En Catemaco hay un dicho que los viejos repiten desde hace generaciones. Lo dicen en voz baja, casi nunca a desconocidos y casi siempre de noche. Lo que se pide en el lago, el lago lo cobra. No es una advertencia poética, es una descripción de algo que la gente de esa región ha visto ocurrir demasiadas veces para ignorarlo.
Peticiones que se cumplen y cobros que llegan, no siempre de inmediato, no siempre de la manera que uno espera, pero que llegan. Y hay un hombre siendo el intermediario entre los que piden. Y lo que después el lago les cobra, lo llaman el unicornio negro. No es un apodo que él eligió. Se lo pusieron los otros brujos mayores del Congreso Nacional de Brujos de Catemaco.
Esa reunión que se hace cada primer viernes de marzo desde 1970 y que reúne en la orilla del lago Catemaco a los practicantes más reconocidos del país. Se lo pusieron porque dicen que existe entre dos mundos al mismo tiempo, sin pertenecer completamente a ninguno. el unicornio, porque es la criatura que todos conocen, pero que nadie termina de creer que es real.
El negro, porque lo que maneja no tiene el color blanco de la curandería tradicional, ni el negro absoluto de la brujería más oscura. está en el medio, en ese espacio que la mayoría de la gente prefiere no mirar directamente. Lleva décadas sin hablar de sus clientes. Ese es el código entre los brujos mayores de Catemaco. Lo que entra al lago no sale del lago.
Lo que se dice en una consulta no se repite en ninguna otra parte. El que rompe ese código pierde algo que no se recupera con ningún ritual. Pero hay una historia que, según él, ya no le pertenece a nadie, que pertenece a los que cantaron sus canciones sin saber lo que costaron, a los que lloraron con su voz sin entender por qué esa voz los tocaba de esa manera.
a los que lo vieron caerse y levantarse y caerse de nuevo, y nunca supieron que cada caída tenía un nombre. Para entender lo que el unicornio negro sabe, hay que entender primero quién es y de dónde viene. Catemaco no es un cuento de terror inventado para turistas. Es un municipio real del estado de Veracruz, a orillas de un lago volcánico de 16 km cuad, rodeado de selva tropical alta y de una historia que precede por siglos a cualquier cosa que México llame moderna.
Los olmecas ya hacían ceremonias en esas orillas antes de que existiera el concepto de México. Los totacos, después los nauas. Y cuando llegaron los españoles con su cruz y su inquisición e intentaron borrar todo aquello, lo que encontraron en Catemaco es que la cruz y el ritual no eran incompatibles, que la gente de ahí los mezclaba con una naturalidad que desesperaba a los frailes y que nunca pudieron eliminar del todo.
El Congreso Nacional de Brujos, que comenzó en 1970 no fue algo inventado desde cero. Fue la formalización de algo que ya ocurría desde siglos antes en ese mismo lago. Lo que cambió en 1970 es que empezó a tener fecha fija, nombre oficial y cobertura de medios. Porque en México a veces lo que necesita una tradición para sobrevivir es que la televisión le ponga cámara.
El unicornio negro nació en una familia donde esto no era folklore, era cotidiano. Su abuelo fue curandero reconocido en toda la región de los Tuxlas, el área que rodea el lago y que incluye municipios como San Andrés, Tuxla y Santiago Tuxla. Gente de esos municipios caminaba horas para llegar a consultar a su abuelo, no para pedirle daño a nadie, para pedirle salud, trabajo, protección para sus hijos, respuestas sobre lo que no entendían.
Su madre hacía limpias con copal, hierbas del monte y agua del lago desde antes de que él naciera. Él creció viendo ese humo y ese olor como algo tan normal, como el olor a tortillas o a lluvias sobre tierra seca. Y desde los 9 años empezó a ver cosas que nadie más veía. No sombras, no apariciones dramáticas, algo más sutil y más perturbador.
Veía los patrones, la conexión entre lo que alguien quería con demasiada intensidad y lo que después de conseguirlo perdía como si pudiera ver el precio antes de que el comprador lo pagara. A los 22 años ya tenía clientes que llegaban desde la Ciudad de México. A los 30, desde Guadalajara, desde Monterrey, desde otros países.
Su código siempre fue el mismo. Nunca cobra lo mismo a todo el mundo. Cobra según lo que el cliente tiene y según lo que va a pedir, porque hay peticiones que cuestan más que dinero y él lo sabe. antes de que el cliente abra la boca. La historia de Joan Sebastián y el unicornio negro no empieza en Catemaco, empieza en la Ciudad de México.
En los años en que José Manuel Figueroa Figueroa todavía no era nadie, en los cuartos de vecindad del centro, donde dormía con lo puesto y donde escribía canciones en cualquier papel que encontrara. Para entender ese momento, hay que entender de dónde venía ese joven. Juliantla, Guerrero, un pueblo en las montañas del norte de Guerrero, en el municipio de Tasco de Alarcón, a más de 2000 m sobre el nivel del mar, un lugar donde el día empieza antes que en la mayoría del país porque el sol llega primero a las montañas,
un lugar donde cuando Joan Sebastián era niño, no había electricidad estable, ni agua corriente, ni asfalto. Desde que tenía uso de razón, caminaba a lomo de burro por las madrugadas, llevando leche fresca desde el rancho de su padre hasta Tasco. Dos horas de camino por serranía oscura, con la única compañía del animal y del silencio de las montañas de Guerrero.
