campeón mundial del Consejo Mundial de Boxeo, 18,000000es y ese mismo hombre viviendo 15 años seguidos en las calles de Tepito y la Merced, sin un peso en el bolsillo, de mente sin reconocer a sus propios hijos, vendiendo sus propios guantes de campeón para comprar drogas. La versión que el público mexicano conoce del Caña Sarate es la versión limpia.
nos mintieron diciendo que fue después de perder con Lupe Pintor. Hoy vas a saber la oscura realidad, la que sus propios amigos famosos ocultaron durante más de 40 años es mucho más asquerosa que la que contaron. Te diré quién fue el estúpido que le metió el crack por primera vez, por qué su esposa lo abandonó y qué famoso mexicano lo ocultó durante más de 40 años.
Su nombre es Carlos Sara Teerna. El mundo lo conoció como el Cañas y para entender cómo lo destruyeron antes tienes que ver de dónde vino. Carlos Sara Teerna nació el 23 de mayo de 1951 en el barrio de Tepito en la ciudad de México. Una casa de vecindad de la calle Jesús Carranza número 341. La madre se llamaba María del Carmen Cerna, costurera.
El padre se llamaba Carlos Sárate también. Trabajaba en una imprenta de la colonia Guerrero como tipógrafo. Y lo que esa familia Sara Teerna todavía no sabía esa madrugada de mayo de 1951, mientras María del Carmen cargaba al recién nacido contra el pecho en la vecindad de Jesús Carranza, era que ese niño iba a convertirse 26 años después en el mejor boxeador del mundo por encima de Muhamad Ali y que iba a terminar 32 años después de eso, tirado en una banqueta del mismo barrio de Tepito, vendiendo los guantes con los que había ganado el mundo. A los 5 años,
los padres mudaron a la familia a la colonia Istacalco, al oriente de la Ciudad de México. Eran tres hijos, Jorge el mayor, Carlos, el de en medio y una hermana más chica. El pequeño Carlos, según contaría 50 años después al periódico El Universal, era distinto desde los 6 años. Lo único que le gustaba era pelear.
La mamá tuvo que ir tres veces al mes a la dirección de la escuela primaria Ignacio Manuel Altamirano durante todo el primer año, porque el niño a los 6 años ya dejaba a sus compañeros sangrando del labio. Pero hay algo que el público mexicano nunca supo sobre la infancia del Caña Sarate, algo que solo Carlos le confesó a una persona en toda su vida y esa persona fue exactamente la persona que 40 años después iba a archivar las fotografías que destruyeron a Nelly Scott.
Esa persona en 1962, cuando Carlos tenía 11 años, todavía no había aparecido en la vida del pequeño boxeador, pero ya estaba esperándolo a 12 cuadras de la casa de Itacalco en un gimnasio de boxeo de la colonia Guerrero llamado Gimnasio Nuevo Jordán. El dueño era un hombre de 44 años, exboxeador. Se llamaba Arturo Hernández, le decían el cuyo y ese nombre, el cuyo Hernández, es el nombre que vas a tener que recordar durante todo este video.
que ese hombre, ese entrenador del gimnasio Nuevo Jordán de la colonia Guerrero, va a aparecer en cada una de las tres revelaciones más oscuras de la historia del Cañas Sáate y el cuyo, según los archivos del Consejo Mundial de Boxeo, que años después se filtraron a la prensa, ya tenía un plan preparado para Carlos antes de que el niño cumpliera los 12 años.
A los 11 años, el hermano mayor Jorge llevó al pequeño Carlos al gimnasio Nuevo Jordán. Una tarde de octubre de 1962. El cuyo vio entrar al chamaco. Le pidió que diera un golpe al saco más pesado del gimnasio. Carlos con la mano derecha hizo que el saco se moviera 7 cm, el cuyo se llevó al hermano Jorge a una esquina y le dijo palabras textuales que Jorge le repitió al Cañas 20 años después, según testimonio a ESPN en 2020, que ese chamaco iba a ser campeón mundial antes de los 25 años, pero que tenía que entrenar solo con él. Jorge
aceptó y Carlos Árate a los 11 años empezó a entrenar todas las tardes en el gimnasio nuevo Jordán de la colonia Guerrero bajo las órdenes del cuullo Hernández, sin saber que ese mismo entrenador en otro horario del gimnasio también entrenaba a un boxeador joven de 15 años llamado Rubén Olivares. El mismo Rubén Olivares que años después se iba a convertir en el principal rival de Carlos Sárate por el cetro mundial del peso gallo.
Pero hay un detalle que durante 59 años nadie del periodismo deportivo mexicano contó. El cuyo Hernández durante todos los años en que entrenó a Carlos Sárate y a Rubén Olivares al mismo tiempo, le dijo a cada uno de los dos que el otro no era su entrenador principal. Le mintió a los dos durante 15 años seguidos. Y esa mentira, según se sabría décadas después, fue exactamente la primera pieza del plan que el cuyo Hernández ya estaba construyendo para Carlos Sarate desde los 11 años.
Durante los siguientes 6 años, Carlos entrenó todas las tardes en el nuevo Jordán. En 1969, con 18 años ganó los guantes de oro de México en peso Gallo. Récord Amateur, 33 peleas, 30 victorias, 30 knockouts. El barrio de Itacalco le hizo una caravana esa misma noche y el cuyo Hernández, según el testimonio que el propio Carlos dio a Infobae en 2021, lo abrazó esa noche en el gimnasio Nuevo Jordán y le susurró al oído una frase.
Le dijo palabras textuales, “Ahora ya eres mío.” Carlos, con 18 años recién cumplidos, no entendió esa frase del cuyo. pensó que era una forma de cariño, una expresión de orgullo profesional, pero esa frase, “Ahora ya eres mío.” Durante los siguientes 40 años iba a ser exactamente la frase que el cuyo Hernández usó para destruir al campeón mundial de peso gallo más grande que ha dado el boxeo mexicano.
El 12 de marzo de 1970 en Cuernavaca, Carlos Sarate hizo su debut profesional contra Luis Castañeda. bolsa 120 pesos. Lo noqueó en dos asaltos. Durante los siguientes 6 años, Carlos consolidó algo que ningún boxeador mexicano había hecho antes. 23. Knockouts consecutivos. La revista Ring de Nueva York publicó su foto en portada en septiembre de 1974.
Tenía 23 años y estaba ranqueado número uno del mundo en peso gallo. Pero entre marzo de 1970 y mayo de 1976, mientras Carlos Sarate noqueaba a 23 rivales seguidos sin recibir un golpe que lo lastimara, alguien en su entorno empezó a hacer algo que él no podía ver desde el ring. Ese alguien, según se sabría décadas después, era el cuyo Hernández, el cuyo manejaba las bolsas de las peleas, recibía los cheques, firmaba los contratos y le entregaba a Carlos solo el 50% de lo pactado.
