] Sandinista. Ahí conoció a un compañero que iba a ser durante toda su vida adulta la única [música] persona que nunca lo iba a abandonar.
Rosendo Álvarez, boxeador disciplinado, iba a entrenar a las 4 de la mañana. No tomaba alcohol. Los dos, a pesar de tener estilos [música] opuestos dentro del ring, se hicieron amigos íntimos desde el primer día, una amistad que iba a durar 32 [música] años. A los 20 años, en 1993, Ricardo dejó el equipo amateur.
Firmó un primer contrato [música] con un promotor costarricense llamado Efraín Vega Durán. El 29 de agosto de 1993 en San [música] José, Costa Rica, perdió por knockout técnico en el tercer asalto. Trabajaba de noche en un bar para mantenerse. Durante los siguientes 6 años peleó como profesional en Costa Rica, Nicaragua y Panamá.
[música] Cobraba $500 por pelea como máximo. Vivía en una pensión con tres compañeros boxeadores y los fines de semana manejaba un taxi prestado para ganar dinero extra, hasta que en el año 2000 una llamada telefónica desde Estados Unidos lo cambió todo. La llamada venía de uno de los promotores [música] más poderosos del boxeo mundial, Don King.
Don King había recibido una grabación en BHS con tres peleas de Mallorga en Centroamérica. Después de verla 20 minutos, llamó a su oficina de Las Vegas y dijo que el nicaragüense Mallorga era el [música] próximo Roberto Durán. A finales del año 2000 mandó un boleto de avión a San José a nombre de Ricardo Antonio Mayorga Pérez.
Ricardo llegó al aeropuerto Macarran [música] de Las Vegas con una mochila chica, dos pantalones de boxeo y $100 en el bolsillo. Nunca había salido de Centroamérica, no sabía inglés. El 21 de julio del año 2001 en el Madison Square Garden de Nueva York, Mallorga peleó contra el Guyanés Andrew, Seis Cabezas, Lewis, [música] por el título welter de la Asociación Mundial de Boxeo.
Empate [música] técnico, revancha pactada para el 30 de marzo del 2002. Esa noche, Ricardo noqueó al Guyanés [música] en el quinto asalto, décimo nicaragüense en ganar un campeonato mundial. Primer cheque grande, $250,000. [música] Cuando regresó a Managua, lo recibieron en el aeropuerto Augusto César Sandino con una caravana de 4,000 personas.
Le entregó el cheque a su mamá Miriam [música] esa misma noche en Laureles del Sur. Miriam lo recibió sin saber leer en inglés y según contaría años después al periódico confidencial le preguntó a su hijo si eso era de verdad dinero o si era un papel cualquiera. $250,000 la primera bolsa. Lo que vino después entre 2002 y 2006 fue una explosión de dinero que ningún boxeador nicaragüense había vivido antes, pero también fue el inicio de la traición más grande que sus propios hermanos iban a cometer contra él. Enero del 2003 en Atlantic City,
Mallorga noqueó en tres asaltos a Vernon Forest, campeón unificado welter del Consejo Mundial de [música] Boxeo. Forest llegaba invicto. Bolsa. $00,000. Julio del 2003 ganó la revancha. Bolsa 1,100,000. [música] Octubre del 2004 perdió por knockout técnico contra el puertorriqueño Félix Tito Trinidad. Bolsa 1,000.
[música] Y el 6 de mayo del 2006 llegó la pelea más importante de toda su carrera. El 6 de mayo del 2006, [música] en el MGM Grand Garden Arena de Las Vegas, Ricardo Mallorga subió al ring contra Óscar de la Ol, el Golden Boy, el ídolo mexicano [música] americano. Y lo que pasó en las semanas previas marcó para siempre la imagen pública del matador en toda Latinoamérica.
Mallorga insultó al Golden Boy de todas las formas posibles delante de las cámaras de televisión. le dijo en una rueda de prensa que de la olla era una niña con cara bonita le dijo en una conferencia transmitida por HBO frases que el público mexicano nunca olvidó. De la olla no respondió, pero esa noche del 6 de mayo en el ring del MGM Grand lo noqueó en el sexto asalto con un gancho al hígado.
Mallorga perdió la pelea, pero ganó la bolsa más grande de su carrera. $2,500,000 y la cifra final de su carrera antes del retiro definitivo en abril del 2019 llegó a los ,000es dólar. Un patrimonio inimaginable para un boxeador de un barrio pobre de Managua. Pero esos 8 millones de dólares que el público mexicano dio por sentado que estaban en una cuenta de banco a nombre de Ricardo Mallorga, en [música] realidad nunca llegaron a las manos del matador, porque alguien mucho antes de la pelea con de la Olaya ya había firmado en secreto los
papeles para hacerlos desaparecer. Para entender lo que pasó con los 8 millones de dólares de Mallorga, hay que regresar a marzo del año 2003. Una semana después de la primera pelea con Bernon Forest, una semana después de que el matador cobrara su primera bolsa de siete cifras y una semana después de que llegara con $00,000 depositados en una cuenta nueva del Banco Wells Fargo de Las Vegas.
Esa semana los dos hermanos mayores de Ricardo, Jaime Mayorga y Carlos Mayorga lo recibieron en el aeropuerto Augusto César Sandino de Managua con una propuesta. Le dijeron que él no podía estar manejando solo tanto dinero, que él no sabía leer documentos en español formal, que ellos, como sus hermanos mayores, debían ayudarlo a administrar la fortuna.
Ricardo, según contaría años después al diario confidencial, no dudó. Confiaba en ellos. Eran familia. Eran los mismos hermanos que habían crecido con él en la casa de piso de tierra de Laureles del Sur. Lo que ninguno de los tres podía imaginar esa tarde de marzo del 2003 mientras subían al taxi del aeropuerto rumbo al barrio Bolonia de Managua, era que los siguientes 12 años iban a ser exactamente la operación de robo más grande de la historia del boxeo nicaragüense.
Esta misma tarde, los dos hermanos llevaron a Ricardo a una notaría del barrio Bolonia, una notaría pequeña en un segundo piso de una casa colonial atendida por un notario llamado Marvin Solorzano. Le pusieron tres documentos al frente. [música] Documentos largos escritos en español jurídico formal con cláusulas en letra chica y le pidieron que firmara los tres.
Ricardo, según contaría años después, le preguntó al notario qué eran esos documentos. [música] Marvin Solorzano le contestó que eran simples poderes de administración, que solo le iban a permitir a sus hermanos firmar cheques en su nombre mientras él estuviera peleando en Estados Unidos, que era un trámite de rutina que hacían todos los deportistas profesionales.
Le explicó que su tío, que vivía en San Salvador, también había firmado los mismos cuando era profesional. Le dijo que no se preocupara, que era cuestión de 5 minutos. Y Ricardo, sin leer una sola línea, [música] firmó los tres documentos. Jaime, después de la firma le ofreció ir a comer a un restaurante del barrio Bolonia.
Le dijo que ya eran un equipo, que de ahora en adelante todo iba a funcionar como una empresa familiar, que él se iba a encargar de todo en Managua. Mientras Ricardo peleaba en Las Vegas, Carlos sacó del bolsillo una libreta cuadriculada y empezó a anotar cifras imaginarias. Ricardo esa tarde salió de la notaría feliz.
