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JAVIER SOLÍS: La Vida Secreta que Nadie Se Atrevió a Contar | Herencia, Una Muerte Misteriosa y más

19 de abril de 1966, 5:45 de la mañana. Habitación 406 del Hospital Santa Elena, colonia Roma, Ciudad de México. Un hombre de 34 años se incorpora en la cama, dice que se siente bien, sonríe y entonces da un suspiro largo, profundo, como el final de una canción que nadie pidió que terminara. Dice dos palabras.

Ay, Dios mío, [música] se queda quieto y su corazón deja de latir. Unas horas después, la noticia ya circula por todo México. Todas las estaciones de radio dejan de programar lo que tenían preparado y empiezan a transmitir una sola cosa. Sombras, payaso, llorarás, llorarás. Si Dios [música] me quita la vida. Esclavo y amo.

La voz que durante una década había hecho llorar, bailar y enamorarse a millones de personas. Ahora sonaba diferente. Sonaba como lo que era, una despedida que nadie quiso aceptar. En las tiendas de discos de toda América Latina, las grabaciones se agotaron en horas. Y en el panteón jardín de la Ciudad de México, cuando el cortejo fúnebre intentó llegar a la fosa, miles de personas rompieron las barreras, se subieron a las bardas, derribaron el orden y los granaderos tuvieron que intervenir mientras la gente caía al suelo en medio de la

desesperación por estar cerca del féretro. No era el entierro de un presidente, no era el entierro de un general, era el entierro de un hombre que 10 años antes cortaba carne en una carnicería de la colonia Condesa por 17 pesos al día. Y esta no es solo la historia de cómo murió Javier Solís, esta es la historia de como un niño abandonado por su padre antes de cumplir 2 años, criado por sus tíos en un barrio pobre de Tacubaya, con estudios hasta quinto de primaria, que soñaba con ser boxeador y terminó con la ceja abierta y

la oreja rota. que cargaba canastas en el mercado y lavaba autos para sobrevivir. Encontró dentro de su garganta algo que el hambre no pudo destruir, algo que en apenas una década lo convirtió en el rey del bolero ranchero, en el tercer vértice de la trinidad sagrada de la música mexicana, junto a Pedro Infante y Jorge Negrete y en el único cantante latinoamericano al que Frank Sinatra admiró tanto que planearon grabar un disco juntos.

Pero también es la historia de lo que ese hombre escondía, de las mentiras que construyó, de las mujeres que engañó [música] y de una muerte que México nunca terminó de entender. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como Gabriel Siria Levario, un niño que nunca tuvo nada, se inventó a sí mismo hasta convertirse en Javier Solís.

Segundo, que secreto se escondió detrás de esa voz impecable, incluyendo una identidad fabricada, múltiples matrimonios simultáneos con documentos falsos y un pacto de sangre que casi mata a la mujer que más amó. Tercero, ¿qué pasó realmente en el Hospital Santa Elena? Porque el médico que lo operó no era cirujano, porque el expediente médico desapareció y porque una jarra de agua de limón se convirtió en la explicación más repetida y menos creíble de su muerte.

Y cuarto, ¿qué quedó después del silencio cuando cuatro mujeres aparecieron reclamando ser su esposa legítima y un país entero tuvo que decidir si quería seguir adorando la voz o empezar a mirar al hombre que la producía? Pero antes de llegar a la muerte, antes de llegar al hospital, antes de la jarra de agua y el expediente perdido, hay que volver al principio, hay que volver al hambre, porque la historia de Javier Solís no comienza con un micrófono, comienza con un estómago vacío.

Gabriel Siria Levario nació el 4 de septiembre de 1931 en el número 165 de la calle Simón Bolívar, Ciudad de México. Su padre, Francisco Siriamora, era panadero. Su madre, Juan Alevario Plata, era comerciante. Fue bautizado el primero de octubre en el sagrario metropolitano, el primero de tres hermanos. Y antes de que cumpliera 2 años, su padre los abandonó sin aviso, sin explicación, sin despedida.

Un día había un hombre en la casa y al día siguiente ya no. La madre, sola, con hijos pequeños y sin recursos suficientes, tomó una decisión que marcaría la vida de Gabriel para siempre. lo dejó al cuidado de su hermano en el barrio de Tacubaya. Y Gabriel creció llamando padres a sus tíos, sin entender del todo porque los verdaderos no estaban ahí.

Guarda ese detalle. Es el primero de muchos abandonos que van a atravesar esta historia. El padre que se fue, la madre que no pudo quedarse y un niño que aprendió antes que nada una lección brutal, que las personas que deberían quedarse a veces son las primeras en irse. Ese vacío va a explicar muchas cosas que vendrán después.

Va a explicar por qué un hombre adulto se inventó un origen que no era suyo, porque se [música] casó tantas veces sin divorciarse nunca, como si acumular familias pudiera llenar el hueco que dejó no tener una completa. ¿Y por qué? [música] Cuando llegó la fama y llegaron los aplausos. Siempre hubo algo adentro que no terminaba de sanar, pero eso viene después.

Por ahora lo que hay es un niño en Tacubaya, un barrio popular de la Ciudad de México donde las calles olían a tortilla, a aceite quemado, a polvo y a esfuerzo. Gabriel estudió hasta quinto año de primaria, no porque no quisiera seguir, sino porque la necesidad aprieta antes que los sueños. La casa de sus tíos tenía más carencias que recursos y él entendió muy pronto que si quería comer tenía que trabajar.

A los 11 años entró a una panadería llamada El imperio, como si el destino quisiera repetir el oficio del padre que se fue. Después fue ayudante de carnicero, después cargador de canastas en el mercado, después lavador de autos. Cada trabajo era una manera de sobrevivir un día más, pero en ninguno de esos trabajos encontró lo que buscaba.

Porque Gabriel Siria Levario buscaba algo que no se compra con un salario. Buscaba que alguien lo mirara y ahí fue donde apareció el box. Lo que pocos saben es que antes de ser el rey del bolero ranchero, Gabriel soñaba con ser boxeador profesional. No era un capricho de niño. Se entrenó durante 6 años. 6 años de golpes, de spatring, de cuerda, de saco, de esa disciplina brutal que exige el ring.

Alternaba la carnicería por las mañanas con el gimnasio por las tardes. Peleaba en combates de aficionados con la convicción de alguien que cree que los puños son la única salida. Pero un día le abrieron una ceja y una oreja en el mismo combate. La Sang corrió por la cara y algo dentro de él se quebró. No fue el dolor, fue la certeza de que por ese camino no iba a llegar a ningún lado.

El mismo lo contó años después. Dijo que su ilusión más grande era ser boxeador profesional, pero que después de esa pelea no le quedaron ganas de volver a subirse al ring. Y entonces, como pasa tantas veces en las historias que importan, la puerta que se cerró no dejó oscuridad, dejó un pasillo porque Gabriel cantaba.

Cantaba desde niño, cantaba en los festivales de la escuela, cantaba en las esquinas del barrio, cantaba mientras cortaba carne, cantaba como cantan los que no saben hacer otra cosa con lo que sienten. Y en la escuela había descubierto algo, que cuando cantaba la gente se detenía, que cuando su voz llenaba un salón los ojos se movían hacia él, que en ese momento brevísimo en el que una canción conecta con alguien, el niño abandonado dejaba de estar solo.

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