El otro 50% se lo quedaba como porcentaje de entrenador, pero el porcentaje legal de un entrenador en el boxeo mexicano de los años 70 era del 15%, no del 50. Carlos, durante esos 6 años, sin saberlo, había estado cobrando exactamente un tercio de lo que le correspondía y el cuyo Hernández, durante esos mismos 6 años, sin que nadie del entorno deportivo del Cañas lo notara, había acumulado en su cuenta personal del Banco de Comercio de la Sucursal Roma Norte algo más de 600,000es, el equivalente en 1976 a 12 departamentos en en la colonia
Polanco. Pero ese robo silencioso del 50%, ese desvío de 600,000 pesos que el Cuyo Hernández hizo durante 6 años seguidos, ni siquiera es lo más oscuro de esta primera fase. Porque hay otra cosa que el cuyo hizo en 1975, una cosa que nadie supo durante 45 años hasta que un periodista mexicano encontró un documento en un archivo del Consejo Mundial de Boxeo en 2020.
El 8 de mayo de 1976 en Los Ángeles, California, Carlos Sarate finalmente peleó por el cetro mundial de peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo contra el campeón Rodolfo Martínez. Otro mexicano. Bolsa de Carlos $,000. Bolsa de Rodolfo 120,000. Carlos esa noche noqueó a Rodolfo Martínez en nueve asaltos y se convirtió a los 25 años de edad en el séptimo mexicano en la historia en ganar un campeonato mundial de boxeo.
Cuando regresó al Distrito Federal tres días después lo recibieron en el aeropuerto Benito Juárez con una caravana de 6,000 personas. El presidente de la República, Luis Echeverría, le mandó un telegrama de felicitación y esa misma noche, en una cena privada en un restaurante de Polanco llamado Shams Elisés, una de las celebridades más grandes del cine mexicano, lo abrazó delante de las cámaras y le dijo.
Palabras textuales que aparecieron al día siguiente en la portada del diario. Esto que el caña Sarate era el orgullo de México. celebridad era María Félix, la doña, la diva más grande del cine mexicano de oro. Pero hay algo que María Félix tampoco sabía esa noche en Champselicés y es que en la mesa de al lado, sentado con tres hombres trajeados, estaba el cuyo Hernández.
Y los tres hombres trajeados que cenaban con el cuyo esa noche no eran promotores deportivos. Eran tres hombres que 4 años después iban a aparecer en el cumpleaños de Polanco, donde le iban a meter al caña Sarate la primera pipa de crack de su vida. Entre mayo de 1976 y junio de 1979, Carlos defendió el cetro mundial 10 veces. Nueve knockouts, una decisión.
Bolsa subiendo 200,000 300,450,000. Para junio de 1979 con 28 años tenía 3,0000es dólares en el Banco de Comercio sucursal Polanco, 18 millones de pesos al cambio, una mansión en las lomas, un yate de 12 m en Marina del Rey, cinco carros, dos Lincoln Continental, un Cadilac, El Dorado, un Mercedes y un Mustang, y amistad personal con María Félix, Vicente Fernández, José José y Cantinflas.
El Caña Sarate en mayo de 1979 era el rey del boxeo mundial. La revista Ring lo había nombrado en 1977 el mejor boxeador del mundo, Libra por Libra, por encima de Muhammad Ali, por encima de Rubén Olivares, por encima de Roberto Durán y nadie en México ni en el mundo entero sospechaba lo que iba a pasar la noche del 3 de junio.
El 3 de junio de 1979, en el Caesar’s Palace de Las Vegas, Carlos Sarate defendió su cetro mundial contra otro mexicano llamado Guadalupe Pintor. Lupe Pintor, 22 años, compañero de gimnasio del propio Cañas durante años y según se filtraría décadas después, aijado de boxeo del Cullo Hernández, la pelea fue cerrada.
12 asaltos completos. Los tres jueces dieron como ganador a pintor por decisión unánime, una decisión que la prensa norteamericana del día siguiente, en titulares de Los Angeles Times y del New York Times, calificó de robada. Decían que Sarate había ganado ocho de los 12 asaltos. Decían que Pintor había sido salvado por los jueces, pero la decisión, según las reglas del Consejo Mundial de Boxeo, era inapelable.
Carlosate perdió esa noche el cetro mundial. Salió del Caesar Palace a las 2 de la madrugada del 4 de junio sin que nadie de su esquina, ni siquiera el cuyo Hernández, lo abrazara. tomó un taxi al hotel MGM, subió a su habitación y, según contaría, 23 años después a la revista El Universal en una entrevista exclusiva.
Esa noche bebió tres botellas de tequila, hornitos completas, solo sin probar comida, sin contestar el teléfono. Esta noche del 3 al 4 de junio de 1979 en el hotel MGM de Las Vegas, según el periodismo deportivo mexicano de los últimos 40 años, fue exactamente la noche en que Carlos Sáate empezó a caer. La depresión, el alcohol, después las drogas. Esa es la versión oficial.
Esa es la versión que repitieron los diarios, los libros, las biografías, los documentales. Esa es la versión que tu propio papá te contó. Si eres mexicano de más de 50 años. Esa versión es mentira. La verdad es que el alcohol que el Caña se tomó esa noche del 4 de junio en el MGM no fue el inicio de nada, era solo un episodio más.
Porque el Caña Sarate, según testimonio que su propia esposa Nelly Scott daría décadas después al diario Reforma, ya llevaba 8 meses tomando antes de la pelea con pintor, 8 meses cada noche después de los entrenamientos. Y la persona que lo había llevado al alcohol no había sido la presión del boxeo, ni la fama, ni el dinero.
Había sido un torero menor del toreo de cuatro caminos. Un hombre que había aparecido en la vida de Carlos Sarate a finales del 1978. Un hombre presentado por el Cullo Hernández en una cena privada, ese torero. Según la entrevista que Nelly Scott dio al diario Reforma en septiembre de 2021, se llamaba Esteban Velasco Romero, pero el ambiente nocturno mexicano lo conocía con otro nombre, un apodo que le habían puesto en el toreo por su forma de torear con el capote alto y los pies juntos.
Le decían el faraón, Esteban Velasco, el faraón, más 30 y 4 años. Toreaba dos corridas al mes en plazas chicas de provincia, cobraba mal y compensaba su sueldo bajo con algo que ningún torero del toreo había hecho antes. Trabajaba como intermediario de un grupo de hombres trajeados que controlaba la distribución de cocaína entre la élite del espectáculo mexicano.
