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La TERRIBLE TRAGEDIA que VIVE CESAR BONO a los 76 AÑOS

César Bono es considerado uno de losriones más destacados y queridos de México con una trayectoria de más de 50 años. Su popularidad trasciende generaciones. Oye, pero no nos vayan a porque dicen que son 7 años de mala suerte. 50 años haciendo reír a México. 50 años de teatros llenos, de programas que paraban familias enteras frente al televisor.

Pero de un momento a otro el cuerpo le dijo basta. varios infartos, daño neurológico permanente, una mano que dejó de responder y un insoportable dolor que no se va. Este es el triste presente de César Bono y lo que nunca te contaron de su dura batalla de salud. Pero de la ardilla, como dice la chavisa, estoy muy bien. Para entender en profundidad la lucha silenciosa, dura y cruda que vive actualmente, primero hay que recordar quién es realmente César Bono y por qué su legado es mucho más grande de lo que muchos imaginan. Inicios del niño del

barrio. César Bono Quintana nació el 12 de julio de 1949 en la Ciudad de México. Creció en los años en que la capital mexicana todavía tenía la ilusión de que podía crecer sin perder su forma antes de que el Distrito Federal se convirtiera en esa cosa enorme y desbordada que es hoy. Era una ciudad más lenta, más barrial, donde la gente se conocía en las banquetas y los niños jugaban en la calle sin que nadie se preocupara demasiado.

César era uno de esos niños, ¿no? el más guapo del salón, no el más alto, no el que se destacaba por los deportes, era el chistoso, el que hacía las caras, el que imitaba al maestro cuando el maestro daba la vuelta y el salón entero se revolvía de risa y luego todos miraban al frente como si nada.

Ese don, esa capacidad de hacer que la gente se doble de risa con solo una expresión, con solo un gesto, con solo una pausa en el momento exacto, no se aprende en ninguna escuela. O vienes con eso puesto o no vienes. César vino con eso puesto. Lo que también vino puesto, aunque esto ya no lo dice con tantas ganas en las entrevistas, es la necesidad de ser visto, de ser reconocido.

Esa urgencia particular que tienen los que hacen reír a los demás y que a veces esconde debajo de las carcajadas una búsqueda de algo que se llena momentáneamente con los aplausos y que vuelve a vaciarse cuando las luces se apagan. No estamos diciendo que César Bono era infeliz. Estamos diciendo que los grandes cómicos raramente son simples y César desde muy joven no era simple. Estudió teatro.

Se formó en las artes escénicas en una época en que México tenía una escena teatral vibrante y seria, una época en que ser actor no era todavía sinónimo de buscar tu oportunidad en un reality o en TikTok, sino que implicaba años de técnica, de trabajo en el cuerpo, de entender cómo funciona un personaje desde adentro. César pagó esas horas.

Las pagó con trabajo, con hambre, con los años en que cualquier otro se hubiera rendido y se hubiera buscado un empleo de oficina. La escuela de las tablas. El teatro en México en los años 70 era una mezcla de tradición española, vanguardia latinoamericana e improvisación pura. Las salas eran pequeñas, el dinero era poco y los actores hacían de todo.

Montaban el escenario, cosían el vestuario, vendían los boletos y actuaban. Era un mundo que o te formaba o te quebraba y no había mucho espacio intermedio. César se formó y se formó bien. Aprendió lo más difícil de la comedia, que no es hacer una broma. Cualquiera puede hacer una broma. Lo difícil es el tiempo.

Saber cuánto silencio poner antes del remate. Si yo ahorita me aviento un palo, en lugar de venirme me voy. Saber cuando no decir nada y dejar que el cuerpo hable solo. Saber leer a un público en vivo en tiempo real y ajustar lo que estás haciendo según lo que recibes de regreso. Eso no se enseña en ningún libro.

Se aprende en el escenario noche tras noche ante públicos que a veces responden y a veces no y que nunca te mienten. El teatro también le dio algo más. Le dio disciplina. Esa disciplina del artista escénico que sabe que cuando el telón sube no importa nada de lo que pasó antes. No importa que estés enfermo, no importa que hayas peleado con alguien en el camerino, no importa que tengas un dolor de cabeza que te está partiendo en dos.

El telón sube y tú estás ahí y haces lo que tienes que hacer. Esa disciplina, como vamos a ver más adelante, fue tanto su virtud más grande como, en cierto sentido, parte de su propia trampa. La televisión lo encontró o él la encontró a ella. Con César Bono es difícil saber quién buscó a quién, porque desde que apareció en la pantalla chica parecía como si siempre hubiera estado ahí, como si la televisión mexicana simplemente no hubiera estado completa hasta que él llegó.

A lo largo de los años 70 y 80, César fue construyendo una presencia en programas de comedia, en sketches, en apariciones especiales, en ese tipo de televisión popular que se hacía en México y que tenía la magia particular de llegar a todos los hogares al mismo tiempo. En una época sin internet, sin streaming, sin redes sociales, la televisión era el único espacio donde todo México miraba lo mismo en el mismo momento.

Y César Bono fue uno de los rostros de ese espacio. No era el galán, nunca fue el galán. Y eso, en lugar de imitarlo, lo liberó. Porque los galanes tienen que sostener una imagen. Los cómicos pueden ser humanos, pueden ser torpes, pueden equivocarse, pueden tener cuerpos imperfectos y caras que no caben en ningún canon de belleza.

Y paradójicamente eso los hace más reales, más cercanos, más queridos. César Bono era el tío chistoso de la televisión mexicana, el que llegaba a las reuniones y las transformaba, el que hacía que hasta las situaciones más incómodas se volvieran soportables con una mueca o con una frase a destiempo. Enano, me siento muy mal.

Bueno, después regreso por ti, manito. Ándale. La gente lo quería. No lo admiraban desde lejos como a una estrella intocable. Lo querían como se quiere a alguien de la familia. Y eso cuando llegue el momento que ya viene va a doler más. Las décadas de los 80 y los 90 fueron el pico. Si mides la vida de César Bono en audiencias y en reconocimiento, en esos años está lo más alto.

México lo veía en la televisión, lo escuchaba en el radio, lo encontraba en el teatro. era uno de esos actores que no necesita que le digas un nombre completo para que la gente sepa de quién estás hablando. Con decir César Bono era suficiente y eso en un país de 100 millones de personas no se logra de la noche a la mañana trabajó con los grandes.

Compartió escenario con figuras que ya son parte del patrimonio cultural del país. Hizo comedia, pero también drama. También personajes de carácter, también papeles que requerían algo más que hacer reír, que requería meterse en un ser humano complejo y sacarla al público sin que se cayera el personaje y lo hacía bien, con esa naturalidad que solo tienen los que llevan décadas trabajando el oficio hasta los huesos.

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