Pensaba que sus dos hermanos lo iban a hacer millonario. Pensaba que la casa de piso de tierra de Laureles del Sur quedaba atrás para siempre y le dio un abrazo a cada uno de sus hermanos en la calle de la salida. Esa misma noche, en una cena familiar en la casa de Laureles del Sur, Miriam le preguntó a Ricardo si había firmado algún papel ese día.
Él le contestó que sí, que había firmado tres documentos en una notaría. Miriam, que tampoco sabía leer documentos legales, sonrió y le sirvió otro plato de arroz con pollo. Esas tres firmas que Ricardo Mayorga puso esa tarde de marzo del 2003 en la notaría del barrio Bolonia fueron las firmas que sus dos hermanos iban a usar durante los siguientes 12 años para hacer desaparecer 7,463,000 [música] de sus cuentas bancarias en Estados [música] Unidos.
Lo que esos tres documentos firmados en la notaría del barrio Bolonia decían en realidad, según la investigación que el portal nicaragüense Divergentes publicó en marzo del 2022, [música] eran tres poderes notariales absolutos, no de administración absolutos. Esos tres poderes le permitían a Jaime Mayorga y a Carlos Mayorga retirar dinero de las cuentas bancarias de Ricardo en Estados Unidos sin pedirle permiso, comprar y vender propiedades a su nombre, firmar contratos comerciales por él y mover dinero a cuentas internacionales sin avisarle. Durante
los siguientes 12 años, según los registros que Divergentes publicó, los dos hermanos retiraron exactamente 7,463,000 de las cuentas de Ricardo en bancos de Las Vegas [música] y Miami. 74 transferencias documentadas, cada una entre 50,000 y 300,000. Todas firmadas con los poderes del 2003, todas transferidas a una empresa fantasma.
registrada en Panamá llamada Inversiones Mallorga, hermano, sociedad anónima, una empresa cuyos accionistas únicos eran Jaime Mayorga y Carlos Mayorga. Jaime Mayorga, según la misma investigación de divergentes, se compró con ese dinero tres casas en el barrio Carlos Fonseca Amador, una finca de 200 manzanas en la carretera a Granada, dos camionetas Toyota Hilux blancas, una pickup Ford 150 negra.
y una casa de playa en San Juan del Sur valuada en $400,000. Carlos Mayorga se compró un negocio de cambio de dólares en el mercado oriental, una flota real de 12 taxis Toyota Coroya, una casa de dos pisos en el barrio Las Brisas y depositó $,800,000 en una cuenta personal en Panamá. A Ricardo Mayorga, durante esos mismos 12 años, sus hermanos le entregaban entre 4,000 y $,000 al mes en efectivo en sobres de papel manila.
Le decían que era su mesada, le decían que el resto del dinero estaba invertido. Le decían que cuando se [música] retirara iba a tener 15,000ones esperándolo. Y Ricardo durante 12 años seguidos les creyó. El 1 de mayo del 2016, cuando finalmente llegó a la oficina del banco la Fise de Managua a pedir un extracto bancario de su [música] cuenta personal, descubrió la verdad.
Saldo total disponible, $31240. Esa es la primera verdad de esta historia, [música] que los 8 millones de dólares que Ricardo Mallorga ganó peleando con Forest, Trinidad, Vargas, Coto, Mosley y de La entre 2003 y el 2015 no terminaron en una cuenta a nombre del matador. Terminaron en propiedades, fincas, casas de playa y cuentas panameñas a nombre de Jaime y Carlos Mayorga, sus propios hermanos, los mismos que habían crecido con él en la [música] casa de piso de tierra de Laureles del Sur.
Los mismos que durante 12 años le hicieron creer que era millonario mientras vaciaban su cuenta cada semana en una notaría del barrio Bolonia. Ricardo, según contaría meses después al diario Confidencial, salió del banco La Fice esa mañana del 1 de mayo del 2016 sin poder hablar. Se subió a un taxi, le pidió al chóer que lo llevara al barrio Laureles del Sur y al llegar a la casa de su madre Miriam, en lugar de entrar, se quedó sentado en el porche durante 4 horas sin tocar la puerta, [música] pensando en lo que iba a hacer. Lo que Ricardo Mallorga decidió
hacer esa tarde del 1 de mayo del 2016 [música] después de descubrir que sus dos hermanos le habían robado 7 millones de dólares [música] durante 12 años fue exactamente lo opuesto a lo que cualquier persona habría hecho. [música] No denunció a sus hermanos, no fue a la policía, no contrató un abogado, hizo algo peor, algo que está documentado en un expediente [música] sellado del tribunal de Clark County en Las Vegas.
Algo que destruyó a tres mujeres jóvenes durante los siguientes 8 años y algo que el promotor [música] Don King se encargó personalmente de tapar con $435,000 de descuento de sus bolsas. Para entender lo que Ricardo Mayorga hizo después del 1 de mayo del 2016, [música] después de descubrir que sus dos hermanos le habían robado 7 millones de dólares, hay que regresar antes en el tiempo hasta una noche específica, la noche del 11 de noviembre del año 2000.
Una noche [música] que ningún periodista deportivo había contado nunca antes del agosto del [música] 2020. Esa noche, Ricardo Mayorga había llegado a Las Vegas por primera vez en su vida, cumpliendo el sueño que Jaime, su hermano mayor, le había prometido en la cocina de Laureles del Sur 15 años antes.
Don King lo había recibido en su oficina de Las Vegas Boulevard a las 4 de la tarde. le había hecho firmar un contrato de exclusividad por 5 años con su firma promotora y a las 6 de la tarde lo había llevado a cenar a [música] un restaurante italiano del hotel Bellajio. Después de la cena, King le pidió a uno de sus asistentes, un hombre cubano [música] americano llamado Roberto Vega, que llevara a Ricardo a su habitación del hotel Mandaley Bay para que descansara.
Era la primera noche del matador [música] en Estados Unidos. Lo que pasó esa noche del 11 de noviembre del año 2000 en la habitación del mandale Bay, según una confesión que [música] Ricardo Mayorga le hizo a su amigo Rosendo Búfalo Álvarez en una madrugada del 2019, [música] es la respuesta exacta a una de las preguntas que prometí contestarte al principio de este video.
La pregunta de ¿Quién le metió el crack [música] por primera vez en Las Vegas? Roberto Vega, el asistente cubano [música] americano de Don King, subió con Ricardo a la habitación, le mostró el minibar, le mostró la vista al strep de Las Vegas desde el piso 28, le explicó cómo se usaba la televisión y antes de salir de la habitación, según contó Mallorga a Búfalo Álvarez, años después sacó del bolsillo de su saco una bolsita plástica transparente [música] con un polvo blanco.
La puso sobre la mesa de la habitación. le dijo a Ricardo en español [música] con acento cubano, palabras textuales que el matador nunca olvidó. Le dijo que eso era lo que usaban todos los boxeadores grandes de King después de ganar, que era para celebrar, que era para dormir mejor y que era cortesía del señor King.
