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” EL TEMIBLE” CASTILLO : CUMPLIO 52 AÑOS Y COMO VIVE ES MUY TRISTE

El mejor boxeador del mundo, el hombre más peligroso del planeta, el mexicano que le ganó a Floyd Mayweather dos veces sin que se lo reconocieran. Y 12 años después, ese mismo hombre estaba en las calles de empalme sin dinero, sin casa, pidiendo ayuda para comer. Pasé tres meses revisando crónicas, entrevistas y testimonios de personas cercanas a su entorno para contarte lo que nadie te explicó.

Porque lo que está en juego aquí no es solo la historia de un boxeador, es la historia de un sistema que usa a sus boxeadores hasta que no pueden dar más y después los tira a la basura. Todo el mundo sabe que a Castillo le robaron. Dos decisiones que le cambiaron la vida. Pero lo que nadie te dice es que el robo más grande no ocurrió dentro del ring, ocurrió en una oficina, en un sistema donde los promotores se llevan el dinero y los boxeadores se llevan los golpes.

Y lo que vas a descubrir en los próximos minutos cambia todo lo que creías saber sobre José Luis Castillo. 20 de abril de 2002. MGM Grand Garden Arena, Las Vegas, 12000 personas de pie. Floyd Mayweather Jr. entraba al ring como campeón invicto del doble VC en peso super pluma. 27 años, 11 años de carrera amateur. Medalla olímpica de bronce sin una sola derrota profesional.

El favorito de los medios, el favorito de los promotores, el favorito de todos. Del otro lado del ring entró José Luis Castillo, 26 años de Empalme, Sonora. Un lugar que la mayoría de los americanos en esa arena no hubieran podido ubicar en un mapa. Sin fanfarria, sin producción, sin marketing, solo guantes, solo hambre. 12 rounds.

Durante 12 rounds, José Luis Castillo hizo algo que nadie había hecho antes. Destruyó a Floyd Mayweather, no en el marcador oficial. Ahí perdió, pero en el ring, en la realidad, en lo que todos vieron con sus propios ojos. Castillo lo empujó contra las cuerdas, lo presionó durante 12 rounds, le conectó más golpes, más golpes duros, más combinaciones al cuerpo que doblegaron al campeón tres veces durante la pelea.

Al final del doceavo round, el estadio estaba confundido. Todos habían visto lo mismo. Todos sabían quién había ganado esa pelea. Cuando terminó el doceavo round, Castillo levantó los brazos. No era celebración, era certeza. Había pasado 12 rounds castigando a Floyd Mayweather de una manera que nadie lo había castigado en su vida profesional.

Mayweather, que después de cada pelea siempre salía sonriendo a la prensa, esa noche salió con la cara tensa, los ojos buscando al promotor, la esquina hablando en voz baja. Nadie celebraba en el lado americano porque todos sabían lo que había pasado. Y luego llegaron las tarjetas. Levi Martínez 115 a 113 Mayweather.

Benny Brace 115 a 113 Mayweather Dave Moretti 115 a 113 Mayweather. Los tres jueces el mismo marcador como si hubieran copiado la misma hoja. Mayweather ganó por decisión unánime. El estadio abucheó no a castillo, al sistema. Emanuel Stewart, uno de los entrenadores más respetados de la historia del boxeo, dijo esa misma noche en HBO, Castillo ganó esa pelea.

No hay debate posible. Jim Lampley, el narrador más conocido del boxeo americano, dijo en vivo, “No entiendo las tarjetas no coinciden con lo que acabamos de ver. Larry Merchant, periodista de boxeo con 40 años de experiencia, fue más directo. Castillo dominó la mayor parte de esa pelea. El resultado es inexplicable.

Pero inexplicable o no, el resultado era oficial. Mayyweather seguía siendo campeón y Castillo se iba en palme con las manos vacías. Años después, el propio Floyd Mayweather habló de esa pelea en una entrevista con ESPN. Le preguntaron directamente, “¿Ganaste esa pelea contra Castillo?” Mayweather tardó varios segundos antes de responder.

Castillo fue duro. Fue el peleador más duro que he tenido en mi vida. Me golpeó más que cualquier otro. No dijo que ganó, dijo que fue duro. Esa respuesta, para cualquiera que conozca a Floyd Mayweather es la confesión más cercana a la verdad que va a salir de su boca. Porque Mayweather no admite debilidades, no admite errores, no admite que alguien le ganó.

Pero esa noche de abril de 2002 no pudo decir que ganó, solo dijo que fue duro. La pelea tuvo otro elemento que muy pocos analizaron en su momento, el peso de Castillo. Para esa pelea, Castillo había subido de peso. Peleó en un límite que no era el natural para su cuerpo. Había descendido a peso super pluma, haciendo una bajada que lo debilitó físicamente.

Y aún así dominó. Aún así fue mejor que el campeón invicto. Aún así ganó los 12 rounds en la realidad de ese ring. ¿Qué hubiera pasado si Castillo hubiera peleado en su peso natural? ¿Qué hubiera pasado con los jueces correctos? Esas preguntas no tienen respuesta oficial, pero tienen respuesta real.

Y esa respuesta la saben todos los que estuvieron en el MGM Grand esa noche. Pero hay algo que la gente no sabe de esa noche, algo que ocurrió antes de que los jueces leyeran sus tarjetas, algo que explica por qué el resultado fue lo que fue. Y no tiene nada que ver con lo que pasó dentro del ring. Voy a contarte eso, pero primero necesitas entender de dónde venía este hombre.

Porque la historia de José Luis Castillo no empieza en Las Vegas, empieza en un lugar donde el boxeo no es un deporte, es la única salida y termina en ese mismo lugar porque el sistema siempre te devuelve al inicio. En Palmes, Sonora, 70000 habitantes, una ciudad construida alrededor de las vías del ferrocarril. Su nombre viene de ahí, Empalme, el punto donde se juntan los rieles.

Pero en la práctica, empalme es el lugar donde se junta todo lo que México no quiere ver. La pobreza, el trabajo mal pagado, las casas de lámina, los niños sin zapatos. En verano el calor llega a 45 gr. En invierno el viento del desierto entra por las rendijas de las casas de madera. No hay glamur en empalme, nunca lo hubo.

José Luis Castillo nació ahí el 9 de diciembre de 1975. El menor de varios hijos, su padre trabajaba en los talleres del ferrocarril. Manos negras de grasa, espalda doblada, un salario que no alcanzaba para nada. Su madre lavaba ropa ajena para completar el gasto. Castillo creció en ese ambiente.

Aprendió a no quejarse antes de aprender a leer. En empalme, quejarse no sirve para nada. El trabajo resuelve lo que la queja no puede. Eso es lo que la ciudad te enseña desde niño. Es ADN de trabajador silencioso de hombre que aguanta sin decir nada. Eso estaba en castillo antes de subirse a un ring por primera vez. No lo aprendió en el boxeo, lo traía de la calle donde creció.

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