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El Papa León XIV sacude a Europa desde la universidad de La Sapienza: Una dura condena al rearme global que enriquece a las élites

El ambiente en las milenarias calles de Roma estaba cargado de una anticipación casi eléctrica. En una jornada que pasará a los anales de la historia reciente, el Papa León XIV cruzó las imponentes puertas de la Universidad de la Sapienza, la institución de educación superior más grande de Europa. Con sus más de ciento veintidós mil estudiantes matriculados en diversos programas de grado y posgrado, La Sapienza no es solo un formidable centro de conocimiento histórico, sino un gigantesco crisol donde se forja el futuro del continente y del mundo. Su visita, enmarcada en la sagrada festividad de la Ascensión del Señor, no fue un mero trámite diplomático ni un acto de simple protocolo eclesiástico. Fue el imponente escenario elegido para pronunciar uno de los discursos más contundentes, críticos y desgarradores de su pontificado, un auténtico grito de alarma frente al abismo hacia el cual, según sus propias y graves palabras, se precipita precipitadamente la humanidad.

Fundada en el lejano siglo catorce por voluntad expresa del Papa Bonifacio VIII, La Sapienza guarda en sus milenarios cimientos una relación profunda, intrincada y sumamente compleja con la autoridad pontificia. En esta esperada ocasión, el Papa León XIV tuvo la invalorable oportunidad de recorrer las instalaciones académicas y maravillarse con la exposición histórica titulada precisamente “La Sapienza y El Papado”. Al caminar lentamente por los pasillos observando los invaluables documentos y artefactos que narran incontables siglos de colaboración, tensiones y descubrimientos conjuntos, el pontífice parecía absorber todo el peso de la historia sobre sus hombros, preparándose en absoluto silencio para el momento cumbre de su visita: el encuentro frente a frente con la ardiente juventud. Los estudiantes, los verdaderos protagonistas de la jornada y arquitectos del futuro, lo aguardaban con una mezcla inusual de curiosidad, respeto y la enorme esperanza de encontrar respuestas concretas en un mundo que cada día les ofrece más y peores motivos para hundirse en la incertidumbre.

Cuando el Papa León XIV tomó finalmente la palabra, el ruidoso murmullo de miles de voces ansiosas se apagó de inmediato, dejando un silencio sobrecogedor. No utilizó un tono condescendiente en absoluto

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