Ricardo, [música] según le contaría a Búfalo Álvarez en aquella madrugada del 2019, nunca había visto crack en su vida. Pensó que era cocaína. Probó una primera vez esa misma noche con Roberto Vega. Sintió algo que nunca antes había sentido. Y a la mañana siguiente, cuando se despertó en la habitación del Mandaley Bay con dolor de cabeza y sed, lo único que pensó fue en encontrar la bolsa que Vega había dejado en la mesa.
Cortita para que no se te olvide. La primera vez que Ricardo Mallorga probó crack [música] en Las Vegas fue antes de tener su primera pelea profesional con Don King, antes de ganar el campeonato mundial, [música] antes de cobrar la primera bolsa de $00,000, antes de que sus hermanos lo llevaran a la notaría [música] del barrio Bolonia.
Y lo que esa droga le hizo durante los siguientes 16 años [música] en habitaciones de hotel de Las Vegas es lo que vino después entre el año 2000 y [música] el 2004. Ricardo Mayorga mantuvo el consumo controlado. Lo hacía solo dos o tres veces al año, siempre en las semanas previas a una pelea grande. Siempre en Las Vegas, siempre con Roberto Vega trayéndole la bolsa a la habitación [música] y siempre solo, sin compañía.
Pero a partir del 2004 algo empezó [música] a cambiar. Mallorga había acumulado fama mundial después de noquear a Vernon Forest dos veces. tenía dinero, tenía contratos y tenía, según las propias palabras del periodista Larry Merchant, en una columna del Wrestling [música] Observer Newsletter de septiembre del 2004, una corte de mujeres [música] jóvenes esperándolo después de cada pelea en el lobby de los hoteles de la avenida Las Vegas Boulevard.
La primera de esas mujeres, una modelo cubana de 24 años llamada Elizabeth López, [música] entró a la vida de Ricardo Mayorga en agosto del 2004. Y Elizabeth trabajaba como modelo de pasarela [música] en exposiciones de ropa interior del Centro de Convenciones de Las Vegas. La habían contratado para una sesión fotográfica de promoción de la próxima pelea de Mallorga contra Cory Spinx.
Se conocieron en la sesión. se fueron a cenar esa misma noche y empezaron una relación que iba [música] a durar 6 meses. Pero esa relación con Jelizabeth López, que para el público mexicano [música] que veía las peleas de Mallorga por televisión nunca existió. Terminó la noche del 29 [música] de septiembre del 2004 en la habitación 312 del hotel MGM Grant.
Y la razón por la que terminó [música] está documentada en un expediente sellado del tribunal de Clark County, Nevada, un expediente que solo salió a la luz en agosto del 2020, lo que pasó esa noche del 29 de septiembre del 2004 [música] en la habitación 312 del MGM Grand, según el reporte de la patrulla de la policía de Las Vegas, [música] que llegó a la 1 de la madrugada después de una llamada anónima de una camarera. fue lo siguiente.
Jelizabeth López, de 24 años, fue encontrada por dos paramédicos del cuerpo de bomberos de Las Vegas, tirada en el piso del baño de la habitación. Tenía dos costillas rotas del lado izquierdo. Tenía la mandíbula fracturada en el lado derecho. Tenía una conmoción cerebral leve y tenía hematomas múltiples en la cara, el cuello, los brazos y la espalda.
Ricardo Mallorga, según el reporte del oficial Daniel Castillo de la Patrulla 067, estaba sentado en la sala de la habitación tomando whisky de la botella de miniar, sin reaccionar a la llegada de los paramédicos. tenía sangre seca en los nudillos de la mano derecha, lo que pasó en las siguientes 72 horas después de que la policía de Las Vegas llevara a Ricardo Mallorga a una celda de detención preventiva de la avenida Industrial Road es lo que durante 16 años nadie del público mexicano supo.
Don King llegó a la celda de detención a las 11 de la mañana del 30 de septiembre. llevaba con él al jefe de su firma legal en Las Vegas, un abogado llamado Howard Greenberg de la firma Greenberg Traurig. Greenberg, según el expediente sellado al que el periodista cubano americano Eduardo [música] Vidal del portal Martín Noticias accedió en agosto del 2020.
Negoció con la Fiscalía de Clark County durante 4 horas. Llegaron a un acuerdo extrajudicial esa misma tarde. Mallorga firmó una declaración admitiendo que la pelea con Jelis había sido un incidente doméstico de ambos lados. La fiscalía aceptó archivar el caso y Greenberg, en nombre de Don King, le entregó esa misma noche a Jelizabeth López en su habitación del Hospital University Medical Center de Las Vegas, un cheque de $75,000 y un acuerdo de confidencialidad de 15 páginas que la modelo firmó con la mano derecha vendada. Yelizabeth López, según
el portal Martín Noticias, salió del hospital 3 días después con $5,000 en su cuenta y la prohibición legal de hablar nunca más con ningún periodista sobre lo que había pasado en la habitación 312 del MGM [música] Grand. La modelo cubana regresó a Miami al mes siguiente. Cambió de teléfono, cambió de nombre artístico y desapareció completamente de la escena de modelaje de Las Vegas.
Ricardo Mayorga esa misma semana recibió un descuento de $5,000 en la siguiente bolsa que cobró por una pelea contra el venezolano Edgar Ruiz en el Reliant Stadium de Houston. El descuento aparecía en su recibo de cobro con un código que decía simplemente pago imagen pública, lo que ningún periodista mexicano supo durante los siguientes 16 años.
Lo que el público mexicano que insultaba a Mallorga por sus declaraciones contra de la olla nunca conoció era que el caso de Elizabeth López en el 2004 no fue el único, fue solo el primero de tres. La segunda denuncia llegó 4 años después, el 14 de marzo del 2008. [música] Una bailarina norteamericana de 22 años llamada Crystal Reips, que trabajaba como bailarina principal del club nocturno Spearmint Rhino de la avenida Industrial Road, fue llevada en ambulancia desde un departamento alquilado por Don King en la torre Beer Towers de Las Vegas
Boulevard. Tenía la nariz rota, tres puntos de sutura en la ceja izquierda, hematomas en el cuello y en la espalda baja y un hombro dislocado. La denuncia formal en la comisaría sexta de Las Vegas Boulevard fue presentada por Crystal a las 3 de la madrugada del 15 de marzo. Ricardo Mallorga había sido el [música] único que estaba en el departamento esa noche.
Don King esa misma semana mandó al abogado Howard Greenberg al hospital. Crystal Ribs recibió un cheque de $120,000 y firmó el mismo acuerdo de confidencialidad de 15 páginas. [música] La denuncia fue retirada 48 horas después. Mallorga recibió un descuento de $10,000 en la siguiente bolsa que cobró por su pelea con Shane Mosley en el Home Depot Center de Los Ángeles.
[música] La tercera denuncia llegó en mayo del 2012. Una venezolana de 26 años llamada Mariana Pérez, que trabajaba como hostes del restaurante Tao del Hotel Venetian, presentó una denuncia formal por agresión grave [música] después de una noche en la habitación 3805 del mismo hotel. Tenía fractura de nariz, tres puntos de sutura en la ceja izquierda y una contusión en la cabeza que requirió dos noches de hospitalización en el University Medical Center.
