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NOÉ HERNÁNDEZ : LA VERDAD SALIO A LA LUZ

Noé Hernández fue medalla de plata olímpica para México en Sydney, orgullo de un país. 12 años después, una bala calibre 9 mm le entró por la frente a las 3:30 de la madrugada en un bar de los reyes La Paz. Sobrevivió. Salió caminando del hospital con un parche en el ojo y 17 días después lo encontraron tirado boca abajo en el suelo de su casa.

Solo la autopsia dijo paro cardíaco. Pero 9 días antes de morir, el propio Noé Hernández dijo una frase frente a las cámaras que lo condenó. Una frase de nueve palabras, una frase que él mismo no entendió hasta dónde llegaba y que la persona que quería matarlo escuchó esa misma noche sentada frente al televisor en una casa que el público mexicano ya conoce.

Hoy vas a saber que dijo Noé Hernández esa tarde. Vas a saber quién lo escuchó y por qué 16 días después de esa frase alguien entró al cuarto donde Noé dormía solo y se aseguró de que no llegara vivo a la sexta cirugía. Quédate hasta el final porque esto se lleva ocultando 13 años. Pero para entender la frase que condenó a Noé Hernández, hay que regresar al niño que cargaba sacos de cemento por 50 pesos.

Porque lo que pasó esa madrugada en el bar de los Reyes La Paz no empezó esa madrugada, empezó mucho antes. Empezó en una calle sin pavimentar de Chimaluacán, donde un muchacho aprendió a los 12 años que en México el pobre paga para que lo dejen jugar. Chimaluacán, Estado de México, años 80.

Un municipio del oriente de la capital donde casi nadie quiere vivir y casi nadie quiere mudarse. Calles sin pavimentar, drenaje a cielo abierto, casas levantadas a tabique pelado con varillas saliendo del techo esperando un segundo piso que muchas veces no llega. En una de esas casas, el 15 de marzo de 1978, nació Noé Hernández Valentín, penúltimo de cuatro hermanos, familia de carencias, padre trabajador, madre que cocinaba para todos.

De niño le decían el chivo, por flaco, por las piernas largas, por la cara seria. Noé era el más callado de los hermanos, el que se sentaba en la banqueta a mirar pasar a los carros, el que aprendió a leer antes de tiempo porque no tenía con qué más entretenerse. La televisión de la casa daba puro fantasma.

La radio sonaba en la cocina y los partidos de fútbol llegaban por la voz de un vecino que traía el aparato a la calle los domingos. A los 12 años, Noé ya cargaba sacos, cemento, arena, tabique. Un primo de su papá trabajaba en construcción y los sábados se llevaba al muchacho a las obras. le pagaba 50 pesos por colado, 50 pesos por subir cubeta tras cubeta de mezcla por una rampa de tabla mientras los maestros gritaban desde arriba por mojarse la espalda, por dormirse en el camión de regreso con las manos cuarteadas y un sándwich de huevo en el

estómago. Esa frase 50 pesos por colado, Noé la repitió muchas veces años después. la dijo en TV Azteca en una entrevista grabada semanas antes de los Juegos de Londres 2012, ya con la medalla colgada en la sala de la casa nueva. La dijo sin orgullo, la dijo sinvergüenza, la dijo como se dice una fecha de cumpleaños, 50 pesos por colado.

Así se hizo el cuerpo que 12 años después iba a aguantar 20 km de marcha en Sydney. Pero antes de Sydney, antes de la marcha, antes de que un profesor de educación física le cambiara la vida, hubo una primera traición, una traición pequeña, sucia, mexicana, que Noé cargó hasta el día en que murió y que explica por qué cuando lo invitaron a la política 20 años después debió haber dicho que no.

La primera pasión de Noé Hernández no fue la marcha, fue el fútbol. Como casi todos los muchachos del oriente del Estado de México en 1990, Noé quería ser delantero, velocista, goleador y tenía con qué las piernas largas, el aire para correr, 90 minutos, la cabeza fría. Llegó a las fuerzas básicas de los Toros Nesa, equipo que en esos años era el suspiro deportivo de Nesa Walcoyotol.

El club lo probó, lo dejó, le abrió la puerta del primer equipo juvenil. Noé tenía 12, 13 años. Estaba a un paso de debutar y entonces pasó lo que en México siempre pasa. Le pidieron dinero. Noé lo contó años después, en esa misma entrevista de TV Azteca, con la cara dura y la mirada hacia un costado. Lo contó con palabras suyas, no con eufemismos.

dijo que unos ganañes del club le pidieron dinero para hacerlo debutar. Un sobre, una mordida, una propina para que el muchacho saltara la fila. Si no tenía para comer dijo Noé, ¿cómo iba a tener para pagarle a alguien que lo metiera a la cancha? Noé Hernández salió de los Toros Nesa con 12 años y una herida que después nadie supo medir bien.

La herida no era el fútbol, la herida era haber descubierto a esa edad que en México el deporte no se gana solo con piernas, se gana también con sobres. Y él no tenía sobres. La familia entera no tenía sobres. Y el muchacho que salió caminando del estadio Nesa ese mediodía regresó a la casa con una decisión nueva en la cabeza. La decisión era simple.

No iba a volver a poner el cuerpo en un deporte donde alguien con dinero pudiera comprar lo que él merecía por correr. 14 años. Secundaria pública de Chimaluacán. La clase de educación física era una hora a la semana en un patio de cemento con un profesor que llevaba 10 años trabajando ahí.

sin haber visto pasar nunca a un alumno con piernas como las de Noé. El profesor se llamaba un nombre que ni la familia recuerda hoy. Pero un día, mientras los muchachos corrían vueltas al patio, el profesor paró a Noé contra la pared y le dijo una frase corta. La frase fue, “Tú eres marchista.” Noé ni siquiera sabía qué era eso.

La marcha como deporte olímpico es de los más ingratos que existen. 20 km caminando con un patrón estricto, una pierna siempre en contacto con el suelo, la cadera trabajando como bisagra. 1 hora 20 minutos, 1 hora 30, 1 hora 40 en carretera, con sol, sin sombra, sin gloria. Casi nadie te ve, casi nadie te aplaude, pero el cuerpo trabaja como pocos cuerpos en el deporte mundial.

Y los que aguantan, los pocos que aguantan, son hombres distintos al resto, más tercos, más callados, más solos. Noí Hernández encajó en la marcha como nunca encajó en otra cosa. La primera vez que hizo 5 km sin parar, el profesor de educación física le compró un refresco con dinero de su bolsa.

La segunda vez que hizo 10, el profesor lo llevó en su carro después del entrenamiento hasta una pista en Texcoco, donde entrenaban marchistas de verdad. Y a partir de los 15 años, Noé dejó los sábados de albanil, dejó los partidos de los domingos, dejó las reuniones con los muchachos del barrio y empezó a caminar.

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