En esos trayectos compuso sus primeras melodías. No, con guitarra, con la voz en voz baja para que el burro no se espantara. A los 7 años ya componía canciones completas. A los 8 lo mandaron a un internado en Guanajuato, donde aprendió a modificar letras de canciones que ya existían. A los 12 estaba bajo la tutela del padre David Salgado en una institución religiosa en Morelos.
A los 14 ingresó al seminario conciliar de San José en Cuernavaca. Ahí compuso una misa completa con coro, con estructura litúrgica, con todo. Un adolescente de las sierras de Guerrero que no había tenido formación musical formal, componiendo una misa completa en un seminario de Cuernavaca. Y paradójicamente fue esa misa la que le demostró que su camino no era la sotana, que lo que sentía cuando componía era demasiado grande para que cupiera dentro de cuatro paredes de piedra.
A los 17 abandonó el seminario. Su abuela lloró. Su padre, que siempre supo que su hijo tenía algo que no se podía encerrar, no dijo nada. La ciudad de México, de finales de los años 60, era un monstruo de cemento y oportunidades desiguales. Para alguien con contactos, con familia, con dinero, con un apellido que abriera puertas, la industria musical era accesible.
Para un muchacho de las montañas de Guerrero que llegaba con una guitarra y ningún nombre conocido, era una pared. Joan Sebastian tocó en disco Orfeón. Lo rechazaron. Tocó en otras casas disqueras. La respuesta siempre era alguna variante de lo mismo. Tu música no es lo que buscamos. Vuelve cuando tengas más experiencia.
No tienes el perfil. El perfil. esa palabra que en la industria musical significa que el que decide no sabe explicar por qué dice que no, pero dice que no de todas formas. Para sobrevivir empezó a trabajar como asistente administrativo en el centro vacacional Wachtepec en Morelos, un complejo turístico del IMS.
Ahí cantaba por el sistema de altavoces para los huéspedes durante las mañanas. Era un trabajo modesto, nada que ver con llenar estadios. Pero fue ahí donde en 1968 ocurrió el primer giro real de su historia. La cantante y actriz Angélica María llegó al centro vacacional a hacer una reservación. Mientras la atendían en recepción, escuchó la voz que salía por los altavoces.
se quedó quieta. Esperó a que terminara la canción y antes de irse le preguntó quién cantaba. Le dieron el nombre del joven de Guerrero y Angélica María hizo algo que cambió el rumbo de la historia de la música mexicana. Le dio su número de teléfono y el teléfono del productor Eduardo Magallanes. Le dijo que la llamara y que mencionara su nombre.
Joan Sebastián llamó, Magallanes lo recibió y a través de él llegó a Jesús Rincón, productor de discos Capitol, quien le dio la primera oportunidad real. El primer disco, Sueño y lucha, incluía el sencillo, descartada, y vendió 12,000 copias, casi todas en Ciudad Obregón, Sonora. No fue un éxito nacional, fue una pequeña victoria en un rincón del país, pero el disco existió y eso era más de lo que tenía el día anterior.
Lo que vino después de ese primer disco no fue la consagración inmediata, fue Chicago. Joan Sebastian pasó una temporada en Illinois vendiendo automóviles en una agencia, haciendo comerciales de radio por 50 la actuación, cantando en fiestas privadas por lo que le quisieran dar. Era músico de tiempo completo en el sentido más práctico y más duro de la expresión, dedicado completamente a la música y completamente sin dinero.
El punto de inflexión en Chicago llegó cuando un promotor lo llamó para cantar en Texas. 000 por noche. Eso era en aquellos años una diferencia brutal con los 50 del comercial de radio. Fue en esas actuaciones en Texas donde entendió que había un público para lo que hacía, un público que no era el de las grandes ciudades.
Era el público de los trabajadores mexicanos en el extranjero, el de las comunidades que extrañaban algo que Joan Sebastian les daba. sin que él supiera exactamente qué era. Lo que le daba era él mismo. Su historia, las montañas de guerrero en cada nota. La pobreza convertida en canción, el dolor hecho melodía.
Pero el unicornio negro dice que todo eso, Angélica María, el disco, Chicago, Texas, fue el calentamiento, la preparación inconsciente para el momento en que llegara la oferta real. Porque cuando alguien tiene ese nivel de deseo, esa claridad sobre lo que quiere y esa disposición a pagarlo todo por conseguirlo, hay fuerzas que lo detectan.
No es que el ande buscando almas al azar, dice el unicornio negro, como si fueran moscas y él fuera la luz. Es mucho más específico que eso. Busca a quienes tienen un deseo tan limpio y tan poderoso que ya superó el miedo. Quienes ya no preguntan si se puede, solo preguntan cuánto cuesta. El hombre que buscó a Joan Sebastian no llegó con señales sobrenaturales ni con apariciones dramáticas.
Eso, dice el unicornio negro, es lo primero que la gente tiene que entender. Las historias de fuego y cuernos son para que la gente no reconozca la situación cuando está dentro de ella. Si el llegara con cuernos, nadie firmaría nada. llegó de día con ropa limpia, con modales tranquilos, con la apariencia de alguien que podría ser un productor, un empresario, un promotor, nada que llamara la atención, pero sabía cosas.
