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Ernesto Zedillo: El CRIMEN de Acteal y el ROBO de IMPUESTOS… 30 Años de una VERDAD ATERRADORA

22 de diciembre de 1997. Mientras una comunidad indígena rezaba por la paz en Acteal, Chiapas, México estaba a punto de descubrir una de las heridas más oscuras de su historia moderna. No fue en un campo de batalla, no fue contra un ejército armado, fue contra familias enteras, contra mujeres, contra niños, contra personas que estaban de rodillas orando, mientras la violencia avanzaba entre la niebla.

Y en ese momento, lejos de la montaña, lejos de los gritos, lejos de la sangre, en Los Pinos gobernaba un hombre que el mundo todavía presentaba como un economista brillante, un tecnócrata serio, el presidente que supuestamente salvó a México del colapso, Ernesto Cedillo Ponce de León, el mismo hombre que después sería recibido en Jail, en foros internacionales, en consejos corporativos, como si su sexenio hubiera sido solo una historia de estabilidad y democracia.

Pero esta no es la historia del profesor respetable. Esta es la historia del presidente bajo cuyo gobierno acteal se convirtió en símbolo de impunidad. El mandatario que defendió el rescate bancario más odiado de México y el hombre cuyo nombre quedó atrapado entre dos palabras que todavía arden 30 años después. sangre y deuda.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo la imagen de Ernesto Cedillo. Primero, como una masacre en una comunidad indígena terminó persiguiendo a Cedillo hasta una corte de Connecticat, donde sobrevivientes de Acteal pidieron 50 millones de dólares y lo acusaron de responsabilidad política por lo ocurrido.

Segundo, como el Fobaproa convirtió una crisis bancaria en una carga pública gigantesca, una deuda que millones de mexicanos siguen pagando sin haberla firmado jamás. Tercero, ¿qué revelan los documentos sobre la guerra de baja intensidad en Chiapas? El plan de campaña Chiapas 94 y las redes que según informes desclasificados operaban alrededor de grupos armados en comunidades indígenas.

Y cuarto, como el hombre que dejó México con heridas abiertas terminó protegido por la inmunidad, sentado en universidades y empresas globales, mientras los sobrevivientes seguían enterrando a sus muertos en la memoria. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes necesitas entender cómo llegó Cedillo al poder, porque esta historia no empezó en Acteal, empezó con un asesinato, una crisis y un país entero obligado a pagar.

Todo comenzó con un disparo en Tijuana, no en Los Pinos, no en una oficina de economía, no en una universidad extranjera donde años después Ernesto Cedillo sería presentado como un hombre de ideas. de cifras de estabilidad. Comenzó el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, una colonia polvorienta, pobre, apretada contra la frontera, donde el candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta, caminaba entre una multitud que lo empujaba, lo tocaba, lo rodeaba como si México entero quisiera acercarse a él antes de que fuera demasiado tarde. Colosio era el elegido,

el heredero, el hombre que Carlos Salinas de Gortari había señalado con el viejo dedo imperial del PRI. Ese gesto silencioso que durante décadas decidió quién podía gobernar y quién debía esperar. Cedillo no era el protagonista, no era el rostro de la esperanza, no era el político que encendía plazas ni el hombre que hacía llorar a las masas, era el técnico, el economista serio, el operador frío, el coordinador de campaña que estaba detrás del candidato, no delante de él.

Y entonces sonaron los disparos. En segundos, el sistema que parecía eterno empezó a temblar. Colosio cayó en medio de la gente y con él cayó también la ilusión de que México seguía siendo una maquinaria perfecta. La televisión repitió las imágenes. Los periódicos llenaron sus portadas. Las familias se quedaron en silencio frente a la pantalla.

Nadie sabía qué estaba viendo realmente. Un asesinato político, una fractura interna, el colapso de una sucesión presidencial. México llevaba décadas fingiendo estabilidad, pero aquella tarde la máscara se rompió y ahí en medio del caos apareció Ernesto Cedillo. No porque el pueblo lo hubiera pedido, no porque las plazas corearan su nombre, no porque representara una ruptura emocional con el pasado.

apareció porque el sistema necesitaba sobrevivir, porque el PRI no podía llegar a las elecciones sin candidato, porque Salinas necesitaba a alguien que pareciera confiable, manejable, técnico, incapaz de incendiar más el país. Cedillo era eso, un hombre sin carisma, popular, pero con credenciales, un rostro serio, una voz medida, un economista que parecía entender los números mejor que las heridas.

Pero aquí viene lo que casi nadie mira con suficiente atención. Cedillo llegó al poder marcado por una muerte que no era suya, por una campaña que no había nacido para él y por una silla presidencial que le cayó encima como una herencia envenenada. Ganó la elección de 1994. Sí. Entró a Los Pinos. Sí. Se colocó la banda presidencial. Sí.

Pero desde el primer día gobernó con una sombra detrás, la sombra de Colosio, la sombra de Salinas, la sombra de un sistema que lo había puesto ahí no por amor, sino por urgencia. Y la urgencia se convirtió en desastre. Diciembre de 1994, apenas unos días después de tomar posesión, México entró en una de las crisis económicas más brutales de su historia moderna.

El peso se desplomó, los ahorros se evaporaron, los créditos se volvieron una soga, los negocios pequeños empezaron a cerrar. Familias enteras descubrieron que la casa que estaban pagando ya no podían pagarla. Las deudas crecían de noche, como animales hambrientos. A eso le llamaron el error de diciembre, un hombre limpio, casi técnico, para describir algo que en la vida real se sintió como una caída al vacío.

Cedillo quería ser recordado como el hombre que controlaba la tormenta, pero la tormenta lo recibió en la puerta. Salinas, el mismo hombre que lo había impulsado, comenzó a señalarlo. La ruptura entre ambos no fue solo política. Fue una pelea por la memoria, por la culpa. ¿Por quién cargaría con el cadáver económico de México? Y Cedillo entendió algo que marcaría todo su sexenio.

Si quería sobrevivir, tenía que demostrar que no era el empleado de Salinas. Tenía que cortar cabezas simbólicas. Tenía que mostrar poder. En 1995, Raúl Salinas de Gortari, hermano del expresidente, fue arrestado bajo acusaciones gravísimas. Para muchos fue justicia, para otros fue venganza. Pero para Cedillo fue algo más profundo, la señal de que ya no obedecía al viejo jefe, la señal de que el nuevo presidente estaba dispuesto a romper pactos si eso protegía su propia autoridad.

Pero el precio de la estabilidad apenas estaba comenzando, porque mientras México miraba la pelea entre los dos hombres del PRI, algo más oscuro se estaba preparando. una decisión financiera que convertiría las deudas privadas de los poderosos en una carga pública para millones y una estrategia de seguridad en Chiapas que, según documentos y testimonios terminaría rodeando a comunidades indígenas con miedo, vigilancia y muerte.

Cedillo no nació políticamente en una victoria, nació en un asesinato, creció en una crisis y aprendió a gobernar desde el pánico. Y cuando un hombre llega al poder creyendo que todo se puede justificar en nombre de la estabilidad, el país entero termina pagando la factura. Debajo de la imagen pública de Ernesto Cedillo había dos puertas cerradas.

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