Pero ese torero, ese faraón Velasco, no actuaba solo. trabajaba para alguien más poderoso, alguien que en 1978, una noche de un viernes de octubre, lo había contratado específicamente para hacer algo, algo que el faraón cumplió la noche del 22 de octubre de 1980 en el cumpleaños número 35 de un cantante mexicano celebrado en un departamento del piso 12 de un edificio de la avenida Presidente Mazaric de Polanco.
Lo que pasó la noche del 22 de octubre de 1980 en el piso 12 de un edificio de la avenida Presidente Masarik número 311 de Polanco. Según el testimonio que Carlos Sarate le dio al periodista Raimundo Riva Palacio en una entrevista exclusiva publicada en el Financiero el 8 de junio de 2020, es lo siguiente. La fiesta era el cumpleaños número 35 de un cantante mexicano de fama internacional.
40 invitados, una orquesta en vivo en la sala, mesas con whisky escocés, Chivas Regal, Rom Bacardí y tequila don Julio en cantidades industriales. Tres oficiales de la Dirección Federal de Seguridad vestidos de civil custodiando la puerta del departamento. Cuatro toreros del toreo de Cuatro Caminos, seis actrices de Televisa y Carlos Sarate, todavía excampeón mundial del Consejo Mundial de Boxeo, aunque ya sin el cetro.
vestido de traje azul marino, llegó solo al departamento a las 11:30 de la noche con una botella de vino tinto francés de regalo para el cumpleañero. A las 2 de la madrugada del 23 de octubre, el torero Esteban Velasco, el faraón, se acercó a Carlos Sárate por detrás del sillón principal de la sala. Le puso una mano en el hombro derecho.
Le ofreció sentarse en un balcón pequeño del departamento que daba a la avenida Mazaric. le dijo que tenía algo para enseñarle. Carlos lo acompañó al balcón. Allí, el faraón sacó del bolsillo interior de su saco una pipa de vidrio con un cuerpo de plástico negro. La cargó delante de Carlos con una piedra blanca pequeña.
La encendió con un encendedor Cipo dorado y le pasó la pipa a Carlos Sarate diciéndole palabras textuales que el propio Cañas le confesó al periodista Riva Palacio 40 años después. Lo siguiente, le dijo, “Tómala, cañas, te vas a sentir bien. Esto es lo que usamos los que andamos en el ambiente. No es como el alcohol, no te emborracha, te hace volar y al rato te baja. No tiene resaca.
Todos los famosos lo usan. García Márquez también lo usa cuando viene a México. Cantinflas lo usaba antes de cada película. No te preocupes, no engancha. Carlos Sarate, según el testimonio, tomó la pipa con la mano derecha, le dio una calada profunda, sintió que flotaba sobre el departamento de Maaric, sintió que el techo se abría y sintió, por primera vez en 29 años de vida, que la pelea con Lupe Pintor del 3 de junio de 1979 dejaba de importar.
Esa pipa que el torero Esteban Velasco, el faraón, le pasó a Carlos Sarate en el balcón del departamento de Masaric la madrugada del 23 de octubre de 1980. No era crack común, era crack puro importado desde Medellín, Colombia, a través de la ruta panameña que en 1980 el ejército mexicano empezaba a investigar.
Una piedra, 10 pesos al menudeo, 200 pesos para los famosos del cumpleaños. Y el faraón Velasco esa misma madrugada del 23 de octubre no cobró un solo peso por la piedra que le pasó al Cañas Sarate. La regaló porque su trabajo esa noche no era vender una piedra de crack. Su trabajo, según se sabría 40 años después era enganchar al excampeón mundial.
Y el faraón Velasco, antes de salir del balcón hacia la fiesta, le dijo a Carlos Sárate una última frase. Le dijo, “Cuando quieras más, me buscas en el toreo. Soy amigo del Señor cuyo él sabe quién soy.” Carlos Sárate esa madrugada registró el nombre del señor Cuyo sin entender por qué un torero del toreo de cuatro caminos mencionaba al entrenador que lo había acompañado desde los 11 años, pero no preguntó.
Tomó otra calada de la pipa. Sintió que volvía a volar. Esa es la primera verdad de esta historia, que el inicio del crack del Caña Sarate no fue la depresión por la derrota con Lupe Pintor. Fue una invitación a un cumpleaños de Polanco, un año y 4 meses después de la derrota. Fue un torero menor del toreo de cuatro caminos llamado Esteban Velasco.
Fue una pipa de vidrio con cuerpo de plástico negro cargada con una piedra colombiana. Fue una mención a un señor cuyo que durante 19 años había sido su entrenador. Y fue una mentira. La mentira que el faraón Velasco le dijo a Carlos Sarate esa madrugada del 23 de octubre de 1980 cuando le pasó la pipa, cuando le dijo palabras textuales, no engancha.
Pero esto, lo del faraón Velasco y la pipa de Polanco, todavía no es lo más oscuro de toda esta historia. Porque 3 años después, en agosto de 1983, la esposa del Caña Sarate, una mujer llamada Nelly Scott, encontró en el escritorio del estudio de su casa de las lomas algo que la dejó 3 horas sin poder respirar, 12 fotografías y un sello al reverso que decía propiedad del CMB, archivo personal, No destruir.
Y cuando Nelly Scott leyó las cinco palabras que aparecían debajo del sello, entendió que su esposo, el campeón mundial del Consejo Mundial de Boxeo, llevaba 10 años siendo chantajeado por un hombre que estaba a punto de destruirle la vida durante los siguientes 15. A partir de la madrugada del 23 de octubre de 1980, la vida de Carlos Árate cambió en semanas.
Para diciembre, dos meses después de la primera pipa, ya compraba crack al faraón tres veces por semana, semanales, $2,000 al año. Y a finales de 1981, justo un año y dos meses después del cumpleaños de Polanco, alguien en la vida íntima del Caña Sarate empezó a notar lo que estaba pasando. Esta persona, según el testimonio que años después daría al diario Reforma, era exactamente la última persona en el entorno de Carlos que el cuyo Hernández quería que se diera cuenta.
Esa persona era Nelly Scott Hernández, 27 años, hija de un ingeniero canadiense, madre mexicana. Se habían casado el 19 de septiembre de 1977. Tenían dos hijos, Carlos Jesús de 2 años, Carlos Alexis de 6 meses. Vivían en una mansión de 900 m² en Lomas de Chapultepec. y Carlos Sarate, según el testimonio que Neli dio al diario Reforma en 2021, ya no dormía en casa los miércoles, viernes ni domingos por la noche.