Sabía el nombre completo de la madre de Joan Sebastian, Celia Figueroa. Sabía el nombre del burro que usaba de niño para llevar la leche. Sabía la primera canción que compuso a los 7 años. Una canción que nunca grabó, que nunca le cantó a nadie, que existía solo en su memoria y sabía algo más. Sabía exactamente qué era lo que Joan Sebastian quería con más intensidad.
No la fama como concepto abstracto, no el dinero como número en una cuenta. Quería que sus palabras llegaran al corazón de la gente de verdad. Quería que cuando él muriera sus canciones siguieran vivas. Quería que la gente llorara con lo que él escribía. sin saber por qué lloraba. El hombre de ropa limpia le dijo que eso era posible.
No le prometió riqueza en primer lugar. Le prometió algo mucho más específico y mucho más tentador. Tu voz va a tocar almas que ni te imaginas. Vas a escribir canciones que la gente va a cantar cuando ya no estés. Van a llorar con lo que escribas sin entender por qué lloran. y nadie te va a olvidar. A cambio le pidió dos cosas.
La primera, la paz interior. La capacidad de estar quieto sin necesitar nada externo. La posibilidad de sentirse completo adentro. El unicornio negro explica que esto es lo que siempre se pide primero porque es lo que menos parece un precio. Un joven ambicioso que no conoce la paz interior no sabe lo que está entregando.
La descarta como algo que no necesita, como un lujo de viejos conformistas. La segunda, que todo lo que amara, más de lo que se amaba a sí mismo, eventualmente tendría un precio que se cobraría sin avisar. Joan Sebastian no firmó de inmediato. El unicornio negro dice que hubo al menos tres noches de deliberación.
Tres noches en que el joven músico guerrerense quedó solo con lo que se le había dicho, en que pensó en lo que tenía. Nada seguro, ninguna garantía, ningún camino claro. Y en lo que se le ofrecía todo lo que quería, pero con un precio que en ese momento no podía calcular completamente. En la cuarta noche dijo que sí.
No hubo sangre, no hubo ritual elaborado, no hubo contrato físico de ningún tipo. Hubo una promesa dicha en voz alta, de noche, sin testigos, con el tipo de convicción que solo tiene quien ya tomó su decisión y no le queda ninguna duda. El unicornio negro dice que los pactos de ese nivel no necesitan papel, necesitan intención.
La intención es la firma. Y Joan Sebastian en ese momento tenía la intención más limpia y más peligrosa que había visto en toda su vida. En 1977 firmó con el sello Musart. Para entonces ya tenía el nombre artístico decidido. Joan Sebastián. 13 letras que él consideraba su número de la suerte. El nombre surgió de varias fuentes.
Los llanos de San Sebastián, donde trabajó de niño, el significado de Juan como libre y de Sebastián como amante, y la sugerencia de una hermana que practicaba numerología de cambiar la u de Juan por una o, dejando esas 13 letras que lo acompañarían toda la vida. El álbum debut con Musart se llamó El camino del amor.
Vendió 127,000 copias el primer año. Era una cantidad que meses antes hubiera parecido imposible. Y entonces pasó algo que el unicornio negro señala como la primera señal visible del trato, sembrador de amor, una de sus canciones. Fue elegida por el grupo argentino mediterráneo para representar a Argentina en el mundial de fútbol de 1978.
No fue el autor el que la propuso. No fue un proceso de selección normal. La canción llegó sola a donde tenía que llegar. Eso, dice el unicornio negro, es la marca de agua de un trato activo. Las coincidencias dejan de ser coincidencias. El camino aparece antes de que el caminante lo pida. Las puertas que llevaban años cerradas se abrieron todas al mismo tiempo.
No una por una, todas. En 1984 grabó con el mariachi Vargas de Tecalitán, el mariachi más prestigioso y respetado de la historia de México. En 1988, por sugerencia de su madre Celia, grabó por primera vez con banda la costeña. Esa decisión cambió la historia de la música regional mexicana. Los historiadores musicales documentan que Joan Sebastian fue el artista que popularizó la música de banda a nivel nacional.
Antes de él, la banda era un fenómeno regional de Sinaloa. Después de él era un género que llenaba estadios en todo el país. No es exageración, es un hecho documentado. Las canciones llegaban como si alguien se las dictara. Tatuajes, secreto de amor, 25 rosas, maracas, lobo domesticado, rumores, verdad que duele.
Canciones que no solo sonaban bien, canciones que se metían adentro y no salían, que hacían que la gente llorara en la cocina, en el coche, en la cama de noche. El unicornio negro dice que eso no es talento ordinario. El talento te hace bueno. Lo que Joan Sebastian tenía activo hacía que sus canciones funcionaran en un nivel que va más allá de la técnica.
Las hacía irresistibles, como si cada canción tuviera algo escondido adentro que le hablaba directamente a la parte de la persona que más duele. Para el año 2000 el balance era este, más de 50 álbumes grabados. Más de 1000 canciones compuestas, 12,000 versiones de sus composiciones grabadas por otros artistas en todo el mundo.
