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EN NAVIDAD, UNA ANCIANA FUE EXPULSADA POR SUS HIJOS… HASTA QUE JESÚS TOCÓ SU PUERTA

A medianoche, cuando las campanas comenzaron a sonar, Esperanza despertó sobresaltada en la casa parroquial. Había oído un golpe.

Toc. Toc. Toc.

Abrió los ojos.

Toc. Toc. Toc.

No venía de la puerta de la habitación, sino de la entrada principal de la casa.

Se levantó con dificultad, se envolvió en la manta y salió al pasillo. La luz era tenue. Samuel dormía profundamente en el sofá. El padre Miguel no aparecía.

Otra vez:

Toc. Toc. Toc.

Esperanza caminó hasta la puerta.

—¿Padre? —llamó en voz baja.

No hubo respuesta.

Abrió.

En el umbral había un hombre.

No era alto ni imponente. Vestía ropa sencilla, una túnica clara bajo un manto oscuro que no parecía mojado a pesar de la nieve. Tenía barba, ojos serenos y una mirada que no envejecía. Sus sandalias parecían absurdas para el frío, pero sus pies no temblaban. En sus manos llevaba una pequeña caja de madera.

Esperanza sintió que el aire se detenía.

—Buenas noches, Esperanza —dijo el hombre.

La anciana no pudo hablar.

—¿Me permites entrar?

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