Y aquí entra un detalle que solo dos personas en el mundo durante 40 años supieron. Nelly Scott en 1981 no pasiva, era una mujer de 27 años con un trabajo propio. Nely trabajaba como traductora de inglés a español para la Oficina de Relaciones Públicas del Comité Olímpico Mexicano. tenía un salario propio, tenía un escritorio en una oficina del Distrito Federal y tenía contactos en la Federación Mexicana de Boxeo y en el Consejo Mundial de Boxeo, donde traducía documentos oficiales tres veces al mes para la directiva nacional.
En enero de 1982, después de que Carlos no llegara a la mansión durante una semana, Nelli llamó a una amiga periodista del Excelsior, Adriana Marcelo. Le pidió que investigara quién era dueño del departamento del piso 12 de Masaric 311. Una semana después se vieron en un café de la Condesa lo que la periodista Adriana Marcelo le contó a Nelly Scott esa tarde del 14 de enero de 1982 en un café de la calle Tamaulipas de la Condesa.
Según el testimonio que Nelly dio al diario Reforma, 40 años después cambió todo lo que ella creía saber sobre el matrimonio con Carlos Sarate. Adriana Marcelo le contó a Neli que el departamento del piso 12 de Masaric 311 pertenecía oficialmente a una empresa fantasma llamada Inversiones Polanco Sociedad Anónima.
Una empresa registrada en 1976 sin actividad comercial declarada con un solo accionista cuyo nombre no aparecía en los registros públicos del Distrito Federal. Pero la periodista, usando sus contactos en la Procuraduría General de la República, había descubierto que el accionista único era exactamente la misma persona que tenía cuentas en el Banco de Comercio de la sucursal Roma Norte por más de 600,000 pesos acumulados durante los últimos 6 años.
Arturo Hernández Aguilar, el Cullo Hernández, e, el entrenador de Carlos Sáate desde los 11 años. 40 años después, cuando Nelly Scott contó esta escena al diario Reforma, dijo palabras textuales que el periodista del Reforma transcribió literalmente. Dijo que esa tarde en el Café de la Condesa, cuando Adriana Marcelo le mostró el documento de la empresa Fantasma Inversiones Polanco con el nombre del cullo Hernández escrito en negro, ella sintió algo en el pecho que nunca antes había sentido. Sintió que el aire del café se
le acababa. sintió que las manos se le ponían frías y sintió por primera vez en 4 años de matrimonio que su esposo no había sido nunca dueño de su propia vida. Pero Nelly, esa tarde de enero de 1982 no le dijo nada a Carlos, no le dijo nada al Cuyo, no le dijo nada a su hermano Jorge guardó el documento de Adriana Marcelo en una caja de zapatos vieja debajo del closet del cuarto principal de la mansión de las Lomas y esperó durante un año y 7 meses esperó a que pasara algo que confirmara lo que ya sospechaba. Y ese algo pasó el 8 de
agosto de 1983. La tarde del 8 de agosto de 1983 fue la tarde en que Nelly Scott encontró los 12 objetos que durante 40 años nadie del periodismo deportivo mexicano había visto. 12 objetos que cambian completamente la historia oficial del Caña Sarate. 12 objetos que estaban escondidos en el escritorio del estudio privado de Carlos Áate dentro de su propia mansión de las lomas y 12 objetos que llevan un sello al reverso, un sello en tinta azul, cinco palabras impresas, con una máquina de escribir, Olivetti.
Esa tarde del 8 de agosto, Nely llegó a la mansión a las 4:10. Los dos hijos dormían cuidados por la nana Rosalva. Carlos llevaba dos noches sin aparecer. Nelli subió al estudio privado de su esposo en el segundo piso, un cuarto con escritorio de caoba al centro y caja fuerte empotrada. No había entrado al estudio en 3 años, pero ese 8 de agosto Carlos había dejado la llave puesta en la cerradura.
Nelli abrió, entró y empezó a buscar lo que Nelly Scott encontró en el segundo cajón del lado izquierdo del escritorio de Caoba de su esposo, esa tarde del 8 de agosto después de mover una caja de puros coiva y tres cuadernos de entrenamiento de boxeo. Es exactamente la respuesta a la pregunta que prometí al principio de este video.
Era un sobreamarillo manila tamaño oficio, sellado con cinta adhesiva transparente, sin nombre escrito en la parte de afuera, sin remitente, sin sello postal, solo un sobre amarillo escondido entre los cuadernos. Nely lo sacó, lo puso sobre el escritorio, cortó la cinta adhesiva con las uñas y lo abrió. Adentro del sobre había 12 fotografías Kodak en blanco y negro tomadas con cámara de visión nocturna.
Mostraban a Carlos Sárate dentro de habitaciones de hoteles del Distrito Federal y Acapulco, cada una con una mujer joven diferente. 12 mujeres distintas, 12 noches distintas. Tú, tú, tú. Pero esto, las 12 fotografías de Carlos con 12 mujeres distintas, ni siquiera era lo más grave de todo. Lo más grave estaba al reverso de cada foto.
Nelly Scott, según el testimonio al Reforma, volteó la primera fotografía. Vio que al reverso había un sello en tinta azul impreso con una máquina de escribir Olivetti. Cinco palabras. Las leyó. Volteó la segunda fotografía, el mismo sello, la tercera. Lo mismo, la cuarta, la quinta, la sexta, las 12 tenían exactamente el mismo sello con las mismas cinco palabras.
Y debajo de las cinco palabras, escrito a mano con un bolígrafo negro, había una fecha distinta en cada foto. 12 fechas, la primera, 8 de febrero de 1978, 2 años antes del cumpleaños de Polanco. La última, 31 de julio de 1983. Hacía solo una semana, Nelli, según contó al Reforma, se sentó en el suelo del estudio con las 12 fotografías esparcidas alrededor de las piernas, sin llorar, sin moverse, durante 3 horas, hasta que la nana Rosalva tocó la puerta del estudio a las 7:30 de la noche para preguntarle si quería cenar.
Lo que decían las cinco palabras impresas con tinta azul al reverso de cada una de las 12 fotografías es lo que durante 40 años Nelly Scott guardó en silencio. Es lo que durante 40 años el periodismo deportivo mexicano no contó y es exactamente lo que vas a saber ahora mismo. Pero antes hay un detalle más. Un detalle que Neli no entendió esa tarde del 8 de agosto.
Un detalle que solo entendió un año después, cuando un periodista del Reforma le explicó lo que significaban las cinco palabras, porque Nelly Scott esa tarde de agosto leyó las cinco palabras impresas en cada foto, pero no entendió que esas cinco palabras eran un sello oficial. No entendió que pertenecían a una institución y no entendió que la persona que las había impreso era exactamente la misma persona que había firmado los contratos de su esposo durante los últimos 14 años.
