En el corazón de la colonia 20 de Noviembre, en la alcaldía Venustiano Carranza, la vida de Teresa Guadalupe Molina Hernández parecía ser el reflejo del esfuerzo y la dedicación. A sus 55 años, Teresa no solo era una madre soltera ejemplar, sino un pilar económico incansable. Con tres fuentes de ingresos —un empleo en una empresa de telecomunicaciones, una oficina en Polanco y un negocio propio de perfumes que operaba desde su hogar—, ella había construido una estabilidad que muchos envidiarían. Sin embargo, esa misma fortaleza y autonomía se convirtieron, paradójicamente, en el detonante de una tragedia que ha dejado a la Ciudad de México en un estado de absoluta consternación.
El 25 de abril de 2026, las cámaras de seguridad captaron a Teresa ingresando a su domicilio en el número 286 de la calle Grabados. Fue la última vez que se le vio con vida. Lo que siguió a esa entrada fue un silencio sepulcral por parte de su único hijo, Fernando Yael Pérez Molina, de 21 años, quien esperó seis días completos para reportar la desaparición de su madre
. Cuando finalmente lo hizo, el 1 de mayo, se presentó ante los medios y las autoridades como un hijo devastado, con lágrimas en los ojos y una voz quebrada que pedía ayuda para localizar a la mujer que, según sus propias palabras, lo era todo para él. Pero detrás de ese rostro de dolor se escondía una narrativa que la ciencia forense y las inconsistencias testimoniales comenzarían a desmoronar pieza por pieza.

La investigación, liderada por la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México (FGJCDMX), reveló una línea de tiempo escalofriante. La noche del incidente, Fernando Yael había salido a beber con un amigo. Al agotarse el dinero, regresó a casa para exigirle a su madre 2,000 pesos para continuar la fiesta. Teresa, en un acto de legítima autoridad y cansancio ante la dependencia absoluta de su hijo —quien estudiaba en una prestigiosa escuela privada costeada por ella—, pronunció una palabra que Fernando no estaba dispuesto a aceptar: “No”. Según testimonios recabados, esa negativa desató una fuerte discusión. Vecinos informaron haber escuchado gritos y quejidos procedentes de la vivienda esa madrugada, ruidos que hoy cobran un significado aterrador.
Lo más perturbador del caso no fue solo la posible agresión, sino el comportamiento de Fernando Yael en los días posteriores. Mientras la ficha de búsqueda de Teresa circulaba por redes sociales y sus compañeras de trabajo encendían las alarmas por su inusual ausencia, el joven de 21 años mantenía una normalidad pasmosa. Siguió asistiendo a sus clases en la Escuela Bancaria y Comercial, utilizaba las tarjetas bancarias de su madre para gastos personales y circulaba por las calles de la capital al volante del automóvil Ibiza, propiedad de Teresa. Esta frialdad fue destacada por investigadores y periodistas, señalando que Fernando no actuaba como alguien que ha perdido al ser más querido, sino como alguien que ha tomado posesión de un botín.
El giro definitivo ocurrió el 5 de mayo, cuando la Fiscalía ejecutó una orden de cateo en el domicilio de la calle Grabados. Aunque la casa parecía estar limpia a simple vista, la aplicación de luminol reveló una realidad distinta: rastros hemáticos y restos biológicos en una de las recámaras y en el baño. La tecnología forense detectó lo que alguien intentó borrar con desesperación. Estos hallazgos, sumados al análisis de las cámaras de videovigilancia que confirmaron que Teresa nunca salió de la casa por su propio pie, fueron suficientes para que un juez dictara la orden de aprehensión contra Fernando Yael.
El 7 de mayo, agentes de la Policía de Investigación localizaron a Fernando en el cruce de Fray Servando Teresa de Mier y Simón Bolívar. En un detalle que raya en lo macabro, al momento de su detención, el joven lucía en su antebrazo derecho un tatuaje con el apellido “Molina”, el mismo apellido de la madre a la que presuntamente agredió y cuya desaparición intentó encubrir. Actualmente, se encuentra recluido en el Reclusorio Preventivo Varonil Norte, enfrentando cargos por desaparición cometida por particulares en su modalidad agravada, una figura legal que castiga con especial severidad la traición a la confianza y la vulnerabilidad de la víctima.

Este caso ha reabierto una herida profunda en la sociedad mexicana sobre la violencia doméstica y la dependencia económica. Teresa Guadalupe no fue víctima de la delincuencia organizada que suele acaparar los titulares; fue víctima de una violencia íntima, la que ocurre detrás de puertas cerradas y que a menudo es alimentada por el resentimiento de quienes, sintiéndose con derecho sobre la vida de los demás, no toleran un límite. La Ciudad de México registró un preocupante aumento en los feminicidios a inicios de 2026, y la alcaldía Venustiano Carranza se sitúa hoy como uno de los puntos rojos donde el peligro, lamentablemente, puede habitar en la habitación de al lado.
A pesar de la detención, el clamor por justicia no cesa. Teresa Guadalupe Molina Hernández sigue sin aparecer. Las autoridades mantienen operativos de búsqueda activos, procesando cada pista y cada indicio biológico encontrado en la vivienda. La comunidad exige no solo que se aplique todo el peso de la ley al responsable, sino que se localice a Teresa para que su familia y amigos puedan cerrar este capítulo de horror. Su historia es un recordatorio doloroso de que el derecho a decir “no” no debería tener un costo tan alto, y que ninguna madre debería desaparecer en el lugar que con tanto sudor construyó para proteger a los suyos. La búsqueda continúa, y la memoria de una mujer trabajadora e incansable exige que la verdad salga totalmente a la luz.