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DIOS Jamás Abandona A sus HIJOS Y Esta HISTORIA Te Lo Demuestra

… Darío le golpeó el hombro con el palo. Mateo cayó de rodillas. Elias intentó moverse, pero Tomás lo empujó. El anciano perdió el equilibrio y cayó contra una piedra. Su bastón rodó hasta los arbustos.

—¡Déjalo! —gritó Mateo.

La rabia lo cegó. Se lanzó contra Darío. Rodaron por el suelo. Darío era más fuerte, pero Mateo mordió, arañó, golpeó con desesperación. Tomás lo agarró del cuello por detrás.

—¡Quieto!

En medio del forcejeo, Nico, el más pequeño de los agresores, retrocedió asustado. Pisó una zona cubierta de hojas y el suelo cedió. El chico desapareció con un grito.

Todos quedaron congelados.

—¡Nico! —gritó Tomás.

Se oyó un golpe seco, luego un llanto.

Mateo se arrastró hasta el borde. Era una vieja zanja de carboneros, profunda y estrecha. Nico estaba abajo, con una pierna doblada de forma extraña.

—¡Me duele! ¡Sacadme!

Darío palideció.

—Baja tú —le dijo a Tomás.

—¡No puedo!

—¡Haz algo!

Mateo miró a Darío. Una parte oscura de su corazón susurró: déjalo. Ellos te habrían dejado a ti. Nadie bajó cuando estabas en el barro. Nadie abrió la puerta cuando tenías frío.

Nico lloraba.

—Por favor…

Mateo recordó la carta: “Cuando no tengas nada, todavía podrás elegir ser bueno.”

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