43 premios ASCAP, 13 premios Lo, cuatro premios Billboard, Ranchos en Guerrero, Morelos, Jalisco y Veracruz, 50 caballos, un avión privado, 51 propiedades registradas. y ocho hijos con cinco mujeres distintas. Ese último dato es el que el unicornio negro señala con más cuidado. Un hombre que entregó su paz interior no puede encontrarla nunca. Por eso busca afuera.
Busca en las mujeres, en los hijos, en los caballos, en las canciones, en los ranchos, en los premios. y nunca llega, porque lo que busca ya no está disponible, ya se lo entregó a alguien y ese alguien no lo devuelve. El hermano de Joan Sebastian, Federico Figueroa, lo describió sin saberlo cuando dijo en una entrevista.
Mujeres de todas las edades lo buscaban, hasta le ofrecían dinero, pero él necesitaba estar enamorado para poder relacionarse. Ahí está. En esa contradicción, el hombre más deseado de la música regional mexicana necesitaba estar enamorado para poder estar con alguien, no por romanticismo, por necesidad desesperada de encontrar adentro de otra persona la paz que ya no tenía dentro de sí mismo.
Y entonces llegó 1999. Joan Sebastián tenía 48 años. La carrera en su pico más alto, los hijos creciendo, los ranchos llenos de caballos. El nombre reconocido en todo el continente. Los médicos le dijeron que tenía mieloma múltiple. Cáncer que se origina en las células plasmáticas de la médula ósea, uno de los más agresivos y uno de los que menos margen de tiempo dan.
El pronóstico en aquel momento era de un a 5 años de vida. Joan Sebastian le dijo a su público, ese mismo año. Llegó a mi vida un monstruo con el que peleo, ese mal llamado cáncer. Tuve que someterme a quimioterapia y me quedé con poco pelo. Pero aún así me quito el sombrero y les enseño la calva. lo dijo con humor.
Pero el unicornio negro dice que esa noche, cuando recibió la noticia de lo que le habían diagnosticado, sintió algo que rara vez siente, alivio. No por el cáncer, por lo que el cáncer significaba en el contexto del trato. Pensé que con eso se pagaba la deuda, que el cuerpo enfermo era el precio final. que después del cáncer ya no habría más cobros.
Estaba equivocado. El cáncer que los médicos le diagnosticaron en 1999 debía haberlo matado en 5 años. En el mejor de los casos, el mieloma múltiple en estado avanzado no es una enfermedad con la que se negocie fácilmente. Destruye los huesos desde adentro. debilita el sistema inmune, hace que el cuerpo ataque sus propias células.
Joan Sebastián sometió a quimioterapia. La primera ronda le quitó el cabello. Lo enfermó de maneras que no describió en público. Lo debilitó físicamente de formas que su equipo vio, pero que él nunca reconoció frente a los micrófonos. Y aún así volvió al escenario. No a los meses, a las semanas. Cuando me llegan los 49 años y me llega un diagnóstico de un cáncer terrible, yo me retiro de los escenarios.
Así lo contó él mismo. Después de año y fracción de estar sin trabajar, me di cuenta que no podía estar sin los escenarios. Yo sentía que me estaba muriendo sin el contacto de mi público. El unicornio negro dice que eso es exactamente lo que dice quien entregó la paz interior. La paz no se encuentra sola, hay que buscarla afuera.
Y cuando el escenario se cierra, cuando los aplausos cesan, cuando la gente que te mira con admiración ya no está ahí, lo que queda es el silencio de adentro. Y ese silencio para alguien en su condición era insoportable. Lo que ocurrió entre 1999 y 2006 fue la acumulación de todo. Joan Sebastian siguió componiendo a un ritmo que sus propios colegas encontraban imposible de entender.
En el año 2000 lanzó secreto de amor que alcanzó cuatro veces el disco de platino de la Riaa y le ganó el premio Loestro. En 2002. El álbum, Lo dijo El corazón, le trajo un Grammy y un Latin Grammy. En 2003, afortunado, le ganó un Grammy y dos Latin Gramis. Ese mismo año, la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación de Estados Unidos lo nombró el mexicano con más gramis en la historia.
Un récord que se mantuvo durante años. En 2006, más allá del sol, le dio otro Grammy, otro Latin Grammy y la inducción al salón de la fama de Billboard Latin Music. En 2007 produjo el disco Para siempre para Vicente Fernández, uno de los álbumes más vendidos en la historia de la música regional mexicana. 2 millones de copias. La canción para siempre fue usada como tema de la telenovela Fuego en la sangre de Televisa y se mantuvo en los primeros lugares de las listas durante más de 2 años y en 2007 vino la segunda recurrencia del cáncer.
El unicornio negro dice que ese patrón tampoco es casualidad. Cada vez que el éxito llegaba a su punto más alto, el cuerpo de Joan Sebastian lo recordaba. lo jalaba hacia abajo como si hubiera una cuerda invisible que decía, “Hasta aquí, disfruta esto y ahora vuelve a lo que eres realmente.” Pero antes de la segunda recurrencia del cáncer, el cobro más brutal llegó desde Texas el 27 de agosto de 2006 en la plaza del Valle del municipio de Hidalgo, Texas.
