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PERRO AGUAYO JR: La ASQUEROSA VERDAD que OCULTARON 11 AÑOS

La lucha libre mexicana tiene una regla que nadie escribe en ningún lado, pero todos cumplen. El espectáculo no se detiene, ni cuando el hombre en el ring ya está muerto. Y eso es exactamente lo que ocurrió en Tijuana el 20 de marzo de 2015. La función siguió. El público gritó, “¡leuieron pegando! Dos minutos completos de castigo sobre un hombre que ya no estaba en este mundo.

Y cuando por fin alguien reaccionó, lo sacaron del auditorio municipal en un ataúd improvisado de madera. Así se fue el hijo de la leyenda más grande del pancracio mexicano. En un cajón de madera revisé más de 40 fuentes para reconstruir esta historia minuto a minuto. Y lo que encontré no es un accidente, es un sistema.

Un sistema que fabrica ídolos, los exprime y los manda al ring. Y cuando el ídolo cae, no lo lloran, simplemente lo reemplazan. Porque el show no para, nunca [música] para. La pregunta no es cómo murió perro Aguayo Junior. La pregunta es, ¿quién dio la orden de que los médicos no entraran a salvarlo? ¿Y cómo es que nadie te contó la pelea que tuvo en el camerino esa que lo condenó antes de pisar el ring? Hoy, para entender lo que pasó en Tijuana esa noche, primero tienes que entender qué significaba llamarse Aguayo en la lucha libre mexicana. No era un

apellido, era una sentencia. Pedro Aguayo Damián, hijo de campesinos, uno de 16 hermanos, sin dinero, sin contactos, [música] sin nombre. Debutó el 10 de mayo de 1970 [música] en Sayula, Jalisco, con un calzón negro y unas botas que le fabricó su propio padre simulando pelo de perro. En dos décadas se convirtió en el rudo más temido de México.

Desenmascaró a Conan en la Arena México en 1991. Ganó cabelleras, ganó títulos, ganó territorios enteros. fue el primer luchador en coronarse campeón mundial de peso semipesado de la Ubo y cuando se [música] retiró el 30 de marzo de 2001 perdiendo su cabellera ante Universo 2000, [música] en lo que él mismo llamó su juicio final, dejó un legado tan grande que aplastaba a cualquiera que intentara cargarlo, [música] cualquiera, incluyendo a su propio hijo.

Pedro Aguayo Ramírez nació el 23 de julio de 1979. [música] en la ciudad de México. Creció viendo a su padre convertirse en leyenda. Creció escuchando ese apellido pronunciado con miedo, con respeto, con reverencia y creció sabiendo que ese apellido, [música] tarde o temprano, iba a ser suyo, que la lucha libre no era una opción, era una herencia.

El hijo del perro no podía ser contador, no podía ser ingeniero, no podía hacer nada que no fuera lo que su sangre prometía. Creció entre camerinos y arenas, entre el olor del aceite de bebé mezclado con sudor que tienen todos los vestidores de lucha libre del mundo, entre cuerdas y lonas, entre el ruido de 2,000 personas [música] gritando un nombre, ese nombre que ya era el suyo antes de que él decidiera nada.

Debutó el 18 de junio de 1995. Tenía 15 años. 15. Y esa noche del otro lado de las cuerdas había un luchador de San Diego, California, que apenas empezaba a forjarse un nombre en México. Un joven que se hacía llamar Rey Misterio. Los dos debutantes, los dos con todo por demostrar. Nadie en esa arena imaginó que 20 años después volverían a compartir el ring y que esa segunda vez sería la última.

Pero eso viene después. Primero hay que entender el precio de ese apellido, porque nacer siendo el hijo del hombre más temido de la lucha libre mexicana tiene dos caras. La primera es la puerta abierta. Cualquier promotora del país te [música] quiere en su cartel. Cualquier arena se llena más rápido con ese apellido en el póster.

