En una jornada marcada por la devoción y la carga histórica, el Papa León XIV regresó a las tierras de Pompeya para celebrar la Santa Misa en la emblemática Plaza Bartolo Longo. Este evento no fue una visita protocolaria más; coincidió precisamente con el primer aniversario del inicio de su ministerio como sucesor de Pedro, vinculando su pontificado de manera indisoluble a la Virgen del Santo Rosario. Ante una multitud expectante, el Pontífice ofreció una homilía que transitó entre la profundidad teológica, la nostalgia histórica y una crítica social punzante hacia la deriva de la humanidad contemporánea.
El Papa comenzó su alocución evocando el Magníficat, ese canto de alegría de la Virgen María que, según explicó, no es solo un texto litúrgico, sino la mirada de una humanidad que encuentra respuesta a su anhelo de salvación. Al situarse en Pompeya, León XIV recordó que hace 150 años, San Bartolo Longo puso la primera piedra de lo que hoy es una c
iudad mariana sobre las cenizas de una civilización que el Vesubio sepultó en el año 79. Esta metáfora de reconstrucción sobre las ruinas sirvió al Papa para lanzar su primer mensaje de alerta: hoy, al igual que en los tiempos de la antigua Pompeya, es urgente anunciar a Cristo a una sociedad que se aleja de los valores cristianos y pierde incluso la memoria de sus raíces.

La elección del nombre de León, según reveló el Santo Padre, no fue casual. Expresó que su intención es seguir las huellas de León XIII, quien desarrolló un amplio magisterio sobre el Rosario. Para el actual Pontífice, esta oración no es un rezo mecánico ni una reliquia del pasado, sino un “acto de amor” que marca el ritmo de la vida del creyente y lo devuelve continuamente a la Eucaristía, que definió como el “rosario viviente”. Citando a San Bartolo Longo, León XIV subrayó que el Rosario tiene una fisionomía mariana pero un corazón profundamente cristológico y eucarístico, funcionando como un compendio del Evangelio para el hombre moderno.
Sin embargo, el tono de la homilía se tornó más grave al abordar la situación internacional. El Papa León XIV fue enfático al denunciar que los tiempos actuales, lejos de mejorar desde que San Juan Pablo II convocara el Año del Rosario hace casi un cuarto de siglo, se han vuelto más oscuros. “No podemos resignarnos a las imágenes de muerte que cada día las crónicas nos proponen”, sentenció. Hizo una referencia directa a las guerras que se combaten en múltiples regiones y a una economía global que, en sus palabras, “prefiere el comercio de las armas al respeto de la vida humana”.
El Pontífice hizo un llamado a la reflexión sobre dos pilares fundamentales que considera bajo amenaza: la paz y la familia. Respecto a esta última, lamentó el debilitamiento del vínculo conyugal, mientras que sobre la paz internacional, insistió en que esta nace primero dentro del corazón humano. Elevó una súplica ferviente para que la misericordia divina “toque los corazones, calme los rencores y los odios fratricidas e ilumine a cuantos tienen especiales responsabilidades de gobierno”. Fue un mensaje directo a la clase política mundial, recordándoles que ninguna potencia terrena tiene la capacidad de salvar al mundo; solo la potencia divina del amor puede hacerlo.
La figura de San Bartolo Longo fue exaltada no solo como el “apóstol del Rosario”, sino como el “apóstol de la caridad”. El Papa recordó cómo Longo acogió a huérfanos e hijos de encarcelados, demostrando que la verdadera oración debe transformarse en acciones concretas. “No amemos de palabra ni con la lengua, sino con los hechos y en la verdad”, exhortó León XIV, vinculando la espiritualidad contemplativa del Rosario con la responsabilidad social de cuidar a los más débiles y necesitados en las obras del santuario.

La homilía concluyó con una invitación a la esperanza y a la alegría, a pesar del sombrío panorama mundial. El Papa recordó el saludo del ángel a María, “Alégrate, llena de gracia”, como una invitación extendida a todos los fieles que caminan sobre los “escombros de una humanidad probada por el pecado”. Al poner su servicio bajo la protección de la Virgen Santa, León XIV reafirmó su compromiso de guiar a la Iglesia en tiempos de incertidumbre, pidiendo a los creyentes que no dejen de rezar por la paz, siguiendo el ejemplo de sus predecesores, como el Papa Francisco.
Este encuentro en Pompeya deja una huella profunda en la narrativa del actual pontificado. No se trata solo de la celebración de un aniversario, sino de la consolidación de una postura firme frente a los conflictos globales y una apuesta por el retorno a la esencia del mensaje cristiano como única vía de escape ante la deshumanización. El Papa León XIV se presenta así como un líder que, desde la tradición, busca responder a los desafíos más urgentes de la geopolítica y la crisis de valores actual, recordándonos que, al final del día, la caricia de la misericordia es el único rostro humano que puede sanar las heridas del mundo.