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La India María: Lo que el PRESIDENTE Calló… y la Hija que Desapareció

Todo el mundo cree que conocía a la India María, que era el personaje más honesto de la televisión mexicana, la India que decía la verdad que los poderosos no querían escuchar, la que le costó el veto de 8 años por burlarse de un presidente en vivo, la que hacía reír a millones de familias mexicanas con la misma honradez con que su personaje se enfrentaba al abuso de los poderosos.

Pero María Elena Velasco, la mujer detrás de ese personaje, guardaba tres secretos que se llevó a la tumba el 1 de mayo de 2015 y uno de ellos tiene nombre, tiene 50 años y vive en Los Ángeles. Contré no es la historia de una comediante que hacía reír a México, es la historia de una mujer que construyó su vida entera sobre el silencio.

Silencio sobre su relación con el hombre más poderoso de la televisión mexicana. silencio sobre la hija que tuvo con él y que entregó a una empleada doméstica para que la criara en California. Silencio sobre el cáncer que la mató durante 6 años mientras sus amigos del medio no sabían absolutamente nada.

Y el silencio más cruel de todos, morir sin que esa hija pudiera despedirse de ella, sin que María Elena Velasco la reconociera jamás. Para entender el peso de esos secretos, hay que entender primero quién era la mujer que los cargaba. María Elena Velasco Fragoso nació el 17 de diciembre de 1940 en Puebla de Zaragoza.

Su padre era mecánico ferroviario Tomás Velasco Saavedra, una familia de clase trabajadora en una ciudad de provincia donde la movilidad social no se conseguía sin esfuerzo extraordinario y donde las opciones que tenía una mujer con talento, pero sin conexiones eran pocas y ninguna era fácil. Cuando su padre murió, la familia entera se trasladó a la ciudad de México, porque la ciudad de México era el único lugar donde las cosas podían ser distintas, aunque no hubiera ninguna garantía de que lo fueran. María Elena tenía que

trabajar, tenía que contribuir al sostenimiento de su madre y sus hermanos. Empezó en el teatro Tíboli como bailarina, no como actriz, no como cómica, como bailarina, que era la primera puerta que se abría para una mujer joven con cuerpo y ritmo y nada más que ofrecer todavía. Después en el teatro Blanquita como corista, haciendo sketches al lado de comediantes que llevaban años en el oficio, sin nombre propio, sin personaje propio, con el cuerpo, la inteligencia y el talento como únicos activos en un mundo que en

esa época no reconocía esos activos en las mujeres de la misma manera que los reconocía en los era una capacidad extraordinaria para observar, para mirar a la gente que la rodeaba en los camiones, en los mercados, en en las calles de una ciudad de México que en los años 60 era ya una metrópoli que tragaba gente de todo el país y que no hacía demasiadas preguntas sobre de dónde venían.

y encontrar en esos gestos, en esas cadencias del habla, en esas formas de moverse y de mirar que pertenecen a gente que viene de lejos y que sabe que en la ciudad alguien siempre va a intentar aprovecharse de ellos, el material de algo que todavía no existía, pero que ella podía sentir. En 1964 creó el primer esbozo del personaje que con los años se convertiría en la India María.

una mujer indígena que no sabía nada de la ciudad, pero que sabía todo de la gente, que parecía ingenua, pero que en el momento decisivo siempre encontraba la manera de salir adelante con una inteligencia que los demás no esperaban porque venían con sus propios prejuicios, que era el espejo de millones de personas que habían llegado a la ciudad con lo mismo que ella, talento, hambre y la certeza de que no había vuelta atrás.

En 1969, Velasco apareció con ese personaje en Siempre en Domingo, el programa de variedades más visto de la televisión mexicana, conducido por Raúl Velasco. La coincidencia de apellidos no era parentesco de sangre, era el encuentro entre dos mundos que hasta ese momento no tenían ninguna razón obvia para cruzarse.

ella, la comediante poblana, que había llegado a la ciudad con nada y que había construido cada paso de su carrera sin que nadie le abriera las puertas por favoritismo. El conductor más poderoso de la televisión en español en el mundo, el hombre que desde el canal 2 de Televisa cada domingo por la noche construía y destruía carreras con la misma facilidad con que sonreía a las cámaras.

El hombre al que Emilio Azcárraga Milmo había colocado en ese puesto porque entendía que Raúl Velasco tenía algo que ningún otro conductor de televisión en México tenía en esa época. La capacidad de hacer que los artistas de todos los géneros, desde la ranchera hasta el pop, parecieran parte de una misma familia feliz frente a la audiencia.

El segmento de la India María en Siempre en domingo se convirtió en un éxito inmediato y rotundo. La audiencia de todo México, desde Tijuana hasta Mérida, reconocía en ese personaje algo que la televisión raramente les mostraba con esa honestidad a alguien que se parecía a ellos. No a los galanes de telenovela con sus trajes y sus peinados perfectos.

No a las vedets del cabaret con sus lentejuelas y sus canciones importadas. a la mujer que tomaba el camión todas las mañanas apretujada contra desconocidos, al señor que vendía en el mercado y que sabía exactamente quién iba a tratar de no pagarle. A la gente que había llegado a la capital desde algún estado donde las cosas no eran fáciles y que tenía que navegar en una ciudad de México que no los esperaba con los brazos abiertos, pero que tampoco podía darse el lujo de ignorarlos porque eran demasiados. Ese personaje era un

espejo y México se miró en ese espejo durante más de 40 años con una mezcla de reconocimiento y de risa que tenía dentro algo más profundo que el entretenimiento. Tenía la validación de existir. Pero mientras el personaje hacía historia en las pantallas cada domingo por la noche, la mujer detrás del personaje estaba construyendo una historia paralela que nunca aparecería en ninguna pantalla.

La historia de lo que pasó entre María Elena Velasco y Raúl Velasco cuando los micrófonos estaban apagados y las cámaras apuntaban a otro lado. Para entender esa historia, hay que entender también quién era Raúl Velasco en ese momento. era el conductor más poderoso de la televisión latinoamericana, el hombre cuya llamada a un artista podía significar la diferencia entre el anonimato y la fama continental, el que cada domingo, en siempre en domingo, presentaba ante 30 millones de personas a los artistas que él consideraba que merecían ser

presentados. Era también, según todos los que lo conocieron de cerca, un hombre que en su vida personal guardaba sus propias fronteras con una discreción que en muchos sentidos igualaba a la de María Elena Velasco, casado con familia, con una imagen pública cuidadosamente construida sobre la amabilidad y la accesibilidad de alguien que parecía de todo el mundo y que en privado, como ocurre con casi todas las personas que construyen esas imágenes, era alguien más complejo.

No hay registro oficial de esa relación. Raúl Velasco nunca la admitió en vida. María Elena Velasco nunca la confirmó públicamente. Durante años circuló como el rumor que circulan las historias que todos en el medio saben, pero que nadie puede decir porque nadie que la sabe está dispuesto a firmarlo. Pero hay una realidad que no requiere confirmación verbal porque es una vida que existe y que habla por sí misma.

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