Don King pagó esta vez $240,000, la cifra más alta de las tres, porque la denuncia formal de Mariana Pérez incluía fotografías médicas de heridas en la espalda baja que sugerían el uso de un cinturón. Cortita, para que no se te olvide. La tercera mujer, Mariana Pérez, tenía heridas en la espalda baja que sugerían el uso de un cinturón.
Exactamente el mismo cinturón que el padre Eddie Mallorga había usado durante 15 años en la casa de piso de tierra del barrio Laureles del Sur. Pero esto, lo del cinturón lo vamos a ver más adelante. Tres mujeres, tres denuncias formales en el tribunal de Clark [música] County, tres expedientes sellados, tres acuerdos de confidencialidad firmados con la firma Greenberg Traurig y tres pagos privados hechos por [música] Don King para tapar a su boxeador estrella.
$5,000 a Jelizabeth López en el 2004, $10.000 000 a Crystal Rips [música] en el 2008, $240,000 a Mariana Pérez en el [música] 2012. Total pagado por Don King para tapar a Ricardo Mallorga durante esos 8 años. $435,000. Pero la pregunta que se queda con cualquier persona que ve los reportes de esos tres expedientes es la siguiente.
¿Por qué Ricardo Mayorga, un hombre que tenía dinero, fama, contratos de televisión y una carrera mundial? Llegaba a habitaciones de hotel con dos botellas de tequila Don Julio y descargaba contra mujeres jóvenes la misma violencia que entrenaba para usar en el ring. Esa pregunta tiene una respuesta exacta y la respuesta no está en Las Vegas.
La respuesta está en la cocina de la casa de piso de tierra [música] del barrio Laureles del Sur de Managua, en lo que el pequeño Ricardo Mayorga aprendió a ver durante 15 años de su infancia, en lo que Eddie, [música] su propio padre, hacía cada viernes por la noche y en lo que su mamá, Miriam Pérez, aguantó en silencio durante 15 años seguidos para [música] no asustar a sus hijos.
Pero antes de llegar a esa cocina de Laureles del Sur, hay datos más sobre las tres mujeres del expediente de Clark [música] County que ningún reportero contó hasta el agosto del 2020. Y son datos que conectan a las tres víctimas con un patrón [música] exacto que ninguna persona del entorno de Don King quiso ver durante 12 años. Las tres mujeres eran latinas.
y Elizabeth López, cubana, Mariana Pérez, venezolana, Crystal Revs, técnicamente norteamericana, pero hija de una salvadoreña que había emigrado a Texas en los años 80. Las tres tenían entre 22 y 26 años de edad. Las tres trabajaban en el entorno de los hoteles de la avenida Las Vegas Boulevard [música] y las tres habían sido presentadas a Ricardo Mayorga por la misma persona.
Roberto Vega, el asistente cubano americano [música] de Don King, el mismo hombre que 16 años antes había dejado la primera bolsa de crack en la habitación [música] del Mandale Bay la noche del 11 de noviembre del año 2000. Y aquí aparece un detalle que el periodista Eduardo Vidal documentó en su reportaje del 15 de agosto del 2020.
Roberto Vega, según los registros de empleados de la oficina [música] de Don King, a los que Vidal accedió a través de una fuente del propio despacho Greenberg Trauric [música] había recibido bonificaciones extra durante esos mismos años. [música] Una bonificación de $5,000 en octubre del 2004.
Una semana después del caso Yellisabeth López, otra de $8,000 en abril del 2008, dos semanas después del caso Crystal Reves, y una tercera de $1,000 en agosto del [música] 2012, un mes después del caso Mariana Pérez. Tres bonificaciones, tres casos tapados. [música] Mallorga, según contaría su amigo Rosendo Búfalo Álvarez al diario Confidencial en el 2021, no se daba cuenta del patrón.
Pensaba que Vega era simplemente un amigo. Le [música] decía a Búfalo que Vega era la única persona en Estados Unidos que lo entendía, que era cubano, que sabía cómo se vivía en Centroamérica [música] y que durante los 12 años en que sus dos hermanos en Managua le estaban robando los 7 millones, [música] Roberto Vega era el único que estaba al lado de él en Las Vegas.
Esa frase que Roberto Vega era el único, [música] demuestra que Ricardo Mayorga, el bicampeón mundial del Consejo Mundial de Boxeo, durante 16 [música] años creyó que la única persona que estaba de su lado en Estados Unidos era exactamente la persona que lo estaba destruyendo en silencio. El 1 de mayo del [música] 2016, dos días después de descubrir en el banco la fise de Managua, el robo de sus hermanos, Mallorga subió a un avión rumbo a Las Vegas [música] sin avisar a nadie.
Llegó a Las Vegas el 3 de mayo. Se hospedó en el mismo Mandalei Bay, donde había pasado su primera noche 16 años antes. Llamó a Roberto Vega, le pidió lo de siempre. Vega llegó a las 11 de la noche con dos botellas de don Julio y una bolsa de crack del doble del tamaño habitual. Mallorga se quedó en esa habitación durante 72 horas sin contestar el teléfono, sin abrir las cortinas.
Lo que pasó después de esas 72 [música] horas es la línea recta que conecta a Ricardo Mallorga con la calle del barrio Mercado Roberto Héndez, donde lo encontraron [música] tirado con las costillas rotas 4 años después. Entre mayo del 2016 y abril del 2019, Mallorga peleó solo tres veces más. Récord: cero victorias, [música] tres derrotas.
La última pelea contra el guatemalteco Lester Martínez en Ciudad de Guatemala el 6 de abril del 2019. La perdió por knockout técnico en el [música] segundo asalto. Bolsa, $80,000. Don King ya no era su promotor y Mallorga, que llegó a Guatemala sin entrenador, [música] sin dietista, sin médico de esquina, llegó pesando 180 libras, 11 libras por arriba del límite.
Cuando regresó a Managua 3 días después, ya estaba consumiendo crack todos los días, no en habitaciones de hotel, en las esquinas del barrio Mercado Roberto Héve, donde había alquilado una casa. Ese detalle final sobre los tres expedientes sellados de Las Vegas [música] conecta directamente con la noche en que Miriam Pérez le cerró la puerta de su casa al pequeño Ricardo.
[música] Los tres expedientes sellados del Tribunal de Clark County, según la investigación que publicó el portal cubanoamericano [música] Martín Noticias, el 15 de agosto del 2020 fueron desclasificados por una orden judicial firmada por la jueza Patricia [música] Lee del Tribunal de Clark County. El 5 de agosto del 2020.
[música] La orden de desclasificación había sido solicitada 4 meses antes por un periodista independiente cubano americano llamado Eduardo Vidal. La jueza Lee autorizó la apertura de los tres expedientes a [música] partir del 9 de agosto del 2020, la misma fecha en que Ricardo Mayorga tocó la puerta de la casa de su madre Miriam Pérez [música] en el barrio Laureles del Sur.
