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¡HARFUCH CAZA a EL “BILLY BOY” LÍDER de S1CARIOS del CJNG en COLIMA; OPERATIVO de ÚLTIMA HORA!

Atención, ocho nombres, una lista, seis cobrados. Eso es lo que Harfouch tenía sobre su escritorio cuando esta semana ordenó el operativo que derrumbó al jefe de sicarios del cártel independiente de Colima. No fue un golpe de suerte, no fue un retén de rutina, fue el sexto cobro de una deuda que el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana del país lleva semanas ejecutando con precisión quirúrgica en uno de los estados más violentos de México.

Su nombre es José Luis Jiménez, su alias es Billy Boy y hasta hace menos de 72 horas era el hombre que decidía quién vivía y quién moría en las calles de Colima. Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Billy Boy no cayó porque alguien lo delató, no cayó por un retén, no cayó por accidente, cayó porque su nombre estaba en una lista, una lista de ocho objetivos prioritarios que Harfuch y la mesa de coordinación estatal construyeron con inteligencia federal, drones y semanas de seguimiento electrónico. Él era el número seis y

cuando el número cinco cayó, el cerco ya estaba moviéndose hacia él. La pregunta que nadie está respondiendo en los noticieros es esta: si ya cayeron seis, ¿quiénes son los dos que faltan? ¿Y por qué esos dos nombres específicos siguen libres? Esa pregunta tiene nombre en los archivos de Harfch.

Y antes de que termine este video vas a entender por qué esos dos nombres son más peligrosos que todos los que ya cayeron juntos. Para entender por qué la captura de Billy Boy sacude los cimientos del crimen organizado en Colima, necesitas entender primero qué era ese hombre dentro de la estructura. El cártel independiente de Colima, también conocido como los mezcales, no es un grupo nuevo.

Es uno de los grupos más violentos que operan en la entidad y ha sobrevivido precisamente porque no opera como los grandes cárteles. No necesita controlar plazas enteras, opera en capas. Una capa visible de distribución callejera. una capa intermedia de cobro de piso y extorsión a comercios y una capa superior de sicariato por contrato.

Billy Boy vivía en esa tercera capa. Era el arquitecto de la violencia operativa, el que recibía los nombres, el que asignaba los equipos, el que daba la orden final. Colima en abril de 2026 era un estado en ebullición. Temperaturas de 34 ºC en las noches, el olor a mar mezclado con el polvo de las calles del centro y una tensión que los vecinos describían como el silencio previo a la tormenta.

Dos policías estatales habían sido asesinados en semanas recientes. El puerto de Manzanillo, principal químicos para metanfetamina y fentanilo en el Pacífico mexicano, seguía operando como corredor estratégico. Y en ese contexto, Billy Boy se sentía seguro. Ese fue su error de cálculo más grande. Creyó que la caída de la célula cobra del CJNG en abril, desactivada apenas días antes por el secretario estatal Fabián Ricardo Gómez Calcáneo, había absorbido toda la presión operativa de las autoridades.

Creyó que mientras el foco estuviera en el CJNG, los mezcales tenían margen. creyó que su nombre no era el siguiente, pero lo que Billy Boy no calculó fue que cada decisión que tomó para protegerse fue en realidad la firma que lo entregó. Hay tres momentos exactos en que Billy Boy tomó una decisión que le pareció inteligente. Tres momentos en que creyó que estaba protegiéndose.

Tres momentos en que sin saberlo estaba cerrando su propia trampa. El primero ocurrió seis semanas antes del operativo. Tras la desactivación de la célula cobra del CJNG, Billy Boy tomó una decisión que en la lógica del narco tiene todo el sentido del mundo. Centralizó el mando. células de sicarios que antes operaban de forma semiautón.

Cada una con su propio canal de comunicación, su propia logística, su propio ritmo, fueron consolidadas bajo un solo centro de coordinación. Él mismo supervisaría las operaciones. Menos intermediarios, más control, menos filtraciones, una decisión de eficiencia operativa. Lo que Billy Boy no sabía era que esa decisión acababa de crear la firma de comportamiento más clara que los equipos de inteligencia de la SSPC Federal habían visto en meses.

Al centralizar concentró las frecuencias de radio en un rango identificable. Los drones de reconocimiento que operaban sobre la zona conurbada de Colima comenzaron a registrar un patrón repetido. Mismas coordenadas, mismos horarios, mismas rutas de entrada y salida. Lo que él llamó eficiencia, los analistas de Harfush llamaron mapa.

Ese fue que el primero, el segundo error lo cometió 10 días antes del operativo. Sintiendo la presión del ambiente post Cobra, Billy Boy decidió cambiar su número de teléfono y rotar los dispositivos de sus operadores más cercanos. Era el protocolo correcto, exactamente lo que cualquier manual de contravigilancia indicaría.

Compró equipos nuevos, activó líneas nuevas, creyó que había cortado el rastro electrónico de raíz. Lo que Billy Boy no sabía era que el número nuevo fue activado desde la misma antena de telecomunicaciones donde había operado el número anterior. La SSPC federal no lo rastreaba por el número, lo rastreaba por el email, el identificador único del dispositivo físico.

El teléfono nuevo encendió en el mismo cuadrante geográfico de siempre. A las 14:23 minutos del 28 de abril, el sistema de interceptación registró la primera llamada del nuevo número. 16 segundos después, el analista de turno ya había vinculado el dispositivo al perfil de inteligencia de Billy Boy. La cadena no se rompió, se confirmó.

Detente un segundo aquí porque lo que sigue es peor. El tercer error lo cometió la noche anterior al operativo y fue el más humano de los tres. Billy Boy tenía la opción de moverse a una casa de seguridad periférica, un inmueble en las afueras de la capital que sus operadores habían preparado precisamente para situaciones de alta presión.

Tenía el lugar, tenía el transporte, pero tomó la decisión de quedarse en un domicilio conocido en la capital de Colima. Su razonamiento, según fuentes cercanas a la investigación, fue tan simple como letal. Moverse de noche en ese contexto llamaba más la atención que quedarse quieto. En su lógica, la quietud era seguridad.

Lo que Billy Boy no sabía era que ese domicilio estaba identificado desde hacía 72 horas, que a las 23:00 horas de esa noche, un dron de reconocimiento ya sobrevolaba el perímetro en modo silencioso con cámara térmica activa, que cuando él apagó la luz de su habitación, los equipos tácticos de la SSPC Federal y la Secretaría de Marina ya estaban en posición de despliegue a menos de 400 m.

Creyó que quedarse quieto era lo más seguro. Fue exactamente lo que necesitaban. Ese tercer error fue lo último que calculó mal, porque esa madrugada Harfuch ya tenía todo lo que necesitaba. A las 214 horas, los primeros elementos comenzaron a moverse sin sirenas, sin luces de emergencia, sin el ruido que normalmente antecede a un operativo de esta escala.

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