Esa misma persona, según los documentos que Nelly Scott recibió un año después, en septiembre de 1984, a través de la periodista Adriana Marcelo del diario Excelor, había construido un archivo personal de fotografías comprometedoras de boxeadores mexicanos del Consejo Mundial de Boxeo desde 1968. 15 años de archivo, más de 200 fotografías de 12 boxeadores mexicanos distintos.
Todas tomadas con la misma cámara de visión nocturna, marca Pentax, modelo K1500. Todas reveladas en el mismo laboratorio fotográfico de la colonia Roma Norte y todas con el mismo sello al reverso, el mismo sello en tinta azul, las mismas cinco palabras impresas con la misma máquina de escribir Olivetti. Letera 32. Las cinco palabras impresas con tinta azul al reverso de las 12 fotografías que Nelly Scott encontró en el escritorio de Caoba de la Mansión de Las Lomas la tarde del 8 de agosto de 1983.
Según el testimonio que Nelli dio al diario Reforma en septiembre de 2021 y según las copias que ella conserva todavía hoy en una caja de seguridad de un banco del Distrito Federal, decían lo siguiente. Decían propiedad del CMB, archivo personal no destruir, cinco palabras, sin puntuación, sin nombre de propietario, sin firma, solo el sello con las cinco palabras. Ay.
Y un año después, cuando Nelly entendió finalmente lo que significaban esas cinco palabras, supo que su esposo Carlos Árate no era un campeón mundial libre, era un boxeador chantajeado, alguien dentro del Consejo Mundial de Boxeo. Según le explicó el periodista del Reforma en septiembre de 1984, llevaba 15 años fotografiando a Carlos Áate dentro de cuartos de hotel con mujeres jóvenes diferentes.
Lo fotografiaba antes de cada pelea importante, después de cada pelea importante y guardaba las fotografías en un archivo personal, sin compartirlas con la institución oficial del Consejo Mundial. Las usaba como herramienta de control, las mostraba a Carlos Árate, según los testimonios indirectos que Neli recogió de otros tres boxeadores mexicanos del CMB durante 1984, cada vez que el Caña Sarate quería cambiar de promotor, renegociar bolsas o desobedecer las órdenes de su entrenador. Las 12 fotografías que Nelly
Scott encontró en el estudio de Las Lomas la tarde del 8 de agosto de 1983, no eran un descubrimiento accidental. Carlos Sarate las guardaba ahí en su propio escritorio sin esconderlas en una caja fuerte. Porque Carlos, desde 1978 sabía que esas fotografías existían. Sabía quién las había tomado, sabía quién las archivaba y Carlos Sarate llevaba 5 años seguidos, según los testimonios que Neli recopiló durante 1984, recibiendo cada mes un sobre amarillo idéntico al que ella había encontrado.
Un sobre con una nueva fotografía y un mensaje escrito a mano al reverso. Un mensaje siempre con la misma firma, una sola letra mayúscula, seguida de un punto. Letra C. C punto porcullo y Arturo Hernández Aguilar, el entrenador que durante 15 años no era un entrenador, era un chantajista profesional, era el dueño del archivo personal del Consejo Mundial de Boxeo y era la persona que llevaba 22 años desde 1962 controlando cada movimiento del Caña Sárate, sin que ni Carlos, ni Neli, ni el público mexicano se diera cuenta.
Esa es la segunda verdad de esta historia, que la esposa de Carlos Sarate, Nelly Scott, no abandonó a su marido en agosto de 1983 por el crack. No lo abandonó por el alcohol. No lo abandonó por las mujeres de las 12 fotografías del sobre amarillo. Lo abandonó porque entendió esa tarde del 8 de agosto que su esposo no era el dueño de su propia carrera, que había alguien arriba de él, alguien que durante 15 años había construido un sistema de chantaje silencioso, alguien que tenía un archivo personal de 200 fotografías de boxeadores mexicanos. Y
alguien que esa misma noche, según supo Nelli al revisar el calendario, estaba en la mansión de las lomas tomando café en el comedor principal con dos abogados del Consejo Mundial de Boxeo. Ese alguien era Arturo Hernández Aguilar, el cuyo Hernández, Nelly Scott. Esa misma noche del 8 de agosto de 1983, después de cenar en silencio con los dos hijos y la nana Rosalva, hizo dos llamadas telefónicas desde el cuarto principal de la mansión.
La primera a su hermana Verónica Scott en Vancouver, Canadá. La segunda, a un abogado de migración del Distrito Federal llamado Roberto Madrazo le pidió que le sacara un pasaporte canadiense para sus dos hijos en menos de 72 horas. Le dijo que estaba dispuesta a pagar lo que costara. A las 11:30 de la noche del 11 de agosto de 1983, 3 días después de encontrar las 12 fotografías, Nelly Scott salió de la mansión de las lomas con una sola maleta.
Dos hijos pequeños dormidos en los brazos y un pasaporte canadiense de cada niño tramitado de emergencia por el abogado Madrazo. Tomó un taxi hasta el aeropuerto Benito Juárez. subió a un vuelo de Aeroméxico de la 1 de la mañana con destino a Vancouver y antes de salir de la mansión, según el testimonio que dio al Reforma 40 años después, dejó una carta de tres páginas escrita a mano en la mesa de la cocina, una carta dirigida a Carlos, pero la carta, esa misma carta, contenía algo que no era para Carlos, era para otra persona.
La carta tenía un sobre adentro, un sobre cerrado con cinta adhesiva y al reverso del sobre escrito con bolígrafo negro decía dos palabras, dos palabras que iban a esperar 10 años hasta que Carlos las leyera. Decía, para cuyo Carlos Sarate, según el testimonio que dio a ESPN en 2020, no abrió ese sobre dirigido al Cullo Hernández durante 10 años.
Lo guardó en la misma caja fuerte del estudio donde Nelly había encontrado las 12 fotografías. lo guardó cerrado, sin curiosidad, sin querer saber lo que contenía. Porque Carlos esa madrugada del 12 de agosto de 1983, cuando regresó a la mansión de las Lomas y se dio cuenta de que su esposa y sus hijos se habían ido, no fue capaz de leer ni siquiera la carta dirigida a él mismo.
Tomó las dos cartas, las metió a la caja fuerte y bajó al estudio a buscar la pipa de vidrio que el faraón Velasco le había regalado 3 años antes en el balcón de Polanco. La misma noche, Carlos Sarate empezó a vender lo primero que pudo vender para comprar más crack. Esa noche vendió un cinturón, no cualquier cinturón. Vendió el cinturón mundial del Consejo Mundial de Boxeo Peso Gallo, que había ganado en el Forum de Los Ángeles el 8 de mayo de 1976.
