Las recientes imágenes difundidas por los canales de propaganda del régimen cubano han dejado a la comunidad internacional perpleja, no por exhibir una demostración de fuerza abrumadora que cambie el equilibrio geopolítico, sino por el asombroso nivel de desconexión radical con la realidad que evidencian. En un intento desesperado por proyectar un poderío inexistente frente a los Estados Unidos, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba han sacado a la luz videos donde exhiben a sus supuestas tropas de élite en maniobras militares. Sin embargo, estas imágenes, lejos de infundir respeto o temor, parecen sacadas de un manual de guerra totalmente obsoleto, recordando las tácticas de hace más de medio siglo. Mientras los altos mandos del gobierno intentan enviar un mensaje de intimidación al ejército más avanzado y poderoso del planeta, la verdadera tragedia humana, silenciosa pero devastadora, se desarrolla implacablemente en las áridas y derruidas calles de La Habana.
El aparato de comunicación del Estado ha puesto a circular de forma masiva secuencias que muestran a jóvenes soldados cubanos sometidos a un entrenamiento de evidente estilo “Viet Cong”. Se les ve arrastrándose entre matorrales, ocultándose debajo de matas de pasto y moviéndose en terrenos rocosos, intentando replicar el modelo de la guerrilla comunista de Vietnam del Norte que operaba mediante redes de túneles y emboscadas en la selva. La intención oficial detrás de esta rudimentaria exhibición es persuadir a la población interna —y paradójicamente intentar advertir al mundo entero— de que estas fuerzas están plenamente preparadas para un eventual enfrentamiento táctico contra las unidades de operaciones especiales estadounidenses de primer nivel. Pretenden medirse de tú a tú con escuad
rones legendarios como los Navy Seals, las Fuerzas Delta o los experimentados Night Stalkers.

Este tipo de retórica recuerda irremediablemente a las bravuconadas que en su momento lanzaba el dirigente chavista Diosdado Cabello dirigidas a Donald Trump, cuando aseguraba que si las fuerzas norteamericanas pisaban suelo aliado serían recibidas con “un nuevo Vietnam”. Sin embargo, el intento de emular la resistencia guerrillera del pasado resulta hoy más patético que amenazante cuando se contrasta de manera objetiva con la realidad tecnológica y operativa del siglo veintiuno. Al comparar estas precarias maniobras cubanas con el despliegue habitual de las fuerzas armadas estadounidenses —como los ejercicios llevados a cabo hace apenas un año en la base militar de Fort Bragg, en Carolina del Norte— la brecha es sencillamente abismal y humillante para el relato oficial.
Estados Unidos cuenta con un arsenal, una logística y una infraestructura inigualables, ejemplificados en el uso coordinado de imponentes helicópteros Chinook, aeronaves Black Hawk y los veloces Little Birds, operando en perfecta sincronía con vehículos blindados de última generación en tierra. Pero más allá del abrumador equipamiento tecnológico, la diferencia más determinante y letal radica en la experiencia en el campo de batalla. Las tropas estadounidenses poseen un historial ininterrumpido de combate activo durante las últimas siete décadas. Sus soldados acumulan múltiples intervenciones en terrenos hostiles, habiendo participado en operaciones sumamente complejas y recientes en regiones como Afganistán e Irak. Pretender que un pequeño grupo de soldados pobremente equipados, cuya táctica principal parece ser esconderse detrás de un montículo de tierra, pueda representar una amenaza real o un elemento disuasorio frente a semejante maquinaria bélica, es un auténtico insulto a la inteligencia. Lejos de asustar al país vecino, estas exhibiciones televisadas revelan la profunda debilidad estructural y el aislamiento de un liderazgo que recurre a tácticas mediáticas sumamente baratas para simular un control que hace mucho tiempo se desvaneció.
No obstante, esta cortina de humo militar no es el único acto en el lamentable circo gubernamental que se vive en la isla. En un esfuerzo coordinado por desviar la atención ciudadana de la gravísima crisis interna y tratar de cohesionar a las cada vez más escasas bases leales que les quedan, las autoridades han orquestado de manera apresurada una serie de movilizaciones sociales forzosas. Bajo el pretexto oficial de celebrar el próximo tres de junio el cumpleaños número noventa y cinco del general de ejército Raúl Castro, y con el objetivo paralelo de repudiar su reciente imputación formal, el gobierno ha ordenado la creación de masivas “tribunas abiertas”. Este proceso legal en suelo norteamericano, impulsado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, acusa a Castro de delitos gravísimos que incluyen el asesinato, vinculado directamente al trágico derribo en el año mil novecientos noventa y seis de las avionetas civiles pertenecientes a la organización humanitaria Hermanos al Rescate.