Joan Sebastián acababa de terminar un concierto, el tipo de noche que había vivido cientos de veces, el público entregado, las canciones respondidas con el mismo fervor con que las cantó. El regreso a camerinos con el cuerpo agotado, pero el espíritu encendido. Trigo de Jesús Figueroa tenía 27 años.
Era el segundo hijo de Joan Sebastian con su primera y única esposa legal, Teresa González. Llevaba años trabajando como coordinador de seguridad de su padre. No era solo un empleado, era el hijo que había elegido quedarse cerca, el que prefería la cercanía de su padre a cualquier otra cosa que pudiera hacer con su vida.
Tres fanáticos con alcohol encima intentaron acercarse al área donde estaba el equipo de John Sebastian después del concierto. Les negaron el paso. La situación escaló rápido con esa velocidad que solo tiene la violencia cuando se mezcla con el alcohol y el orgullo herido. Uno de los tres sacó una pistola. golpeó a Trigo en la cabeza con el arma y luego le disparó en la parte posterior del cráneo.
Joan Sebastian estaba a metros de distancia, lo escuchó caer. Se acercó corriendo y sostuvo a su hijo en sus brazos mientras la sangre salía y los minutos pasaban y nadie llegaba a ayudar. gritó, pidió ayuda, llamaron a emergencias, las autoridades tardaron. Esa tardanza, en un caso como ese, no es un detalle menor, es la diferencia entre la vida y la muerte.
Trigo fue trasladado al Medical Center de McAlen. Murió en el quirófano durante la cirugía de emergencia. El asesino escapó saltando cercas en la confusión posterior. Nunca fue capturado, nunca hubo un juicio, nunca hubo sentencia. El hombre que le disparó a trigo de Jesús Figueroa desapareció esa noche y no apareció más.
El unicornio negro dice que cuando recibió la noticia esa noche no fue sorpresa, fue confirmación. La diferencia entre esas dos palabras es enorme. La sorpresa te sacude, pero te deja moverse. La confirmación te paraliza porque significa que algo que parte de ti ya sabía que podía pasar finalmente pasó. Y ya no puedes fingir que no lo sabías.
El cobro empezó. Eso fue lo que pensó. Nada más esas tres palabras. Joan Sebastian le escribió una canción a trigo 3 años después, en 2009. Se llama simplemente trigo. Dice, “Con tu recuerdo viviré lo que me resta por vivir. Primero Dios, y gracias a mi fe nos volveremos a reunir. 3 años tardó en poder escribirla.
” Tres años en que el compositor que producía canciones como respirar no pudo sacar ni una sola nota sobre su hijo muerto, porque hay dolores que bloquean exactamente la parte que más necesitas. Fue en ese periodo, entre la muerte de trigo y el lanzamiento de trigo, la canción Cuando Joan Sebastian buscó a el unicornio negro, no fue él directamente.
Mandó a un hombre de extrema confianza, alguien que llegó al lago de Catemaco con un sobre cerrado y con un mensaje verbal que el unicornio negro describe así. El compositor más premiado de la música mexicana necesita hablar con alguien que entienda lo que significa haber firmado algo que no se puede deshacer.
El unicornio negro aceptó, no porque le impresionara el título. Los títulos no le impresionan a alguien que ha recibido a ministros, empresarios y generales en su consultorio. Aceptó porque el mensaje contenía dos frases específicas que solo alguien que había pasado por ese proceso podía conocer. No va a repetir cuáles son.
Dice que esas frases son como una contraseña y que si las dice en voz alta pierden su utilidad. Joan Sebastian llegó a Catemaco sin escolta, sin prensa, sin asistentes, solo como José Manuel Figueroa Figueroa, que era quien era antes de que el mundo lo llamara Joan Sebastián, el unicornio negro.
dice que fue la primera vez en muchos años que recibió a alguien con ese nivel de fama pública y sintió que estaba frente a alguien completamente solo. No solo físicamente, solo de una manera que el dinero y los premios y la fama no pueden tocar. Me senté frente a un hombre que lo tenía todo y que ya no tenía nada de lo que importa.
La conversación duró horas. El unicornio negro no revela todo lo que se dijo. Hay partes de esa conversación que dice que pertenecen únicamente al muerto, pero sí cuenta lo que Joan Sebastian le pidió. No venganza. Eso lo aclara con énfasis. Joan Sebastian no llegó a Catemaco a pedir que le hicieran daño a nadie.
No quería cancelar el trato. Ya sabía que eso no era posible. Lo que quería era saber si había alguna manera de proteger a los que le quedaban, a los hijos que aún vivían, a los que todavía podía ver crecer. El unicornio negro fue honesto. Siempre lo es. Es parte de lo que lo distingue de los charlatanes de feria. no promete lo que no puede cumplir.
Un trato de ese nivel no se cancela con ningún ritual humano. Le dije eso desde el principio. Lo que estaba firmado estaba firmado, pero sí era posible ralentizar el proceso, complicar el camino del cobro, no eliminarlo, complicarlo. Joan Sebastian lo escuchó sin interrumpir y aceptó. El ritual de protección que el unicornio negro preparó para Joan Sebastian tomó varios meses.
No todos los elementos los describe. Dice que hay componentes de ese tipo de rituales que no se deben nombrar, porque nombrarlos los activa en direcciones impredecibles. Las palabras en ciertas circunstancias no son solo palabras, pero sí describe con detalle la parte que Joan Sebastian tuvo que hacer desde el Rancho Cruz de la Sierra en Juliantla.
