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¡CAYÓ “EL R”! HARFUCH DETIENEN AL ALCALDE DE CHILCHOTLA VINCULADO A CÉLULA DELICTIVA EN OAXACA

Imagina que eres dueño de tu casa, que llevas años trabajando para levantar algo tuyo, algo que tu familia pueda llamar hogar. Y una noche, sin previo aviso, un grupo de hombres armados entra por la fuerza. No son ladrones comunes. Vienen con un mensaje mucho más oscuro, que ese territorio ya no es tuyo, que si quieres seguir viviendo ahí tienes que pagar.

Y que si no pagas las consecuencias serán peores que cualquier cosa que hayas imaginado. Eso fue exactamente lo que vivieron los residentes de una vivienda en Santa María. Chilchotla, Oaxaca. En septiembre de 2024. Un comando irrumpió con armas en mano, exigió dinero bajo la modalidad de pago de piso y atentó directamente contra la integridad física de quienes estaban dentro.

Un ataque que pudo costar vidas. Lo que nadie sabía en ese momento era que meses después las investigaciones iban a llevar directo al hombre que debía protegerlos. El hombre que según la ley y la lógica más básica del contrato social debería haber sido el primero en condenar ese ataque. El hombre que la comunidad había elegido bajo su propio sistema de gobierno para representarla, su propio presidente municipal.

Su nombre es Regino Gallardo González. Y el lunes 11 de mayo de 2026, la Fiscalía General del Estado de Oaxaca lo detuvo. Para entender por qué este caso importa más allá de un municipio que aparece poco en los titulares nacionales, hay que conocer primero el lugar donde ocurrió todo. Santa María Chilchotla no es cualquier municipio, es un territorio con identidad propia, con historia, con una comunidad que ha construido su forma de vivir durante siglos en medio de la sierra Mazateca del norte de Oaxaca.

El municipio se ubica en la región de La Cañada a unos 21 km de Huautla de Jiménez, ciudad símbolo de la cultura mazateca. Tiene una extensión de más de 284 km² y sus límites al norte tocan directamente el estado de Veracruz, una frontera que en los últimos años se ha convertido en una de las más tensas del sureste mexicano.

Su nombre viene del nawad, lugar del chile picante, pero en lengua mazateca se llama, que significa agua espuma. Un hombre que evoca al pozo del sur del pueblo del que sus habitantes se abastecen desde tiempos inmemoriales. Chilchotla es también conocida como la cuna de los hueguentones, figuras centrales en la celebración del día de muertos que en esta comunidad dura 10 días.

Los hueguentones son, según la cosmovisión indígena mazateca, hombres que brotan del ombligo de la tierra para convivir con los vivos durante esos días sagrados. Hombres disfrazados que bailan sin parar, acompañados de violines, jarana y tambor, visitando casa por casa. Es una tradición única que ha atraído investigadores y periodistas culturales de todo el país.

Pero esta comunidad de cultura viva también carga como una realidad geográfica que la hace vulnerable. Su cercanía con la frontera de Veracruz la convierte en territorio de interés para grupos criminales que operan en ese corredor estratégico del sureste. El municipio se gobierna bajo el sistema normativo indígena, el sistema de usos y costumbres, un mecanismo de autodeterminación reconocido por la ley oaxaqueña, bajo el cual 424 de los 570 municipios del estado eligen a sus autoridades mediante asambleas comunitarias sin intervención

de partidos políticos. Fue bajo este sistema que el 19 de octubre de 2025, Regino Gallardo González fue electo presidente municipal de Chivchotla, obtuvo 7,463 votos convirtiéndose en el primer ciudadano originario de la zona baja del municipio en alcanzar ese cargo, rompiendo décadas de hegemonía política de la cabecera.

Para muchos votantes de las zonas más marginadas, su victoria representaba una representación que nunca habían tenido. Asumió el cargo el 1 de enero de 2026. Las fotografías oficiales del Ayuntamiento lo mostraban sonriente, rodeado de vecinos, proyectando una imagen de cercanía y legitimidad. Pero esa imagen ya estaba fracturada desde mucho antes de que arrancara su mandato.

Las investigaciones de la fiscalía apuntan a que meses antes de convertirse en presidente municipal, Gallardo González ya operaba como parte de una estructura delictiva y no como un actor periférico, sino como una figura con participación directa en hechos violentos. Es septiembre de 2024, faltan semanas para las elecciones municipales.

En alguna vivienda del municipio esa noche un grupo de personas armadas irrumpe violentamente. No entran con sigilo, entran con la arrogancia de quienes saben que tienen el respaldo de una estructura organizada y que nadie los va a detener. Según las investigaciones documentadas en la causa penal número 39 sobre 2026, el objetivo era cobrar lo que en el lenguaje del crimen organizado se conoce como pago de piso, una extorsión sistemática mediante la cual los grupos delictivos exigen dinero a cambio de permitirle a alguien vivir o

trabajar en un territorio que consideran propio. Una cuota de miedo que se repite semana a semana en decenas de comunidades a lo largo del sureste de México. Los residentes del domicilio no solo fueron amenazados. Según los hallazgos de la fiscalía, los hombres armados atentaron directamente contra su integridad física, un ataque que pudo costar vidas, uno que en otra circunstancia habría quedado sepultado en el silencio colectivo que el miedo impone en estas regiones, porque ese es el mecanismo más efectivo que tienen los

grupos criminales. No es solo la violencia en sí misma, es la certeza que instalan en la comunidad de que denunciar es más peligroso que callar, de que el Estado no va a llegar, de que el único poder real en esa sierra es el que ellos ejercen. Pero alguien denunció. A pesar de todo ese miedo, alguien decidió que ese ataque no podía quedar impune.

Esa denuncia fue el hilo del que comenzó a tirar la Fiscalía General del Estado de Oaxaca y con el tiempo fue desenredando una madeja mucho más compleja de lo que cualquier observador externo hubiera imaginado. Las investigaciones revelaron que detrás del ataque no había un comando aleatorio, había una estructura, había jerarquía, había planificación y había una figura con participación directa acreditada en los hechos.

Regino Gallardo González, conocido en los reportes de inteligencia onel alias el R. La investigación fue mostrando que Gallardo no operaba de manera aislada. Detrás de ese ataque había una célula delictiva con presencia en la región de La Cañada, zona estratégica por su colindancia directa con Veracruz. Aunque la fiscalía no ha confirmado oficialmente el nombre del grupo, medios como Infovae y N Plus han señalado posibles vínculos con el cártel Jalisco Nueva Generación, organización que al momento del ataque contaba con presencia

documentada en los 155 municipios de Oaxaca. Según un informe del Senado de la República, su estrategia en regiones como la sierra Mazateca no se limita al narcotráfico. Incluye extorsión sistemática y ctación de autoridades locales como método de control territorial permanente. En ese contexto, tener al presidente municipal dentro de la estructura no es simplemente una ventaja operativa, es la pieza más valiosa del tablero.

Un alcalde con nexos criminales no solo facilita las extorsiones, orienta los recursos del ayuntamiento, maneja información sobre movimientos policiales, disuade cualquier colaboración con las autoridades estatales y manda un mensaje brutal a toda la comunidad. Aquí mando yo y el gobierno está de mi lado. Las investigaciones de la fiscalía no se construyeron de un día para otro.

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