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La SORPRENDENTE vida de Pedro Infante y Sus MANSIONES | Herencia, Amores, Desgracias

Hay una propiedad en Cuajimalpa que durante los años 50 la gente conocía con un nombre que lo decía todo. La llamaban Ciudad Infante. No era una casa, era una ciudad dentro de una ciudad. 10 haáreas de terreno donde un hombre construyó su propio mundo. Tenías sala de cine con taquilla falsa donde el dueño le daba acceso personal a cada invitado como si fuera función de estreno.

[música] Tenía peluquería donde el mismo cortaba el pelo a sus amigos porque nunca dejó de ser peluquero, aunque ya fuera la estrella más grande de México. Tenía capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe. Tenía gimnasio equipado donde boxeaba todas las mañanas. Tenía sala de fiestas, bar, alberca. carpintería donde tallaba madera con sus propias manos, boliche, rocola, fuente de sodas y hasta simulador de vuelo, porque ese hombre amaba los aviones más que a casi cualquier cosa en este mundo.

Y los domingos ese hombre abría las puertas de su ciudad personal y recibía visitas a todos. Llegaban amigos, familiares, gente del medio y los atendía como si fueran los invitados más importantes del planeta. [música] Ese hombre se llamaba Pedro Infante y esa propiedad extraordinaria ya no existe como él la conoció.

Después de su muerte fue vendida y terminó convertida en instalaciones de una empresa privada. Ciudad Infante dejó de existir como un lugar físico y se convirtió en lo que siempre fue en realidad una leyenda. Pero [música] esa no fue la única casa de Pedro Infante. Tuvo una en la colonia Narbarte, donde vivió con su única esposa legal.

Tuvo otra en Lindavista que fue demolida en 2019. Tuvo una en Mérida con Irma Dorantes que hoy funciona como hotel y tuvo propiedades que nunca pudieron quedar en nombre de nadie porque murió sin testamento a los 39 años en un accidente de avión que partió a México en dos. Hoy vamos a conocer la vida completa de Pedro Infante como nunca te la han contado.

Vamos a recorrer cada una de sus casas y saber qué pasó con ellas. Vamos a conocer a las tres mujeres que marcaron su vida y los hijos que tuvo con cada una. Vamos a descubrir cuánto dinero ganó realmente, cómo lo gastó, quien se quedó con su fortuna después de su muerte y porque su propia familia no heredó prácticamente nada.

Vamos a entender por qué un hombre que sobrevivió dos accidentes de avión decidió subirse a un tercero. Y vamos a conocer los detalles de esa mañana del 15 de abril de 1957 que silenció la voz más querida que México ha tenido. Te adelanto que esta historia tiene de todo. Comencemos desde el principio. Desde Mazatlán.

José Pedro Infante Cruz nació el 18 de noviembre de 1917 en Mazatlán, Sinaloa, en la calle Camichín número 508, a las 2:30 de la madrugada. Era el cuarto hijo de Delfino Infante García y refugio Cruz Aranda. Su padre era músico, maestro de música que tocaba el contrabajo en bandas locales y también tenía una tienda y un taller de muebles de madera.

Su madre, doña refugio, eraita y se dedicaba al hogar cargando con la responsabilidad de una familia que no dejaba de crecer. [música] Pedro fue el cuarto de 15 hermanos, 15, de los cuales solo sobrevivieron nueve. Seis murieron en la infancia o al nacer. Imagina esa casa llena de niños, llena de ruido, llena de necesidad, porque la familia infante no tenía dinero.

[música] Tenían lo justo para sobrevivir y a veces ni eso. Delfino tocaba donde lo llamaran, ganaba lo que podía, pero 15 bocas que alimentar son 15 bocas, sin importar cuántas canciones toques en una noche. A principios de 1924, cuando Pedro tenía 6 años, la familia se mudó a Guamuchil, Sinaloa, un pueblo pequeño, caluroso, donde Pedro pasaría toda su infancia y adolescencia.

En Guamuchi estudió la primaria, pero solo alcanzó hasta cuarto grado. No porque no quisiera seguir estudiando, sino porque la necesidad económica era tan grande que la familia no podía permitirse tener un par de manos sin trabajar. Pedro tenía que ayudar, tenía que aportar. Su primer empleo fue demandadero en la Casa Melchor, un comercio de implementos agrícolas.

Pedro era un niño, pero era tan despierto, tan eficiente, tan simpático con todo el mundo, que a los pocos meses lo nombraron jefe de mandaderos, un niño mandando a otros niños. Eso dice mucho de quién era Pedro Infante desde el principio. Después aprendió el oficio de tallar madera en el taller de don Jerónimo Bustillos, donde estuvo 5 años.

5 años tallando, cortando, lijando. Aprendió tanto que con el tiempo se fabricó su propia guitarra con sus propias manos. una guitarra que no compró en una tienda, que no le regalaron, que él mismo construyó pieza por pieza en ese taller. Esa guitarra era su tesoro y con ella empezó a tocar las primeras canciones que le había enseñado su padre.

También aprendió el oficio de peluquero con Policarpo y Sárraga en el Rosario, Sinaloa. Y esto es un detalle importante porque Pedro nunca dejó de cortar cabello. Cuando ya era la estrella más grande de México, cuando tenía millones y fama y casas con cine privado, seguía cortando el pelo a sus amigos y familiares por puro gusto.

Eso era Pedro Infante, un hombre que nunca olvidó de dónde venía sin importar a dónde llegara. Pedro nunca se quejó de su infancia, nunca habló de ella con amargura ni con resentimiento. Al contrario, la recordaba con cariño porque a pesar de la pobreza, a pesar de los hermanos que murieron, a pesar de no poder terminar la escuela, la familia Infante Cruz tenía algo que el dinero no puede comprar.

Tenían música todas las noches después de trabajar, donde el fin sacaba su contrabajo y tocaba para sus hijos. La casa se llenaba de sonidos, de canciones que los niños aprendían de memoria, de ritmos que Pedro absorbía como una esponja. Era un hogar pobre pero lleno de vida. Y Pedro supo desde muy temprano que la música era la única riqueza que su familia tenía en abundancia.

La música siempre estuvo ahí. Su padre le dio las primeras lecciones y Pedro demostró tener un oído extraordinario. Aprendió guitarra con el maestro Carlos Hert. Aprendió a tocar varios instrumentos y a los 14 años formó su primera orquesta, una agrupación que bautizó como la rabia. Tocaban en los cabarets de Huamuchil a 10 centavos la pieza, 10 centavos por canción.

Eso era lo que valía la música de Pedro Infante. Cuando empezó, el público prestaba más atención a la bebida que al escenario, pero Pedro no se desanimaba. tocaba, cantaba, observaba, observaba cómo se comportaba la gente cuando bebía, cómo cambiaban las caras, cómo salían las emociones que durante el día se guardaban. Esa observación le serviría décadas después, cuando tuviera que interpretar borrachos, enamorados, hombres rotos y hombres felices en la pantalla grande.

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