Debía escribir el nombre completo de cada uno de sus hijos vivos en hojas separadas. El nombre completo, no un apodo, no un diminutivo. El nombre, como aparece en el acta de nacimiento, debía doblar cada hoja tres veces hacia adentro, nunca hacia afuera. El doblez hacia afuera dispersa, el doblez hacia adentro protege.
Debía enterrar cada hoja en un punto diferente del perímetro del rancho, exactamente a la misma profundidad, antes de que saliera el sol y debía hacerlo en completo silencio, solo, sin que nadie lo supiera ni lo viera, sin hablar con nadie antes ni después. hasta que el sol estuviera completamente arriba. Joan Sebastian lo hizo solo en la noche del rancho que había construido con sus canciones, arrodillado sobre la tierra de Juliantla, donde había nacido, enterrando los nombres de sus hijos con sus propias manos.
El unicornio negro dice que el ritual funcionó, que lo que vino después confirmó que funcionó. 4 años sin un nuevo cobro. 4 años en que Joan Sebastian compuso, grabó, ganó el Grammy por el álbum de banda en 2007 y en 2009. Colaboró con Willam de Black Peace en 2012 con el tema Heyu y siguió montando caballos a pesar del cáncer que volvía y que él ignoraba cuando podía.
4 años en que pudo creer, aunque fuera parcialmente, que tal vez el ritual había contenido algo que de otra manera no se hubiera podido contener. El 12 de junio de 2010 llegó el segundo cobro. Juan Sebastián Figueroa tenía 32 años. Era el tercer hijo de Joan Sebastián con Teresa González. Había nacido en 1977, el mismo año en que su padre firmó con Musart y en que el trato se activó.
El hijo que nació cuando el pacto ya estaba funcionando. Esa noche intentó entrar con unos amigos al bar del gran hotel Cuernavaca en Morelos. Le negaron el acceso. Hubo una discusión con la seguridad del establecimiento y un guardia le disparó. En el cuello, en el abdomen, Juan Sebastián murió de sus heridas. Lo que vino después fue más oscuro aún.
Días después de la muerte de Juan Sebastián, apareció un narcomensaje firmado por el cártel del Pacífico Sur. El mensaje adjudicaba el crimen a la organización, alegando que Juan Sebastián había tenido una relación con la esposa de un miembro del cartel. Joan Sebastián salió a desmentirlo públicamente. Sus palabras fueron.
Yo no soy narcotraficante y tal vez les suene a prepotencia, pero tal vez les tengo que subrayar que soy un artista con 30 años de éxito. El cantautor más premiado por la academia de los Gramis lo dijo con la voz de alguien que está defendiendo algo que ya no le importa. Porque cuando has perdido dos hijos, la reputación es el problema más pequeño del mundo.
El unicornio negro dice que Joan Sebastian le mandó aviso antes de que la noticia llegara a los medios nacionales. Un mensaje corto, sin detalles. Solo estas palabras. Ya sé todo. La aprecí. El unicornio negro no respondió ese día, no porque no supiera qué decir, porque esas dos palabras no pedían respuesta.
Eran una declaración. Un hombre que finalmente dejaba de fingir que no entendía lo que estaba ocurriendo. Un hombre que dejaba de negociar con la realidad. Ya se todo conocimiento, es rendición. Y hay tipos de rendición que son más valientes que cualquier pelea. Dos hijos, 4 años entre el primero y el segundo. Ambos con arma de fuego.
Ambos en circunstancias de violencia aparentemente aleatoria. Ambos jóvenes. Trigo a los 27, Juan Sebastián a los 32. El unicornio negro dice que ese patrón no es narcotráfico, no es mala suerte, no es coincidencia, es la firma de un cobro que sabe exactamente dónde hacer el mayor daño, no al cuerpo del que firmó, al corazón, al lugar donde el dolor no se puede operar, no se puede medicar, no se puede silenciar.
El primogénito José Manuel Figueroa dijo en entrevista algo que el unicornio negro escuchó y reconoció de inmediato. Mi papá no murió de cáncer, murió de los golpes que le dio la vida en el corazón. No lo dijo como metáfora, lo dijo como diagnóstico. Y tenía razón, solo que no sabía hasta qué punto la tenía. Hay algo que el unicornio negro revela de los sanos que siguieron a la muerte de Juan Sebastián, que nadie ha contado antes. Joan Sebastián no se quebró.
Eso era lo que la gente veía desde afuera. un hombre que perdió dos hijos de manera violenta, que cargaba un cáncer que ya había tenido tres recurrencias y que seguía llenando estadios y ganando premios y montando caballos como si nada. Pero el unicornio negro dice que lo que la gente no veía era el otro Joan Sebastián, el que existía en la oscuridad de los ranchos en los cuartos de hotel a las 3 de la mañana.
En las madrugadas, después de los conciertos, cuando todo el mundo se iba y él se quedaba solo con lo que sabía, ese Joan Sebastian ya no preguntaba por qué, ya sabía por qué, y eso era mucho peor. El unicornio negro revela algo sobre los últimos anos de Joan Sebastián, que cambia completamente la manera de leer su historia pública.
