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¡CAYÓ EL GENERAL! HARFUCH EXPONE AL ESCUDO DE LOS CHAPITOS EN SINALOA

Imagina que eres uno de los hijos del Chapo Guzmán, tienes laboratorios de fentanil o funcionando en pleno corazón de Sinaloa. La policía planea una redada, un operativo completo, unidades armadas, órdenes de cateo, coordinación con el ejército. Todo listo para cerrar el cerco sobre tu gente. Pero antes de que las patrullas siquiera enciendan los motores, tú ya lo sabes.

Sabes a qué laboratorio van, sabes a qué hora van a llegar y tienes tiempo más que suficiente para vaciar el lugar, mover la droga, retirar el equipo, sacar al personal, limpiar hasta las paredes. Cuando la policía llega no encuentra nada, solo cuatro paredes vacías y el olor a disolvente. Esto no pasó una vez, no pasó dos veces, ocurrió por lo menos 10 veces en el mismo año bajo el mando de un solo hombre.

Ese hombre no era un operador del cártel. No tenía tatuajes ni apodo de sicario. No se movía en camionetas blindadas con música a todo volumen. Usaba uniforme institucional, portaba credencial oficial y ocupaba el cargo más alto de seguridad pública del estado de Sinaloa. Un cargo que llegó después de décadas de carrera dentro de las fuerzas armadas mexicanas.

Con honores, con ascensos, con reconocimientos formales del propio ejército. Era general del ejército mexicano en retiro. Era maestro en seguridad y defensa nacional. Había dirigido la Escuela Militar de Inteligencia del país y era, según los documentos del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, el escudo más valioso que los chapitos jamás compraron.

Su nombre, Gerardo Mérida Sánchez. Su precio $100,000 al mes en efectivo. Para entender la magnitud de lo que acaba de revelarse, hay que entender quién es Gerardo Mérida Sánchez y qué representa dentro del aparato de seguridad de este país. No es un funcionario menor, no es un policía local comprado en una esquina de Culiacán, no es alguien que llegó al poder sin credenciales ni trayectoria.

Es un general de división en retiro, originario de Posa Rica, Veracruz, con 66 años de edad y una trayectoria militar que se construyó durante décadas al interior de las instituciones más sensibles de las fuerzas armadas mexicanas. Su carrera comenzó como oficial subalterno en distintas unidades del ejército.

Con el tiempo ascendió a posiciones de mando que muy pocos militares alcanzan. comandó el mando especial Mante en Tamaulipas, una zona históricamente marcada por la presencia del crimen organizado. Luego llegó a Morelia, Michoacán como comandante de la 21 zona militar, después a Miawuatlán, Oaxaca, al frente de la 44 zona militar y más tarde a Puebla, donde dirigió la 25 zona militar, uno de los mandos regionales más importantes del centro del país.

Cada uno de esos cargos implicaba responsabilidades operativas reales, coordinación con la Sena, manejo de inteligencia regional, supervisión de unidades armadas, relación directa con las instituciones civiles de cada entidad. No es el perfil de alguien que se limita a firmar papeles, es el perfil de alguien que entiende desde adentro y con precisión técnica cómo funciona la maquinaria de seguridad del Estado mexicano.

Pero quizás el cargo más revelador de su trayectoria fue el que ocupó antes de llegar a Sinaloa, director de la Escuela Militar de Inteligencia, dependiente del Centro de Estudios del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos, es decir, el hombre responsable de formar a los especialistas en inteligencia del Ejército de México, el encargado de enseñar a sus compañeros de armas cómo proteger información clasificada, cómo detectar infiltraciones, cómo anticipar amenazas internas y externas, cómo construir los mecanismos que mantienen seguras las operaciones militares.

También fue subjefe y jefe en las secciones de inteligencia, operaciones y logística del Estado Mayor de la Presidencia de la Sedena y agregado militar y aéreo en la embajada de México en Chile. Sus credenciales académicas incluían una licenciatura en administración militar por la Escuela Superior de Guerra, una licenciatura en derecho, una maestría en seguridad y defensa nacional por el Colegio de Defensa Nacional y al momento de su nombramiento en Sinaloa cursaba un doctorado en derecho.

Este es el hombre que el gobernador Rubén Rochamoya nombró titular de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado de Sinaloa el 4 de septiembre de 2023. Su llegada fue presentada públicamente como una señal de fortaleza institucional, como la garantía de que un estado convulsionado por la violencia tendría por fin un mando de seguridad a la altura de los desafíos.

Lo que nadie decía en voz alta en esa ceremonia de toma de posesión, lo que los documentos federales estadounidenses revelarían casi 3 años después, es que ese general ya traía compromisos distintos en el bolsillo. El 4 de septiembre de 2023, Gerardo Mérida Sánchez tomó posesión como secretario de Seguridad Pública de Sinaloa con discurso de compromiso institucional.

Ese mismo mes, de acuerdo con la acusación formal presentada ante la Corte Federal del Distrito Sur de Nueva York, el general comenzó a recibir sobornos de los chapitos, $100,000, en efectivo cada mes. Para dimensionar esa cifra son aproximadamente 2 millones de pesos mensuales. Son 12 millones dó al año.

Un pago que no se transfiere por banco, no deja huella electrónica, no genera ningún registro que una auditoría pública pueda rastrear. se entrega en mano en billetes como un sueldo paralelo invisible pero puntual. Un acuerdo sin contrato que se renovaba mes tras mes porque los resultados para los chapitos eran exactamente los prometidos.

¿Qué compraban con ese dinero? Varias cosas. Según los documentos federales estadounidenses, compraban la garantía de que ningún miembro operativo del cártel sería detenido por las fuerzas bajo el mando de Mérida Sánchez. Si un integrante de la organización era encontrado con drogas o con armas, la instrucción llegaba desde arriba, dejarlo ir o encontrar la manera de neutralizar el arresto antes de que llegara a consecuencias reales.

Operadores de los chapitos moviéndose con tranquilidad por Sinaloa, sabiendo que el hombre con más poder policial del estado los cubría. Compraban también la certeza de que las operaciones de tráfico de narcóticos hacia Estados Unidos no serían interrumpidas por acción del gobierno estatal. fentanilo, heroína, cocaína, metanfetamina.

El flujo debía mantenerse intacto y el secretario de seguridad del Estado era parte activa del mecanismo que lo garantizaba. Pero lo más grave, lo que convierte este caso en algo sin precedentes documentados en los últimos años, fue el sistema de alerta temprana sobre operativos policiales. Cuando el aparato de seguridad planeaba una redada en un laboratorio de drogas, Mérida Sánchez notificaba los chapitos con anticipación, no con apenas unos minutos de margen, con el tiempo suficiente para que la organización vaciara

completamente las instalaciones, personal fuera, droga retirada, equipo de laboratorio desmontado y trasladado, evidencia eliminada. Cuando las unidades llegaban al objetivo encontraban espacios vacíos, paredes frías y ninguna persona en kilómetros a la redonda. Según la acusación del Departamento de Justicia de Estados Unidos, esto ocurrió en al menos 10 operativos durante el año 2023, 10 redas planeadas por las fuerzas del orden, 10 laboratorios vaciados con anticipación, 10 veces que los agentes llegaron a un lugar donde no había nada,

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