La misma noche en que Miriam le cerró la puerta, lo que el público mexicano nunca supo, lo que ningún reportero de boxeo conoció hasta agosto [música] del 2020, es que Miriam Pérez no le cerró la puerta a su hijo esa noche por el alcohol, ni por el crack, Noy, [música] ni por verlo descalso y demente en el porche de su casa.
le cerró la puerta porque esa misma tarde una vecina de Laureles del Sur le había mostrado en un teléfono celular Nokia la noticia del portal Martí, noticias publicadas esa mañana, la noticia que detallaba con nombres, fechas y cifras, las tres denuncias por agresión grave contra mujeres jóvenes que Don King había pagado durante 8 años para tapar a Ricardo Mayorga.
Miriam Pérez, según contaría dos semanas después al periodista Lester Sandoval del diario La Prensa, [música] Nicaragua, leyó la noticia completa esa tarde del 9 de agosto del 2020. [música] La leyó dos veces y al terminar de leerla por segunda vez, según sus propias palabras al periodista, recordó algo que llevaba 40 años intentando olvidar.
Recordó las noches de los viernes en la cocina de la casa de Laureles del Sur. Recordó al padre Eddie llegando [música] borracho. Recordó el cinturón de cuero negro que colgaba detrás de la puerta de la cocina y recordó la espalda baja de las tres mujeres jóvenes que Ricardo había golpeado en Las Vegas con heridas exactamente iguales a las que Eddie le había dejado a ella misma durante 15 años seguidos.
Esa misma tarde del 9 de agosto, según el testimonio de Miriam, ella tomó la decisión de no abrirle la puerta a su hijo cuando llegara. No por el alcohol, no por el crack, por el cinturón. Esa es la segunda verdad de esta historia, [música] que Ricardo Mallorga, el boxeador más odiado por el público mexicano en los últimos [música] 20 años, no era solo un boxeador alcohólico que insultaba a sus rivales delante de las cámaras de televisión.
Era un hombre que durante 12 años seguidos [música] en habitaciones de hotel de Las Vegas hizo con tres mujeres jóvenes exactamente lo mismo que su propio padre, Eddie Mallorga, [música] había hecho con su madre Miriam Pérez durante 15 años seguidos en la cocina de la casa de piso de tierra del barrio Laureles del Sur.
La misma técnica, [música] el mismo cinturón, la misma violencia. La cadena familiar que había empezado en 1965 en Granada, Nicaragua, [música] en la primera casa que los mayorga Pérez habían rentado, se había trasladado 39 años después, sin que nadie lo notara, a las habitaciones más caras de los hoteles MGM Grand, Venetian y Beer Towers de la avenida Las Vegas Boulevard.
Pero esto, lo de las tres mujeres y el cinturón, todavía no es lo más oscuro de toda esta historia, porque hay algo que pasó en la casa de Laureles del Sur. Una noche de un viernes de marzo de 1980. Una noche en que el pequeño Ricardo Mallorga, de apenas 7 años de edad, agarró un palo de escoba viejo, entró a la cocina e intentó defender a su madre.
Lo que su padre Eddie le hizo esa noche. Dejó una marca física en el cuerpo del pequeño Ricardo, una marca que iba a llevar para siempre. Una marca que el mundo entero vio durante 17 años en cada pelea que Mallorga ganó en el ring y una marca que estaba justo en el brazo derecho con el que 23 años después iba a noquear a Vernon Forest.
Lo que Miriam Pérez le contó al periodista Léer Sandoval del diario La Prensa, Nicaragua el 24 de agosto del 2020, dos semanas después de cerrarle la puerta de su casa a su hijo Ricardo. Fue una historia que durante 40 años había callado. Una historia que Miriam, según sus propias palabras a Sandoval, había prometido no contar a ningún periodista mientras Eddie Mallorga estuviera vivo.
Eddie había muerto en el 2015. Y Miriam durante los cinco años siguientes había seguido callando por respeto a la memoria del padre de sus hijos hasta el 9 de agosto del 2020 cuando leyó en el teléfono celular Nokia de una vecina la noticia del portal Martín Noticias sobre las tres mujeres de Las Vegas.
Esa misma tarde, según contó Miriam, decidió hablar. llamó a Léer Sandoval, un periodista del diario La Prensa, que ya había escrito un reportaje sobre Mallorga dos años antes. Le pidió que fuera a la casa de Laureles del Sur y le contó lo que había pasado en esa misma cocina de piso de tierra durante 15 años seguidos, entre 1975 y 1990.
Lo que Miriam le contó a Sandoval esa tarde del 24 de agosto, lo que apareció publicado en el reportaje de la prensa Nicaragua del 6 de septiembre del 2020 es lo más doloroso de toda esta historia y es la respuesta exacta a la pregunta de por qué Ricardo Mallorga durante 16 años en Las Vegas hizo con tres mujeres jóvenes exactamente lo mismo que su propio padre Eddie.
Eddie Mallorga, según el testimonio de Miriam, no era el hombre callado y deprimido que Ricardo recordaba de los días de semana. Eddie era dos hombres distintos. De lunes a jueves era el taxista cansado que llegaba a las 11 de la noche a Laureles del Sur, cenaba sin hablar y se dormía sin jugar con los hijos. Pero los viernes, cuando salía a las 5 de la tarde del último viaje del taxi [música] y pasaba por la cantina del barrio Carlos Fonseca Amador para tomarse seis o siete cervezas, Toña, antes de regresar a la casa, Eddie era otro
hombre, otro hombre completamente distinto. Llegaba a la casa de Laureles del Sur a las 9 de la noche cada viernes. Miriam ya había acostado a los cuatro hijos. Jaime, Carlos, la hermana y el pequeño Ricardo dormían en los dos cuartos del fondo. Eddie entraba a la cocina sin saludar, buscaba en el refrigerador algo de comer y si no encontraba lo que quería, empezaba a gritar.
Miriam, según contó a Sandoval, salía del cuarto para tranquilizarlo. Le ofrecía calentarle un plato de arroz. Le ofrecía servirle un vaso de agua. Y Eddie, antes de aceptar la comida, le pegaba. Le pegaba con la mano abierta primero, después con el puño cerrado y después, según [música] Miriam, con el cinturón de cuero negro que colgaba detrás de la puerta de la cocina.
Cada viernes, sin excepción [música] durante 15 años seguidos, Miriam, según le confesó a Sandoval, nunca gritaba. Aguantaba en silencio para no asustar a los cuatro hijos. Los hijos se hacían los dormidos en los cuartos de atrás, escuchaban los golpes, escuchaban el sonido del cinturón, escuchaban la respiración de la madre que no podía respirar bien.
Y al día siguiente, cuando se despertaban un sábado por la mañana, Miriam estaba en la cocina haciendo desayuno con la cara hinchada del lado izquierdo. Les decía a los hijos que se había caído, que había chocado contra la puerta, que no era nada. Y los hijos, sin decirse nada entre ellos, [música] aceptaban la explicación hasta una noche del año 1980.
[música] Una noche que cambió la vida del pequeño Ricardo para siempre y que dejó en su cuerpo una marca física que iba a llevar durante los siguientes 39 años de su vida. Esa noche, según contó Miriam al periodista Sandoval, con detalles exactos que durante 40 años había guardado en silencio. Fue un viernes de marzo de 1980. Ricardo tenía 7 años.