Después de la muerte de Juan Sebastián en 2010, Joan Sebastián hizo algo que nadie en su círculo cercano supo del todo. Busco una segunda opinión espiritual, no con el unicornio negro, con otro practicante, un hombre de la tradición nawatl del estado de Hidalgo, al que los que lo conocen llaman simplemente el viejo del cerro.
El unicornio negro sabe de esto porque en estos círculos la información circula, no rápidamente, no en redes sociales, pero circula lo que el viejo del cerro le dijo a Joan Sebastian y que llegó eventualmente a oídos del unicornio negro fue algo que confirmo todo lo que ya se sabía. Lo que firmaste no tiene reversa, pero tiene final. Y cuando llegue el final se cierra todo.
El final, esa palabra que Joan Sebastian empezó a manejar de manera diferente después de 2010. Sus entrevistas de ese periodo lo muestran. En 2012, en plena tercera recurrencia del cáncer, anuncio frente a su público en un concierto que el cáncer había vuelto. Lo anuncio, como anunciaria el próximo álbum, con calma, con ese tipo de serenidad que no es resignación, sino algo más profundo.
Aceptación de algo que no se puede cambiar. En 2014, la cuarta recurrencia. El cáncer le había deteriorado los huesos de manera tan severa que montar a caballo era literalmente suicida. Los médicos se lo dijeron con todas las palabras. Si sigues montando, el riesgo de una fractura que te paralice o que te mate es extremo. Él siguió montando.
Pero el unicornio negro dice que eso no era imprudencia, ni machismo, ni necedad. Un hombre que ya entregó lo más importante que tenía, no le teme a su propio cuerpo de la misma manera. Los huesos se pueden romper, los hijos no regresan. Hay un detalle de la vida de Joan Sebastian en sus últimos anos que muy pocos conocen y que el unicornio negro menciona porque dice que forma parte del cuadro completo el rancho La Octava maravilla en Cuernavaca.
8500 m², tres pisos, 16 o 17 habitaciones, un museo personal, un picadero con fuente y espejos. Había sido comprado originalmente al padre de Salma Hayek, Joan Sebastián se lo heredo en vida a Julián Figueroa. Su hijo con Maribel Guardia, no en su testamento, en vida, antes de morir, el unicornio negro dice que eso tampoco fue un gesto ordinario de generosidad.
Fue un intento de blindar a ese hijo específicamente, de poner algo físico, algo legal, algo documentado entre el cobro y Julián, como si pensara que si el rancho ya era de Julián, si ya estaba fuera de su patrimonio, tal vez la deuda no podía llegar tan fácilmente a ese hijo. Julián Figueroa murió el 9 de abril de 2023.
a los 27 años, igual que trigo de infarto, no de violencia. El unicornio negro dice que eso lo tiene pensando desde entonces, porque el ritual de protección que hizo y el rancho que Joan Sebastian le heredó en vida y todas las precauciones que tomaron, lograron cambiar la forma del cobro, no eliminarlo, cambiarlo.
27 años, la misma edad que trigo, pero no de bala. De corazón hay ecos que no se cortan del todo, solo se atenuan. La visita del unicornio negro al Rancho Cruz de la Sierra en Juliantla ocurrió en 2014. No fue convocado, fue por iniciativa propia. dice que hay momentos en este trabajo en que uno no puede quedarse quieto.
Cuando sabes lo que se viene y tienes aunque sea una herramienta para intentar algo, la responsabilidad pesa. Hizo el camino hasta Juliantla, hasta ese rancho que olía a tierra mojada y a madera y a historia. El mismo pueblo donde Joan Sebastian había nacido, las mismas montanas por las que había caminado de nino con el burro y la leche, lo encontró en la terraza sentado mirando a los caballos.
El padino estaba cerca, el corcel andaluz blanco de 5,000 que moriría cinco días antes que su dueno. Joan Sebastian lo vio llegar y antes de que el unicornio negro abriera la boca dijo, “Ya sé para qué vienes y ya sé que no sirve de nada.” El unicornio negro dice que esa frase lo detuvo, no porque fuera un rechazo, porque era la verdad.
El hombre que tenía frente a él ya no era el joven desesperado que firmó sin medir. Era alguien que había medido todo, que había pagado todo y que sabía con claridad que el precio final también lo iba a pagar. Se sentaron en silencio un tiempo mirando los caballos. El sol bajaba detrás de las montañanas de Guerrero y Juan Sebastián habló.
Ojalá hubiera sabido que el precio era mis hijos. Yo hubiera preferido quedarme en Juliantla entregando leche en burro y verlos crecer. El unicornio negro no respondió. No había respuesta posible. Dice que en ese momento vio lo que raramente ve en alguien. Un arrepentimiento completo. No del tipo que pide perdón para sentirse mejor, del tipo que no pide nada, que solo reconoce, que dice, “Me equivoqué.
” Y no hay ninguna manera de deshacer eso y vivo con eso. Lo que Joan Sebastián no sabía en ese momento y que el unicornio negro tampoco le dijo por razones que describe como piedad, era que el cobro no había terminado, que aún faltaba algo. El cáncer que le había dado 16 anos en lugar de cinco tenía un costo adicional que no estaba en el trato original.