Cualquier rival te toma en serio desde el primer segundo. La segunda cara nadie la cuenta. La segunda cara es que nunca eres tú. Eres el [música] apellido y el apellido siempre va a ser más grande que tú. Por eso, [música] desde su primer día en AA, Pedro Aguayo Ramírez cargó con algo que ningún entrenamiento puede prepararte para cargar.

La expectativa de un México entero que no quería ver a un luchador. Quería ver si el hijo del perro era tan perro como el padre y él lo sabía. Hay algo [música] que muy pocos recuerdan de esos primeros años. Aguayo Junior debutó como técnico, el niño [música] bueno, el que el público debía aplaudir, pero el público no lo aplaudía, lo medía, lo comparaba, lo encontraba insuficiente, [música] porque su padre nunca fue técnico, su padre fue el más rudo de los rudos y el hijo intentando ser héroe era para la afición mexicana de los 90, algo que no terminaba de

encajar. Por eso, A tomó una decisión. Si el público no lo acepta como héroe, que sea villano, que sea lo que el apellido prometía. Y ahí, [música] en ese giro nació el verdadero perro Junior. Pero lo que nadie calculó es que convertirte en el villano que el sistema necesita tiene un costo y ese costo se cobra despacio, tan despacio que cuando te das cuenta [música] ya pagaste todo.

¿Qué tan grande llegó a ser ese nombre? Eso es lo que viene ahora. Pero antes de los campeonatos, las facciones y los feudos que llenaron arenas. Hay algo que los documentales de homenaje nunca [música] cuentan. ¿Cómo era ese hombre fuera del ring? Porque perroayo Junior, el personaje, [música] el rudo, el líder de los perros del mal, era una construcción, una construcción brillante, una construcción que funcionó durante 20 años y que le dio fama, dinero y un lugar permanente en la historia del [música] pancracio

mexicano. Pero Pedro Aguayo Ramírez, el hombre, era algo diferente. Los que lo conocieron de verdad [música] describen a alguien intensamente leal con los suyos. que no olvidaba un favor, que cuando alguien de su círculo necesitaba algo, aparecía sin que nadie tuviera que pedírselo dos veces, que tenía un sentido del humor que no salía en los micrófonos [música] ni en las entrevistas.

El perro del ring era intimidante, calculado, [música] frío. El Pedro del camerino era el que hacía bromas malas a las 5 de la tarde y se reía antes de que nadie más lo hiciera. Era el que se acordaba del cumpleaños de los técnicos de producción, de los que cargaban el equipo, de los que armaban el ring, no de los luchadores principales, de los que nadie recuerda.

Eso dice más de un hombre que cualquier campeonato. [música] Y era terco. Dios era terco. La misma terquedad que había heredado de su padre junto con el apellido. La misma terquedad que lo hizo volver del cáncer. La misma terquedad que lo hizo subir al ring esa noche en [música] Tijuana cuando algo dentro de él le decía que no lo hiciera.

Esa terquedad [música] fue su fortaleza durante 20 años y esa misma noche fue lo que lo mató. A mediados de 2003, [música] Aguayo Junior hizo algo que nadie esperaba. dejó a a a la empresa donde había debutado, la empresa de su familia, la empresa que llevaba su sangre en el cartel desde que [música] tenía 15 años y se fue al CMLL, el Consejo Mundial, la empresa más antigua y más conservadora del país, la Catedral del Pancracio Mexicano, la Arena México, el Palacio del Pancracio, el lugar donde las leyendas se consagran o se entierran.

No hay término medio en la Arena México y llegó como técnico otra vez. El público del CML [música] tampoco lo aceptó como héroe, pero esta vez el rechazo fue diferente, esta vez fue más rápido, más brutal, más claro, porque el público del consejo sabía exactamente quién era su padre y sabía que [música] ese apellido no venía a aplaudir, venía a destruir.

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