Eddie llegó esa noche a la casa de Laureles del Sur a las 9:30. Había tomado nueve cervezas Toña en la cantina del barrio Carlos Fonseca Amador. [música] Más de lo habitual entró a la cocina. Miriam salió del cuarto para atenderlo. Le ofreció calentarle arroz con frijoles. Eddie le tiró el plato de aluminio en la cara. Miriam cayó al piso de tierra de la cocina y Eddie, parado encima de ella, empezó a pegarle con el cinturón en la espalda 10 veces, 15 veces, 20 veces.
El pequeño Ricardo de 7 años, que dormía en el cuarto de atrás con su hermana escuchó los golpes esa noche. Pero a diferencia de las noches anteriores, esta vez no se hizo el dormido. Se levantó de la cama, caminó descalso por el pasillo de tierra de la casa, llegó hasta el cuarto donde colgaba un palo de escoba viejo detrás de la puerta.
agarró el palo con la mano izquierda [música] y entró a la cocina caminando despacio. Lo que el pequeño Ricardo Mayorga vio al entrar a la cocina esa noche del viernes de marzo de 1980 fue a su madre Miriam tirada en el piso de tierra recibiendo golpes con el cinturón en la espalda [música] y lo que decidió hacer en ese instante fue la decisión que iba a marcar todo lo que vino después.
Ricardo, con [música] 7 años levantó el palo de escoba con la mano derecha y le pegó dos veces a Eddie en la espalda. Eddie se dio la vuelta, vio al hijo pequeño parado en el umbral de la cocina con el palo en la mano. Y según el testimonio que Miriam le dio a Sandoval 40 años después, lo que Eddie hizo en los siguientes [música] 30 segundos es lo que iba a marcar la vida de Ricardo Mayorga para siempre.
Eddie Mallorga. Según el testimonio de Miriam Pérez al periodista Lester Sandoval del diario La Prensa, Nicaragua del 24 de agosto del 2020, le quitó el palo de escoba al pequeño Ricardo de un manotazo. Lo agarró del brazo derecho con las dos manos y le torció el brazo hacia atrás con tanta fuerza, [música] según los gritos que la propia Miriam escuchó esa noche, que se lo rompió a la altura del codo.
El sonido del hueso quebrándose, [música] dijo Miriam al periodista. Fue el sonido más doloroso de toda su vida. El pequeño Ricardo cayó al piso de tierra [música] de la cocina sin gritar. La cara se le puso blanca y el brazo derecho le quedó colgando del cuerpo en una posición imposible. Miriam, según le dijo a Sandoval, se levantó del piso, tomó al niño en los brazos y salió descalza de la casa.
Eddie, según el testimonio, se quedó parado en la cocina con el cinturón todavía en la mano sin decir una palabra. Miriam corrió por las calles de tierra del barrio Laureles del Sur, cargando al pequeño Ricardo durante 40 [música] minutos, hasta llegar al Hospital Manolo Morales del barrio Largaespada, el hospital público más cercano a la casa.
El médico de guardia esa noche, según el reporte del hospital que años después salió en el archivo de la prensa, [música] era un cirujano joven llamado Fernando Chamorro. Le entablilló el brazo derecho del niño esa misma noche. La fractura estaba a la altura del codo, tipo Montella. Según el diagnóstico clínico y la consolidación, según Chamorro, tardó 3 meses completos.
ese brazo derecho del pequeño Ricardo Mallorga, el mismo brazo que 23 [música] años después iba a noquear a Vernon Forest en tres asaltos en el 2003, el mismo brazo con el que iba a tirar el gancho al hígado contra Tito Trinidad en el 2004, el mismo brazo que durante toda su carrera profesional siempre apareció en las radiografías médicas previas a cada pelea con una [música] pequeña cicatriz quirúrgica a la altura del codo que ningún periodista Deportivo había sabido explicar.
Fue roto por su propio padre Eddie Mallorga en la cocina de la casa de piso de [música] tierra del barrio Laureles del Sur. Una noche de viernes de marzo de 1980 [música] a la edad de 7 años por defender a su madre. Y Miriam, según le dijo al periodista Sandoval 40 años después, nunca denunció a Eddie. Regresó a la casa al día siguiente con el niño en brazos.
[música] le mintió a Eddie diciéndole que el niño se había caído de la escalera de la casa y siguió aguantando los golpes cada viernes durante los siguientes 15 años seguidos, hasta que Eddie cayó en una depresión severa en el 2005 y dejó de tomar definitivamente. Eddie Mallorga, según el certificado de defunción que la prensa publicó en septiembre del 2020, murió el 14 de noviembre del 2015 por Sirrosis hepática en el hospital Bé Spice de Managua.
Nunca le pidió perdón a Miriam por las palizas. Nunca le pidió perdón al pequeño Ricardo [música] por el brazo roto. Esa es la tercera verdad de esta historia, la que Ricardo Mayorga cargó en silencio durante 40 [música] años. La que ningún reportero supo, la que Don King jamás conoció. [música] la que ninguno de los rivales que él insultó delante de las cámaras de televisión podía siquiera sospechar que el bicampeón mundial del Consejo Mundial [música] de Boxeo, el boxeador más odiado por el público mexicano en los
últimos 20 años, el hombre que ganó millones de dólares peleando con Deya, Trinidad, Vargas, [música] Coto y Mosley. Tenía el brazo derecho roto por su propio padre desde los 7 años [música] de edad. Y la marca de ese brazo, esa cicatriz a la altura del codo, era exactamente el ancla emocional que durante [música] 16 años lo había llevado a habitaciones de hotel en Las Vegas [música] a hacer con tres mujeres jóvenes exactamente lo mismo que su padre había hecho con su madre durante 15 años seguidos. Y aquí es donde toda
esta historia se conecta, donde la notaría del barrio Bolonia se conecta con la cocina de Laureles del Sur, donde las tres mujeres de Las Vegas se conectan con el cinturón de cuero negro que colgaba detrás de la puerta de la cocina del padre Eddie, donde el robo de los 7 millones de dólares de los dos hermanos mayores se conecta con la noche del 9 [música] de agosto del 2020, cuando Miriam Pérez le cerró la puerta de su propia casa al [música] pequeño Ricardo y donde el ídolo caído del boxeo nicaragüense se conecta con un niño de 7
años que aprendió a usar la mano derecha para algo que nunca le [música] pidió aprender. Ricardo Mallorga, según el testimonio que dio Miriam al periodista Sandoval esa misma tarde del [música] 24 de agosto del 2020, en una madrugada del año 1997, cuando regresó al barrio Laureles del Sur [música] después de una pelea perdida en Costa Rica, llegó a la casa borracho, entró a [música] la cocina, vio a su madre dormida en una silla y, según contó Miriam al periodista, le confesó esa madrugada algo que durante 20 años nunca había dicho a nadie. Le
dijo palabras textuales que Miriam guardó en silencio durante 23 años hasta [música] esa entrevista del 2020, que él, Ricardo, siempre que subía a [música] un ring antes de la primera campana miraba al rival a los ojos y veía la cara del papá Eddie. le dijo que cada golpe que tiraba en el ring durante 18 años [música] no era para ganar la pelea, era para devolverle a Eddie los golpes que su padre le había dado a ella durante 15 años seguidos.