Para contrarrestar este golpe a su imagen internacional, el régimen ha prometido que toda Cuba estará en las plazas reafirmando su lealtad, afirmando que ninguna amenaza será capaz de doblegar al pueblo. Pero la realidad visible cuenta una historia radicalmente opuesta. El supuesto fervor popular es, a todas luces, otra fabricación meticulosamente elaborada por las altas esferas. Las grabaciones aéreas recientes de la emblemática tribuna antiimperialista, situada frente a la embajada de los Estados Unidos, muestran concentraciones humanas minúsculas, muy lejanas a las multitudes que el sistema lograba acarrear décadas atrás. Más grave aún, testimonios en el terreno indican que los cuarteles militares están siendo vaciados deliberadamente para vestir a los soldados de civil y hacer bulto en las calles, creando la ilusión óptica de apoyo civil. Al mismo tiempo, han salido a la luz diversos audios filtrados donde los directivos de dependencias estatales obligan tajantemente a sus empleados a asistir a estas marchas, convirtiendo la participación en un requisito laboral obligatorio. A pesar de estas férreas tácticas de coerción, el pueblo cubano, completamente exhausto tras sesenta y siete años de engaños ininterrumpidos, ha dejado de creer en la vacía retórica antiimperialista. Se estima que apenas una ínfima fracción de la población conserva algún tipo de fe en el discurso oficial.
Mientras el régimen despilfarra arrogantemente los escasos recursos de combustible, logística y energía humana que le quedan al país en mantener esta frágil fachada ideológica, los ciudadanos de a pie enfrentan una realidad completamente distinta y cotidianamente desgarradora. El testimonio de la periodista independiente Yoani Sánchez, una de las voces críticas más respetadas dentro de la isla, ilustra a la perfección el colapso absoluto de la nación. Caminando con resignación por la calle Tercera, muy cerca del enorme edificio de la embajada rusa al que los locales llaman con sorna “la torre de control”, Sánchez relata con una tranquilidad que hiela la sangre la odisea que significa simplemente sobrevivir un día más en la capital.
En su relato expone que se encuentra en la calle intentando conseguir desesperadamente agua apta para el consumo, debido a que la cisterna de su edificio residencial amaneció contaminada con heces fecales y aguas albañales. Esta insalubre tragedia no es en absoluto una anécdota aislada, sino la norma imperante en un país donde la infraestructura hídrica, eléctrica y sanitaria ha colapsado hasta sus cimientos. Cada mañana que los cubanos abren los ojos, se encuentran con que un servicio básico ha desaparecido y una nueva dificultad se ha sumado a su dura cotidianidad. Descansar adecuadamente se ha convertido en un lujo completamente inalcanzable; como señala la periodista de manera cruda, poder disfrutar de tan solo una hora de sueño profundo es en la actualidad un enorme privilegio reservado para unos pocos privilegiados, dadas las interminables interrupciones eléctricas y el agobiante estrés de la supervivencia diaria.

Resulta moralmente indignante observar cómo el oficialismo invierte dinero, tiempo y los últimos recursos del Estado en lo que Sánchez describe acertadamente como “mucha lentejuela ideológica”, ofreciendo al pueblo toneladas de circo político pero negándoles el pan más básico. Este contraste tan brutal entre la grandilocuencia ridícula de la propaganda militar y la inmensa miseria que inunda la vida doméstica de cada hogar cubano, subraya una crueldad sistémica que ha llevado al límite la tolerancia ciudadana.
La historia universal nos enseña de manera contundente que cuando los regímenes autoritarios alcanzan semejante nivel de psicosis institucional y muestran una evasión tan absoluta de la realidad que padecen sus gobernados, su final definitivo está acechando a la vuelta de la esquina. La exhibición patética de maniobras militares irrelevantes y la organización desesperada de marchas fantasmas forzadas representan, sin lugar a dudas, los últimos estertores de un sistema moribundo que se niega a aceptar su propia defunción. Para los millones de cubanos que hoy imploran a Dios poder conseguir un trago de agua limpia y anhelan desesperadamente tener una noche de descanso digno, la anticuada retórica de culpar al enemigo externo ha perdido el poco valor que le quedaba. Atrapados en lo que muchos describen como un verdadero infierno terrenal, el sufrimiento es tal que a la inmensa mayoría de la población poco le importaría si es una intervención extranjera la que finalmente llega para liberarlos de esta pesadilla interminable. La revolución se ha quedado sin relato, sin comida y sin futuro, aferrándose ciegamente a unas consignas que ya nadie escucha ni respeta en las agotadas calles de Cuba.