Posted in

CARMEN SALINAS CONFESÓ Los FAVORES que POLÍTICOS y JOAN SEBASTIAN le PIDIERON… Dejó una LISTA

Esa noche del 11 de noviembre de 2021, Carmen Salinas no pudo levantarse de su cama. Su cuerpo dejó de responderle. Un derrame cerebral acababa de robarle todo. Pero lo que nadie sabía era que con ella se iban a ir secretos que muchos habían rezado por años para que nunca salieran a la luz. Porque Carmen no era solo la actriz que todos conocían, no era solo la corcholata del cine de ficheras, ni la productora de aventurera.

Carmen Salinas había visto demasiado, había escuchado demasiado y había guardado silencio [música] cuando tenía que guardarlo. Pero antes de irse dejó pistas, dejó nombres y dejó testimonios que ahora, años después de su muerte, empiezan a cobrar sentido. Esta es la historia que nadie se atrevió a contar. Carmen Salinas nació el 5 de octubre de 1939 en Torreón, Coahuila, en una casa de adobe donde no sobraba nada.

Su madre, Carmen Lozano Viramontes, había perdido cinco hijos por enfermedades que nunca pudieron curar. No había dinero para médicos, no había dinero para medicinas, apenas había para comer. Cada uno de esos bebés murió en los brazos de su madre, algunos a los pocos días de nacer, otros después de meses de agonía lenta que destrozaba el alma.

Y Carmen Lozano tuvo que enterrarlos uno por uno en el panteón municipal de Torreón, en fosas comunes, porque no había dinero ni siquiera para una lápida con sus nombres. El primero murió de diarrea a los tres meses, el segundo de pulmonía a las dos semanas, el tercero nunca llegó a respirar, nació muerto una noche de invierno.

El cuarto aguantó 7 meses antes de que la desnutrición lo venciera. Y el quinto, el quinto murió en sus brazos mientras ella cantaba una canción de cuna tratando desesperadamente de mantenerlo despierto. Hay quienes dicen que eso rompió algo dentro de ella, que nunca volvió a ser la misma después del quinto hijo muerto, que algo en su mirada se apagó para siempre, como una vela que se consume.

Carmen, la niña que sobrevivió cuando sus cinco hermanos no lo lograron, creció viendo a su madre llorar en silencio. Viendo cómo se despertaba gritando en las noches, llamando los nombres de los bebés muertos, viendo cómo abrazaba las mantas vacías que todavía olían a ellos, mantas que nunca quiso lavar porque era lo único que le quedaba.

Carmen aprendió desde muy pequeña que el mundo es cruel, que la pobreza mata y que nadie, absolutamente nadie, te va a salvar si no te salvas tú misma y su padre. Su padre era un fantasma. Jorge Salinas Pérez Tejada no era el hombre que decía ser. Era un mentiroso profesional, un estafador de mujeres pobres que buscaban un hombre que las protegiera.

Cuando la madre de Carmen quiso divorciarse tras descubrir que tenía otra familia, otra mujer, otros hijos en otra casa, al otro lado de la ciudad, llegó al juzgado con los papeles de la boda que él le había dado y le dijeron algo que la dejó helada sin poder respirar. Señora, usted nunca ha estado casada. Los papeles que le había mostrado su marido eran completamente falsos.

La boda por el civil nunca existió en ningún registro. Todo había sido una mentira elaborada durante más de una década, una farsa perfecta. Y resultó que Jorge había hecho exactamente lo mismo con varias mujeres en diferentes partes de Coahuila. Bodas falsas con papeles falsificados, familias falsas que no sabían de las otras.

Solo con una mujer se había casado de verdad legalmente con la primera allá en su pueblo natal. Todas las demás eran amantes engañadas que él había convencido de que eran sus esposas legítimas. El hombre tenía hijos regados por todo Coahuila. Algunos dicen que hasta en Durango, Chihuahua y Zacatecas. Y ninguna de esas mujeres sabía de las otras hasta que fue demasiado tarde, hasta que ya habían gastado años de su vida esperándolo.

Carmen tenía aproximadamente ocho hermanos por parte de madre, los que sobrevivieron. Pero con los hermanastros que su padre sembró por todos lados, el número exacto nunca se supo con certeza. Se hablaba de más de 20 hijos en total, tal vez 30. Jorge Salinas desapareció definitivamente de la vida de Carmen cuando ella tenía apenas 6 años.

Simplemente un día salió diciendo que iba a buscar trabajo y nunca regresó. No dejó dinero para la comida, no dejó explicaciones ni despedidas. No volvieron a saber de él durante años. Años después, cuando Carmen ya era adolescente y trabajaba en el teatro, se enteraría por casualidad de que su padre había muerto en un accidente en las vías del tren cerca de Saltillo.

Pero para entonces ya no le importaba en absoluto. Era como si le contaran la muerte de un extraño. Carmen creció sin padre y con una madre que nunca volvió a confiar en ningún hombre. Eso marcaría absolutamente todo lo que vendría después en su vida, porque cuando no tienes nada, aprendes a hacer cualquier cosa por sobrevivir.

Su madre se quedó a cargo de todos ellos, completamente sola, sin ayuda de nadie, sin familia que la apoyara, lavando ropa ajena en el río hasta que se le agrietaban las manos, limpiando casas de familias ricas que la trataban peor que a un perro, haciendo tortillas para vender en la calle de madrugada antes de que saliera el sol.

Y aunque después se juntó con otro hombre, un carpintero viudo que al menos no le pegaba, Carmen Lozano Viramontes decidió nunca volver a casarse legalmente. Había aprendido la lección más dura de su vida, que los papeles no significan absolutamente nada cuando el hombre no vale nada.

Carmen creció viendo eso cada día, viendo a su madre sobrevivir contra todo pronóstico, viendo que en este mundo cruel las mujeres tienen que ser más listas, más fuertes, más astutas que los hombres para no terminar completamente destruidas. Y eso eso se le quedó grabado para siempre en el alma. Pero había algo más en la infancia de Carmen, algo que ella misma nunca contó públicamente en ninguna entrevista, pero que sus hermanos recordaban con un dolor que no pasaba con los años, el hambre.

Había días en que no había absolutamente nada que comer en toda la casa, ni tortillas, ni frijoles, nada. Días en que Carmen y sus hermanos se iban a dormir con el estómago completamente vacío, retorciéndose de los calambres del hambre. Días en que su madre lloraba en silencio en la cocina oscura porque no tenía con qué alimentarlos, ni siquiera un puño de frijoles o un huevo.

Carmen recordaría años después esos días con una mezcla de dolor profundo y rabia contenida, que nunca se fue del todo. Yo sé perfectamente lo que es ir a la escuela sin desayunar y sin lonche, con el estómago vacío. Yo sé lo que es ver a tu mamá llorar porque no tiene ni para un kilo de tortillas. Yo sé lo que es el hambre de verdad, no el hambre de dieta o de capricho.

Read More