Le dijo que esa era la única razón por la que él [música] era boxeador. Esa madrugada del año 1997, cuando Ricardo Mallorga le confesó a [música] su madre Miriam que cada golpe que tiraba en el ring era un golpe imaginario al padre Eddie. Fue la única [música] vez en 47 años en que el matador se sentó a hablar con su madre sobre la cocina de Laureles del Sur.
La única vez después de esa noche, según Miriam, nunca volvió a tocar el tema. Ni siquiera cuando Eddie murió en el [música] 2015, ni siquiera cuando se hizo bicampeón mundial. Pero lo que ningún miembro de la familia Mallorga sabía esa noche del 9 de agosto del 2020, [música] cuando Miriam le cerró la puerta a Ricardo en el porche de la casa de Laureles del Sur, era lo que iba a pasar 3 horas después.
Ricardo, después de los 40 minutos parado en el porche, [música] se fue caminando descalzo de regreso al barrio Mercado Roberto Héve y a las 2:45 de la madrugada del 10 de agosto del [música] 2020, según el reporte de la patrulla de la policía de Managua, que llegó después de una llamada anónima de un vecino, lo encontraron tirado boca arriba en una calle de tierra [música] del barrio Mercado Roberto Héve, sin reconocer a nadie, hablando solo, sin dinero en el bolsillo [música] y con tres costillas rotas del lado izquierdo. Las costillas,
según el reporte médico [música] del Hospital Manolo Morales, al que fue trasladado esa misma madrugada, [música] no eran producto de una caída, eran producto de una golpiza. Alguien le había pegado a Mallorga en las costillas con un objeto plano. Posiblemente un palo, posiblemente una pala, posiblemente un cinturón con nevilla pesada.
El reporte médico nunca identificó [música] a las personas que le habían dado la golpiza a Ricardo Mayorga esa madrugada, pero el portal Divergentes [música] en su investigación del 2022 sugirió una posibilidad que ningún reportero deportivo se atrevió a confirmar la posibilidad de que esa golpiza en una calle del barrio Mercado Roberto Héve hubiera sido ordenada por dos personas que tenían razones de sobra para querer que el matador desapareciera en silencio.
Esas dos personas, según la sugerencia indirecta del reportaje de divergentes, podían haber sido sus dos hermanos, Jaime y Carlos Mayorga, los mismos que durante 12 años le habían robado los 7 millones de dólares. Los mismos que en mayo del 2016 habían visto como Ricardo descubría el robo en la oficina del banco la Fise, los mismos que durante los siguientes 4 años, según el reporte del periodista, habían vivido con el miedo permanente de que Ricardo en cualquier momento de lucidez decidiera denunciarlos a la policía. Y los mismos que esa madrugada
del 10 de agosto del 2020 sabían exactamente dónde estaba caminando descalso y demente su hermano pequeño. Divergentes nunca confirmó la sospecha, [música] no tenía pruebas, pero los datos que el reportaje publicó coincidían demasiado para ser una casualidad. [música] La calle donde encontraron a Ricardo estaba a tres cuadras del negocio de cambio de dólares de Carlos Mallorga en el mercado oriental.
[música] La hora del ataque, las 2:45 de la madrugada, era exactamente la hora en que Carlos cerraba el negocio cada noche. Y según un testigo anónimo del barrio Mercado, Roberto Wendes, que habló con Divergentes en el 2022, esa misma noche del 9 de agosto, una camioneta Toyota Hillux blanca, idéntica a las dos que Jaime Mayorga había comprado con el dinero robado, había sido vista circulando por la zona donde encontraron a Ricardo a las 2:30 de la madrugada, 15 minutos antes del ataque.
Y esa sospecha de divergentes era cierta. Lo que pasó esa madrugada del 10 de agosto del 2020 fue lo más oscuro de toda esta historia. Que los dos hermanos mayores que durante 12 años le habían robado los 7 millones de dólares al matador intentaron silenciarlo a golpes la misma noche en que su madre Miriam le cerró la puerta de la casa.
Ricardo Mayorga, según el reporte oficial del Hospital Manolo Morales, sobrevivió a la golpiza. Tres costillas rotas, un golpe leve en la cabeza y una semana de internamiento. Cuando salió del hospital el 16 de agosto del 2020, su amigo de toda la vida, Rosendo Búfalo Álvarez, ya había organizado todo. El 23 de agosto, Rosendo subió a un avión con mayorga rumbo a Ciudad de México.
[música] internó en una clínica de rehabilitación de la familia Chávez, propiedad de Julio César Chávez, padre, y Mauricio Suleimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo, cubrió el costo completo del tratamiento durante 6 meses. Mallorga salió de la clínica en marzo del 2021, regresó a Managua y se mudó por decisión propia a vivir con su madre Miriam Pérez en la casa de piso de tierra del barrio Laureles del Sur.
La misma casa donde había crecido, la misma casa donde le había roto el brazo a los 7 años, [música] la misma casa donde Miriam le había cerrado la puerta en agosto del 2020. Pero lo más doloroso de toda esta historia, según contó Rosendo Álvarez al diario Confidencial en una entrevista de mayo del 2024, no fue lo que pasó en Las Vegas, no fueron las tres mujeres del expediente sellado, no fue el robo de los 7 millones.
No fue ni siquiera la golpiza del barrio Mercado Roberto Wendes. Lo más doloroso fue lo que Ricardo Mayorga le confesó en privado a Rosendo una madrugada del [música] 2023, 2 años después de salir de rehabilitación. Esa madrugada, según contó Rosendo a Confidencial, los dos amigos estaban sentados en el porche de la casa de Miriam en Laureles [música] del Surflando del pasado.
Y Ricardo, sin que Rosendo le preguntara nada, le confesó algo que llevaba 27 años sin contar a nadie. [música] Le contó que él, Ricardo Antonio Mayorga Pérez, durante toda su carrera profesional [música] había peleado con un odio interno que ningún rival pudo igualar. Pero ese odio no era contra los rivales, [música] no era contra Forest, no era contra Trinidad, no era contra Vargas, Coto, Mosley o de la olla, era contra él mismo, contra el niño de 7 años que en marzo de 1980 no pudo evitar que su propio padre le rompiera el [música] brazo derecho
contra el adolescente de 14 años que no pudo evitar que las palizas a Miriam continuaran cada viernes en la cocina contra el hombre adulto ulto que repitió en Las Vegas el patrón de violencia que había jurado nunca repetir y contra el hermano menor que durante 12 años le creyó a Jaime y Carlos la [música] mentira de las inversiones panameñas.