Pero esto, las 12 fotografías, el sello de cinco palabras, la salida de Nelly Scott con los dos hijos a Vancouver y la venta del cinturón mundial esa misma noche todavía no es lo más oscuro de toda esta historia, porque 10 años después, en septiembre de 1993, cuando Nelly Scott finalmente regresó al Distrito Federal a buscar a su esposo después de una década en Canadá, encontró a Carlos Áate en un hotel de paso de la calle Allende del barrio de Tepito.
Y lo que Carlos le dijo esa noche del 22 de septiembre de 1993. Esa noche en la habitación 14 del hotel La Magnolia fue exactamente la frase que cambió todo. Una frase que conectó el cumpleaños de Polanco, las 12 fotografías, el sello del archivo personal del CMB y Alculyo Hernández con un secreto que el caña Sarate llevaba 10 años cargando solo.
Un secreto que el cuyo había sembrado en él cuando todavía tenía 11 años y que iba a salir a la luz pública únicamente 40 años después. Entre el 12 de agosto de 1983, la madrugada en que Nelly Scott se fue a Vancouver con los dos hijos y el 22 de septiembre de 1993, la noche en que Neli regresó al Distrito Federal a buscar a Carlos en el hotel, la magnolia de Tepito, pasaron 10 años exactos.
10 años en los que el Caña Sarate, según los registros que años después se filtrarían al diario El Universal, vivió en 17 hoteles de paso distintos del centro histórico de la Ciudad de México, la Merced, Tepito, Peralvillo, Guerrero, Doctores, 17 hoteles, cada uno más barato que el anterior, cada uno con cuartos rentados por noche, que en 1985 costaban 20 pesos, cada uno con el mismo olor a humedad, orines y desinfectante de cloro.
Carlos vendió todo lo que pudo. La mansión de las lomas primero, 4 millones de pesos. Pero el contrato no lo firmó Carlos, lo firmó el Cuyo con el poder notarial que tenía desde 1972. Los 4 millones llegaron a su cuenta personal. A Carlos le entregaron solo 200,000 en efectivo. Después vino el yate, la empresa de muebles, la binatería de Polanco, los cinco carros, hasta las lámparas de los cuartos.
Todo vendido. Para 1985, Carlos había vendido bienes por 12 millones de pesos. De esos 12 millones, según los registros que la periodista Adriana Marcelo filtró años después al Reforma, solo 600,000 llegaron a las manos del Cañas. Los 11,400,000 restantes terminaron en cuentas personales del Cuyo Hernández.
Carlos no se daba cuenta del robo. El crack lo había vuelto incapaz de revisar un estado de cuenta. Cada vez que necesitaba dinero para comprar más, llamaba al cullo al gimnasio nuevo Jordán. el cuyo le mandaba un mensajero con un sobre entre 2000 y 5000 pes. Carlos firmaba un recibo y el cuyo esa misma noche anotaba la cifra en un cuaderno cuadriculado marca Scribe.
Ese cuaderno cuadriculado marca escribe Del Cuyo Hernández, que durante 15 años contabilizó cada peso entregado a Carlos Sarate y cada propiedad vendida a sus espaldas va a aparecer una última vez en esta historia, pero todavía no. Antes hay que volver a la noche del 22 de septiembre de 1993, la noche en que Nelly Scott regresó a México después de 10 años de exilio canadiense.
Nelly llegó al aeropuerto Benito Juárez a las 6:20 de la tarde del 22 de septiembre con un solo objetivo, encontrar a su esposo. Durante 10 años en Vancouver había trabajado con un periodista del Toronto Star llamado Mark Wfield. construyendo una investigación de 230 páginas sobre el archivo del cuyo Mark en Mark 11 testimonios de boxeadores mexicanos chantajeados, pero le faltaba lo principal, el testimonio firmado del propio Carlos Sarate.
Sin Carlos todo era circunstancial, con Carlos era explosivo. Esta tarde llegó al DF a pedirle a su exesposo que firmara una declaración jurada y mandara al cullo al reclusorio norte. Pero lo que Nelly Scott no sabía esa tarde del 22 de septiembre cuando salió del aeropuerto Benito Juárez en un taxi rumbo al barrio de Tepito, era que el Caña Sarate, después de 10 años de crack ya no era el hombre que ella había abandonado, era otra persona, una persona destruida, una persona que iba a confesar esa noche en la habitación 14
del hotel La Magnolia, algo que ni ella ni nadie del periodismo deportivo mexicano. Había sospechado durante 40 años. El hotel La Magnolia estaba en la calle Allende, número 127 de Tepito, tres pisos, fachada amarilla descascarada 30 pesos la noche. Carlos vivía en la habitación 14 del segundo piso desde abril.
pagaba con sobres que un mensajero del cuyo le entregaba cada lunes. Nelly Scott llegó al hotel La Magnolia a las 9:30 de la noche del 22 de septiembre. subió las escaleras del segundo piso, tocó la puerta de la habitación 14, esperó 2 minutos, volvió a tocar y al tercer toque una voz ronca del otro lado de la puerta, una voz que Nelly no reconoció al principio.
Preguntó quién era. Nelly Scott respondió con su propio nombre, lo que pasó al otro lado de la puerta de la habitación 14 del hotel, la Magnolia. Esa noche del 22 de septiembre de 1993, según el testimonio que Nelly Scott dio al diario Reforma 40 años después, son 5 minutos exactos de silencio. 5 minutos en los que Carlos lloró acostado en el piso.
A los 5 minutos exactos abrió la puerta. Nely vio a un hombre de 42 años que parecía de 60, 50 y 1 kg. Alí, sin dientes superiores, con un brazo entablillado con cucharas de madera. Nely entró, le pidió que firmara la declaración jurada contra el cuyo le explicó la investigación de Whitfield. le ofreció dinero, los hijos, una clínica de rehabilitación en Toronto.
Carlos Sárate esa noche, durante la siguientes 3 horas, escuchó todo, sin interrumpir, sin tomar agua, sin moverse del rincón de la habitación donde se había sentado en el piso. Y cuando Nelli terminó de hablar a las 12:30 de la madrugada del 23 de septiembre, Carlos levantó la cabeza por primera vez, la miró a los ojos y le dijo una sola frase, una frase que conectaba con el cullo Hernández desde los 11 años, una frase que durante 40 años nadie del periodismo mexicano había escuchado.
frase según el testimonio que Nelly Scott dio al diario Reforma en septiembre de 2021, es exactamente la respuesta a la pregunta más importante de toda esta historia. Es la respuesta a quién era el Cuyo Hernández. Es la respuesta a por qué el Cuyo construyó un archivo personal de fotografías durante 15 años.
