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Rafael Inclán: El SECUESTRO que lo DESTRUYÓ… Y Su Triste Final en la MISERIA…..

A los 70 años, mientras el teléfono de su hotel sonaba cada 3 minutos, un hombre que había hecho reír a millones de mexicanos durante cinco décadas escuchaba una voz diciéndole que su hijo corría grave peligro si no pagaba un millillón y medio de pesos en las próximas horas. A los 80, ese mismo hombre se levanta cada mañana sin pensión, sin ahorros, sin red de seguridad.

se levanta y trabaja, porque si no trabaja no come, porque todo lo que ganó en más de 100 películas se evaporó porque lo tiró todo. Hoy tiene más de 80 años y hay algo que ninguna entrevista de farándula se ha atrevido a decirte con todas sus letras, que uno de los cómicos más queridos de México nunca tuvo un peso guardado.

fracasó como padre por su propia confesión y pasó 10 horas solo en un cuarto de hotel en Oaxaca, creyendo que su familia estaba en peligro real en ese momento. Su nombre era Rafael Alfonso Jiménez Inclann, pero el mundo lo conoció como Rafael Inclán, el rey de la carcajada, el que nunca se ponía serio, y lo que su propia vida le cobró.

Fue una deuda que nadie vio venir y que [música] nadie hasta hoy ha pagado. Esta es la investigación que la industria del espectáculo enterró debajo de las carcajadas durante más [música] de 40 años. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber [música] sobre el hombre que te hizo reír desde niño.

Primero, las palabras exactas que Rafael Inclan pronunció en una entrevista. y que revelan algo que ningún actor admite en voz alta, que a pesar de décadas de fama, [música] de más de 100 películas filmadas, de ser una figura reconocida en cada rincón de México, llegó a sus 80 años sin un solo peso ahorrado.

No porque alguien se lo robara, no porque un fraude lo arruinara, sino porque él mismo lo gastó todo y lo sabe y lo dice. Esas palabras exactas las vas a escuchar hoy y van a doler más de lo que imaginas. Segundo, el patrón financiero que nadie quiso ver durante décadas y que quedó expuesto la noche de octubre de 2017 en Oaxaca, cuando una llamada telefónica de 10 horas puso al descubierto que uno de los actores más prolíficos del cine mexicano no tenía capital, no tenía reservas y dependía de que su familia reuniera a toda prisa 200,000 pesos que apenas

alcanzaban para cubrir el 10% de lo que le exigían. Ese documento de su propia ruina lo tiene él en la memoria y hoy lo vas a conocer. Tercero, el testimonio del propio Rafael Inclán sobre su vida como padre, el que nadie quiere repetir en los programas de homenaje, el que él mismo soltó frente a cámaras sin que nadie le preguntará dos veces.

[música] 18 meses fuera de casa, cuatro visitas a su hijo recién nacido y una frase que cargará el resto de su vida. [música] Ese testimonio está ahí sin editar y te lo voy a contar completo. Y cuarto, la realidad de Rafael Inclán hoy, [música] a más de 80 años de edad, sin pensión, sin retiro, sin la posibilidad de jubilarse, trabajando no porque quiera, sino porque no tiene otra opción.

Lo que está pasando ahora mismo con uno de los grandes del humor mexicano [música] es algo que su industria prefiere ignorar y que tú mereces saber. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que la industria del entretenimiento ha intentado sepultar durante casi medio siglo debajo de carcajadas y aplausos.

La historia real del hombre detrás del personaje, la que él mismo ya [música] no puede negar. Pero antes de contarte cómo llegó a los 80 años sin un peso en el bolsillo, sin pensión, sin retiro, creyendo que su hijo estaba [música] en grave peligro al otro lado de un teléfono en un hotel de Oaxaca, necesitas entender de dónde vino este hombre.

Porque la ruina de Rafael Inclan no empezó en Hollywood, ni en una mala inversión, ni en un contrato firmado con letra chica. Empezó [música] mucho antes. Empezó en una vecindad de la Ciudad de México con olor a tortillas y ropa tendida, con un padre que medía casi 2 met y que se llamaba igual que él, con una madre que actuaba en carpas y que le enseñó que la vida era un escenario, aunque el escenario fuera de tierra.

Empezó el día exacto en que nació. Mérida, Yucatán, México, la ciudad de los palacios blancos, del calor que aplasta desde las 7 de la mañana, de las hamacas colgadas entre columnas y de las calles que huelen a ja fritanga al mismo tiempo. una ciudad que en los años 40 todavía vivía en otro siglo, donde los niños crecían en la calle y los adultos trabajaban sin descanso para poner frijoles en la mesa.

Ahí nació Rafael Alfonso Jiménez Inclán. No en una clínica, no con médico particular, en el tipo de circunstancia en que nacen los hijos de familias que viven del arte callejero, del aplauso incierto, de la moneda que alguien te lanza si haces bien tu número esta noche, porque eso era lo que era su familia, gente de [música] carpa, gente de escenario.

Su madre se llamaba Gloria Alicia Inclán, actriz de las que no aparecen en libros de historia del cine, pero que saben [música] exactamente cómo pararse frente a una audiencia y hacer que te importe lo [música] que están diciendo. De las que aprendieron el oficio no en una escuela, sino en la práctica, noche tras noche, [música] ciudad tras ciudad, con el miedo convertido en disciplina y la disciplina convertida en sobrevivencia.

Su padre se llamaba Alfonso Jiménez y apodaban al hombre el kilómetro. [música] Piensa en eso un momento. Un hombre tan alto, tan imponente físicamente, [música] que la gente no lo llamaba por su nombre, lo llamaban por lo que medía o por lo que parecía medir, un kilómetro, [música] una distancia, algo que está lejos, que es difícil de alcanzar, que te deja pequeño solo con verlo.

Y Rafael Inclan creció siendo el hijo de el kilómetro. Imagínate eso, crecer con un padre [música] que llena cualquier cuarto con su sola presencia, que tiene un apodo que la gente usa con una mezcla de cariño y de asombro, y que al mismo tiempo es el tipo de hombre que no estaba, que estaba en el escenario, en la carpa, en la gira, en la siguiente [música] ciudad, que era de todos menos de los suyos, porque eso es lo que son los hombres de carpa, son de todos.

del público que paga para verlos, de las ciudades que los reciben una noche y los despiden [música] al amanecer de la ruta que nunca termina y de sus hijos poco, muy poco. La infancia de Rafael Inclán no fue la de un niño que creció en una casa con [música] cuarto propio y juguetes y papá que llegaba a cenar a las 7 de la tarde.

fue la de un niño que creció en movimiento, en vecindades, en cuartos prestados, en el olor de los telones y el sonido de las risas ajenas desde el otro lado de una lona. La calle Luis Moya. Eso es lo que hay en la memoria de Rafael Inclán cuando habla de su infancia en la ciudad de México. una calle, una vecindad, [música] el tipo de lugar donde las familias comparten paredes tan delgadas que escuchas la conversación del vecino, aunque no quieras, donde los niños juegan en el patio central porque no hay otro lugar, donde la vida entera ocurre en 40 m²

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