Esa confesión de Ricardo Mayorga a Rosendo Álvarez en aquella madrugada del 2023 en el porche de la Casa de Laureles del Sur. Es la confesión más oscura de cualquier boxeador latinoamericano de los últimos 30 años. Y no porque sea dramática. sino porque es la confesión privada de un hombre que entendió demasiado tarde que la verdadera pelea que había perdido durante 47 años no había sido contra ningún boxeador del ring, había sido contra el cinturón de cuero negro que colgaba detrás de la puerta de la cocina del padre Eddie. A
Ricardo Mayorga no lo destruyeron sus hermanos en la notaría del barrio Bolonia en el 2003. No lo destruyó Roberto Vega en la habitación del Mandale Bay en el año 2000. No lo destruyó Don King con los 435,000 de descuentos por pago de imagen pública. No lo destruyeron las tres mujeres del expediente sellado de Clark County.
Esas fueron las heridas externas, las balas que vinieron de afuera. A Ricardo Mayorga lo destruyó algo que ya estaba dentro de él antes de subirse a un ring por primera vez. algo que su propio padre Eddie le había sembrado en la cocina de Laureles del Sur cuando él tenía 7 años. La idea de que la única forma de defender a las personas que uno ama era con violencia, la idea de que el cuerpo de la madre era un objeto que se podía golpear y la idea de que el cinturón de cuero negro que colgaba detrás de la puerta [música] de la cocina era la herramienta normal de
un padre cuando llegaba borracho los viernes por la noche. [música] Y la pregunta que se queda contigo esta noche, antes de apagar la televisión y subir a tu cuarto es la siguiente. ¿Cuántas cocinas de barrios pobres de Latinoamérica tienen hoy en este momento un cinturón de cuero negro colgado detrás de la puerta? [música] ¿Y cuántos niños de 7 años en este preciso instante están escuchando los golpes desde el cuarto de atrás sin saber qué hacer? La cadena familiar de los Mayorga Pérez.
Según le confesó Miriam Pérez al periodista Lester Sandoval, en aquella entrevista del 24 de agosto del 2020, había empezado mucho antes de Eddie. El padre de Eddie, el abuelo paterno de Ricardo, un hombre llamado Antonio Mayorga, también había golpeado a su esposa durante toda la infancia de Eddie en Granada.
[música] Eddie había crecido viendo a su padre golpear a su madre. Después había repetido el [música] patrón con Miriam y Ricardo había llevado el patrón a las habitaciones más caras de la avenida Las Vegas Buoulevard, tres generaciones, la misma cocina, el mismo cinturón, [música] la misma violencia transmitida en silencio de padres a hijos, sin que ningún hijo se atreviera a romper la cadena.
Pero hay una persona [música] en toda esta historia que sí intentó romper la cadena y esa persona fue exactamente el más pequeño de los hijos mayorga Pérez, el que tenía 7 años en marzo de 1980, el que agarró un palo de [música] escoba viejo y el que pagó por ese intento con el brazo derecho roto a la altura del codo.
Lo más doloroso, lo que ningún espectador puede dejar de pensar al terminar de oír esta historia, es que el pequeño Ricardo Mayorga [música] en aquella noche de viernes de marzo de 1980 hizo lo que ningún miembro de la familia Mayorga Pérez [música] había hecho en tres generaciones. Intentó parar la cadena. [música] Lo intentó y la cadena, en lugar de pararse le rompió el brazo derecho y lo lanzó por una espiral de 40 años que terminó en una calle de tierra del [música] barrio Mercado Roberto Héve con tres costillas rotas.
Esa noche del viernes de marzo de 1980, [música] el pequeño Ricardo Mallorga, sin saberlo, perdió la pelea más importante de toda [música] su vida. la perdió a los 7 años y todas las peleas que vino a ganar después contra Forrest, contra [música] Lewis, contra Pichirillo, no fueron en realidad victorias, fueron intentos desesperados de ganar la pelea que ya había perdido en la cocina de Laureles del Sur.
[música] Esa es la lección que se queda contigo esta noche mientras ves este video en tu sala después de un día de trabajo. Que los hombres fuertes [música] con dos cinturones mundiales no siempre son hombres fuertes. Son a veces niños de 7 años con el brazo [música] derecho roto que aprendieron a esconder el dolor antes de aprender a leer.
que las cadenas familiares no se rompen con voluntad, [música] se rompen hablando y solo se rompen si alguien en algún momento de la cadena tiene la fuerza de levantar el teléfono o de tocar una puerta y decir lo que durante generaciones nadie se atrevió a decir. Ricardo Mayorga, según la última entrevista que dio al diario Confidencial en mayo del 2024, vive hoy en la casa de piso de tierra de [música] su madre, Miriam, en el barrio Laureles del Sur. Tiene 51 años de edad.
No ha vuelto a pelear desde la derrota contra Lester Martínez [música] en el 2019. Lleva 3 años sin probar el alcohol ni el crack. [música] Trabaja como entrenador de niños del barrio en un gimnasio improvisado en el porche de la [música] misma casa. donde aprendió a boxear con el tigre Rugama hace 40 años.
Cobra $ por niño [música] por semana y a veces, según confidencial, no cobra. A Jaime y Carlos Mayorga, sus dos hermanos mayores, [música] no los ha vuelto a ver desde el 1 de mayo del 2016. La denuncia formal por el robo de los 7 millones, según le confesó Rosendo Búfalo Álvarez a Confidencial, Ricardo nunca la presentó y no la va a presentar.
Miriam Pérez tiene hoy 79 años. Sigue haciendo pasteles en la cocina de la casa de Laureles del Sur. Sigue vendiéndolos en el mercado oriental tres veces por semana. Y según el reportaje de Confidencial, todas las noches antes de dormirse le pide perdón a su hijo más pequeño [música] por no haber denunciado a Eddie en el año 1980.
Si esta historia te hizo pensar en alguien de tu propia familia, en un padre que golpea cada viernes y cree que nadie lo [música] escucha, en un niño que está aprendiendo sin querer a defenderse con un palo de [música] escoba en un hermano que está repitiendo el patrón del padre sin darse cuenta. [música] Llámalo hoy, no mañana, hoy.

que el pequeño Ricardo Mayorga esa noche de marzo de 1980 en la cocina de Laureles del Sur no tuvo a nadie que le hiciera esa llamada porque cada cinturón de cuero negro que cuelga detrás de la puerta de una cocina [música] latinoamericana esta noche es exactamente el mismo cinturón que durante 15 años seguidos golpeó a Miriam Pérez en el barrio Laureles del Sur.
Y porque entre tu casa y [música] la siguiente cadena rota, lo único que sobra es el silencio. Hoy, mientras tú ves este video en tu sala hay una cocina en algún barrio de Managua, de Ciudad de México, [música] de Tegucigalpa, de Caracas o de Los Ángeles, donde un hombre adulto está llegando borracho de la cantina del barrio.
Hay una madre que se está preparando para aguantar en silencio y hay un niño de 7 años dormido en el cuarto de [música] atrás que está a punto de escuchar los primeros golpes de la noche. Ese niño, en este [música] preciso minuto, todavía no sabe si va a levantarse de la cama, todavía no sabe si va a entrar a la cocina con un [música] palo de escoba y todavía no sabe que la decisión que tome esta noche va a marcar los próximos 40 años de su vida.
La única persona que puede romper esa cadena en este momento eres tú. Llámalo hoy. Suscríbete a Estrellas Caídas para seguir descubriendo lo que ningún deporte se atrevió a contar.