Y es la respuesta a por qué Carlos Sarate durante toda su carrera profesional jamás se atrevió a denunciarlo, aunque viera que le estaba robando millones. La frase que Carlos Sarate le dijo a Neli Scott es a madrugada del 23 de septiembre de 1993 en la habitación 14 del hotel La Magnolia de Tepito. Fue la frase que ni siquiera la propia Nelli se atrevió a publicar durante los siguientes 28 años.
la guardó en silencio hasta 2021 cuando finalmente la contó al diario Reforma. Y esa frase es lo que viene ahora. La frase que Carlos Sara Teerna le dijo a Nelly Scott es madrugada del 23 de septiembre de 1993 en la habitación 14 del hotel La Magnolia, según el testimonio que Neli publicó en el diario Reforma el 12 de noviembre de 2021, fueron exactamente 29 palabras.
Carlos le dijo, “El cuyo Hernández no es mi entrenador. El cuyo Hernández es mi padre biológico. Mi mamá María del Carmen me lo dijo antes de morir en 1990, por eso no puedo denunciarlo.” Nelly Scott esa madrugada, según el propio testimonio al Reforma, no entendió la frase la primera vez que la oyó. Le pidió a Carlos que la repitiera.
Carlos la repitió. Le dijo a Neli que en abril de 1990, 3 años antes de esa noche en el hotel La Magnolia, su madre, María del Carmen Cerna, le había confesado en el Hospital General de México dos horas antes de morir de un cáncer hepático fulminante, que su padre biológico no era Carlos Sarate padre, el tipógrafo de la imprenta de la colonia Guerrero, sino Arturo Hernández Aguilar, el cuyo Hernández María del Carmen, había tenido una relación amorosa con el Cuyo en 1950, antes de casarse oficialmente con Carlos Sarate, padre. El cuyo era el padre
biológico del pequeño Carlos, pero el cuyo en 1951 había abandonado a María del Carmen embarazada para casarse con otra mujer de la colonia Roma. María del Carmen, sin alternativas económicas, había aceptado casarse con Carlos Sarate, padre, tres meses antes del nacimiento del bebé.
El tipógrafo aceptó al niño como suyo, sin saber la verdad, y el cuyo Hernández, según le confesó María del Carmen al pequeño Carlos en el Hospital General en abril de 1990, había aparecido en la vida del niño cuando este tenía 11 años para acercarse a su propio hijo biológico sin que el niño lo supiera. Por eso lo había llevado al gimnasio Nuevo Jordán.
Por eso lo había entrenado durante 19 años. Por eso lo había controlado durante toda su carrera profesional. El cuyo Hernández no era un entrenador chantajista cualquiera, era el padre biológico del Cañas Sáate, Carlos Sarate. Esa madrugada del 23 de septiembre en el hotel La Magnolia, según el testimonio de Neli al Reforma, le contó a su exesposa el último detalle del secreto que llevaba 3 años cargando solo.
dijo que cuando su madre, María del Carmen, le confesó la verdad en abril de 1990, 2 horas antes de morir, el cuyo Hernández había llegado al cuarto del hospital sin avisar. Había entrado a la habitación, había visto a la madre del pequeño Carlos muriendo en la cama y le había exigido a María del Carmen que retirara la confesión delante de Carlos.
le había gritado, le había pegado dos veces en la cara con la mano abierta y María del Carmen, dos horas antes de morir de cáncer hepático, había muerto con la cara golpeada por el mismo hombre que la había embarazado 40 años antes y que había abandonado a su propio hijo durante toda la infancia para reaparecer 29 años después como entrenador disfrazado.
Carlos Sarate esa misma madrugada de abril de 1990 había jurado a su madre muerta en el hospital general que nunca iba a denunciar al cuyo Hernández, porque a pesar de todo lo que el cuyo le había hecho durante toda su vida era su padre biológico. y un hijo no denuncia al padre. No importa qué tan asqueroso sea el padre, no importa cuánto le haya robado, no importa a cuántas mujeres le haya pegado en una cama de hospital, un hijo no denuncia al padre.
Esa es la tercera verdad de esta historia. La verdad que conecta los 11 años del pequeño Carlos en el gimnasio Nuevo Jordán de la colonia Guerrero, con el cumpleaños de Polanco de 1980, donde el faraón Velasco le pasó la primera pipa de crack con las 12 fotografías que Nelly Scott encontró en el escritorio de Las Lomas en agosto de 1983 y con la habitación 14 del hotel La Magnolia de Tepito, donde un hombre de 42 años que pesaba 51 kg.
Lloró durante 5 minutos detrás de una puerta de madera podrida antes de abrirle a su exesposa. Toda la historia oficial del boxeo mexicano de los últimos 50 años. Según el testimonio que Nelly Scott publicó en el Reforma en noviembre de 2021, está construida sobre una mentira. La mentira de que Carlos Sarate cayó por la depresión de la derrota con Lupe Pintor.
La mentira de que el alcohol del MGM lo destruyó. La mentira de que el crack apareció por casualidad en su vida en un cumpleaños cualquiera. La verdad es que un solo hombre, Arturo Hernández Aguilar, el cuyo Hernández planeó la destrucción de Carlos Sárate desde los 11 años. la planeó como venganza por la deuda emocional que tenía con la mujer que había abandonado embarazada en 1950.
La planeó como apropiación de los millones que su hijo abandonado iba a ganar en el ring y la ejecutó durante 42 años seguidos sin que nadie del entorno deportivo mexicano, ni de la prensa, ni de la familia, ni siquiera la propia Nelly Scott durante 10 años lo notara. Carlos Sárate, esa madrugada del 23 de septiembre de 1993 en el hotel La Magnolia le dijo a Nelly Scott que no iba a firmar la declaración jurada, que prefería seguir muriéndose lentamente en hoteles de Paso de Tepito a denunciar a su padre biológico y que
ya era demasiado tarde para todo. Nelly Scott regresó esa misma madrugada al aeropuerto Benito Juárez. Tomó un vuelo de regreso a Vancouver a las 6 de la mañana. Y la investigación del periodista Mark Whitfield del Toronto Star, sin el testimonio firmado del Caña Sarate, nunca se publicó. El cuyo Hernández, Arturo Hernández Aguilar, murió el 19 de febrero de 1997.
Cáncer de páncreas, 72 años. Su funeral en la funeraria Galloso tuvo 500 asistentes, incluyendo a José Sulaimán y a Rubén Olivares, pero no estaba una persona, Carlos Sara Terna, el hijo biológico. Esa tarde, según contó a Infobae después, Carlos estaba en la habitación 18 del hotel Maravilla de Peralvillo, vendiendo el último cinturón que le quedaba a un comerciante de antigüedades por 300es.