Una extensión de vida en esas condiciones no es un regalo, es una prórroga de tortura. 16 años viendo como el cobro llegaba, 16 años sabiendo lo que sabía. 16 años de cáncer activo que le comía los huesos y que él ignoraba subiéndose a caballos y a escenarios. La última comunicación directa que el unicornio negro tuvo con John Sebastian fue tres meses antes de su muerte.
No fue una conversación, fue un mensaje a través de un intermediario. Joan Sebastian le mandó decir dónde estaban enterradas las hojas con los nombres de sus hijos, las que había enterrado en el rancho durante el ritual de protección anos atras. El mensaje decía, “Cuando ya no esté, ven a buscarlas. Quémalas en el lago de Catemaco para cerrar lo que se pueda cerrar.
” El unicornio negro fue después de la muerte de Joan Sebastián. encontró las hojas exactamente donde le habían dicho, todavía dobladas tres veces hacia adentro, todavía con los nombres escritos, con la letra grande y clara que Joan Sebastian usaba cuando quería que algo durara. Las quemo en el lago al amanecer solo con el ritual que corresponde a ese tipo de cierre.
No dice si funciono completamente. Dice que hay cierres que son parciales, que hay deudas que no se saldan en su totalidad nunca, pero que había hecho lo que Joan Sebastian le había pedido y que eso era lo único que podía hacer. El 13 de julio de 2015, a las 7:15 de la tarde, Joan Sebastian murió en el Rancho Cruz de la Sierra en Juliantla, Guerrero, el mismo municipio donde había nacido, la misma tierra donde Denino caminaba con el burro antes del amanecer, rodeado de su familia, con el olor a Montana de Guerrero en el último aire
que respiro, el padino, el corsel blanco, andal luz que había sido su caballo favorito durante años anos. Había muerto 5co días antes, como si ese animal supiera lo que se venía, como si no hubiera querido quedarse para verlo. El velorio duro días, el féretro en el ruedo donde había practicado con sus caballos.
Un mariachi cantando sus canciones frente al ataúd. La familia repartiendo barbacoa y refrescos a los cientos de personas que llegaron desde todas partes. No se permitieron celulares adentro. Fue sepultado en Juliantla junto a los restos de su hijo trigo. El padre y el primer hijo que se fue juntos en la tierra del pueblo donde empezaron.
El 16 de julio, la Sociedad de Autores y Compositores de México le hizo un homenaje de cuerpo presente, presidido por Armando Manzanero y Roberto Cantoral Suki. Ese mismo ano, la SCM, creo, el premio Gran Maestro y Joan Sebastian fue el primer recipiente, el artista con más premios Grammy en la historia de México.
854 canciones registradas, 51 propiedades, nueve herederos y casi 10 años después de su muerte, esos herederos todavía pelean. La hija Juliana Joeri lo dijo públicamente. Me da pena la familia que me toco y saber que mi papa se partió la madre trabajando para todos sus hijos y que salgan tan avariciosos. El unicornio negro dice que eso también es parte del cobro, que cuando se construye tanto sobre una base como la que Joan Sebastian construyo, lo que queda no es solo fortuna.
Es también confusión, división, el amor convertido en litigio, la familia que él quiso unir, fragmentada por lo mismo que el acumulo para ella. Antes de terminar, el unicornio negro dice algo que no esperabas escuchar. Dice que en todos sus anos, en este oficio ha conocido a cuatro personas que firmaron tratos de ese nivel.
Cuatro. No dice quiénes son los otros tres. Dice que dos ya murieron y que en todos los casos el patrón fue el mismo. El éxito llegó de golpe y de manera inexplicable. La paz interior desapareció desde el principio y el cobro siempre llegó por lo que más se amaba, nunca por el dinero, nunca por la fama, nunca por lo que el que firma valora más por lo que más ama.

Siempre la pregunta que el unicornio negro deja flotando no la hace él directamente, la deja que el que escucha se la haga solo. Si Joan Sebastian pudiera volver a ese momento, si pudiera pararse frente a ese joven de veinte y tantos años, desesperado, con la guitarra y sin puerta que se abriera, si supiera lo que sabe ahora.
El unicornio negro dice que la respuesta que el mismo se ha dado no lo deja dormir bien. Creo que lo hubiera vuelto a hacer. No porque Joan Sebastian fuera malo, no porque fuera imprudente, sino porque en ese momento, joven, solo, sin nada, con ese talento que nadie le reconocía y esa necesidad de que lo escucharan, el precio le hubiera parecido justo.
Y eso es lo más perturbador de toda esta historia. No el pacto, no las muertes, no los 16 años de cáncer, que el amor propio de un hombre hambriento de ser escuchado puede costar exactamente lo mismo que el amor que siente por sus hijos y que ninguno de los dos lo sabe hasta que es demasiado tarde. Si la historia de Joan Sebastian todavía te mueve, si sientes que hay piezas que todavía no cuadran, que hay verdades que no han salido a la luz, entonces necesitas escuchar a una mujer que lo conoció de cerca, que guardó silencio durante años anos y que
finalmente decidió hablar. Lucero, la que cantó sus canciones, la que estuvo ahí, la que vio cosas que nadie más vio. En el canal está el video completo. Lucero rompe el silencio y revela lo que nadie conocía de Juan Sebastian. Lo que dijo no te lo esperas. Pincha en la pantalla para ver el