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Flor Silvestre: El PAPEL que Televisa le Negó por Órdenes de Alguien más Grande y Cómo eso la Cambió

Hay secretos que la industria del entretenimiento entierra con más cuidado que cualquier archivo clasificado del gobierno. Decisiones que se toman en salas sin ventanas entre hombres que no necesitan firmar nada porque su palabra basta y que afectan la vida de personas que nunca sabrán exactamente qué ocurrió ni por qué.

Lo que le hicieron a Guillermina Jiménez Chabolla en los pasillos de Televisa es una de esas historias que el tiempo fue abriendo despacio, capa por capa, hasta que la verdad quedó expuesta con una claridad que ya no admite otra lectura. Y esa historia empieza mucho antes de que alguien pronunciara por primera vez el nombre con el que el mundo la conocería para siempre.

Guillermina Jiménez Chabolla nació el 16 de agosto de 1930 en Salamanca, ciudad del estado de Guanajuato, en la región central de México, conocida como el Bajío. Sus padres fueron Jesús Jiménez Cervantes, carnicero de oficio, y María de Jesús Chabolla Peña, de quienes heredó algo que ningún conservatorio puede enseñar. El gusto profundo por el canto, esa relación física con la música que se tiene o no se tiene desde que se nace.

Desde los 8 años cantaba en el patio de su casa rancheras, pasodobles y tangos que se aprendía de oído con una naturalidad que a los que la escuchaban le resultaba difícil de ignorar. Fue la tercera de siete hermanos. Antes de ella habían nacido Francisco y Raquel y después llegaron Enriqueta, conocida años después como La Prieta Linda, José Luis, María de la Luz y Arturo.

En esa familia numerosa y de recursos modestos, el talento artístico no era una rareza. Varios de sus hermanos tendrían contacto con la música y el espectáculo, pero fue Guillermina quien lo convertiría en destino, quien desde niña organizaba pastorelas y representaciones escolares con una convicción que no dejaba dudas sobre lo que quería hacer con su vida.

La mudanza a la Ciudad de México fue el primer giro decisivo de su historia. La familia se trasladó cuando ella tenía 13 años, atraída por las posibilidades que la capital ofrecía en aquella época de expansión cultural y económica que vivía México. Fue su padre quien la llevó a ver una actuación del mariachi pulido en el teatro del pueblo y fue ahí, frente a ese escenario donde Guillermina subió sin que nadie la invitara y les dijo que quería cantar.

El director del mariachi se negó, pero el dueño del teatro le dijo que regresara la semana siguiente regresó y debutó. Esa terquedad tranquila, esa costumbre de no retroceder cuando tenía clara la dirección sería la marca de carácter que definiría toda su vida. Comenzó a participar en la estación de radio XFO, donde el locutor Arturo Blancas la escuchó interpretar una canción sobre una soldadera revolucionaria.

Fue él quien le dijo, “Usted no es ninguna soldadera, no tiene nada de soldadera. Usted es una flor. Y la bautizó Flor Silvestre tomando prestado el título de una película popular de 1943 protagonizada por Dolores del Río. Ese nombre, dado por alguien que la escuchó cantar y supo de inmediato que lo que tenía enfrente era distinto a lo ordinario, se quedaría para siempre.

Una flor silvestre, la que crece sin jardín, sin riego calculado, sin las condiciones artificiales que el poder suele imponer a lo que quiere controlar. Después de la Kisefo vino un concurso de canto amater patrocinado por la XCW, la estación de radio más importante de México en aquella época.

Lo ganó y ganar ese concurso abrió puertas que hasta ese momento estaban cerradas para una muchacha de Salamanca, sin apellidos conocidos ni conexiones en la industria. Giras por Latinoamérica, presentaciones en los mejores foros de la capital, el reconocimiento gradual, pero sostenido de un público que la encontraba en cada escenario y no la olvidaba después.

Su gran oportunidad llegó durante sus presentaciones en el legendario club capitalino El patio, donde figuras de mucha influencia en el mundo del entretenimiento la descubrieron. Entre ellos estaba el productor cinematográfico Gregorio Wallerstein, quien le ofreció a la cantante de 20 años sus primeros empleos en el cine.

Fue una de esas coincidencias que en realidad no son coincidencias, sino el resultado de años de trabajo acumulado que finalmente llega al lugar correcto en el momento correcto. Wallerstein sabía lo que estaba haciendo. Lo que vio en el patio no era una promesa, era una artista formada.

Su salto a la pantalla grande llegó en 1950, cuando el productor Gregorio Wallerstein la reclutó para cantar en la película Te besaré en la boca dirigida por Fernando Cortés. Ese mismo año coprotagonizó Primero Soy mexicano al lado de Joaquín Pardavé y Antonio Aguilar. Aquel fue el primer encuentro entre dos personas que tardarían 9 años en formalizar, lo que entre ellos ya existía desde esos primeros rodajes.

Una complicidad que iba más allá de lo profesional. y que con el tiempo se convertiría en una de las sociedades artísticas y personales más sólidas de la historia del entretenimiento mexicano. En 1950 también contrajo matrimonio con Paco Malgesto, periodista, comentador taurino y presentador de televisión, con quien tuvo dos hijos, Marcela Rubiales Jiménez, cantante y actriz, y Francisco Rubiales Jiménez, actor de voz.

Ese primer matrimonio que comenzó con la ilusión de dos personas que se habían conocido en el trabajo y que compartían el mundo del espectáculo, fue complicándose con el tiempo hasta llegar a una separación que en los registros de aquella época se menciona con la discreción que se acostumbraba entonces para estos temas.

Durante la primera mitad de los años 50, Flor Silvestre construyó su carrera discográfica con una energía que no dejaba espacio para la duda. Firmó su primer contrato de grabación con Columbia Records, con quien lanzó éxitos como llorar amargo y Oye Morena. Posteriormente colaboró con sellos como RCA Víctor y Musart, el sello mexicano independiente.

Cada disco era un argumento más a favor de una voz que no necesitaba efectos ni artificios para llegar al fondo de quien la escuchaba. Era una voz que contaba cosas, que cargaba peso real, que sonaba como algo que había sido vivido antes de ser cantado. El cine seguía siendo el otro eje de su trayectoria, película tras película, en el género ranchero, ese universo de caballos, tierra, mariachi y drama rural, que en aquella época convocaba al público popular con una fuerza que ningún otro género del cine mexicano podía igualar. Flor

Silvestre participaría en más de 70 largometrajes a lo largo de su carrera. casi siempre como estrella principal. En esas producciones construyó personajes que el público no olvidaba porque tenían algo que los hacía reconocibles, la dignidad de la mujer que no se rinde, que carga con lo que le toca sin perder quién es.

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