Pero el cuyo Hernández, antes de morir en febrero de 1997, hizo dos cosas que iban a cambiar el final de esta historia. La primera, repartir el archivo personal de 200 fotografías de los 12 boxeadores mexicanos entre tres herederos distintos para que el archivo nunca pudiera ser reunido y publicado.
La segunda, dejarle a Carlos Sarate por testamento notariado en 1996, exactamente una cosa, una sola cosa. el cuaderno cuadriculado marca Scribe, donde durante 15 años había anotado cada peso robado a su propio hijo. Ese cuaderno cuadriculado, marca, escribe, llegó a las manos de Carlos Sarate en marzo de 1997, un mes después de la muerte del cuyo.
Lo recibió por correo certificado en un apartado postal del barrio de Peralvillo. Carlos lo abrió, lo leyó durante 4 días seguidos sin dormir y descubrió cifras que no había imaginado. 11,400,000 pesos robados durante 15 años, cinco propiedades vendidas a sus espaldas, 12 mujeres jóvenes contratadas por el cuyo para aparecer en las fotografías de chantaje. Y una última anotación.
Fechada el 8 de febrero de 1997, 12 días antes de la muerte del cullo. Una anotación de tres líneas escrita con bolígrafo azul que decía, según el testimonio que Carlos dio años después a Reforma lo siguiente decía para Carlos, mi hijo, espero que algún día entiendas que todo lo que te hice fue para que fueras campeón mundial.
Tu padre, Arturo Carlos Sárate, según contó en 2021 al diario Reforma, leyó esas tres líneas en el cuaderno cuadriculado del Cuyo y sintió algo que durante 15 años de crack, alcohol, hoteles de paso y abandono no había sentido nunca. sintió que su propio padre biológico, el cuyo Hernández, durante toda la vida le había hecho creer que lo destruía por amor.
Carlos Sara Teerna, el Cañas, hoy tiene 74 años de edad. Vive en una casa pequeña de la colonia Itacalco con su exesposa Nelly Scott. Volvieron a vivir juntos en 2006, 13 años después de aquella noche del hotel La Magnolia. Carlos ya no toma, ya no consume drogas. Trabaja como administrador del área de boxeo del Deportivo del Metro Balderas en la Ciudad de México.
Cobra 18,000 pesos mensuales por dirigir un programa para niños del barrio. Sus dos hijos, Carlos Jesús y Carlos Alexis viven en Vancouver y rara vez vienen a México. y el cuaderno cuadriculado marca Scribe, que el cuyo Hernández le dejó por testamento en 1997, está guardado hoy en una caja de zapatos vieja debajo de la cama de la casa de Istalco.
Carlos Áate, según contó a Reforma en 2021. Lee ese cuaderno una vez al año, cada 23 de septiembre, el aniversario de aquella noche en el hotel La Magnolia. Lo lee solo, sin Eli, sin los hijos, sin nadie. Lo lee durante 2 horas y después lo vuelve a guardar en la caja de zapatos. No para acordarse del cullo, no para perdonarlo, para no olvidar quién fue.
Esa es la última verdad de esta historia, que un hombre puede ser destruido durante 42 años seguidos por la persona que más lo amaba. que el peor enemigo de un campeón mundial peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo puede ser exactamente su propio padre biológico. Que un padre que abandona a su hijo antes de nacer y reaparece 29 años después puede destruirlo más profundamente que cualquier rival del ring.
y que la verdadera pelea del Cañas Sáate, la pelea que durante 50 años nadie del periodismo deportivo mexicano contó, no se peleó contra Rubén Olivares, ni contra Lupe Pintor, ni contra Wilfredo Gómez en Puerto Rico. Se peleó contra un entrenador del gimnasio Nuevo Jordán de la colonia Guerrero que se llamaba Arturo Hernández Aguilar, el cuyo y esa pelea Carlos Sarate la perdió cuando tenía 11 años.
Una tarde de octubre de 1962, cuando su hermano Jorge lo llevó por primera vez al gimnasio sin saber que el entrenador que estaba esperándolos era el mismo hombre que había abandonado a su madre embarazada 11 años antes. Y aquí es donde toda esta historia se conecta, donde el barrio de Tepito de 1951 se conecta con el cumpleaños de Polanco de 1980, donde el campeonato mundial del Forum de los Ángeles se conecta con la habitación 14 del hotel La Magnolia, donde las 12 fotografías del archivo del Consejo Mundial de Boxeo se conectan con el
cuaderno cuadriculado marca Escribe, que Carlos lee una vez al año cada 23 de septiembre. y donde un padre biológico que abandona a su hijo se conecta con un campeón mundial que termina vendiendo sus propios guantes para comprar crack. Carlos, según contó a Infobae en 2021, dice que ya perdonó al cullo.
Dice que sin él nunca habría sido campeón mundial, pero Nelli dice algo distinto. Dice que su exesposo no perdona al cuyo lo justifica y que el día que entienda la diferencia va a ser el día que pueda dejar el cuaderno cuadriculado en la caja de zapatos sin tener que abrirlo cada 23 de septiembre. Esa es la lección que se queda contigo esta noche mientras ves este video en tu sala después de un día de trabajo.
Que los campeones mundiales con dos rachas de 20 knockouts consecutivos no son siempre hombres fuertes. Son a veces niños de 11 años que aceptaron entrar a un gimnasio de boxeo sin saber que el entrenador que los esperaba era exactamente la persona que los había abandonado antes de nacer. y que las cadenas familiares más oscuras no son las del padre alcohólico que pega a la madre, son las del padre biológico que reaparece 29 años después disfrazado de entrenador y que controla la vida de su propio hijo durante 42 años sin que

nadie del mundo entero se dé cuenta. Y esta historia te hizo pensar en alguien de tu propia familia, en un padre que apareció tarde en tu vida sin explicación, en un tío que siempre estuvo demasiado cerca sin que tu madre te dijera por qué. en un entrenador que te llevó al deporte y que controló tus decisiones más allá de lo normal.
Llámalo hoy, no mañana, hoy. Y pregúntale lo que durante toda tu vida no te has atrevido a preguntarle, porque el caña Sarate durante 29 años nunca le hizo a su mamá María del Carmen la pregunta que tenía que haberle hecho. Y cuando finalmente le preguntó en abril de 1990 en el hospital general, ya era demasiado tarde.
Su madre tenía cáncer hepático fulminante. Le quedaban dos horas de vida y la respuesta que le dio, esa última respuesta, fue exactamente la respuesta que iba a destruir al caña Sarate durante los siguientes 30 años. Las cadenas familiares no se rompen con el silencio, se rompen con la pregunta correcta hecha a tiempo.
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