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PABLO LARIOS: Confesó Antes De Morir Quién Mató A Su Familia

portero titular en el mundial del 86, campeón de liga, campeón de copa. Y ese mismo hombre enterró a su hijo de 19 años, dos meses después a su esposa y luego vino la madre y a menos de un mes la hermana, cuatro muertes. Y solo hay una persona que conecta esas cuatro. Lo ocultaron durante 15 años hasta hoy.

Quédate hasta el final porque vas a saber qué pasó con su hijo y con toda su familia, quién se aprovechó de cada uno de esos velorios y a quién terminó pidiéndole perdón Pablo Larios la noche que murió. Pero antes de llegar a esa noche en el hospital de Puebla en enero de 2019, hay algo que tienes que entender, porque lo que destruyó a Pablo Larios no empezó en un velorio, empezó 40 años antes, en un pueblo cañero de Morelos, donde un niño con apellido japonés aprendió a recibir golpes sin quejarse.

Aquí es donde todo cambia. Zacateepec, Morelos. 31 de julio de 1960. En una casa de una sola planta, justo enfrente del estadio Agustín Coruco Díaz, nace Pablo Larios Iguasaki. El padre Pablo Larios Guzmán, español que se había hecho mexicano vendiendo material de construcción. La madre María del Carmen Masaco Iwasaki Harta, japonesa, hija de los inmigrantes asiáticos que en los años 40 habían llegado a la selva de Morelos para abrir restaurantes en un país donde nadie sabía pronunciar sus apellidos.

La familia tenía una casa de materiales, cemento, varilla, tabiques y un negocio que se levantaba a las 5 de la mañana todos los días sin descanso. El pequeño Pablo creció cargando bultos. A los 9 años ya levantaba sacos de 25 kg sobre la espalda. Su padre se lo había ordenado, su madre lo había aceptado. En esa familia no se discutía, en esa familia se trabajaba.

Y el niño aprendió, antes de que aprendiera a leer bien, que la queja no servía para nada, que el cuerpo aguantaba más de lo que uno creía, que el cansancio se escondía debajo del sombrero. En el barrio le decíano, los amigos lo recuerdan con una cosa rara para su edad. Casi nunca lloraba. Cuando se caía corriendo, se levantaba y seguía, cuando chamaco le pegaba en la calle.

se enderezaba sin sacudirse el polvo. Su madre japonesa le había metido en la cabeza una frase que iba a perseguirlo toda la vida. Una frase que vamos a volver a escuchar al final de esta historia. Cuando todo se conecte, guarda esto en tu mente porque va a regresar. Mientras los niños del barrio jugaban con pelotas de plástico, Pablo se metía en el área del coruco Díaz.

Se ponía bajo los tres palos sin guantes, se tiraba al suelo de tierra una vez, otra, otra más, hasta que las rodillas le sangraban. La madre, al verlo llegar con las medias rotas, no le decía nada. Le mojaba un trapo con agua de manzanilla, le limpiaba las heridas y lo mandaba a la mesa a cenar. Esa mujer japonesa, callada, exigente, que nunca subió la voz, fue la que de verdad lo formó.

El padre español estaba ocupado vendiendo cemento. Aparecía en la mesa por la noche, comía rápido, leía el periódico y se iba a dormir. La madre era el centro de todo. La madre lo despertaba. La madre lo veía irse al estadio. La madre lo esperaba a las 9 de la noche sin preguntarle dónde había estado.

Pero hay algo que en Zacatepec todavía recuerdan y que pocos periodistas han contado bien, porque adentro de esa casa había otra persona, una hermana menor, tímida, callada como la madre, con los mismos rasgos asiáticos. Una niña que adoraba a Pablo, que le doblaba las medias todas las mañanas, que rezaba antes de cada partido. Esa hermana, sin que nadie se diera cuenta, se ganó algo más valioso que todos los trofeos que Pablo iba a levantar después.

Se ganó el corazón del muchacho. Y a partir de los 12 años, todo lo que Pablo Larios hizo en su vida lo hizo pensando un poco en ella. Vamos a volver a esa hermana, te lo prometo. Lo que vino después fue una bola de nieve. Pablo debutó como profesional el 4 de enero de 1981, entrando de cambio en un partido de los cañeros de Zacatepec contra el Necaxa.

Tenía 20 años. Era flaco, alto, callado y con una agilidad que asombraba a los entrenadores. En la temporada 81 82 impuso un récord que todavía resuena en el fútbol mexicano. 653 minutos sin recibir gol, siete partidos seguidos con la portería en cero. Un récord para los cañeros que duró años sin ser superado.

Y entonces llegó el momento que cambió todo. 1983. Bora Milutinovic, técnico de la selección Camino al Mundial, lo convocó. Pablo Larios fue el primer y único futbolista en la historia de México, convocado a la selección mayor mientras jugaba en segunda división. Un dato que pocos recuerdan con la precisión que merece, pero que lo dice todo sobre el tamaño del talento de este muchacho de Zacatepec.

Esa noche en el hotel de concentración, después de que Bora le dijo en su español roto, “Tú vas a ser el portero. Yo ya decidí.” Pablo Larios lloró por primera vez en su vida adulta debajo de la sábana para que nadie lo escuchara. Lloró pensando en su madre, lloró pensando en la hermana, lloró pensando en el padre español que vendía cemento y supo que la familia entera, sin saberlo todavía, iba a tener un hijo en un mundial.

1986, Estadio Azteca, Pablo Larios bajo los tres palos y atrás más de 100,000 personas gritando su nombre. Fue el portero al que menos goles le metieron en todo ese mundial. Le tiró Platini desde 18 m. Le tiró Sócrates desde la frontal. Le tiró Brigel desde fuera del área. A todos los tapó.

México llegó a cuartos de final, el famoso quinto partido. Y aunque cayó ante Alemania en penales, salió con la frente en alto. Pablo Larios salió del mundial siendo un mito. Aquí es donde el dinero empezó a llegar de verdad. Pablo Larios firmó con Cruz Azul. Le multiplicaron el sueldo por cinco, le entregaron un coche al contado y empezó algo que iba a ser la marca de toda su vida fuera de la cancha.

Pablo Larios se enamoró de los autos. Llegó a tener 60 autos deportivos en su mejor época. Él mismo lo contó años después. 60 Mustangs, Camaros, Corvets. Tenía un terreno en Zacatepec donde los guardaba todos juntos como un cementerio brillante de motores y de esos 60 no manejaba ni 10. Los demás estaban ahí quietos, cubiertos con lonas, como si los hubiera comprado solo para verlos, como si tener tantos autos fuera la prueba que él mismo necesitaba de que ya no era el niño que cargaba sacos de cemento. Recuerdas estos autos van a

volver y cuando regresen van a doler. En 1987, Pablo conoció a una mujer en una fiesta de fin de año en Puebla. Daniela Rodríguez Carrasco, 22 años, estudiante de la universidad, hija de una familia respetable de la ciudad, una mujer que se enamoró del hombre, no del personaje. Se casaron al año siguiente y tuvieron tres hijos en 6 años.

El primero, Pablo Larios Garza, después Carlos, después la pequeña y aquí aparece el primer caramelo de esta historia porque en 1990, después del nacimiento del primer hijo, Pablo Larios hizo algo que iba a marcar 29 años de su vida. mandó a hacer una pequeña caja de madera, una caja chica del tamaño de una baraja hecha por un carpintero de cuerna vaca y adentro de esa caja empezó a guardar una cosa por cada uno de sus hijos.

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