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HECTOR “MACHO” CAMACHO : LA VERDAD QUE OCULTARON 14 AÑOS | Todo Salió a la Luz

El 20 de noviembre del 2012, dentro de un Ford Mustang gris estacionado frente a un bar de Bayamón, el boxeador más famoso de Puerto Rico recibió un balazo en la cara. Pero lo que la policía encontró sobre el asiento al lado de su sangre es lo que durante 13 años ningún periódico se atrevió a publicar de frente.

Quédate hasta el final porque vas a entender por qué la propia madre del macho murió 5co meses después, convencida de que a su hijo lo habían matado mucho antes de esa bala. ¿Y por qué hay un papel doblado que ella se llevó del hospital esa madrugada que nadie supo jamás qué decía? Pero antes del Mustang, antes de los disparos, antes de los cinco hombres que se quedaron libres caminando por Puerto Rico, hay algo que tienes que entender, porque el hombre que se subió a ese carro la tarde del 20 de noviembre no era un hombre cualquiera al que le tocó

mala suerte. Era un hombre que llevaba 26 años caminando hacia esa bala. Y la herida que lo llevó hasta ese asiento empezó con un papel firmado por su propia madre en un gimnasio del Bronx. cuando el muchacho tenía 12 años. Héctor Luis Camacho Matías nació el 24 de mayo de 1962 en Bayamón, último de seis hijos de María Matías, cinco hermanas mayores y un padre que apenas se asomó a la historia.

Ese padre desaparecido le puso al niño un sobrenombre antes de que aprendiera a hablar. le decía macho y la palabra se le pegó al pecho como una marca. Toda su vida se llamó así, macho. Y 30 años después, esa misma palabra iba a aparecer sobre una lápida de mármol en un cementerio del Bronx. Cuando Héctor era todavía un niño, doña María tomó a sus seis hijos y se los llevó a Nueva York.

Spanish Harlem, la calle 102, edificios viejos, sirenas de patrullas, a todas horas. Drogas vendiéndose en las esquinas y muchachos puertorriqueños creciendo entre la basura, los callejones y las peleas a puño limpio. A los 12 años, el muchacho entró por primera vez a un gimnasio de boxeo. Olor a vendas viejas, a sudor rancio, hombres mayores pegándole a sacos pesados.

El entrenador le dijo que regresara con permiso de su mamá. Héctor regresó esa misma tarde con doña María. le tradujo a su madre lo que el hombre quería oír y la madre firmó un papel pensando que estaba autorizando un curso de inglés. Cuando doña María descubrió la verdad, ya era tarde. Esa firma fue el primer papel que doña María Matías firmó sobre la vida de su hijo.

No iba a ser el último. 38 años después, en un hospital de San Juan, esa misma madre iba a firmar otro papel, pero el segundo no autorizaba clases de nada. autorizaba a pagar las máquinas que mantenían vivo a su único varón. Guarda este detalle en tu mente. Vamos a volver a esto.

Entre los 12 y los 16 años, el macho ganó tres veces los guantes de oro de Nueva York. 100 peleas amateur, solo seis derrotas. A los 16 embarazó a una novia mayor que él. El niño se llamó Héctor Camacho Junior y para mantener a esa familia, el muchacho del barrio se metió de lleno al boxeo profesional antes de aprender a votar.

Lo que ese muchacho de 16 años no podía imaginar es que ese mismo hijo, 30 años después iba a ser el hombre que tendría que decidir si desconectaba a su padre de un respirador en el centro médico de Río Piedras. El 12 de septiembre de 1980, con 17 años debutó como profesional. La pelea duró menos de un asalto.

Knockout en 40 segundos. Madison Square Garden Feld Forum. Aplausos. De pie. Knockout en Tino Elv. Un periodista escribió esa noche que el muchacho del barrio se iba a comer el boxeo mundial. No se equivocó. Entre 1980 y 1986, el macho ganó tres títulos mundiales en tres divisiones distintas. Superpluma en 1983, Ligero Junior en 1985, Ligero en 1986, 24 años y un personaje construido alrededor del récord.

El faldón en los shorts, el rizo en la frente, la palabra macho bordada en oro. Las entradas al ring con salsa puertorriqueña a todo volumen, las mujeres del público gritándole en español. las conferencias de prensa donde insultaba a sus rivales antes de que sonara la campana y junto al personaje llegó el dinero y junto al dinero llegó otra cosa.

Aquí es donde todo empezó a torcerse. En 1986, en una autopista del estado de Nueva York, el macho chocó su carro a alta velocidad. La policía estatal llegó a la escena. Encontraron al boxeador con heridas leves, pero también encontraron dentro del vehículo una bolsa con cocaína. El reporte policial documentó la sustancia.

La prensa neoyorquina lo publicó en primera plana. El macho terminó pagando una multa y dando una conferencia donde dijo con su sonrisa de siempre que había sido un error de juventud. Doña María lo escuchó decir esa frase en la televisión. apagó el aparato y se encerró en su cuarto a rezar. Esa misma semana, una de las hermanas del macho llamó al departamento donde el boxeador estaba viviendo.

Era de noche. Le habló sin rodeos. Le dijo que su madre había llorado toda la tarde, que le pedía que regresara a la casa, que dejara los amigos nuevos, que volviera a vivir con la familia. El macho escuchó en silencio durante un minuto entero. Después le respondió a su hermana con una voz que ella no le había escuchado nunca.

Dile a mami que estoy bien. Yo soy el macho. A mí no me pasa nada. Esa frase Yo soy el macho. A mí no me pasa nada, la repetiría el boxeador durante los siguientes 26 años. La repitió cuando lo arrestaron en Mississippi cargado de éxtasis. La repitió cuando uno de sus hijos lo denunció por maltrato. La repitió cuando lo llamaron del set del reality show 8 meses antes de morir.

La repitió, según una hermana, en la última conversación telefónica que tuvieron unas horas antes del tiroteo. Lo que el público no sabía en aquellos años, lo que ningún periodista pudo documentar, pero que años después confesarían los propios hijos del macho. es que a partir de ese accidente el polvo blanco entró al armario del boxeador y nunca volvió a salir.

Y 26 años después, dentro de un Mustang acribillado en Bayamón, esa misma sustancia iba a aparecer otra vez. 10 bolsitas, una de ellas abierta, mezclada con la sangre del macho sobre el asiento del pasajero. Pero hay algo que el espectador necesita saber antes de seguir. La historia que cuentan los periódicos sobre la noche en que mataron al macho Camacho está incompleta.

El blanco no era él. El macho no era el que tenía enemigos esa noche. El macho no era el que cargaba la mercancía. El macho murió por estar acompañado y el hombre que iba al volante, el hombre que se llevó al campeón puertorriqueño a un estacionamiento donde los esperaban cinco sicarios, era un hombre con un nombre que durante años nadie quiso pronunciar. Adrián Mojica Moreno, Yamil.

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