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Ernesto Alonso: El DICTADOR de Televisa y las Carreras que DESTRUYÓ con un Dedo…..

A los 87 años firmó un papel. A los 90 falleció sin saber lo que ese papel le había hecho a todo lo que construyó en siete décadas de vida. Hoy ese papel sigue vivo, sigue comiendo, sigue digiriendo su legado bocado a bocado durante 100 años más. Su nombre era Ernesto Ramírez Alonso, pero el mundo lo conoció simplemente como Ernesto Alonso, el señor de la televisión, el hombre que decidió qué cara veías en la pantalla, qué historia te contaban los domingos, a qué actor aplaudías y a cuál olvidabas para siempre. Y lo que una sola firma

estampada 3 años antes de su fallecimiento le hizo a su obra a sus 172 producciones a 50 años de trabajo. Fue un [música] despojo que nadie ha querido llamar por su nombre todavía. Esta es la investigación [música] que Televisa, la industria y su propio círculo cercano guardaron durante más de 20 años. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber sobre el hombre más poderoso [música] que jamás pisó un foro de televisión en México.

Primero, la conversación que nadie grabó, pero todos en el medio conocen las palabras [música] exactas que Ernesto Alonso usaba cuando quería que un actor entendiera que su carrera dependía completamente de él, no de su talento, no de su trabajo, de él, Eduardo Yáñez, Lucía Méndez, [música] Cristian Bach, Humberto Zurita, ninguno de ellos llegó donde llegó sin pasar por esa conversación.

y todos sabían exactamente lo que significaba salir de ella con su favor o sin él. [música] Segundo, el contrato firmado el 10 de agosto de 2004, un documento de sesión que transfiere 172 obras a Televisa por un plazo de 100 años a cambio de 10,500,000es. un hombre de 87 años, 3 años antes de morir, entregando medio siglo de trabajo por una cifra que hoy no alcanzaría ni para comprar un departamento en la colonia donde vivió toda su vida.

Ese documento existe, ese documento fue impugnado [música] y lo que el juez encontró adentro va a sorprenderte. Tercero, el testimonio de personas que estuvieron en los foros. en los pasillos, en las juntas cerradas, donde Ernesto Alonso tomaba decisiones que nunca aparecieron en ningún boletín de prensa, [música] cómo funcionaba su sistema, qué pedía a cambio de su apoyo y por qué tantos actores que le debían todo guardaron silencio absoluto cuando más importaba.

La lealtad que él construyó durante décadas se evaporó exactamente en el momento en que más la necesitaba. Y cuarto, lo que está pasando hoy mismo con su legado, el estado actual del proceso legal iniciado en abril de 2009 por Teresa Eusevia Anaya López, la única heredera reconocida y lo que la resolución que declaró nulo el contrato por ilegalidad del objeto significa para las 172 producciones que siguen transmitiéndose, [música] vendiéndose y generando dinero.

cuatro décadas después de que él las creó. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, [música] te pierdes la parte que el sistema que él mismo ayudó a construir ha intentado enterrar desde el 7 de agosto de 2007 el día que Ernesto Alonso falleció en Polanco y el día exacto [música] en que comenzó la pelea por todo lo que dejó.

Ciudad de México. El país todavía huele a pólvora. La revolución mexicana lleva 7 años desangrando el territorio. Venustiano Carranza acaba de promulgar la Constitución. En las calles de la capital [música] hay soldados, hay hambre, hay familias enteras que llegaron del campo huyendo de algo y no saben bien de qué.

La ciudad de México en 1917 no es la ciudad de los rascacielos y los centros comerciales. Es una ciudad de vecindades, de mercados ruidos de familias amontonadas en cuartos que huelen a humedad y a comida recalentada. En ese contexto, en ese México que todavía no termina de nacer, llega al mundo Ernesto Ramírez Alonso.

Nace como nacía la mayoría de los niños mexicanos en 1917, en una cama con una partera, con el ruido de la calle colándose por la ventana y la incertidumbre instalada permanentemente en la casa. Su madre es una mujer que carga sola. Eso es lo primero que Ernesto aprende del mundo, que las mujeres cargan, que las mujeres resuelven, que las mujeres no tienen el lujo de derrumbarse, porque si ellas se caen, todo se cae con ellas.

Su padre es otra historia. La figura paterna en la vida de Ernesto Alonso [música] es una sombra, una ausencia que él aprenderá a llenar de otras maneras con otro tipo de poder. Porque los hombres que crecen sin padre no dejan de buscarlo. Lo buscan en sus maestros, en sus jefes, en las figuras que los reconocen.

Y cuando no lo encuentran, algunos se convierten ellos mismos en esa figura para otros. Guarda ese detalle, lo vas a necesitar después. La casa donde crece no tiene nada de especial. Cuatro paredes, un techo que gotea cuando llueve, una cocina donde el olor a frijoles de olla es lo más constante que existe. No hay libros en los estantes porque no hay estantes.

Hay un cuarto principal, una cocina, un patio compartido con otras familias donde los niños juegan hasta que oscurece. y los llaman a cenar. Y la cena, cuando hay cena, es lo que alcanza. Imagínate eso. Crecer en una ciudad que está reconstruyéndose de una guerra, en una casa donde la pregunta de qué van a comer mañana no es retórica, es urgente, donde el invierno duele más de lo que debería porque la ropa no alcanza para el frío.

Donde ir a la escuela es un privilegio que se puede perder cualquier día si las cosas se ponen más difíciles. Ernesto va a la escuela. Eso ya dice algo de su madre. Y en la escuela pasa algo. Ernesto habla. No habla como hablan todos los niños de su edad. Tropezado, inseguro, buscando las palabras.

Habla con una claridad que sorprende a los maestros, con una presencia. Cuando él abre la boca en un salón de clases, los demás niños lo miran. No saben por qué. Él tampoco lo sabe todavía. [música] Pero algo en su voz hace que la gente preste atención. Un maestro lo nota. No sabemos su nombre. El tiempo borró ese detalle, pero sabemos lo que le dijo, porque es el tipo de [música] frase que uno no olvida nunca. Tú tienes algo.

No sé qué es todavía, pero tienes algo. Siete palabras que Ernesto Ramírez Alonso va a cargar el resto de su vida. Piensa en eso un momento. Piensa en lo que significa que alguien te diga eso cuando tienes 10 u 11 años. Cuando eres un niño de vecindad en una ciudad que huele a pólvora. Cuando nadie en tu casa tiene tiempo de mirarte fijo porque están demasiado ocupados sobreviviendo.

Que alguien se detenga, te mire y te diga, “Tú tienes algo. Eso no se olvida. Eso [música] en muchos casos es lo único que hace falta para que una persona decida quién va a ser. Los años 40 llegan y Ernesto ya no es ese niño del vecindario. Tiene veintitantos años. Una voz extraordinaria y una certeza que no tiene del todo justificada, pero que carga igual.

La certeza de que pertenece a otro mundo, al mundo de las luces, de los micrófonos, de las personas que cuentan historias y hacen que otros las escuchen. La radio en el México de los años 40 es lo que hoy sería Netflix, YouTube y Spotify juntos. Y para entrar a ese mundo, Ernesto Alonso hace lo que hace cualquier joven sin contactos, sin dinero, sin apellido conocido.

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